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DDHH y circunstancias

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Publicado el 22 julio, 2012

Una de las notas que caracteriza a todo fundamentalismo es la incapacidad de dar valor y peso a los contextos y los matices. No hay espacio para sopesar el entorno y la situación que envuelve las decisiones y acciones que toman el común de los mortales, y su resultado final no es otro que un sistema moral extremo y descarnado, que pone límites límpidos entre el bien y el mal, o más aún, entre un “nosotros los buenos” y “ellos los malos”.

Existe una larga tradición de reflexión ética que ha venido sosteniendo desde hace siglos que en la especificación del acto moral (o sea, lo que determina si una acción es buena o mala), pueden distinguirse tres elementos: objeto, fin y circunstancias. El primero tiene que ver con la materia misma del acto, y junto al fin o intención, determina la substancia del mismo. Las circunstancias, en cambio, permanecen extrínsecas al acto mismo, determinándolo de un modo accidental. Ello, sin embargo, no quiere decir que el contexto de un determinado acto sea irrelevante, pues es bien sabido que las circunstancias pueden aumentar la bondad o malicia de un acto, e incluso viciar un acto que por su objeto y fin podía haber sido bueno. Así, por ejemplo, dar de beber al sediento es algo que cualquier persona, por simple sentido común, reconoce como un acto bondadoso. Pero si para hacerlo, y con las mejores intenciones, maniato al individuo, le introduzco un embudo en la boca y le administro 5 litros de agua cristalina, la cosa adquiere ribetes de tortura.

El problema más grave, no obstante, es el de la tesis contraria, o sea, si un contexto determinado puede convertir un acto objetivamente malo –ejemplo: asesinar, torturar, secuestrar, violar… ¿les suenan?- en uno bueno. Aplicada al problema que aquí tratamos, la pregunta puede formularse más concretamente del siguiente modo: ¿es posible justificar las violaciones a los DDHH sobre la base de las coyunturas históricas por las que atraviesa una determina nación o sociedad? Recurriendo a la doctrina clásica, eso es imposible, pues basta con que uno de los elementos del acto esté viciado para que toda la acción se malogre. Aquí, precisamente, es donde adquiere sentido el clásico aforismo escolástico: Bonum ex Integra causa, malum ex quocumque defectu.

¿Y a qué viene tanta lata, se preguntará usted? Pues simplemente a refutar el manido recurso a la “situación histórica” para justificar lo injustificable. El principio del voluntario indirecto, también llamado del doble efecto, no aplica a casos bien documentados de asesinatos y torturas, porque en ellos el mal no es meramente tolerado, sino explícitamente buscado y producido. De hecho, y ahora considerando el caso particular de nuestro país, debo insistir en un punto que ya señalé: las circunstancias, aunque no pueden hacer bueno lo malo, sí pueden profundizar o atenuar la maldad de la acción. Por eso, cada vez que he examinado las circunstancias concretas en que en Chile se cometieron los crímenes que todos conocemos, mi impresión es que el contexto, lejos de exculpar, ahonda aún más el horror y la barbarie de lo que sucedió.

  1. LA REFLEXIÓN ÉTICA IMPLICA ANTE TODO ANALIZAR LOS PROBLEMAS EN SU VERDADERA COMPLEJIDAD, SIN OMITIR HECHOS Y ANTECEDENTES QUE PUEDEN RESULTAR CONTRARIOS A NUESTRA HIPÓTESIS  Y ESO ES ALGO QUE EN EL CASO DEL MUSEO DE LA MEMORIA SE HA OMITIDO DELIBERADAMENTE

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