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Tomas, planos y secuencia del poder en las redes

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Este texto fue publicado en el libro ¿Quién habla? Lucha y explotación del alma en los Calls Centers (Tinta Limón Ediciones – 2006), y su escritura implicó la construcción de un nuevo colectivo que reunió a jóvenes teleoperadores con algunos integrantes del Colectivo Situaciones.

 

 

Tomas, planos y secuencia del poder en las redes

 

A propósito del conflicto de Atento

 

circuito

 

Una publicidad en la tele le recordó que era hora de ponerse banda ancha. La oferta de la que hablaban parecía realmente fantástica. El teléfono lo tenía al lado y el número al que llamar bailaba en la pantalla.

 

La señal que emite con el inalámbrico viaja por un cable de fibra óptica hasta una computadora, donde se establece la primera conexión. La máquina “responde” con varias opciones: “Si desea hablar con atención al cliente marque 1; si desea comunicarse con nuestro soporte técnico marque 2; si su problema es la conectividad marque 3; si tiene inconvenientes en el envío o recepción de e-mails marque 4; si desea comprar uno de nuestros productos marque 8; sino aguarde que lo comunicaremos con uno de nuestros representantes”.
El cliente, a su vez, “responde” a la máquina dando pistas de aquello que desea y esta información es procesada por un programa que a partir de las elecciones deriva la llamada al server (computadora central) de un call center en alguna parte del mundo –Argentina, Tailandia, Perú o la India. El server orienta la comunicación según la categoría y la disponibilidad de los teleoperadores. Sólo entonces se produce la conexión entre cliente y operador.

 

Lo que a primera vista parece un vínculo inmediato y directo sólo es posible por la intervención de una multitud artificial e inteligente de máquinas blandas y duras que permiten, organizan y controlan el flujo de información. Toda la energía de la empresa está puesta en llevar a buen puerto aquel recuerdo que fue activado por la publicidad y que conduce al producto. En algún momento del recorrido aparece el teleoperador, que actúa casi como único representante de tan aceitada organización.

 

Pero entonces, ¿tanta responsabilidad tiene el operador telefónico? Y, ¿qué poder le otorga el lugar que ocupa en estas redes de infoproducción? ¿Está en condiciones de bloquear con cierta facilidad el circuito?

 

el lugar en la red

 

Luchas como las de Atento(1) complejizan las preguntas anteriores. Dejan en evidencia que ese mundo tan radiante que las empresas ofrecen de sí mismas no permite ver lo que está en juego en ese lugar. Lo que las luchas permiten, entonces, es reconstruir el circuito de las llamadas desde el otro extremo de la conexión, la del teleoperador.

 

Como en las plantas industriales del siglo XX, en el call center el espacio y los cuerpos son organizados por el panóptico, el ojo que todo lo ve. Cada operador en su box, separado de sus compañeros, mientras que los supervisores vigilan desde un punto de vista elevado, privilegiado. El sentido de este tipo de organización del trabajo ha sido siempre fijar la atención del operador a la función que debe realizar, evitando tiempos muertos, distracciones y cualquier posibilidad de cooperación entre los compañeros y compañeras. Como un intento de superar el aislamiento algunos operadores combaten el aburrimiento y la estupidización chateando durante las llamadas aún cuando se encuentran a dos metros de distancia entre sí.

 

Sin embargo, tal disposición material de los cuerpos no revela más que un aspecto quizás mínimo del proceso de trabajo que transcurre en los call centers. Aquí el gobierno de la producción no se reduce al adentro de la fábrica. Cada box, en realidad, es una pequeña ventana al mundo de las comunicaciones de la empresa, un reducto conectado con otra dimensión espacial. La mente del operador está inmediatamente inserta y subordinada a redes de relaciones complejas por las que circulan flujos informáticos, lingüísticos, afectivos.

