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Descendiente de Héroes de la Marina chilena repudia monumento a Merino.“humanos” y “humanoides” rechazan Monumento bananero.

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Solicitamos el retiro del monumento a Toribio Merino y la remoción del nombre “Merino” de un navío y de salas en dependencias de la Armada.

Estimados (as) amigos (as):

                                                  Les escribo a fin de solicitar vuestro apoyo en la campaña que hemos lanzado un grupo de ciudadanos -entre ellos numerosos militares que se opusieron al golpe de Estado en 1973-  a fin de solicitar el retiro del monumento a José Toribio Merino Castro, que se alza, desde mayo de 2002, en los jardines de la antigua Escuela Naval y actual Museo Marítimo, visible desde el Paseo 21 de mayo, en Valparaíso. También para requerir la remoción del nombre “Merino” de un navío de la Armada, de una sala del Museo Marítimo Nacional y de un auditorio ubicado en la ex Academia de Guerra Naval.
 
   Esta petición será dirigida a la Presidenta de la República, Sra. Michelle Bachelet Jeria, acompañada de varios miles de firmas. Para firmar y conocer la lista de firmantes hay que hacer clic en el siguiente link: 
 

Como descendiente de Héroes de la Marina y de ilustres marinos chilenos que sirvieron a su país ininterrumpidamente desde hace siglos, repudio este símbolo de la dictadura .

