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En voz alta sobre la violencia.

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En voz alta sobre la violencia..

 

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Al ser cristiano me he visto invitado, provocado e, inclusive, compelido a hablar sobre la violencia, toda vez que nuestro recuerdo, graficado en redes sociales y foros, entre otras instancias, versa sobre Allende y otros militantes, quienes fueron represaliados a sangre y fuego por una dictadura que no escatimó violar desde el Estado los derechos humanos en forma sistemática. Y nos encontramos, en los noticieros de la mañana del día 12 de septiembre con el asesinato del Cabo 2º de Carabineros Cristián Martínez. E, inmediatamente, se responde que es incongruente hablar de revolución (¡en el siglo XXI!), o hacer un análisis histórico de la violencia, desde un sujeto que es cristiano. “-¡El cristiano sólo debe hablar de amor!”, se dice. Y peor aún, sólo en la iglesia, porque si habla en sociedad está haciendo una intromisión en la vida pública. ¿Cómo si fuera posible disociarse de la condición de tal para tener derecho a interlocución? Como creo que para ser cristiano no debo sacarme el cerebro (puede sonar duro, pero en ciertos contextos parece que todavía hay que demostrarlo), escribo estas breves líneas para conversar en voz alta sobre la violencia, asumiendo algunas preguntas directas e indirectas.

“Debemos de pugnar para que el hombre piense en la paz”. Creo que nadie estará en contra de estas palabras. Es el ideal máximo, para los que siguen creyendo en los metarrelatos y para quienes ya no, y desde su posición a nivel micro lo buscan configurar. “El derecho de vivir en paz”, declama el verso bello de la poesía de Víctor Jara, pero que puede ser usada por quien quiera, poniéndola en contexto o sacándola de él. Porque la paz de la que hablaba el cantor popular y de la que habla la cita al comienzo del párrafo no es a cualquier costo, no es bajo cualquier sistema. Esas palabras emanan de un discurso, dicho ante una asamblea de los países de la Tierra, representada en la película “Su Excelencia”, del año 1966, que tuvo como su protagonista al actor mexicano Mario Moreno, conocido por su personificación del “pelado” Cantinflas. Dicho discurso es parte del clímax del film, en el cual Cantinflas, personificando a “Lopitos”, el Embajador de la Isla de los Cocos, deja de cantinflear para hablar en serio, de manera contundente, señalando cómo el imperialismo de cualquier color, tiene a los países periféricos “como peones en el tablero de ajedrez de la política internacional”. Es así que dice que: “Debemos de pugnar para que el hombre piense en la paz”. A lo que agrega, en forma magistral: “pero no solamente impulsado por su instinto de conservación, sino fundamentalmente por el deber que tiene de superarse y de hacer del mundo una morada de paz y de tranquilidad cada vez más digna de la especie humana y de sus altos destinos. Pero esta aspiración no será posible sino hay abundancia para todos, bienestar común, felicidad colectiva y justicia social” (el destacado es mío, aunque se deduce de las tonalidades del discurso). Cómo no estar de acuerdo con estas palabras. La paz social no puede sustentarse en la desigualdad, en la exclusión, en la avaricia de unos pocos, en la competencia (aunque sea “libre”), en la injusticia. La paz social no puede sustentarse en la búsqueda del olvido, olvido que conviene a unos cuantos, porque la historización de ciertos eventos hará que no sigan actuando impunemente. Mientras exista hambre, viviendas indignas, “cunas malas” y “cunas buenas”, mientras la salud de calidad sea para unos pocos y el acceso a educación de calidad tenga que ver con lo que se lleva en las billeteras, ergo si no se tiene nada, con endeudamiento, no puede haber abundancia para todos (está más que claro), bienestar común, felicidad colectiva y justicia social.

Hablemos de la violencia. Digámoslo en una serie de puntos, partiendo de lo puntual o coyuntural, a los temas de fondo:

a.       No se puede celebrar la muerte del Cabo 2º Cristián Martínez. Aunque uno no guste de los uniformes, de la lógica militar, ni de la representación de larga duración que uno pueda encontrar en ellos. No se puede celebrar la muerte de un esposo, de un padre de un bebé de tres semanas. No se puede celebrar la muerte de un trabajador, que por la división del trabajo, que es histórica y no natural, le correspondió estar en una noche de 11 de septiembre en la calle, y no en un cuartel o en su casa, acelerando el cumplimiento del juramento que hicieron de “dar la vida si fuese necesario”. Por lo tanto, presento mi total repudio frente a la muerte de este carabinero. Que eso quede claro desde un principio.

