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La crónica de la Mascarita feliz. Carlos Franz

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Mascarita feliz

Carlos Franz

“La risa abunda en la boca de los tontos”, decía un viejo refrán. Este proverbio ya no vale. Ahora lo inteligente es sonreír sin causa alguna o mejor aún: reírse a mandíbula batiente, todo el tiempo. Políticos, gerentes, curas, artistas, los nuevos liderazgos, de todo tipo, se construyen alrededor de una gran sonrisa (aunque, de tan forzadas, algunas parezcan ortopédicas). Pero, ¿cómo no van a sonreír, si medio mundo quiere ser popular y no hay nada más vendedor que una risa o una sonrisa?

Una prueba es la inundación de emoticones alegres que corren por Internet. Venga o no venga al caso, una carita alegre dibujada acompaña o reemplaza a las palabras en millones de mensajes. Si bien existen otros monitos para expresar tristeza y mil cosas más, estos son mucho menos frecuentes. En una encuesta realizada por Yahoo, el 83% de los usuarios declaró que su emoticón más usado es el de felicidad; mucho menos habitual es el de tristeza. Pero el menos empleado de todos –y por eso casi desconocido– es el que expresa seriedad.

Se dirá que la seriedad es neutra y se sobreentiende, mientras que la alegría requiere expresiones faciales que la demuestren. Creo que se trata de un error (serio). La seriedad no es menos compleja que la alegría. Puede comunicar tantas cosas: reflexión, prudencia, reserva, discreción… Muchas veces, la seriedad es el auténtico rostro de la paz y la serenidad. Existe una abundante gestualidad facial que expresa esas actitudes y que los emoticones podrían replicar (y de hecho, algunos lo intentan). Pero no hay demanda. Los usuarios de mensajería y redes sociales prefieren abrumadoramente expresar una alegría risible. Sin duda, porque la seriedad no “vende”.

Si el emoticón serio no se usa y se abusa tanto del sonriente, es porque hoy está mal visto ser lo primero. La seriedad ha terminado por confundirse con la gravedad, la solemnidad o, con algo aún peor para esta época: la trascendencia. De modo que cuando alguien se descuida y se pone serio, enseguida él mismo corre a desmentirlo, poniéndole a sus palabras una carita sonriente (J). Para el ánimo farandulero contemporáneo, la seriedad ha pasado a ser una descortesía.

En la escritura global que fluye por las redes, las caritas alegres equivalen a esas tandas de carcajadas que estallan en los malos espectáculos televisivos. Todos sabemos que no son de verdad, que son un truco para inducirnos a reír con un chiste malo, estimulando un gesto reflejo (porque las risas son contagiosas, igual que los bostezos). Sabemos, además, que si el chiste fuera bueno no necesitaríamos de esas carcajadas falsas. Con nuestros mensajes ocurre algo análogo. Las buenas noticias solemos acentuarlas con una carita feliz, y está muy bien. Pero ¿será posible que ese 83% de los usuarios –cuyo emoticón más usado es la carita sonriente– sólo tenga buenas nuevas que comunicar?

Si no fuera así, ¿de dónde sale ese exceso de risas, entonces? Quizás vienen de que la felicidad se ha vuelto imperativa. Lo políticamente correcto ya no se agota en la salubridad obligatoria (prohibido fumar hasta en el baño de su casa), o en la paridad “de género” compulsiva (no la escojo por su seso, sino por su sexo). Ahora es preceptivo ser simpático, a toda costa. Más que la inteligencia o la bondad y mucho más que la sabiduría, lo esencial es caerle bien a todos y a todas (si no redundamos, somos unos pesados sexistas). Muchos repudian el populismo, pero a la popularidad la cortejan sin vergüenza y con sinvergüenzura.

Las redes sociales son el circo principal donde payasea este frenético deseo de ser alegres. Hace poco, en una comida, me permití criticar a cierta celebridad que, a mi juicio, es tonta y malintencionada. Quizás yo estaba equivocado, pero lo interesante fue el argumento con el que una señora me desmintió: “no puede ser tan tonta y mala, si tiene como cinco mil seguidores en Twitter”. ¡Con ese criterio, si tuviera cien mil seguidores sería un Einstein o una Sor Teresa de Calcuta!

En las redes todos quieren tener, como el cantante Roberto Carlos, “un millón de amigos”. Y para lograrlo es preciso ser buena onda y chistoso, aunque los temas requieran otra cosa. Si usted carece de una sonrisa atractiva, despreocúpese, para eso están las sonrisas artificiales de los emoticones.

Como tantas cosas –unas buenas y otras malas– esta manía de popularidad sonriente pudo venirnos de la cultura estadounidense. Cuando hace un cuarto de siglo viví allá, me sorprendió que completos desconocidos me sonrieran en la calle. Llegué a creer que mi discreta persona inspiraba una generalizada simpatía, en ese país. Nada de eso. Pronto comprendí que se trataba de una sonrisa automática. Una máscara social. Una apariencia de felicidad, para mantener a distancia las tristezas ajenas. Y disimular las propias.

Los emoticones –tan divertidos algunos– no tienen la culpa. A mí también me gusta jugar con ellos. Es el abuso de la carita sonriente lo que resulta ser un síntoma. Tras esa abundante “mascarita feliz”, ocultamos una ineptitud generalizada para aceptar la simple y serena seriedad. Ese ideal de equilibrio que buscaron muchas sabidurías, ajenas tanto al pesar melancólico como a la alegría maniática. Aunque resulte impopular, lo digo muy en serio.

 

Beatriz Berger Solis

Periodista Universidad de Chile
Directora Biblioteca Pública 357

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