Adriana Goñi

Los Goñi I

Imagen

PARTICIPACIÓN DE LOS GOÑI EN LA ARMADA

(texto y foto tomado del blog GOÑI parentela)
El primer oficial de la Armada de Chile con el apellido Goñi, fue el capitán realista José Anacleto Goñi, quien al mando del bergantín de comercio “Aguila”, fue apresado en Valparaíso el 26 de febrero de 1817, engañado por la bandera española enarbolada en el castillo de San Antonio y armado posteriormente en guerra, convirtiéndose en la primera nave de la naciente Primera Escuadra Nacional.
José Anacleto Goñi, que posteriormente siguió sirviendo en la Armada por sus conocimientos náuticos, se había casado en Valparaíso el año 1805, con Maria Isabel Prieto Romero, teniendo cinco hijos: José Anacleto, Juan de Dios, Mónica, Eugenia y Susana.
En la presente investigación histórica – genealógica, nos centraremos solo en el estudio de la descendencia de los hijos varones.
José Anacleto Goñi Prieto, nació el 23 de junio de 1817 e ingresó a la Escuela Militar a los 15 años, en 1832, incorporándose a la Armada como Guardiamarina el 28 de marzo de 1837.
Embarcado en la corbeta “Valparaíso” participó en la acción de Islay entre las fuerzas peruanas del comandante Panizo y las chilenas de Robert Winthrop Simpson, cubriéndose de gloria el 18 de agosto de 1838, durante la captura de la corbeta “Socabaya” , hazaña dirigida por el Comandante Carlos García del Postigo Bulnes en El Callao.
Hecho prisionero por el Coronel Estanislao Correa, obtuvo su liberación después de la derrota del ejército de Mariscal Andrés de Santa Cruz.
Capitán de Corbeta en 1846, de Fragata en 1853 y Capitán de Navío en 1859, se desempeña entre los años 1861 y 1867 como Gobernador Marítimo de Valparaíso, siendo nombrado Mayor General del Departamento de Marina hasta 1872.
En 1870, al mando de la corbeta “O’Higgins”, visita Isla de Pascua en un viaje de instrucción de cadetes de la Escuela Naval. Durante su permanencia se efectuó el levantamiento topográfico de la isla.
El 6 de abril de 1873 asciende a Contra Almirante y es comisionado a Londres, con la misión de dirigir la construcción de los blindados “Blanco” y “Cochrane” y la cañonera “Magallanes”.
De regreso en Chile, en 1877 fue nombrado Inspector General de la Armada y al año siguiente miembro de la Junta de Asistencia.
El 9 de febrero de 1879, fue nombrado Director interino de la Escuela Naval en reemplazo del Coronel Emilio Sotomayor, quien había tenido que tomar el mando de las tropas que se preparaban en Antofagasta, ante la inminencia del inicio de la guerra contra Perú y Bolivia. Se supone que desempeñó el cargo hasta agosto de ese año. Posteriormente, cuando renunció don Eulogio Altamirano a la Comandancia General de Armas y Marina, el Almirante Goñi lo reemplazo.
Desde 1881 hasta 1886 fue miembro de la Comisión Calificadora de Marina y uno de los primeros y más entusiastas socios del Círculo Naval, creado el año 1885.
El 22 de julio de 1886, ascendió al grado de Vicealmirante y el 12 de septiembre de ese mismo año falleció, a la edad de 69 años, de los cuales, sirvió en la Armada de Chile.
El Vicealmirante José Anacleto Goñi Prieto, casó con la señora Carmela Simpson Baeza, hija del Almirante Roberto Simpson. Sus hijos, Luis Alberto y Roberto Anacleto Goñi Simpson, siguieron al igual que su padre la carrera naval.
El otro hijo varón del Vicealmirante José Anacleto Goñi Prieto, Juan de Dios Goñi Prieto, (mi abuelo)casó con la señora Rafaela Álvarez de Araya, teniendo los siguientes hijos: Felipe, Amanda, Luisa, Dominga, Anacleto y Juan Oscar.
De éstos tenemos que destacar a los dos últimos varones:
1.- Anacleto Goñi Álvarez de Araya, quien casó con una dama de apellido Torres, teniendo entre otros hijos a Anacleto Goñi Torres, quien a su vez casó con Mercedes Carrasco, padre del actual Ministro de Defensa Nacional, Don José Goñi Carrasco. Por lo tanto, Anacleto Goñi, abuelo del Ministro de Defensa, era hermano del héroe de la “Esmeralda”.
2.- Juan Oscar Goñi Álvarez de Araya
Hijo de Juan de Dios Goñi y de la señora Rafaela Araya. Nació el 10 se septiembre de 1853. El 9 de agosto de 1875, a los 21 años, fue nombrado Contador Segundo interino y destinado a la corbeta “Chacabuco” al mando del Capitán de Fragata Oscar Viel Toro, zarpando hacia el norte, para permanecer de estación en el puerto de Mejillones, que en ese tiempo estaba bajo la jurisdicción de Bolivia, con el objetivo de cuidar los interese de los numerosos chilenos residentes en la zona. En abril de 1876 regresó al Departamento, Valparaíso, tocando en la isla de Juan Fernández llevando víveres para sus habitantes. En julio de ese, siempre a bordo de la “Chacabuco”, se dirigió a la zona del Estrecho de Magallanes, permaneciendo de estación, en un periodo de tensión entre Chile y Argentina por problemas limítrofes en la Patagonia. Al año siguiente regresó a Valparaíso y el 10 de noviembre trasbordó a la corbeta “O’Higgins”, que se encontraba al mando del Comandante Jorge Montt Álvarez, zarpando al Estrecho de Magallanes, para sofocar el motín realizado por la guarnición de la colonia penal de Punta Arenas, encabezada por Cambiazo.
El 25 de febrero de 1879, regresó al Departamento de Marina ubicado en Valparaíso, lo que en el día de hoy corresponde a la Comandancia en Jefe de la Armada, pasando a servir en la Comisaría General de Marina.
Al año siguiente, 1879, en el mes de febrero, se embarcó en la corbeta “Esmeralda”, zarpando al norte debido a los problemas surgidos con Bolivia. Participó en la ocupación del litoral boliviano y el 3 de abril, la Escuadra al mando del Contralmirante Juan Williams Rebolledo se dirigió a Antofagasta, desde donde se dirigió al puerto de Iquique, iniciándose a partir del 5 de abril el bloqueo de ese puerto, con el objetivo de forzar a la Escuadra peruana a enfrentarse con la chilena, ya que por Iquique, el Perú realizaba un importante comercio de exportación salitrera, base de la economía de ese país. Al no dar resultado el plan del Almirante Williams, se tomó la decisión de que la Escuadra atacara directamente en El Callao, razón por la cual se dejó manteniendo el bloqueo de Iquique a las dos naves más viejas de la Escuadra, la “Esmeralda” y la “Covadonga”.