b.      Tampoco son dignas de celebrar las palabras del Jefe de Zona Metropolitana Oeste de Carabineros, el General Rodolfo Pacheco, quien aprovechando la situación, y el carácter emocional del duelo, señaló de manera impertérrita que “somos la última reserva moral de este país”. ¡Por favor! Un poquito de cordura no vendría mal. El que se les delegue la responsabilidad de conservar el orden, no garantiza el cumplimiento ético de dicha función. Porque uno podría estar de acuerdo que en un Estado de Derecho el monopolio de las armas lo tengan los institutos armados, pero dicho monopolio debe ser ejercido de manera racional, conteniendo la brutalidad y la agresividad. Cosa que no se ha visto en las muertes de Claudia López, Daniel Menco, Alex Lemún, José Huenante, Rodrigo Cisternas, Matías Catrileo, Johnny Cariqueo, Jaime Mendoza y Manuel Gutiérrez, por sólo mencionar a algunos. Cosa que no se ha visto en muchas de las marchas estudiantiles, o en los desalojos de colegios y en el trato abusivo de connotación sexual y de violencia de género. Cosa que no se vio en Aysén y el despliegue represivo atroz que las fuerzas policiales tuvieron con gente que lo único que hacía era protestar contra un sistema que les excluye, limita y los sumerge en un sinnúmero de carencias. Cosa que no se ve con los Mapuche y su demanda histórica, conflicto que no tiene origen con la invasión española, ya que dicha empresa de conquista no pudo pasar la frontera del Bío-Bío, sino con el Estado Nacional chileno que nos miente con una pseudo Pacificación, que trasuntó en el despojo de la tierra y de la vida.  En ese sentido, para ser una “reserva moral” se debe colaborar con la justicia (en los tribunales y en las calles) y no encubrir la información.

c.       Aquí no se debe buscar el empate, porque con la vida de sujetos no se puede jugar con lógicas tan bajas. “-Tú mataste a uno de los nuestros, yo maté a uno de los tuyos”. Es ridículo. Ahora, más torpe aún es que diputados de la UDI, el partido pro-vida, salga pidiendo la reposición de la pena de muerte en caso del asesinato de uniformados. Vale decir, el único delito que sobrepasa el atentar contra la propiedad privada es el que va contra un uniformado. Eso va contra el artículo Nº 1 de la Constitución del 80 parchada por la Concertación que dice: “Las personas nacen libres e iguales en dignidad y derechos”. ¿Es que la vida de un uniformado vale más que la de un estudiante, que la de un mapuche, que la de un poblador? Y esto probablemente por una deformación, que no sé si es producto de los 17 años de dictadura o por la influencia holliwoodense, se piensa que los policías son la ley. Eso no es así, en un Estado de Derecho, se supone que nadie está por sobre la ley. Se supone. La muerte de un delincuente no asegura el fin del delito. La elaboración de una ley no establece un cambio conductual. Si no, preguntemos a las universidades que según la ley no deben lucrar e igual lo hacen.

d.      Lo que pasó este 11 de septiembre de 2012, en el caso del cabo asesinado es la acción de un joven, que junto a su pandilla aprovechó la ocasión y como dijo Juan Cristóbal Guarello, salió a “huevear”. Ese muchacho, probablemente, no sepa nada de la Unidad Popular ni de la dictadura militar, pero sabe de delitos, sabe de tráfico de drogas, sabe de vida miserable, sabe de odios y violencias. Y cuando ve que a su población llegan tanquetas y fuerzas especiales, que sus vecinos salen a las 2 o 4 de la tarde del trabajo para volver a su casa, que las micros comienzan a “guardarse”, que el estadio en una eliminatoria no está lleno, que los semáforos más cercanos ya no están, que la gente no camina por las calles cuando ya está oscuro, todo eso porque “algo puede pasar”, no queda otra que salir a la calle “a dejar la patá” y “agarrarse con los pacos”. Porque si mi papá y mi tío “están en cana” yo también quiero llegar allá, porque quiero ganarme la reputación de “choro”, “de ví’o”, aunque algunos en la cárcel reconozcan que en la calle están los verdaderos “ví’os”, los que “la supieron hacer”. Pero el cabro quiere sumar “experiencia” para su currículum delictual. Por eso celebra con la gorra y con el escudo luego que dejó al “paco” muerto. Y esto no es determinismo, porque la agresividad devenida en violencia no es natural, es histórica, es construida. El cabro tiene la posibilidad de no actuar delictualmente y lo hace. No está obligado a hacerlo. Pero tiene un montón de factores que lo rodean y lo llenan de sentido para hacer lo que hace. Eso no justifica nada. No repara nada. Pero lo explica.

