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“(…) somos capaces de ser felices, porque somos personas dignas. Nuestros torturadores, no”,

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Alejandra Holzapfel:

Yo sobreviví a Venda Sexy

Ivonne Toro Agurto

The Clinic – 11 de Septiembre 2013

Alejandra tenía 19 años cuando fue tomada prisionera por la DINA. Desde

1974 a 1975 estuvo detenida en Villa Grimaldi, VENDA SEXY, Tres Álamos y

Cuatro Álamos. Fue violada por el guatón Romo y violentada sexualmente con

un perro pastor alemán, al que los agentes de la dictadura llamaban Volodia.

Pese a todo, no lograron doblegarla: “Pasamos atrocidades; pero somos

capaces de ser felices, porque somos personas dignas. Nuestros torturadores,

no”, declara.

Primavera de 1976: Alejandra Holzapfel Picarte (21) entra corriendo –los puños

apretados, la respiración entrecortada, los ojos enrojecidos– a su departamento, en

el block Karl Marx 34, en Potsdam, República Alemana Democrática (RDA), donde

vive su exilio, desde 1975. Casi rompe su polera y pantalón mientras, llorando, se

desnuda. Tropieza al empujar la puerta del baño y, aún sin recuperar el equilibrio,

entra a la ducha y abre la llave del agua. Toma una esponja y comienza a refregarse

el cuerpo, con tanta vehemencia que se le irrita la piel, pero sigue tratando de quitarse

la suciedad imaginaria. De golpe, llegan los recuerdos: ella vendada, sin ropa, sobre

un camastro, violada por Osvaldo Romo; ella en el suelo, sujetada por agentes de

la DINA, mientras una mayor de Carabineros dirige a un perro amaestrado para

ultrajarla. Sale a su dormitorio, aun estilando, cubierta sólo por una toalla. Se sienta

en la cama frente a un espejo y se observa.

Ese día, por vez primera desde su paso por los centros de tortura pinochetista,

Alejandra tuvo un contacto romántico con un hombre y fue un desastre. Su amigo

Pepe Fuica –un militante socialista, a quien conoce hace un par de meses, cuando la

convenció de entregar su testimonio como torturada política a Naciones Unidas–, la

besó de improviso mientras caminaban por su barrio, en Am Stern. Para él, se trató de

un arrebato amoroso. Para ella, el que la tomara por sorpresa fue arrastrarla, otra vez,

a los días en que fue violentada sexualmente: cayó al suelo, lo golpeó una y otra vez,

y luego huyó.

Encerrada en su habitación, Alejandra ya ni siquiera llora. Sólo mira, en silencio,

su reflejo. Afuera de su edificio, Fuica termina de fumar un cigarrillo y enciende de

inmediato otro, con las manos temblorosas. Está descolocado y se cree responsable

de la reacción de Alejandra Holzapfel, por lo que decide quedarse un par de horas

ahí, a la espera de que ella salga de su guarida. Como eso no ocurre, se marcha a

Berlín y un mes después le envía una carta, disculpándose. Ella le contesta y le sugiere

encontrarse y conversar: “He decidido –le dice– vivir la vida que soñaba antes del

golpe de Estado”.

“Recuperar la alegría era, también, una decisión política, una forma de ganarle a la

Dictadura”, explica hoy, a sus 60 años, Alejandra.

Esta convicción la lleva a casarse con Fuica, a ser madre con él y a volver a sonreír,

pese a haber sido brutalmente torturada por más de tres meses, desde que fue

tomada prisionera, a fines de 1974.

LA CAÍDA

El 11 de diciembre de 1974, en las horas previas al inicio de su calvario por los

centros de tortura, Alejandra, estudiante de Veterinaria, recibió en su departamento

–en Santiago Centro– a una de sus amigas más cercanas, Beatriz Bataszew, quien,

como ella, militaba el en MIR.

Beatriz estaba siendo buscada por los organismos represivos. La información que se

manejaba entre los miristas era que todas las casas de seguridad de la organización

habían sido allanadas o estaban bajo vigilancia y que algunos de sus compañeros

estaban presos. De otros, nada se sabía. Necesitaba esconderse por unos días.