De esta manera el Contador Goñi participó en el combate naval más glorioso de cuantos registra la historia naval de Chile. Pocas horas antes del hundimiento de la gloriosa corbeta, fue encargado por el Comandante Prat de destruir la correspondencia oficial, para lo cual él la arrojó al mar lastrada con un proyectil.
Sobreviviente del combate, fue rescatado del mar por los tripulantes del blindado “Huascar”, hecho prisionero y posteriormente trasladado con los otros oficiales de la “Esmeralda” al pequeño pueblo de Tarma, ubicado en el departamento de Junín, interior del Perú. Estando prisionero recibió el ascenso a Contador de Primera Clase, por Decreto Supremo Nº 0696, fechado el 27 de junio de 1879.
Una vez capturado el “Huascar” en la Batalla Naval de Angamos, el 8 de octubre de 1879 y la “Pilcomayo”, el 20 de noviembre, se firmó un protocolo para intercambiar prisioneros de guerra, de esta manera fue canjeado por el contador del “Huascar” Juan Alfaro, siendo recibido con grandes honores en Valparaíso por las principales autoridades de Gobierno, recibiendo en esa solemne ocasión la medalla conferida por el Gobierno a los sobrevivientes del Combate Naval de Iquique y otra entregada por la Ilustre Municipalidad de Valparaíso a aquellos participantes en la Guerra que tenían residencia en la ciudad.
Una vez terminados los merecidos homenajes, se embarcó en el blindado “Huascar” que se encontraba al mando del Comandante Manuel Thomson, dirigiéndose al norte, hasta Pisagua, donde formó parte del convoy que condujo al Ejército Expedicionario sobre Tacna. Luego, participó en la toma de posesión de Ilo y Pacocha, el 24 del citado mes, pasando luego a reforzar el bloqueo de Arica. Así, el 27 de febrero de 1880, se encontró presente en el combate que sostuvo el “Huascar” con el monitor “Manco Capac” y las baterías de Arica, en donde encontró la muerte el valiente Comandante Thomson.
Por problemas de salud tuvo que regresar a Valparaíso, quedando a partir del 13 de abril prestando servicios en la Comisaría General del Ejército y Armada.
Posteriormente, el 20 de noviembre de 1882, se embarcó en la corbeta “Chacabuco” de guarnición en Paita. En febrero del año siguiente, regresó a El Callao y en marzo participó en el bloqueo de Lomas y Chalas, permaneciendo en ese lugar hasta el 15 de junio, en que fue llamado a Valparaíso a prestar servicios a la Comisaría General de Marina, donde se mantuvo hasta el 16 de octubre de 1884, fecha en que por Decreto Supremo es llamado a calificar servicios, por problemas de salud, los que lo llevaron a dejar el servicio. Con posterioridad, en 1885, se le concedieron 10 años de abono, con lo que completó 23 años de servicios en la institución. Superados sus problemas de salud, es reincorporado al servicio desempeñándose en la Comisaría General de Marina.
Al iniciarse la Guerra Civil de 1891, apoyó el bando Presidencial o Balmacedista, derrotado éste en las Batallas de Con – Con y Placilla y terminado el conflicto, es llamado a retiro con efecto retroactivo a contar del 1 de enero de 1891.
El 16 de julio de 1896, fue reincorporado al servicio y destinado nuevamente a la Comisaría General de Marina, siendo ascendido el 21 de enero de 1897 al grado de Contador Mayor de Segunda clase.
Por Decreto Supremo sección 1º Nº 01938, del 22 de junio de 1900 se le extendió cédula de retiro absoluto de la institución.
Una vez retirado del servicio se radicó en la ciudad de Quillota donde falleció el 27 de noviembre de 1919 a los 66 años de edad.
Había casado con la señora Edelmira Urquiza, de la cual enviudó, sin descendencia.
Además de las medallas mencionadas anteriormente, recibió la medalla de oro correspondiente a la Primera Campaña de la Guerra del Pacífico, con las barras correspondientes al Combate Naval de Iquique y la del Combate Naval de Arica.
Roberto Anacleto Goñi Simpson, como se indicó anteriormente, era hijo del Vicealmirante José Anacleto Goñi Prieto, ingresó a la Escuela Militar en 1875, siendo nombrado Aspirante de la Armada el 2 de agosto de 1879, siendo embarcado en el blindado “Blanco Encalada”. El 4 de octubre estuvo presente en el ataque sobre Arica y el 8 tuvo una destacada participación en la Batalla naval de Angamos, teniendo el honor de cambiar la bandera peruana por la bandera chilena en el mástil del blindado “Huáscar”, recién capturado. Posteriormente estuvo en la captura de la cañonera peruana “Pilcomayo” en Punta Chacota, destacando en su acción por controlar el fuego que los propios tripulantes de la nave peruana habían provocado para evitar que la nave cayera en poder de los chilenos, acción reconocida por el propio Comandante en Jefe de la Escuadra, Contra almirante Galvarino Riveros Cárdenas.
Posteriormente pasó a servir al Ejército, distinguiéndose en Ite, Chorrillos y Miraflores, donde escapó de la granizada de balas enemigas. Terminada la guerra ascendió cada grado del escalafón del Ejército.
Entre sus más destacadas comisiones realizadas, destacó en la que al mando del Capitán de Fragata Ramón Serrano Montaner, debía reconocer la cordillera de los Andes y fijar la línea anticlinal en el territorio de Magallanes.
Iniciada la Guerra civil de 1891, formó parte del Ejército congresista, participando en las Batallas de Concón y Placilla.
Posteriormente, en 1894, fue adicto militar en Italia y formó parte de la comisión de adquisición de armamentos, municiones y equipos en Alemania y Austria.
Se retiró del Ejército el 4 de enero de 1913 con el grado de General de División.
Era casado con la señora Josefina Molina. No se tiene información sobre su descendencia.
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fotografia, tomada en Iquique, aparecen de izq a der: Vicente Palacios, Roberto Goñi, Luis Alberto Goñi y Florencio Baeza
Saludos
Jonatan Saona

