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Revista No. 521 – Febrero 2017

Internet y derechos económicos, sociales y culturales

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Internet puede contribuir al ejercicio de los DESC, pero también los puede afectar. Revista 521 de ALAI (coedición con APC).

Contenido/Conteúdo:

A la vez que internet puede ser un poderoso habilitador de derechos humanos, también puede afectar seriamente el ejercicio de derechos reconocidos. En los debates, sin embargo, poca atención se ha prestado a los derechos económicos, sociales y culturales y las políticas públicas correspondientes. La edición 521 (febrero 2017) de América Latina en Movimiento de ALAI aborda este tema a partir de un reciente estudio de la Asociación para el Progreso de las Comunicaciones (APC). (Coedición con APC).

 

Contenido:

 

Internet y DDHH

Sally Burch

 

¿Por qué enfocarnos en los derechos económicos, sociales y culturales?

Anriette Esterhuysen

 

Internet, desarrollo y derechos

David Souter

 

Consideraciones clave acerca de los DESC e internet

Alan Finlay y Deborah Brown

 

Costa Rica: Polos tecnológicos rurales

Kemly Camacho

 

Colombia: El rol de las TIC en la paz como proceso

Olga Paz Martínez

 

Panamá: Teletrabajo

Krizia Matthew

 

Uruguay: La estrategia de desarrollo humano informacional

Ana Rivoir y Santiago Escuder

 

Chile: El programa “Salud+Desarrollo” y su impacto en los grupos excluidos

Valentina Hernández

 

Peru: Las TIC dan voz a las lenguas indígenas

Roberto Anguis y Juan Bossio

 

Argentina:

Derechos de las culturas indígenas e internet

Florencia Roveri

 

Venezuela:

Internet y redes sociales en tiempos de escasez

Sandra L. Benítez U.

Disponibles en nuestra web:

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“Las redes sociales han sido secuestradas por las TICs”. On Line y Off Line de la Convivencia nacional


Las verdaderas redes sociales: Dime con quién hablas

Los chilenos tienen en promedio una red de 139 conocidos, lo que es poco comparado con otros países. Un cuarto de la población habla de las cosas que le importan sólo con una persona y al menos dos de cada tres dicen que no conocen directamente a un militante del PC ni de la UDI. Los resultados de la encuesta del Centro de Estudios de Conflicto y Cohesión Social describen cómo se estructuran los relaciones.

Angélica Bulnes24 de octubre del 2015 

“Las redes sociales han sido secuestradas por las TICs”, dice el académico de la Universidad de Santiago Vicente Espinoza, para explicar que cuando está hablando de la conectividad de las personas, no se está refiriendo a cuántos amigos tienen en Facebook, a quiénes siguen en Twitter o cuántos grupos tienen en WhatsApp, sino a los círculos en torno a los cuales organizan sus vidas en todas las dimensiones. Es decir, a cuánta gente conocen los chilenos, con quiénes conversan las cosas que les importan y cómo se relacionan con otros.  

El sociólogo lleva años estudiándolo y ahora es parte de un grupo de académicos -entre los que también hay economistas, cientistas políticos y estadísticos de distintas universidades- que formó el Centro de Estudios de Conflicto y Cohesión Social (COES)http://coes.cl/ y cuenta, gracias a un Fondap, con más de un millón de dólares anuales por cinco años (renovables por otros cinco) para investigar la convivencia nacional. Para eso el año 2014 realizaron una gran encuesta y le preguntaron a cerca de dos mil personas de entre 15 a 75 años en todas las regiones cuánto confían en las instituciones y en los demás, qué creen que se necesita para surgir en Chile o qué tan conflictivo es el país, información que han ido entregando a lo largo de este año. El jueves van a presentar los datos de la última parte del estudio, que se centra en cómo nos vinculamos unos con otros, un área que está cobrando mucho interés en las ciencias sociales. “Los resultados en este ámbito son completamente nuevos para Chile”, explica la economista de la Universidad Diego Portales e investigadora del COES Claudia Sanhueza, quien agrega que entre los más destacados están los que muestran que las redes de la elite están poco diversificadas o que comparados con los habitantes de Estados Unidos o Brasil los chilenos tienen menos conocidos. 