En silencio, ambas cenaron esa noche y, luego, durmieron a sobresaltos. A las cinco

de la madrugada, un fuerte ruido las despertó. Aún no amanecía. La oscuridad era

casi absoluta y en la puerta un hombre exigía que le abriera. Las dos sabían lo que

eso significaba. O creían saberlo. La magnitud de la crueldad de los organismos de

represión no era conocida, hasta eses entonces.

Mientras la mamá de Alejandra se levantaba a atender, Beatriz advirtió que portaba

un documento estratégico, que no podía caer en manos del Régimen. Entre las dos,

rompieron los papeles y los masticaron mientras tomaban agua para no atorarse. Una

tía abuela de Holzapfel, que también vivía con ellas, estaba inquieta con el inusual

movimiento. “Tan tarde, o tan temprano, no es hora de llegar a los hogares decentes”,

decía.

En la puerta de entrada, la mamá de Alejandra intentaba convencer al joven oficial

Fernando Lauriani Maturana, a cargo del operativo, de que esa noche sólo ella

estaba en casa. La misión no le era difícil. Aunque se haría conocido como uno de los

criminales más crueles del Régimen, Lauriani no era precisamente una lumbrera. El

militar estaba decidido a retirarse, pero Alejandra no lo sabía y, temiendo que pudieran

arrestar a su madre, se asomó al living justo cuando Lauriani se estaba yendo. La

alcanzó a ver.

– “¡Esta es la señorita que buscamos!”, exclamó el agente.

Entonces, allanó la casa y encontró a Beatriz.

– “¿Y esta rucia suelta, quién es?”

– “Es compañera de Universidad; estábamos estudiando”.

Lauriani se esforzó en corroborar que le estaban diciendo la verdad, exigiéndole a

Beatriz que le diera un número de teléfono para verificar la información. La joven

alumna de Agronomía le dio el de sus padres. Al otro lado de la línea, ellos le dijeron al

agente que la niña se encontraba preparando un examen donde una amiga. Esa noche,

Bataszew se salvó.

Holzapfel, en cambio, quedó detenida, por la delación de Humberto Menantaux,

uno de los integrante del Comité Central del MIR que había caído en las garras de la

Dirección Nacional de Inteligencia (DINA) en noviembre de ese año y que fue asesinado

en 1975, después de haber sido obligado a entregar toda la información que poseía y

a dar, junto a otros tres integrantes de la organización, una conferencia de prensa en

que llamó a sus compañeros a deponer las armas, tras leer la nómina de muertos del

MIR. Hoy figura en la lista de desaparecidos.

ESE MUERTO NO LO CARGO YO

– “Le traigo a la niña a las 8.30. Le vamos a hacer un par de preguntitas, nomás.

Téngale desayuno”, vociferó Lauriani antes de partir.

La mamá de Alejandra no volvió a dormir. Preparó la mesa, confiada en la palabra del

militar.

Afuera de su hogar, en Valentín Letelier, a pasos de La Moneda, Holzapfel fue subida,

con los ojos vendados, a un vehículo conducido por Basclay Zapata. Cerca de las seis

de la madrugada, sus captores la ingresaron a Villa Grimaldi, en medio de murmullos,

y llamaron a dos mujeres de la DINA, que precedieron a escudriñarla en búsqueda de

algún texto secreto o microfilme. Tras tocarle hasta la vagina, la dejaron sentada con

los ojos aún cubiertos.

Entonces oyó una voz.

– ¿Quién eres?

Sin saber quién preguntaba, decidió responder:

– “Soy Alejandra Holzapfel”.

– “¡`Coneja´, estás acá!”

En ese minuto, reconoció la voz de Laura Ramsay y, luego, cuando se deslizó la

venda, pudo ver a Carmen Bueno.

A las ocho de la mañana, Lauriani le hizo una breve visita.

– “Que se levante, inmediatamente, la que está sin la venda”.

– “Soy yo”, respondió Alejandra.

Lauriani había hecho uso, varias veces, de la misma táctica, para burlarse de las

recién detenidas. Se acercó a Alejandra y la abofeteó, tan fuerte que ella cayó al suelo.