e.       Lo que pasó el 11 de septiembre de 1973 no es una excepción histórica. Es parte de una continuidad. Es la élite la que construyó Estado Nacional a partir de la década de 1830, haciendo que éste funcione para su beneficio. Y aunque ha habido cambios de gobierno, esa clase dominante se ha mantenido a lo largo de la historia en el bloque en el poder. Y aunque ha permitido el ejercicio democrático del voto, tiene todo cocinado antes de las elecciones asegurando que no perderá sus cuotas de poder. Y lo único que ha hecho a lo largo de la historia es cambiar sus estrategias de dominación o contención (esto se lo debo a Tomás Moulian en su libro Fracturas). Y cuando ha visto que no sólo la estrategia de dominación es cuestionada, sino el sistema y los sujetos que la configuran, no ha dudado en sacar a su brazo armado, los militares para golpear y restaurar el orden establecido. No es menor que los tres textos constitucionales de mayor continuidad nunca emergieran de una asamblea constituyente, sino de “notables” que desarrollaron la tarea legal a la sombra de las bayonetas. Eso no exime de errores a la Unidad Popular ni a quienes no confiaron en la vía institucional, sino que previendo la inexorabilidad de la revolución, no se sumaron a dicho proyecto. De eso se ha escrito mucho, casi desde el mismo día del golpe, y las izquierdas han sabido de lecturas sobre la derrota o del fracaso. Y quizá, el error más grande fue no haber leído con claridad nuestro pasado para entender que la reacción no sería una guerra fratricida, sino un golpe demoledor insoslayable por su poder de fuego represivo. Por eso, y más, es importante la historización de ese y todos los procesos de nuestro pasado(-presente), porque nos ayuda a mirar la actualidad y nos motiva a pensar en un mejor horizonte de expectativas, como dice la fórmula de Koselleck.

f.       Eso nos lleva a una cuestión de fondo. La violencia tiene a los menos dos elementos que la constituyen y que están profundamente relacionados entre sí: la violencia es estructural y es relacional. Es estructural, porque histórica y no naturalmente, las clases dominantes han ejercido históricamente la violencia, y ésta se ha legitimado y empoderado mediante el recurso legal y la configuración simbólica que obnubila nuestra mirada a dicha violencia, llamándola, inclusive, de manera eufemística, representatividad. Y aquí se debe relevar que el ejercicio de dominación no sólo incluye la coerción, sino de manera muy significativa, la cooptación. Esta configuración simbólica conlleva a que los sujetos voluntaria o inconscientemente se sometan a una estructura de poder. Por eso no se critica este modelo democrático, pensando que es el sistema ideal. Por eso no se pregunta qué democracia, por qué democracia, por quién la construye ni con qué finalidades lo realiza. No tiene en cuenta que con esta ausencia de interrogantes se normaliza la democracia como “el” modelo, como la forma de gobernar, pero no problematiza en sus usos y densidades, ergo, se le ve como una entelequia que no puede (ni debe) cuestionar. Por más que ciertos sectores de la sociedad y de la política proclamen a voz en cuello la paz y la “unidad nacional”, podemos ver, en tantos espacios y momentos, la violencia. En el capitalismo tardío las sociedades no son gobernadas por la discontinuidad posmoderna ni por “la mano invisible”, sino por sujetos que ejercen la dominación, ejercicio que es de larga duración. Y es relacional, porque precisamente no es natural, es histórica, se construye con la capacidad de agencia de los sujetos, con su racionalidad y con el carácter volitivo de la misma. La violencia no es agresividad, no es sólo la respuesta a un impulso, es un ejercicio que trama relaciones y formas de intercambio social, cultural, religioso, económico. El que golpea a otro lo hace, no porque esté enfermo, sino porque ha asumido la alternativa de relacionarse de esa manera con un “otro”, buscando afectar su vida de tal manera que se comporte como un dominado. La dominación no es sólo material, es también mental, constriñe a los sujetos, se apodera de ellos, obnubila su mirada de la realidad y del mundo haciéndoles pensar que eso es así, y que está bien, porque es natural. Pero como ni la estructura ni las relaciones emergieron ex nihilo, sino que fueron construidas y son producto de la capacidad de agencia de los sujetos, dichas construcciones se pueden reformar moderadamente, o, cambiar radicalmente.