¿Por qué a un grupo de académicos, muchos de los cuales se han centrado en desigualdad, meritocracia o pobreza, se les ocurrió ir a preguntarle a la gente algo tan esnob como “a quién conoce usted”? “Las redes sociales son un factor clave para entender varios aspectos del comportamiento. Su tamaño, composición, diversidad y calidad permiten o dificultan resultados y una correcta identificación de ellas ayuda a realizar investigación de punta en estas materias”, dice el economista y director del COES, Dante Contreras.

“Hay amplia evidencia que muestra que las decisiones de consumo, de continuar estudios, de cambiar de vivienda, incluso las elecciones de pareja o amigos/as, para no hablar de preferencias políticas, están mucho más influidas por las relaciones sociales que por las creencias de las personas”, explica Vicente Espinoza. Los conocidos con que alguien cuenta son además parte de su “capital social”, un bien más intangible que la plata, pero que puede ser tan valioso como ella. Un ejemplo: el sacerdote Felipe Berríos vive en el campamento La Chimba en Antofagasta, ¿pero es igual de pobre que sus vecinos? Si se mide esta condición basada exclusivamente en ingresos y bienes materiales, probablemente sí. Pero cuando se considera el acceso que tiene el sacerdote, producto de sus contactos que pasan por la Compañía de Jesús,  La Moneda, la empresa y las organizaciones sociales, y la capacidad de movilizar recursos que eso significa, no, y precisamente el valor que tiene que se instale ahí es que pone a disposición sus contactos. Por esa razón, instrumentos de políticas públicas, como la encuesta Casen 2015, están incorporando la variable “redes” para medir la pobreza en todas sus dimensiones, tema en el que han estado trabajando tanto Claudia Sanhueza como Vicente Espinoza. 

Los investigadores del COES creen que la estructura de las redes sociales dice mucho sobre su tema central, la cohesión. Su postura como centro es que esta depende menos del grado de acuerdo que hay entre los integrantes de la sociedad y mucho más de la capacidad de relacionarse pese a las diferencias de opinión, credo o de recursos:

“En otras palabras, contextos que promueven redes de conocidos amplias y diversas son más cohesionadas porque permiten que las personas de distintos segmentos interactúen”

, menciona Matías Bargsted, académico del Instituto de Sociología de la Universidad Católica. “Para ilustrar”, agrega Luis Maldonado, también sociólogo de la UC, “un indicador de cohesión es la tasa de matrimonio entre personas de distinta religión. Si en un lugar los matrimonios entre musulmanes y judíos fueran muy altos, podríamos decir que ahí la religión no genera divisiones y, por lo tanto, hay cohesión en lo que respecta a ese aspecto”.

Yo a ti te ubico

Los académicos del COES se abocaron a determinar el tamaño y forma de la red de conocidos de los chilenos, entendiendo por un “conocido” a “alguien que usted ubica personalmente y él o ella también a usted, sin importar si son o no amigos”. Como no es posible pedirle a cada persona que cuente todos sus contactos porque es muy engorroso, algunos investigadores han desarrollado métodos estadísticos para estimar la extensión de la red en base a información que sí se puede obtener en una encuesta con la del COES. Así pudieron determinar que en promedio los chilenos conocemos 139 personas, número bajo comparado con por ejemplo, Estados Unidos, donde es de 290. Sin embargo, la cifra chilena esconde realidades bien variadas, desde un encuestado que tiene 19 conocidos a otro que llega a los 757. Estas últimas personas que tienen conexiones tan extendidas “tienden a operar como lo que el sociólogo Ronald Burt llama ‘network brokers’, es decir, conectan grupos sociales distantes”, dice Matías Bargsted. El problema es que, de acuerdo a la encuesta, en Chile son pocas: más de la mitad de la población conoce menos de 117 personas y sólo el 6 por ciento a más de 300.

Entre los factores que influyen en el tamaño de la red está la educación: la gente con más años de estudio tiene más conocidos. La edad también, pero de manera distinta: una persona de 20 años tiene en promedio una red de conocidos más pequeña que una de 50, tras lo que comienza a decrecer a medida que se envejece. Por otra parte, la gente que trabaja o ha trabajado, no importa en qué,  tiene entre 20 y 30 más conocidos que la que no lo ha hecho. 