 

Pero entonces, el lugar de trabajo ya no sólo se parece a la celda de una prisión. Es más gráfico representárselo como un pequeño y tétrico “aleph” donde la empresa encierra la mente de cada operador. En el rincón donde Borges veía una imaginación que se liberaba del espacio circundante que la limita, los call centers han encontrado un nuevo territorio para la explotación.

 

Las máquinas duras (auriculares, monitores) y blandas (sistemas y softwares) cumplen la función de fijar la atención mental del operador a este “afuera” informático. Al panóptico se superponen modos de control en red.

 

En primer lugar, el logueo –la introducción de las señas personales al dispositivo informático que rige la comunicación– permite el monitoreo de la actividad a distancia, a través de la red de computadoras del call center. Desde la posición de control se percibe quién está trabajando y quién no, y se evalúa el rendimiento de la actividad. Este mecanismo es una aplicación casi literal del panóptico a la estructura de redes.

 

Mientras que el supervisor sólo podría evitar que los operadores de boxes contiguos charlen entre sí, con la ayuda de un programa puede impedir que hablen por MSN, medir el tiempo de llamada, observar y grabar la pantalla, escuchar las conversaciones, contabilizar las ventas, los minutos de baño, etc.

 

En Atento los operadores “colgaron el auricular” y tomaron el edificio. Son dos movimientos orientados en una misma dirección: denunciar el funcionamiento de un modo de explotación en su lugar de trabajo y construir relaciones distintas en su interior. Sin embargo son dos operaciones diferentes que conviene no confundir: se cortan los vínculos con el afuera (al colgar el auricular), para indagar modos de reapropiarse del espacio de la producción (toma del edificio). Las aporías actuales de las luchas de Atento dicen mucho sobre las formas en que el poder funciona en los modos contemporáneos de producción.

 

¿ocupar el afuera?

 

¿Existe la posibilidad de reapropiarse de un call center? ¿Podría inscribirse la lucha de Atento en un movimiento como el de fábricas recuperadas? Tal vez la respuesta parezca obvia, pero lo que nos importa son las preguntas: ¿por qué no?

 

Casi todas las experiencias de empresas recuperadas por sus trabajadores tienen una característica en común: al ocupar la fábrica se apropian de los medios para producir. Un importante dilema que enfrentan estas ocupaciones consiste en organizar la cooperación al interior de la fábrica y garantizar la producción. Se trata de algo que involucra y se define en el “adentro”. Otros obstáculos se relacionan con la comercialización de los productos y la reproducción de insumos y fuerza de trabajo. Son precisamente las tareas que dependen del vínculo de la fábrica con el exterior: con el mercado (como organización dominante de las posibilidades sociales), pero también con otros circuitos y espacios políticos y/o domésticos (como modos posibles y pensables de reorganizar el espacio social).

 

En un call center las máquinas son una parte ínfima, barata y flexible de los medios de producción. La actividad no depende tanto del espacio físico donde se realizan las tareas de atención al cliente o de ventas, como de la posición que ocupe esta actividad en la configuración de relaciones que conforma la empresa junto a otras empresas. Lo que aparece como un conjunto de call centers desperdigados por territorios sin demasiada conexión entre sí, en realidad son redes complejas con distintas instancias que requieren de un alto grado de cooperación e interdependencia.

 

Paolo Virno nombra a los call centers como “fábricas de la charla” precisamente para señalar el carácter abierto y dialógico, esencialmente relacional, inmediatamente público de este tipo de actividades. De allí se derivan muchos de sus atributos propiamente “posfordistas”: se trata de un trabajo que no produce objetos materiales, sino una sucesión de conexiones y acciones performativas. De modo que ya no es posible distinguir el producto de su momento de producción. A diferencia de las fábricas que son reapropiadas por sus trabajadores, aquí ocupar el edificio no implica apropiarse del proceso productivo, ni siquiera de las fuerzas mismas involucradas en ese proceso –memoria, habla, cuidado, atención, imaginación. La imagen de la “fábrica social” se realiza cuando la producción desborda las paredes de la fábrica y se dispersa en una amplia secuencia de cooperación con otros a lo largo y ancho del mundo, tanto entre trabajadores, como con los consumidores.