g.      No creo en el pregón de que los sectores populares son bondadosos, solidarios, fraternos, ni mucho menos revolucionarios por esencia. En los sectores populares podremos encontrar a sujetos que se rebelan contra el sistema, ya sea en lo mínimo, con prácticas contraculturales, que llaman a la fraternidad y a la no-competencia que busca la eliminación del otro, o a la producción de sublevación que fisure a la estructura societal buscando su modificación total. Pero también podremos encontrar a sujetos que han sido cooptados a tal manera que no ven su explotación, porque para ellos no existe, en tanto ellos no son parte de una empresa, sino de una familia, incluso les entregan premios que reconocen sus labores como “empleados del mes”. También encontraremos a delincuentes con ciertos códigos de ética, o sea, que nunca le robarán al almacén de la esquina, que nunca robarán o perjudicarán a un vecino que es tan pobre como ellos, que nunca disparará a la espalda, que si robó no tiene para que apuñalar. Y también encontraremos al “doméstico”, que  no tiene empacho para robarle a un conocido, porque no tiene ninguna ligazón ni lealtad con nadie, por ende no tiene “una ética delictual”. Está el traficante que a punta de dulces y monedas de regalo a los niños prepara a los futuros soldados que le defenderán, tanto de la policía como de otros traficantes. En fin, sería tan largo enumerar. Pero lo realmente importante es decir que hay mucho que hacer a nivel micro y macro. Más que criminalizar y apuntar con el dedo, cuestión que es súper fácil de realizar, en tanto es políticamente correcto, hay que hacer algo para re-educar, pero no es posible educación contracultural si no va acompañada de un cambio en este sistema excluyente. Porque todavía, a pesar de los esfuerzos en decir lo contrario, todavía se excluye pigmentocráticamente, “racialmente”, de manera clasista, política, económica, social, religiosa, culturalmente. Se dice respetar al otro, a su diversidad, pero todo camina bien, hasta cuando ese otro pone en cuestión el sistema.

h.      Y el problema grave, es que muchos cristianos han gastado tinta y papel criticando el marxismo, por ateo, por totalitario y por tantas otras razones, pero sentados en posiciones cómodas desde donde no se critica lo que lo causa: la división del trabajo, la exclusión, el hambre. El sistema capitalista, en su fase neoliberal, no es algo natural, no es algo que está dado frente a lo cual debamos guardar silencio cómplice. Es histórico, y responde a los intereses de unos pocos que reciben todo el privilegio, porque ellos crecen, pero no hay chorreo. Nos llenamos la boca hablando contra personajes de comedia, o de la política chica, pero callamos frente al hambre y la miseria. ¡Hasta cuándo! Allí, con los que sufren es con quienes debemos estar. Los cristianos tenemos el deber de comunicar el evangelio y de orar con-y-por ellos/as. Pero eso no se hace visitando ni con caridad de arriba hacia abajo. Se hace viviendo. Siendo con ellos. Porque como diría el apóstol Pablo el evangelio es justicia, paz y gozo en el Espíritu.

No puedo terminar de otra forma que repitiendo unas palabras que escribí en una red social el día 11 de septiembre. Como cristiano frente a la dictadura militar chilena, y las ideas que implícita o explícitamente buscan legitimarla, y con ello justificar el ejercicio de una feroz represión con un poder de fuego incontrarrestable, en la que se asesinó, se torturó, se hizo desaparecer personas, se exoneró a sujetos por su militancia de sus fuentes laborales. Concuerdo que nosotros debemos contribuir a una vida mejor como “artesanos de la paz”, pero dicha construcción no puede tener como base la ignominosa acción opresiva de unos a otros. No puede tener como base la sistemática violación de los derechos humanos. No puede tener como base la hipocresía frente al pasado reciente (del cual algunos de nuestros hermanos fueron cómplices por comisión o por omisión). Y mi afán no es decir que es menos cristiano el que celebró y no conmemoró este 11. No es esa mi intención. Mi intención es, simplemente, hacer mías las palabras de Karl Barth cuando señaló que: “¡Mejor será salir tres veces de más que una de menos en favor de los débiles; mejor será alzar exageradamente la voz que mantenerla en un tono discretamente bajo allí donde están amenazadas la justicia y la libertad!”. No nos olvidemos, entonces, de los que sufrieron y siguen sufriendo sin justicia y sin saber aún el paradero de sus seres queridos. Y aunque algunos de ellos no hubiesen sido creyentes, eso no obsta para nuestra acción para-y-con ellos/as, con los que sufrieron y sufren los rigores de la acción de una élite que no escatimó (ni ha escatimado a lo largo de nuestra historia nacional) ocupar la violencia para defender sus cuotas de poder y los privilegios que eso conlleva. En ese sentido, no debemos olvidar que quienes sufren los rigores de la vida (enfermedad, cárcel, desnudez, hambre), en el discurso bíblico, son los pequeñitos de Dios.

Luis Pino Moyano

Lic. en Historia

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