La encuesta les preguntó a los participantes si conocían gente de una serie de profesiones o grupos (mapuches, militantes de partidos políticos), datos con los que se analizó, además del tamaño de las redes, el nivel de segregación social, entendiendo por eso cuán concentrado es el contacto de las personas con miembros de otros grupos. Sus resultados muestran que hay círculos con los que una mayoría de la población no interactúa en forma directa. Por ejemplo, tres de cuatro entrevistados dice que no tiene ningún conocido UDI y dos tercios responden lo mismo respecto a un militante del PC. “Esta coincidencia para las dos colectividades manifiesta, una vez más, la elevada distancia que existe hoy entre la ciudadanía y los partidos”, dice Bargsted. Algo similar ocurre con los inmigrantes peruanos, las personas mapuche o la gente atea. Un tema importante porque tal como explica el sociólogo, “muchas veces la ausencia de contacto directo está en la base de la formación de prejuicios y estereotipos”.

Te cuento qué…

La encuesta también entregó información sobre cómo son los círculos más íntimos. Para saberlo les pidieron a los entrevistados que dijeran con quiénes hablaron de cosas que les importan en los últimos seis meses. “La conversación”, dice Vicente Espinoza, “abarca relaciones sociales más amplias que las familiares, a la vez que más restringidas que la plática superficial o protocolar con personas conocidas”.

El investigador de la Usach agrega que en Chile normalmente se plantea que hoy estamos más aislados y somos más individualistas que en un supuesto pasado más solidario y cohesionado. Sin embargo, los datos no son tan tajantes: un cuarto de los encuestados dice que sólo tiene una persona con quien hablar, lo que significa que si bien no están aislados como el 7 por ciento que responde que no cuenta con nadie, su red cercana es muy frágil. Pero a la vez, una de cada tres personas -en general hombres y mujeres más jóvenes y con más años de estudios- aseguran que tienen cinco o más confidentes. “Tal como en varios otros aspectos de la sociedad, parecen coexistir dos mundos: uno cercano al aislamiento social, débilmente integrado y otro con una amplia y variada red de interlocutores”, dice Espinoza. La economista Claudia Sanhueza destaca que los datos muestran que las personas con redes más grandes “participan más en actividades asociativas y colectivas como la política, cooperan más con otros, son más felices y tienen más amigos”.

Los datos se pueden comparar con el estudio The General Social Survey (GSS) de Estados Unidos que hizo la misma pregunta (aunque en el año 2004). Ahí un cuarto de la población respondió que no tenía ningún confidente, es decir, más de tres veces de lo reportado en Chile. Un resultado en el que en cambio Chile sí se parece bastante a lo que apareció en Estados Unidos es en el lugar central que ocupa la familia en el círculo de cercanos: un tercio de los chilenos encuestados incluye ahí a su pareja, y el 55 por ciento a algún pariente como padre, madre, hermano o hijo. Los amigos también tienen una presencia fuerte (46 por ciento), no así los compañeros de trabajo, que no parecen ser en Chile una fuente importante de confidentes y sólo son mencionados por el 10 por ciento de los entrevistados, una proporción similar a la que incluye a un vecino en su grupo de confianza.

Entre los factores que están asociados a una red cercana más amplia está la asistencia frecuente a servicios religiosos, independientemente del credo, y una vez más la educación, ya que aquí también las personas con más estudios tienen más confidentes. “Es probable”, dice entonces con cierto optimismo Espinoza, “que el mundo escolar, especialmente el universitario, incida en la formación de redes de confianza más amplias y variadas. Tengo la esperanza de que los más jóvenes tengan mejores oportunidades de educación y acceso a nuevas relaciones sociales y que los que hoy están en sus 30 y 40 mantengan la diversidad y riqueza de las actuales para que las situaciones de fragilidad de la inserción social se vean contrarrestadas en el futuro”.