 

¿Qué significa reapropiarse de la producción cuando parece ya no haber adentro que ocupar ni afuera al que fugar?

 

lucha en el espacio abierto

 

El conflicto de Atento Barracas(2) tiene una significación muy interesante, tanto por sus logros iniciales como por el sentido de su actual encrucijada.

 

En un principio Atento, la empresa del Grupo Telefónica que terceriza servicios para Movistar, contaba con tres edificios en los que se centralizaban las tareas de atención al cliente y algunas ventas.

 

Este nivel de concentración de la producción permitió que el descontento pronto se generalizara. Quienes tomaron la decisión de comenzar a organizarse –clandestinamente durante el 2004 y mitad del 2005–, contaban con acceso directo a los otros teleoperadores. Una vez que la lucha rompió con la inercia de la empresa, las posibilidades pasaron a depender de la propia capacidad de los trabajadores para conocerse, organizarse y crear sus propias mediaciones. Las dimensiones y la propagación del malestar atrajeron la atención del sindicato de telefónicos. Al poco tiempo se dieron las primeras huelgas, que lograron paralizar el servicio casi por completo. Tal capacidad de bloqueo –sumado a la rápida visibilización del conflicto que aportó la participación del sindicato, activando por ejemplo los mecanismos regulatorios del Ministerio de Trabajo– obligó a la empresa a la negociación.

 

Sin embargo, el aprendizaje y la capacidad de reacción de esta última fue rapidísima. Mientras el gremio esperaba la resolución del Ministerio de Trabajo, Atento abrió subrepticiamente otros call centers en provincias con sindicatos “amigables”. Al mismo tiempo, mediante retiros voluntarios, desgaste, despidos encubiertos, presión psicológica y física, Telefónica redujo el número de operadores de 4000 a 300. Ahora Atento tiene call centers en Mar del Plata, Martínez, Barracas, el microcentro porteño, las provincias de Salta y Córdoba y hasta en países vecinos como Perú. Más aún: Telefónica ya no sólo terceriza sus servicios en Atento (satélite de sí misma) sino que acude a “verdaderas empresas otras” (que no son propiedad del grupo Telefónica), lo que dificulta aún más la organización de los trabajadores.

 

Así, aquellas huelgas que sacudieron la empresa en el 2005 hoy serían impensables. Sucede que, con la apertura de otros call centers y la consiguiente descentralización de las tareas, varió la disposición y la importancia de Atento Barracas en la red técnica e informática de la empresa. La ubicación que permitió a la lucha poner en jaque las relaciones de jerarquía abriendo conexiones y vínculos inesperados entre los trabajadores y el sindicato, la sociedad y la empresa misma, hoy ya no existe.

 

El conflicto en Atento muestra que la fuerza local y el control sobre el edificio y las máquinas es una condición importante pero no la única para el crecimiento de una lucha. Esto expresa a su modo que el interior de la fábrica ha dejado de ser el epicentro del poder y de la producción de valor, y que por ello mismo no puede escindirse de las relaciones complejas en las que está inserta. Y que, si por un lado, el poder de negociación de los trabajadores recae en buena medida en su capacidad para hacer valer la posición que ocupan en el sistema abierto de la info-producción, para afectar segmentos próximos y alejados de la red; por otro, existe una vitalidad de la lucha, en su propio desarrollo, que le permite siempre ir más allá de los lugares estratégicos asignados en la red productiva. Ambas líneas de acción se complementan como poder virósico y auto-organización. De hecho, en la experiencia de Atento, las huelgas o tomas paralizaron al menos parcialmente el servicio, mientras que luego las denuncias y escraches (una vez realizadas las deslocalizaciones de los trabajadores) afectaron la imagen de la empresa.

