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El poder de las redes. Manual ilustrado para ciberactivistas

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El poder de las redes

Manual ilustrado para ciberactivistas

Trilogía de las redes: El poder las redesEste libro es la primera parte de una trilogía que continúa con «Filés: de las naciones a las redes» y que se cierra con «Los futuros que vienen».

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Índice

  1. Información general sobre este libro
  2. ¿De qué trata este libro?
  3. Breve historia de las redes sociales
  4. De la plurarquía a la blogsfera
  5. La primavera de las redes
  6. Ciberactivistas
  7. Ciberturbas
  8. Ciberactivismo
  9. La regresión de la web 2.0
  10. Pensando diferente

 

¿De qué trata este libro?

Que estamos en un tiempo de cambios y que esos cambios tienen que ver de alguna manera con las «redes sociales» es ya una idea común, extendida y repetida hasta el cansancio. Sin embargo, nadie parece tener muy claro qué son esas famosas redes y, si son algo más de los nuevos «libros de cromos» popularizados por servicios web como «Facebook», qué tienen de nuevo. A fin de cuentas, si las redes de las que hablamos son las que forman las personas al relacionarse unas con otras, la sociedad siempre ha sido una red. Y si hablamos de movimientos de activistas también estuvieron siempre ahí, relacionándose unos con otros en una especie de universo hiperactivo y paralelo. Hay, sin embargo, dos elementos nuevos relacionados con esta cuestión que todo el mundo entiende intuitivamente. Por un lado, Internet y su consecuencia más directa: la eclosión de una nueva esfera de relación social que pone en contacto a millones de personas cada día. Por otro, la aparición en los últimos años de una amplia literatura sobre redes aplicada a todos los campos, desde la física o la biología hasta la economía, con toda su inevitable secuela de libros de divulgación, aplicaciones al marketing y juegos publicitarios.

Y luego hay toda una serie de movimientos que van desde la revolución hasta la protesta cívica, pasando por una nueva suerte de sofisticadas algaradas que nadie sabe clasificar muy bien y que llenan páginas en los periódicos. Saltaron a la luz pública cuando en el año 2000 una multitud tomó las calles de Manila para pedir la dimisión del presidente Estrada. Los medios destacaron entonces la ausencia de convocantes y cómo las organizaciones políticas y sindicales se vieron arrastradas a seguir a la gente en vez de dirigirla. Pero aquello estaba lejos de la vieja Europa y tampoco le hicimos demasiado caso, tan sólo el suficiente como para que muchos de los miles de protagonistas de las movilizaciones del 13 de marzo de 2004 en España supieran hasta qué punto podían impulsar un cambio decisivo. Fue «la noche de los teléfonos móviles» y, aunque todavía se discute en qué medida pudo influir en el resultado electoral del día siguiente, nadie puede negar que supuso un momento de radical novedad en la historia española. En un librito publicado en la red unos meses antes, el economista Juan Urrutia había vaticinado la inminencia de este tipo de movilizaciones y aportado las claves metodológicas para entenderlas. Las bautizó también como «ciberturbas». Un año y medio después, en noviembre de 2005, la policía francesa confesaba su impotencia para contener la revuelta de los arrabales aduciendo la velocidad a la que los revoltosos adquirían técnicas y experiencias de verdadera «guerrilla urbana». Desde entonces el rosario de movilizaciones no ha cesado: desde Grecia a la revolución democrática tunecina, pasando por las movilizaciones postelectorales en Irán, el mapa político del mundo se ha ido llenando de referencias de nuevo tipo.