La elite y las redes

Hubo un resultado que les llamó  la atención a los investigadores del COES. A partir de las respuestas de la encuesta Luis Maldonado y Matías Bargsted combinaron tres características que tradicionalmente han sido fuente de distinción social en Chile: la religión, la posición política y la clase social (medida en este caso a través del nivel educacional alcanzado) e identificaron cinco grupos predominantes: los católicos de derecha con estudios universitarios, los católicos de centro o independientes con educación media o superior técnica, las personas independientes o de centro que no se identifican con ninguna religión y tienen educación media o universitaria; los evangélicos independientes políticamente y con educación básica o media y, por último, las personas con perfiles mixtos, como por ejemplo, evangélicos de izquierda con estudios universitarios, o no religiosos de derecha con educación media. 

Lo que sorprendió a los académicos es que de todos esos grupos, el que resultó tener una red de conocidos más pequeña fue el de católicos de derecha que han pasado por la universidad. Un resultado inesperado no sólo porque se asume que es el grupo “mejor contactado”, sino también porque mayores niveles de educación están asociados a redes de confianza y de conocidos más extensas. “Creemos que este patrón se debe a que los círculos a los que acceden estas personas se sobreponen,  lo cual genera fuertes barreras que fomentan menos contacto con personas de otros grupos”, dice Bargsted. Algo similar ocurrió en el caso del grupo de evangélicos, mientras que, por el contrario, las personas con un perfil mixto fueron las que mostraron redes de conocidos más amplias.

La economista Claudia Sanhueza dice que aunque a primera vista el hecho de que los círculos de la elite sean más pequeños podría no parecer interesante dado que “las redes son acceso a recursos y la elite ya los posee, también reflejan las conexiones que tienen las personas con la sociedad. Que la elite no tenga diversificada sus redes es muestra de que vive más aislada y si, además, esta elite más aislada es la que influencia el diseño de políticas públicas, puede ser un problema público y político importante”.

2 comentarios

Mauricio Vega Mora
 
 
Este estudio confirma nuevamente que tenemos una élite empresarial y política de derecha que vive muy aislada y que está generando problemas en la innovación de los negocios al no permitir contacto con personas igual de capacitadas pero sin redes en ese grupo y, por otra parte, aportes a políticas públicas desde el sillón y nunca desde la calle. Yo diría también que el desconocimiento produce falta de empatía e impide El Progreso social y económico del país

En voz alta sobre la violencia.


En voz alta sobre la violencia..

 

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Al ser cristiano me he visto invitado, provocado e, inclusive, compelido a hablar sobre la violencia, toda vez que nuestro recuerdo, graficado en redes sociales y foros, entre otras instancias, versa sobre Allende y otros militantes, quienes fueron represaliados a sangre y fuego por una dictadura que no escatimó violar desde el Estado los derechos humanos en forma sistemática. Y nos encontramos, en los noticieros de la mañana del día 12 de septiembre con el asesinato del Cabo 2º de Carabineros Cristián Martínez. E, inmediatamente, se responde que es incongruente hablar de revolución (¡en el siglo XXI!), o hacer un análisis histórico de la violencia, desde un sujeto que es cristiano. “-¡El cristiano sólo debe hablar de amor!”, se dice. Y peor aún, sólo en la iglesia, porque si habla en sociedad está haciendo una intromisión en la vida pública. ¿Cómo si fuera posible disociarse de la condición de tal para tener derecho a interlocución? Como creo que para ser cristiano no debo sacarme el cerebro (puede sonar duro, pero en ciertos contextos parece que todavía hay que demostrarlo), escribo estas breves líneas para conversar en voz alta sobre la violencia, asumiendo algunas preguntas directas e indirectas.