 

Pero este conflicto es también un ejemplo del enorme desafío que constituye imaginar un horizonte político propio de estas luchas. Si en las “fábricas de la charla” la producción depende enteramente de la conexión con “un afuera”, y si el trazado, el control y la valorización de este “afuera” es precisamente el territorio en que se desarrolla el poder de las empresas: ¿cómo pensar el pasaje del virus a la autoorganización?

 

A partir del conflicto en Atento podemos palpar hasta qué punto resulta vital para las luchas evitar el aislamiento. La reclusión del contra-poder (de las experiencias auto-organizadas) en un espacio fijo y determinado equivale a la consolidación del poder sobre el espacio en general por parte de las empresas. Ellas cuentan con los medios y la velocidad suficiente para volver superfluo cualquier lugar específico, separándolo de la cooperación productiva y restando a estas experiencias de lucha su potencial político.

 

poder en las redes: distancia, transversalidad y diferencial de movilidad

 

La empresa, al abrir nuevos call centers en otras ciudades y países, se libera de su dependencia respecto de los trabajadores insubordinados para atender a sus clientes. Conseguido esto, la dinámica del conflicto se estrecha, se encierra en los límites del edificio ocupado. La paradoja es que los teleoperadores de Barracas, que consiguieron un alto grado de organización, impusieron varias conquistas, aumentaron su capacidad de influencia en el lugar de trabajo y lograron un importante nivel de difusión, en realidad perdieron poder en la red productiva de la empresa. ¿Cómo es posible?

 

Resulta que la creación de nuevos nodos modifica los patrones de conexión, cambia los modos de articular las relaciones en la red, desbalanceando decisivamente el juego de poder en su interior. Esta intervención en el espacio exterior de la fábrica afecta de modo irreversible su adentro, sin siquiera tocarlo.

 

Con el desarrollo de las redes capitalistas más allá de los viejos límites del espacio de encierro, el par “dentro” y “fuera” dejan de nombrar fronteras absolutas: las dinámicas de reapropiación por parte de las luchas tiende, entonces, a desbordar el espacio cerrado de trabajo y a confrontarse con la necesidad-posibilidad de coordinar segmentos más amplios de cooperación social.

 

Dos conceptos pueden ayudarnos a pensar las relaciones de poder en las redes productivas contemporáneas: la distancia y la transversalidad.

 

La distancia está determinada por la capacidad de acceso que tiene un nodo a los recursos existentes en la red. Mientras mayor cercanía a los recursos, mayor poder de configuración y de regulación posee el nodo. Está cerca quien puede acceder velozmente y sin mediaciones a los recursos, quien consigue relaciones directas. Al contrario: tiene poco poder quien está separado de los recursos por mediaciones que lo alejan.

 

La transversalidad es la capacidad de hacer pasar lo que fluye a través de uno, de volver dependiente al resto mediando su relación con los demás. Un nodo siempre se encuentra en medio de múltiples relaciones con otros nodos. El trabajador, por ejemplo, media entre la empresa y el cliente. Si la empresa carece de otra forma de atender reclamos y vender sus productos, el poder de los trabajadores y su capacidad de negociación es alto. Su posición en la red los vuelve imprescindibles.

 

Antes del conflicto en Atento, el acceso de Telefónica a la fuerza de trabajo no estaba condicionado por ningún tipo de ley ni organismo. Pero las tomas y huelgas dieron a los trabajadores cierta capacidad de discusión en la distribución de los recursos disponibles en los call centers (recursos financieros, por ejemplo, pero también políticos). Con la apertura de nuevos call centers la empresa consiguió restablecer su acceso directo a la fuerza de trabajo y al resto de los recursos, cercanía que había sido puesta en cuestión por el conflicto.