Tomado del blog de Jonatan Saona http://gdp1879.blogspot.com/2011/08/roberto-y-alberto-goni.html#ixzz2vroPwcjJ

http://www.laguerradelpacifico.cl/Heroes%20y%20Biografias/Chile/Anacleto%20Goni.htm

http://www.armada.cl/prontus_armada/site/artic/20090703

http://historico.armada.cl/site/tradicion_historia/historia/biografias/178jgoni.htm

/pags/20090703112036.html

12 de marzo de 2014

El monumento triste al almirante Merino y el eterno agradecimiento

http://www.elmostrador.cl/opinion/2014/03/12/el-monumento-triste-al-almirante-merino-y-el-eterno-agradecimiento/

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Profesor de Derecho Laboral Universidad Diego Portales

La joya del Pacífico tiene una mancha.

En medio de esa belleza, desorden y encanto que la ciudad regala a quien la frecuenta,  hay –como dice una canción– un símbolo de invierno.

Es la mancha de un monumento triste.

Y es que en unos de sus paseos más encantadores –el 21 de Mayo–  hay que, de golpe, encontrarse con algo que parece ficción, salido de la pluma de un cuento de realismo mágico del peor tercermundismo: un monumento de más de tres metros a un dictadorcillo, financiado por un puñado de ricos.

O, lo que es lo mismo, un monumento a Merino.

La escultura es fea hasta la perfección. Pero eso no es lo relevante: es un monumento triste. Y no por la figura estéticamente en ella reflejada, sino por la violencia que ese monumento produce en el alma –y no sólo de sus víctimas–: la exaltación del desprecio por el otro.

Tres metros de una escultura puesta a la entrada del Museo Marítimo, financiada, según la placa a sus pies, por hombres de negocios. Apunte a los amigos de Merino: Bernardo Matte, Ricardo Claro, Wolf Von Appen, Felipe Lamarca, Gonzalo Vial, Jorge Claro, Andrés Concha, Roberto Kelly, entre otros.

¿Qué hace, a los ojos de este exclusivo grupo de empresarios, a Merino un hombre tan digno de consideración, incluso por sobre Pinochet? De hecho, no existe un monumento igual para el dictador.

¿De dónde sale el eterno agradecimiento?

Una posibilidad es decir que este sigue siendo un país bananero, donde un grupo de ricos decide honrar a sus propios héroes por favores concedidos, y que todo el resto de los chilenos debemos, sin derecho a decir nada, ponerles el escenario público a su disposición, incluyendo, por supuesto, los museos de la Armada.

Merino, un marino de condiciones intelectuales más bien limitadas, no sólo tiene el mérito conocido de haber sido el motor del golpe de Estado de 1973, sino que –especialmente a los ojos de la elite que erige su monumento– fue un soporte básico para el establecimiento de la sociedad que ese grupo buscaba para Chile: un modelo neoliberal en lo económico y un modelo conservador en lo cultural.