– “¡Te dije que no te sacaras la venda! ¡Aprende a obedecer, huevona!”

Alejandra recuerda que aún no se le había quitado el ardor en la cara cuando comenzó

a sonar una cumbia: “A ese muerto no lo cargo yo, que lo cargue el que lo mató”.

En ese minuto, la llevaron a otro cuarto, la desnudaron, la mojaron y le aplicaron

electricidad sobre un catre metálico. Le pidieron nombres de otros dirigentes del MIR.

“Tarde o temprano, todos hablan”, le aseguraron. Ella calló. Luego, Osvaldo Romo,

viéndola débil por la tortura, se bajó el pantalón y la violó por primera vez. Ella siguió

en silencio.

– “¿Tu chapa es Mauro?”

– “No”.

– “¿Quién es Mauro?”

– “No sé”.

– “¿Qué sabes?”

– “Nada”.

Los torturadores se pusieron a hacer comentarios sobre el calor de diciembre y lo

lindas que eran las comunistas recién llegadas. La volvieron a poner sobre la parrilla y

el Guatón Romo la violó, otra vez.

– “¿Tu chapa, es Mauro?”

– “No”.

El mismo ritual se repitió, por cinco días.

“Sentí que mi dignidad dependía de no hablar; por lo mismo, me costó mucho

perdonar a quienes se quebraron. Con los años, he aprendido que existen distintos

tipos de delación, que es diferente quien se vuelve colaborador a quien, ante una

situación que no puede soportar, delata. Hoy si ponen frente a mí a uno de mis nietos,

tal vez entrego todo lo que sé. Uno, de verdad, no sabe qué puede o no aguantar. A mí

me hicieron cosas terribles, y callé; pero he conocido a gente maravillosa que entregó

a un compañero que es detenido desaparecido y sufre, hasta hoy, por eso”.

LA BESTIALIDAD DE VENDA SEXY

El 16 de diciembre de 1974, luego de cinco días en Villa Grimaldi, Alejandra Holzapfel

fue trasladada a una casa de dos pisos, en calle Irán 3037, Macul. Allí, se reencontró

con Beatriz, maltrecha y herida. Bataszew había caído el 12 de diciembre, un día

después que Alejandra, interceptada en un fallido encuentro con otro militante, Mario

Peña, y fue llevada de inmediato a VENDA SEXY. La fantasía de burlar a la DINA sólo

fue eso: una ilusión. Su novio, Dagoberto San Martín, también perseguido, fue cazado

por la represión el 17 de diciembre. Hasta hoy se desconoce su paradero.

Alejandra intuyó, al ver a Beatriz, que le esperaban otros espantos. La residencia

estaba llena de miristas, algunos con heridas visibles y la mayoría en extremo

delgados.

“Estaba también Laura Ramsay, que había sido sacada hace unos días de Villa

Grimaldi. Me extrañó no ver a Carmen Bueno, porque no había vuelto a saber de ella.

Después me enteré que ella, que era cineasta, fue asesinada bajo el cargo de haberle

regalado una mascota a Miguel Enríquez”.

La cumbia que atormentaba a Alejandra, en Villa Grimaldi, fue reemplazada en la

DISCOTÉQUE por música anglo, que sonaba durante todo el día, para esconder los

gritos de quienes eran torturados en el subterráneo. Quienes llegaron ahí fueron

vulnerados sexualmente, de forma continua. La brutalidad llegó al extremo de que la

mayor de Carabineros Ingrid Olderock entrenó a un pastor alemán ovejero, a quien

llamó Volodia, para violar a los prisioneros.

– “Contra todo lo que se pueda creer, ella le había enseñado a violar. Estaba

completamente amaestrado por ella, que le daba las órdenes”.

“¿Es cierta la historia del `perro Volodia´”?”

– “Es cierta: a mí me tocó ser violada así, con ese animal; por eso, te lo puedo decir.

Es una de las historias más terribles y dolorosas que yo sólo he podido enfrentar hace

muy pocos años. Por mucho tiempo no pude sacarlo, me daba una vergüenza terrible.