 

Lo nuevo es que la estrategia de la empresa no se centra en el disciplinamiento de la lucha. Sabe que una vez activado el conflicto entran en juego mediaciones que no pueden ser manejadas con facilidad: sindicatos, estado, medios de comunicación, militantes partidarios, etc. Su táctica es más bien evitar la polarización. El enorme poder que posee no se ejerce sólo como control de las relaciones ya establecidas (el edificio que ha sido tomado), sino además como creación de nuevos nodos que modifiquen la configuración actual de la red. En realidad, se trata siempre, para una empresa cuestionada por la lucha, de mantener las jerarquías: lo notable es que para conservar lo dado tenga que “cambiar” y “crear”.

 

Cuando el poder se expresa de este modo, deja de depender de la relación de fuerza entre dos nodos (antagonismo que deviene en negociación) para apelar a los “diferenciales” de movilidad, de acceso, de velocidad, de tiempo que hay entre los contendientes(3). Cuando la empresa abre un nuevo call center resta transversalidad a Atento Barracas, lo “saca del medio”, le borra poder. El conflicto, así, ya no se reduce a la relación inmediata entre un nodo y otro, sino que se extiende al mar de relaciones en el que cada uno está inserto, al conjunto de posibilidades virtuales de conexión que aún no han sido actualizadas.

 

La lucha se desplaza inmediatamente al terreno del espacio abierto de la cooperación en el que las empresas desarrollan su control, sus estrategias de subordinación y de valorización, y en el que las luchas intentan conectar con sus propias virtualidades. Lo virtual es ese conjunto disperso de conexiones que aún no toman forma, encuentros y desencuentros que no logran consistencia, conexiones fugaces, bifurcaciones posibles que de ser reapropiadas y trabajadas podrían desembocar en una desestabilización de las relaciones de poder existentes. Hemos visto el uso que las empresas hacen de ello para conservar sus posiciones en la red. ¿Cómo enfrentan las luchas estas estrategias?

 

del tiempo liberado a la lucha política

 

La situación a la que arribó el conflicto de Atento Barracas es por lo menos sorprendente. Luego del largo proceso de confrontación, el grupo de los trabajadores más combativos fue aislado en un sector especial (“la zona sur”) y ya no recibe más llamadas. La empresa, paradójicamente, los ha “liberado” del trabajo, como “resultado” de su lucha, mientras les sigue pagando el sueldo y los trabajadores deben cumplir su horario laboral.

 

¿Qué sucede cuando la capacidad de negociación de una lucha se esfuma por el cambio de las relaciones de poder que la apertura de nuevos call centers genera? ¿Qué hacer una vez que el conflicto ingresa en un compás de espera indefinido, en el que no hay vuelta atrás pero tampoco desenlace? Más aún, ¿qué sucede cuando el trabajador se vuelve prescindible para el proceso productivo, porque la empresa decide desviar las llamadas a otros call centers, continuar pagando los salarios y enfriar el conflicto, jugando con el desgaste que implica una situación de incertidumbre permanente?

 

Se palpan las durezas de las nuevas relaciones de poder, se perciben las dimensiones políticas de los diferenciales de velocidad, de acceso, de conexión que permiten a los “grandes” de la red armar nuevas terminales, moverse, reorganizar los flujos, mientras los “chicos” quedan confrontados con su pequeñez. Cuando Telefónica desarrolla su estrategia consistente en perseguir a los teleoperadores insubordinados y abrir call centers en otras provincias, no sólo debilita las capacidades que han logrado activar los teleoperadores en el conflicto, no sólo modifica el escenario de la disputa presente: la contra-cara de ese poder es su capacidad para separar a las luchas de sus propias virtualidades, de todo aquello que podrían ser a partir de lo que son, a partir de la proliferación de sus fuerzas.