De hecho, según lo destaca su biografía en la propia página web de la Armada, Merino “como miembro de la Junta de Gobierno estuvo a cargo del sector económico del país y presidió el Comité Económico de Ministros, donde nacieron las medidas económicas que el Poder Ejecutivo puso en ejecución. Además, allí se elaboraron todos los decretos leyes que sobre las materias debía dictar la Junta de Gobierno para regular el sector económico. Desde el Comité Económico de Ministros, impulsó, como primeras medidas económicas del Gobierno Militar, la liberación de precios de bienes y servicios; se fijó una sola área cambiaria, se redujo el gasto fiscal y se liberaron las tasas de interés para dar inicio a un mercado de capitales; se reorganizaron las empresas del Estado, normalizando a su vez las empresas intervenidas. Fue iniciativa del Almirante Merino el estudio del Estatuto para inversionistas extranjeros, que dio lugar a la posterior dictación del Decreto Ley Nº 600”.

Y si esto fuera poco, fue el principal promotor en 1980 del D.L 3500, que creaba el sistema de ahorro previsional privado y las AFP y, como señala –en una cómica descripción– uno de sus fervientes admiradores –José Piñera–, fue un aliado fundamental para la dictación del Plan Laboral, “ya que el almirante era un hombre práctico, cuya fe en la empresa privada no tenía antecedentes librescos, sino vitales” (La revolución laboral, página 41).

¿Algún otro merito que merezca el reconocimiento público de todos y no de un puñado de eternos agradecidos?

Ninguno que se sepa. Quizás su patético humor, del que reían únicamente los esbirros que lo acompañaban. Es que, en un país que vivía la noche de la dictadura, Merino destacaba por un humor de un calibre tal, como dividir a los chilenos en “humanos” y “humanoides” (los marxistas). O tratar a nuestros vecinos como “auquénidos metamorfoseados que aprendieron a hablar, pero no a pensar”.

En resumen, un marino cuya acción principal fue ejecutar un golpe de Estado, ayudar en una represión brutal contra sus propios compatriotas y exponer a la Armada a heridas difícilmente reparables, como utilizar la Esmeralda y otros buques en torturas y vejaciones a compatriotas. Y, de paso, ayudar a un grupo de empresarios –curiosamente los financistas de su monumento– a establecer, por fin y sin las incomodidades propias de la democracia, el modelo que ellos habían decidido sería el que debía imponerse a toda costa para el futuro del país.

Entonces, la pregunta es obvia:

¿Por qué la Armada acepta y ubica en un recinto público, como es el Museo Marítimo, el homenaje a un personaje que no tiene la categoría de héroe nacional –sólo decirlo incomoda–, sometiendo a un vejamen a la propia institución y, por rebote, a todo el resto de los ciudadanos? ¿Por qué el resto de los ciudadanos debemos aceptar que un agradecimiento privado se transforme en una agravio público?

Porque, como es obvio, ese Museo es un espacio público que pertenece a cada generación de chilenos, donde deben, como también es obvio, exhibirse exaltaciones de ideas y personas que sean consideradas valiosas para toda la comunidad.

No es necesario aclarar que no es el caso de Merino, obviamente.

¿Es importante preocuparse por un monumento si, al fin y al cabo, no deja de ser un amasijo de fierro?

Por supuesto, detrás del fierro late el recuerdo. Y, en este caso, el dolor que se les inflige, por parte de un puñado de empresarios y de la propia Armada, a las víctimas de la dictadura y a todos los chilenos que condenamos ese doloroso periodo.

Así, por lo demás, lo han visto en otros países que tuvieron dictaduras. En España, la Ley de Memoria Histórica (2007) establece que los “escudos, insignias, placas y otros objetos o menciones conmemorativas de exaltación personal o colectiva del levantamiento militar, de la Guerra Civil y de la represión de la dictadura” deberán ser retiradas de los edificios y espacios públicos”.

En fin, difícil la tendrán en adelante los profesores para explicar a algún estudiante inquieto, en los tradicionales paseos escolares, quién es el héroe al que se le rinde homenaje con tamaña escultura. Ni que hablar de los guías de turismo, cuando algún extranjero preguntón exija saber qué acción heroica hizo ese personaje que le hizo merecedor de lucir en uno de los principales paseos de la ciudad puerto.

Una posibilidad es decir que este sigue siendo un país bananero, donde un grupo de ricos decide honrar a sus propios héroes por favores concedidos, y que todo el resto de los chilenos debemos, sin derecho a decir nada, ponerles el escenario público a su disposición, incluyendo, por supuesto, los museos de la Armada.

Como fuera, será un monumento que seguirá produciendo lo mismo: algo de tristeza y algo de vergüenza.  Nada de orgullo.

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