Algunos apuntan a la aparición de un nuevo y misterioso sujeto colectivo. Howard Rheingold lo llamó las «multitudes inteligentes». En este libro no nos acercaremos a ellas como si formaran parte de un mismo movimiento, con objetivos más o menos comunes, sino como síntomas de una nueva forma de organización y comunicación social con la que se pueden defender ideas muy diferentes, cuando no opuestas. Movilizaciones como las que en España condujeron al «macrobotellón» de la primavera de 2006 o los hoy famosos «indignados», entrarían también en este hit parade de ciberturbas que revelan que algo está cambiando. Definir ese algo y cómo las personas normales podemos ganar con ello independencia y poder de comunicación es el objeto de este libro. Se divide en tres partes. La primera parte contiene una brevísima historia de cómo las redes sociales, el mapa de relaciones a través del cual se mueven las ideas y la información, han cambiado a lo largo del tiempo impulsadas por las distintas tecnologías de comunicación. La segunda parte se centra en los nuevos movimientos políticos, desde las Revoluciones de Colores en el Este de Europa hasta las ciberturbas en distintos lugares del mundo, para finalmente trazar los dos modelos fundamentales de ciberactivismo que llevan a la difusión masiva de nuevos mensajes desde la propia red. En la tercera parte se critica la llamada «web 2.0», mostrando los límites que la cultura de la adhesión impulsada por servicios web como Facebook o Twitter imponen al ciberactivismo y dar paso a una reflexión general sobre el nuevo modo de pensar al que nos aboca la comunicación en redes distribuidas.

Breve historia de las redes sociales

Tras toda arquitectura informacional se esconde una estructura de poder.
Eslogan del grupo ciberpunk español hacia 1990

El siguiente gráfico sostiene de alguna manera todo lo que vendrá a continuación, así que lo ideal sería que el lector lo tuviera siempre presente. Fue creado por Paul Baran para fundamentar la estructura de un proyecto que más tarde se convertiría en Internet.

 

Topologías de red

 

Si observamos atentamente, los tres gráficos unen los mismos puntos de diferente manera. Estas tres disposiciones –técnicamente llamadas topologías– describen tres formas completamente distintas de organizar una red: centralizada, descentralizada y distribuida. La idea central subyacente en el presente libro es que la clave para poder explicar la gran mayoría de los nuevos fenómenos sociales y políticos a los que nos enfrentamos consiste en entender la diferencia entre un mundo en el que la información se distribuye en una red descentralizada y otro en el que lo hace en una red distribuida, por lo que recomendaría que el lector marcara esta página y volviera a ella cada cierto tiempo.

Pero volvamos a su autor original. En 1964 Paul Baran había recibido un importante encargo de la RAND Corporation, el think tank científico de la defensa norteamericana: describir qué estructura debían de tomar las comunicaciones de datos para sobrevivir a la primera oleada de un ataque nuclear soviético.

Baran se dió cuenta de que en una red centralizada, la desconexión del nodo central destruye inmediatamente toda la red. Una red descentralizada era en cambio mucho más robusta: al eliminar uno de los nodos localmente centralizadores la red no desaparecía completamente aunque algunos nodos quedaban desconectados y generalmente la red se rompiera en varios trozos. Baran se preguntó si no era posible definir una red cuya característica principal fuera que al eliminar cualquier nodo ningún otro quedara desconectado. Llamó a este tercer tipo «redes distribuidas» y propuso su uso para conectar entre si los ordenadores de las grandes universidades que habían recibido fondos de investigación de la defensa. Esa red, DARPANet, se conocería más adelante como Internet.

Pero donde Baran veía ordenadores y cables, nosotros podemos ver todo un relato histórico.

La red centralizada correspondería casi perfectamente a la estructura de las redes de postas que eran el principal sistema de comunicación hace tres siglos. En el sistema de postas cada carta enviada de un punto a otro tenía que pasar necesariamente por la capital, la ciudad central donde vivía el rey y estaba establecido el poder que literalmente permitía que unos lugares se conectaran con otros. Son los tiempos de la monarquía absoluta, los monopolios reales y el estado confesional.