 

Las luchas se debilitan precisamente cuando padecen esta reducción de sus posibles, cuando quedan reducidas a su ser puramente actual. Un ser tal vive la marea de encuentros y desencuentros contingentes como una razón de disolución, una desorientación improductiva, una deriva inerte. Lo abierto toma el aspecto de un agujero negro. La incapacidad de crear nuevas relaciones sume a la experiencia en una impotencia cruda. La misma apertura que la empresa traduce en nuevas oportunidades y en enriquecimiento (control sobre las virtualidades de la cooperación) se traduce, para las luchas, en un peligro de muerte, de disgregación de la fuerza acumulada (posibilidades controladas) (4).

 

Hay algo para retener, en este sentido, sobre la dinámica de control de las corporaciones en las redes contemporáneas de la cooperación social. El poder de las empresas no sólo se mide por la acumulación de recursos e influencia; también por su capacidad para impedir, bloquear, disolver, descomponer otros vínculos al debilitarlos. Tanto valor hay en sus propiedades y existencias como en el potencial dispersivo que detentan, en su eficacia para impedir la concreción de otras relaciones fuera de sus mediaciones, de su control. Así, su poder se consolida cuando la alternativa a las relaciones propuestas por la empresa parecen ser la pura dispersión: cuando las fuerzas no proliferan, no se producen efectos, cuando lo que se dice no es escuchado por nadie y por tanto tampoco dicho.

 

Ahora bien, si lo que nos interesa son las preguntas hay que invertir la perspectiva y explorar las grietas, los aparentes sinsentidos, los imprevistos.

 

En los call centers, los teleoperadores que participaron de un proceso político se encontraron con una aporía: de un lado, la imposibilidad de tolerar el trabajo, lo que motiva la negación del estado de cosas dispuesto por la empresa; por el otro, las dificultades que plantea la situación de no-trabajo, el desafío que constituye habitar el vacío dejado por su ausencia.

 

El conflicto, así, desemboca en una situación imprevista: no hay vuelta atrás y tampoco solución. No se puede trabajar más y tampoco se consigue afirmar una experiencia de no-trabajo. No se pueden tolerar las relaciones capitalistas de producción y tampoco el vacío generado por su falta.

 

En términos políticos, la aporía de una no-solución implica la puesta entre paréntesis tanto del horizonte de reapropiación trazado por las luchas obreras de los siglos XIX y XX, como del éxodo del trabajo subordinado imaginado por los movimientos de los años sesenta y setenta. También la intuición de que el problema ya no es tanto cómo enfrentar y derrotar al poder central, ni cómo escapar al poder disciplinario, sino qué hacer con la radical ambivalencia que presenta ese tiempo liberado que ha sido ganado a la empresa.

 

Si apropiarse de este tiempo liberado resulta tan dificultoso es, tal vez, porque la liberación –“de sus responsabilidades”– concierne a los cuerpos antes sujetados más que a la cooperación productiva misma, que la empresa sigue explotando. De ahí que cualquier posibilidad de cooperación autónoma deba ser creada –pues no preexiste–, y que esta creación dependa de la singularidad de quienes habitan un tiempo liberado casi por accidente.

 

Pero, ¿en qué consiste este accidente? No se trata de una casualidad, ni de algo puramente pasajero, sino de un desenlace no previsto por la lucha. Un imprevisto ejemplar, una excepción que dice mucho de los problemas del presente.

 

Un tiempo pagado por la empresa, pero que no es de trabajo; un conflicto que ha quedado en suspenso; un despido posible que no llega y una reincoporación impensable.
Un tiempo liberado que no es una experiencia de libertad; una concesión de la empresa, que desarma la lucha; una relación contractual que ya no es relación laboral.

 

¿Es un tiempo público o privado? ¿O un entrecruzamiento de ambos? Tiempos para el estudio académico personal y para las investigaciones militantes colectivas; tiempos de juego, de distensión, de ocio y espacios de charla donde traficar pensamientos comunes, destrabar procesos políticos, ayudar a un compañero; también aburrimiento, tedio, miedo…

 

Un espacio donde se hace difícil eludir el miedo que supone el riesgo legal de no atender las llamadas; dónde no es siempre fácil pensar colectivamente la culpa que surge de estar allí, cobrando sin hacer nada, de no ser productivos: “¿pasamos a ser lúmpenes?