Ingrid dirigía al animal, mientras los otros torturadores obligaban a los detenidos

a adoptar posiciones que facilitaran el abuso. Hombres y mujeres que pasaron por

VENDA SEXY fueron víctimas de esta atrocidad. Nadie hablaba del tema en la casona;

pero, tras las sesiones de tortura, las compañeras recibían a sus amigas con más

ternura que de costumbre y las acurrucaban para que durmieran un rato. Con los días,

se dieron cuenta de que quienes estaban a cargo del centro de detención disminuían

las violaciones cuando las prisioneras estaban menstruando, así es que idearon un

plan: las que estaban con el periodo o con una herida sangrante, dejaban un paño

manchado en el baño, así la que ingresaba se lo ponía”.

La estrategia irritó a los agentes:

– “¡Otra vez, están todas estas huevonas con la regla, hasta cuándo!”, se quejaba el

general en retiro Raúl Iturriaga Neumann, que actualmente cumple condena en Punta

Peuco.

La resistencia consistía en eso: en no rendirse en medio de la miseria.

“Uno pierde noción del tiempo con la tortura, del día de la noche, de si comíamos o

no. Recuerdo que una vez comí una sopa de huesos de pollo y que otra vez nos dieron

lentejas con caca y una compañera dijo fuerte: ‘Nos están dando lentejas con caca.

Nos las vamos a comer igual, pero ni crean que no lo sabemos’. Era una forma de

hacerles saber que no nos estaban engañando. El Venda Sexy fue terrible. Varios

compañeros desaparecieron desde ahí, también”.

De la DISCOTÉQUE, Alejandra pasó a Cuatro Álamos, recinto que los militares usaban

para que a los detenidos se les borraran las huellas visibles de la tortura. “Desde ahí,

también desaparecieron gente, pero las condiciones eran menos duras: tuvimos acceso

a duchas, por ejemplo”.

Luego de unas semanas, fue llevada a Tres Álamos, donde Nieves Ayrees, quien

también había sufrido todos los horrores del aparato represivo pinochetista, le dio un

sentido al dolor.

– “Había un grupo de detenidas que daba como la bienvenida. Me encuentro con

Nieves Ayrees, que es hermana de la Rosita, mi actual socia en la productora, y dice

`Oh, la Holzapfel, ¡chiquillas, llegó otra del Liceo 1!´ y empiezan a cantar `Eleceí, ceí,

ceí´. Y yo pienso `qué está pasando aquí, están todas las locas´. Después entendí la

importancia del temple de esas mujeres. Nieves vive ahora en Nueva York, y estoy

demasiado agradecida de ella, porque con ella al lado uno no puede caerse. En Cuatro

Álamos me llevó a su celda. La llamó `la cueva mágica´; hacía dibujos, siempre nos

dibujaba sonriendo. Nos obligaba a conversar sobre lo que nos había pasado. `Ah, a ti

también te violaron´. Al final, era raro, porque ella lo entendía todo. Y nos hacía hacer

obras de teatro, sociabilizar el dolor. Yo, que me sentía sucia, logré ver que a todas

nos pasaba eso. Estoy convencida de que ella me enseñó a sobrevivir”.

Estando en Tres Álamos, Alejandra Holzapfel pudo recibir visitas. El primer encuentro

fue con su madre, a quien no había visto en tres meses.

– “Mamá, necesito que me traigas antibióticos. Es muy importante”.

– “¿Estás enferma?”

– “Es que… me violaron”.

Al escuchar por vez primera esta confesión, su madre se puso pálida; pero, entre

gemidos, le aseguró a su pequeña de 19 años que todo estaría bien, porque que

estaban vivas y eso era lo único importante. También, le comunicó que pronto podría

partir al exilio en Alemania y terminar sus estudios de Veterinaria, profesión que, tras

las aberraciones sexuales que le infringió Olderock con el perro Volodia, Alejandra

nunca más quiso ejercer:

– “Debes seguir tus estudios de Veterinaria”.

– “No quiero”.

– “Ale, debes hacerlo. Es lo que amas y te faltan dos años, nomás”.

Alejandra la miró, sin sacar la voz. Ahora, odiaba el contacto con los animales; pero,

no se atrevió a decírselo. ¿Qué podría haberle dicho sobre lo que vivió en VENDA SEXY,

si no quería ni siquiera recordarlo?