El sistema era especialmente rígido con las colonias americanas. En el Imperio Portugués por ejemplo, estaba prohibido construir caminos entre las distintas colonias brasileñas y para enviar una carta de Río a Bahía tenía que viajar hasta Lisboa sólo para volver por barco a América. No es de extrañar que los primeros periódicos estuvieran en los puertos y sus noticias principales fueran precisamente las llegadas y salidas de barcos. En cambio, los periódicos con opinión y noticias políticas nacerán necesariamente en las capitales, donde las noticias llegaban antes que a ningún otro lado a través del correo. De hecho todavía hoy la prensa llama «corresponsales» -es decir colaboradores por correspondencia- a quienes escriben fuera de la sede central del periódico. Cuando durante la revolución francesa aparezca la primera forma de los partidos políticos modernos, «los clubs», funcionarán exactamente igual: sobre un centro en París con corresponsales en la provincia. Basado en el mismo sistema centralizado de comunicaciones, el modelo de estado al que darán lugar los partidos de la revolución francesa será tan centralista como el de la monarquía absoluta. De hecho, todavía hoy se conoce al centralismo extremo como «estado jacobino».

Pero en 1844 Samuel Morse envíó por primera vez una noticia a través de su «telégrafo eléctrico», en noviembre de 1851 se abrió al público la primera línea de telégrafo entre el Reino Unido y Francia. El primer mensaje directo entre Londres y París llegaba pocos meses más tarde cuando un emprendedor alemán, Paul Julius Reuter, consigue conectar por primera vez París y Londres a través de un cable submarino. Su idea: compartir las cotizaciones de las bolsas europeas en tiempo real. Los «cables» de Reuter pronto llevarán noticias de todo tipo y no sólo los inversores, sino los periodicos locales comenzarán a comprarlas. Reuter pronto se dará cuenta del valor de sus «scoops», sus cables con noticias impactantes que llegan mucho antes que las crónicas que se envían por barco. Nace entonces la agencia Reuter’s y en 1853 cuando estalla la guerra de Crimea consigue el apoyo del Almirantazgo y el diario «The Times» para tender su red hasta el mismo mar Negro donde ingleses, franceses, italianos, rusos y otomanos batallan por el control de las puertas de Asia.

Eran los comienzos de lo que Tom Standage bautizó, en un estupendo libro epopeya, como «Internet victoriana». Aunque Standage se muestra irónico en su libro sobre el efecto final del telégrafo en las relaciones diplomáticas, en la medida en que modificó los asuntos militares, no deja de ser interesante que los tres primeros protagonistas de aquella red de cables submarinos -EEUU se conectó a la red británica en 1858- hayan formado un bloque hasta ahora. Y es que el telégrafo no sólo unió las bolsas, sino que unió y mestizó los intereses económicos de los tres países, dando impulso tanto a la primera globalización como al imperialismo. Les unió de hecho con más potencia que la rivalidad generada por las fuerzas centrífugas de la competencia. Y el nacimiento de las agencias de noticias (Associated Press y Reuter’s), hijas directas del telégrafo, contribuyó además a casar el «orden del día» del debate público entre ellas.

Es difícil entender hoy el cambio que supusieron las agencias de noticias para la democracia. Al principio la novedad consistió en que permitieron incorporar noticias nacionales y globales a la prensa local en un momento en que la alfabetización crecía tanto por necesidades productivas (las máquinas requerían cada vez más habilidades de manejo por parte de los obreros) como por la acción educativa del propio movimiento sindical y asociativo.

Pero al incorporar la prensa popular (y no sólo la «burguesa», inaccesible para la mayoría de las personas tanto por sus costes como por su lenguaje), asuntos nacionales e internacionales, hasta entonces reducto de las cancillerías y la elite, la política exterior y «de Estado» pasó a formar parte de aquello sobre lo que cualquier ciudadano medio, independientemente de su clase social, tenía una opinión. Los argumentos del sufragio censitario se hacían obsoletos porque la información y la opinión abarcaban ahora al conjunto de la ciudadanía.

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