 

Una indeterminación de doble filo, que oscila entre el desgaste interno y la existencia efectiva pero frágil y sin garantía alguna de continuidad de un colectivo tramado por la lucha pasada; entre la primarización de los vínculos y la experiencia cotidiana de un apoyo mutuo; entre la auto-infantilización y la posibilidad latente de una deriva de creación.

 

El imprevisto es una experiencia del borde, de la frontera, del estar entre. Ni afuera ni adentro. Más allá de toda vuelta a la normalidad y más acá de una fuga al aislamiento.

 

Nada parece fácil ni mucho menos seguro en ese lugar. Pero no hay dudas que la situación está habitada por una doble potencia: la de conservar el poder virósico de afectar la imagen y los negocios de la empresa –porque se está dentro–; y la de abrirse –en pleno horario laboral– a nuevos proyectos, relaciones e historias que no están contenidas en el –ya, ahora– estrecho mundo de la red corporativa. Virus y auto-organización. ¿Es posible una relación virtuosa entre ambas potencias?

 

Se trata de una pregunta relevante para la actualidad de los proyectos que buscan construir una nueva autonomía social y política.

 

NOTAS:

 

1. Ver “Tácticas en lucha: la batalla en Atento Argentina S.A.”, en la presente publicación.

 

2. Ídem.

 

3. El concepto de “diferencial de movilidad” es utilizado aquí a partir del sentido que le dan Luc Boltanski y Eve Chiapello en El nuevo espíritu del capitalismo; Akal, cuestiones de antagonismo, Madrid, 2003. Sobre la noción de diferencial, ver particularmente el apartado “El despertar de la crítica social: de la exclusión a la explotación”, donde los autores intentan desarrollar una teoría de las relaciones de poder y de explotación en la red a partir de la ubicación y las potencias que cada agente despliega en ella.
En un mundo “conexionista” los grandes ya no serían tanto quienes concentran bienes sino aquellos que acumulan relaciones en la red, que se demuestran aptos –por su sentido de la oportunidad y su aptitud hiperflexible– en la creación y gestión de las redes (“La movilidad, la capacidad de desplazarse de manera autónoma, no solamente en el espacio geográfico, sino también entre las personas e incluso en el ámbito de los espacios mentales, entre las ideas, es una cualidad de los grandes”). Los chicos, a su vez, no serían tanto los que carecen de bienes como aquellos que por una u otra razón ocupan los puntos fijos de la red. Reducidos a una relativa inmovilidad –“rigidez”– los chicos son los agentes subordinados, y el diferencial de movilidad entre ambas figuras da cuenta tanto del sentido como de la proporción de la dominación y la explotación. Cada agente de la red extrae su poder de su ubicación relacional respecto a los demás actores y de su capacidad de inventar nuevas posibilidades en ella, pero siempre en un contexto muy preciso en el que la movilidad de los grandes se desarrolla a través de la inmovilidad de los chicos, que perciben cada vez el poder de los otros como inversamente proporcional al suyo: “permaneciendo en un mismo lugar, los pequeños aseguran en él la presencia de los grandes, que no deben estar en todas partes y mantienen los lazos que éstos tejieron…(el chico) ha de permanecer en el lugar que le fue asignado. Su estancia en ese nudo de la red es imprescindible para los desplazamientos del grande. Sin su presencia, el grande perdería, a medida que se desplaza, tantas relaciones como fue creando. No podría acumularlas”.