El EXILIO

A mediados de 1975, Alejandra fue enviada a la RDA. El arribo fue difícil. Eran

tiempos de sospechas. No hablaba el idioma y Berlín estaba lleno de militantes del

Partido Comunista y del Partido Socialista. Ella era del MIR y el rumor era que los

militantes del MIR eran agentes de la CIA, que habían propiciado el Golpe.

“Fue súper doloroso. Llegó un momento en que le dije al alemán a cargo que me

mandara de vuelta a Tres Álamos. El tipo se espantó y al día siguiente aclaró la

situación con todos los chilenos y les dijo ‘Alejandra es una persona de confianza,

entonces ella puede hacer lo que quiera’. Ese fue el espaldarazo que necesitaba. Ahí

me enviaron a vivir a Potsdam”.

En Potsdam, Holzapfel llegó al edificio en el residían Ángela Jeria –viuda del general

Alberto Bachelet– y su hija Michelle. Por más de un año, fue vecina de piso de

ambas. Ángela la acogió y la acompañó. Fue la dulzura que Alejandra requería para

recuperarse y una de las personas que la instó a aceptar los cortejos de Pepe Fuica,

con quien se casó y a quien abandonó en 1979, luego de que él frustrara su plan de

regresar a combatir al País.

– “Me metí en la política de retorno del MIR y él consideraba que era un suicidio. Quise

volver el ’79, me estaba preparando para eso, y él fue al consulado de Chile a entregar

esta información, para impedir que yo retornara”.

Alejandra no pudo soportar la traición. Falsificó los pasaportes de sus hijos, con ayuda

de una amiga alemana, y huyó con ellos desde Leipzig, donde estaba residiendo desde

que había contraído matrimonio. Tomó el tren y llegó hasta la casa de Carlos Liberona,

en Frankfurt, quien la derivó con Cristián Schmidt, el que sólo le pidió –a cambio de

estar en su hogar seis meses, con los niños– que le enseñara a manejar.

Recién en 1987, pudo volver con sus hijos al país. Fuica, en tanto, murió en un

accidente de tránsito en Alemania, sin haber logrado el perdón de Alejandra.

Cuando Holzapfel llegó a Chile, comenzó a colaborar con la Justicia en los procesos

contra quienes la violentaron, estando en prisión. Se ha careado con Basclay Zapata,

Miguel Krassnoff Martchenko, Lauriani Maturana y Osvaldo Romo.

Ninguno, nunca, le ha pedido perdón.

– “Lauriani quiso darme lástima. ‘Tengo familia’, me dijo. Krassnoff fue más

prepotente”.

“El guatón Romo se hizo pipí, literalmente. Olderock no pasó un día en la cárcel.

Murió en libertad; pero, por azar, un día –creo que el 88 o el 89– entró a comprar

a un minimarket que yo tenía en Valentín Letelier. Afortunadamente no estaba sola

y pude echarla y decirle lo que pensaba. Es sanador decirle a alguien ‘aquí estoy,

aunque me hiciste esto o lo otro’. Aun así, tengo una gran frustración de saber que los

torturadores no reciben el castigo merecido por cada persona a la que hicieron sufrir,

que hay que acumular condenas para que pasen tiempo en la cárcel y, sobre todo, me

duele no saber qué pasó con los compañeros que están detenidos desaparecidos. Que

aún hoy, a cuarenta años, nos nieguen la verdad es una nueva forma de torturarnos”.

Pese a todo, Alejandra sabe que le dobló la mano a la Dictadura. Hoy tiene un par de

nietos “maravillosos, preciosos y todos los adjetivos lindos que se te puedan ocurrir” y

la dignidad –que la DINA trató de quebrantar– intacta.

– “Aquí, instalaron una política de destrucción de nosotros como seres humanos, y aun

así no pudieron conseguirlo. Entonces, cuando somos capaces de reír, de disfrutar la

vida, demostramos que no pudieron destruirnos. Pasamos atrocidades, pero somos

capaces de ser felices porque somos personas dignas. Nuestros torturadores, no”.

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