 

4. Una paradoja envuelve esta situación: la idea de que la relación de antagonismo trasciende el puro enfrentamiento y que la insubordinación no se reduce a una disputa de hegemonía entre dos poderes, fue un redescubrimiento que efectuaron las luchas sociales de los años sesenta y setenta. Al recuperar, de este modo, la fuerza de la imagen del éxodo, de la fuga, las resistencias se abrieron a una dinámica directamente constituyente, de creación. Pero este mismo descubrimiento, cuando logra ser instrumentalizado por las empresas, se presenta a veces como una amenaza.

 

Dice Michael Ende, autor de La historia sin fin, un relato infantil donde el reino de la fantasía estaba en peligro:

 

“Por supuesto que yo creo en ángeles, demonios y en un universo espiritual, jerárquicamente ordenado, de inteligencias y seres de los más diversos géneros. Lo hago porque estoy convencido que el arte y la poesía de todos los tiempos y de todos los pueblos se acercan mucho más a la verdad que la triste imagen de la realidad de lo sólo-demostrable, una realidad que en el mundo de hoy pretende ser lo único cierto. Y si yo no tuviese cien otras razones que apoyasen esta convicción mía, me bastaría la siguiente: que la imagen actual de lo sólo-demostrable, pese a su inmensa complejidad, es en último término, aburridísima…”

 

Hace unos años, una corriente crítica de la historiografía marxista propuso extender la noción hasta entonces admitida de la resistencia obrera.
Las teorías e interpretaciones clásicas se habían detenido en las dimensiones organizativas y concientes de la experiencia de los trabajadores. Si el poder social recaía en la producción, entonces lo más importante era quién controlaba el proceso de trabajo y se apropiaba de sus productos. Por eso, a la consigna capitalista que rezaba “del trabajo a casa”, para comer-dormir-descansar y así volver “de la casa al trabajo”; los militantes oponían la invitación “de la casa al local sindical o partidario”, para preparar la rebeldía en la fábrica. Para esta perspectiva, las formas individuales y no programáticas de resistencia eran demasiado elementales y hasta engañosas.
Los historiadores críticos a los que nos referimos revisaron esta valoración, retomando el filo de las pequeñas rebeldías en el puesto de trabajo, de los diálogos despectivos y los gestos de hastío con la patronal, de toda una cultura informal que rompía con la norma fabril. Siguiendo esa pista, todo un campo nuevo de insubordinaciones se hizo visible, pues cobraron relevancia las prácticas y subjetividades que trascendían o eran indiferentes al espacio laboral, y que por incipientes o “improductivas” que fueran afirmaban otras formas de vida. La investigación militante se expandió, con interés, al conjunto de relaciones obreras que no tenían en el centro al trabajo: círculos de lectura y estudio, juegos y formas de entretenimiento, actividades comunitarias, la amistad, el amor, eran imágenes presentes de una vida liberada del trabajo.
El esquema entonces se invirtió: el sitio de la potencia pasó a estar afuera, en el barrio, en las redes de amigos, en la lectura, en el cine. Mientras que el tiempo empleado en la fábrica era un tiempo perdido, pasivo, un espacio de reclusión. De ahí que, además de la lucha, una forma propiamente proletaria de ocupar el tiempo de trabajo consistía en imaginar lo que harían una vez que salieran de la jornada laboral. La mente se fugaba del cuerpo, para proseguir los caminos de la lectura del día anterior o para fantasear con lo que esa noche, una vez en el barrio, acontecería…

En el call center, el cuerpo y también la mente son fijados al trabajo.
En el horizonte de la organización obrera el control de la producción es apenas una bruma incierta, una esperanza pasada.
La fuga del trabajo muchas veces se vive como si uno fuera despedido al espacio sideral, a la nada.
Quizás como nunca antes parecen taponadas las grietas de la imaginación.
Sin embargo, en ese territorio de excepción abierto por la lucha, donde la regla y el rigor fueron destituidos, la impotencia sólo deviene cuando se agota la fantasía, es decir, la capacidad concreta de crear nuevas relaciones.

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