“Debemos de pugnar para que el hombre piense en la paz”. Creo que nadie estará en contra de estas palabras. Es el ideal máximo, para los que siguen creyendo en los metarrelatos y para quienes ya no, y desde su posición a nivel micro lo buscan configurar. “El derecho de vivir en paz”, declama el verso bello de la poesía de Víctor Jara, pero que puede ser usada por quien quiera, poniéndola en contexto o sacándola de él. Porque la paz de la que hablaba el cantor popular y de la que habla la cita al comienzo del párrafo no es a cualquier costo, no es bajo cualquier sistema. Esas palabras emanan de un discurso, dicho ante una asamblea de los países de la Tierra, representada en la película “Su Excelencia”, del año 1966, que tuvo como su protagonista al actor mexicano Mario Moreno, conocido por su personificación del “pelado” Cantinflas. Dicho discurso es parte del clímax del film, en el cual Cantinflas, personificando a “Lopitos”, el Embajador de la Isla de los Cocos, deja de cantinflear para hablar en serio, de manera contundente, señalando cómo el imperialismo de cualquier color, tiene a los países periféricos “como peones en el tablero de ajedrez de la política internacional”. Es así que dice que: “Debemos de pugnar para que el hombre piense en la paz”. A lo que agrega, en forma magistral: “pero no solamente impulsado por su instinto de conservación, sino fundamentalmente por el deber que tiene de superarse y de hacer del mundo una morada de paz y de tranquilidad cada vez más digna de la especie humana y de sus altos destinos. Pero esta aspiración no será posible sino hay abundancia para todos, bienestar común, felicidad colectiva y justicia social” (el destacado es mío, aunque se deduce de las tonalidades del discurso). Cómo no estar de acuerdo con estas palabras. La paz social no puede sustentarse en la desigualdad, en la exclusión, en la avaricia de unos pocos, en la competencia (aunque sea “libre”), en la injusticia. La paz social no puede sustentarse en la búsqueda del olvido, olvido que conviene a unos cuantos, porque la historización de ciertos eventos hará que no sigan actuando impunemente. Mientras exista hambre, viviendas indignas, “cunas malas” y “cunas buenas”, mientras la salud de calidad sea para unos pocos y el acceso a educación de calidad tenga que ver con lo que se lleva en las billeteras, ergo si no se tiene nada, con endeudamiento, no puede haber abundancia para todos (está más que claro), bienestar común, felicidad colectiva y justicia social.

Hablemos de la violencia. Digámoslo en una serie de puntos, partiendo de lo puntual o coyuntural, a los temas de fondo:

a.       No se puede celebrar la muerte del Cabo 2º Cristián Martínez. Aunque uno no guste de los uniformes, de la lógica militar, ni de la representación de larga duración que uno pueda encontrar en ellos. No se puede celebrar la muerte de un esposo, de un padre de un bebé de tres semanas. No se puede celebrar la muerte de un trabajador, que por la división del trabajo, que es histórica y no natural, le correspondió estar en una noche de 11 de septiembre en la calle, y no en un cuartel o en su casa, acelerando el cumplimiento del juramento que hicieron de “dar la vida si fuese necesario”. Por lo tanto, presento mi total repudio frente a la muerte de este carabinero. Que eso quede claro desde un principio.

b.      Tampoco son dignas de celebrar las palabras del Jefe de Zona Metropolitana Oeste de Carabineros, el General Rodolfo Pacheco, quien aprovechando la situación, y el carácter emocional del duelo, señaló de manera impertérrita que “somos la última reserva moral de este país”. ¡Por favor! Un poquito de cordura no vendría mal. El que se les delegue la responsabilidad de conservar el orden, no garantiza el cumplimiento ético de dicha función. Porque uno podría estar de acuerdo que en un Estado de Derecho el monopolio de las armas lo tengan los institutos armados, pero dicho monopolio debe ser ejercido de manera racional, conteniendo la brutalidad y la agresividad. Cosa que no se ha visto en las muertes de Claudia López, Daniel Menco, Alex Lemún, José Huenante, Rodrigo Cisternas, Matías Catrileo, Johnny Cariqueo, Jaime Mendoza y Manuel Gutiérrez, por sólo mencionar a algunos. Cosa que no se ha visto en muchas de las marchas estudiantiles, o en los desalojos de colegios y en el trato abusivo de connotación sexual y de violencia de género. Cosa que no se vio en Aysén y el despliegue represivo atroz que las fuerzas policiales tuvieron con gente que lo único que hacía era protestar contra un sistema que les excluye, limita y los sumerge en un sinnúmero de carencias. Cosa que no se ve con los Mapuche y su demanda histórica, conflicto que no tiene origen con la invasión española, ya que dicha empresa de conquista no pudo pasar la frontera del Bío-Bío, sino con el Estado Nacional chileno que nos miente con una pseudo Pacificación, que trasuntó en el despojo de la tierra y de la vida.  En ese sentido, para ser una “reserva moral” se debe colaborar con la justicia (en los tribunales y en las calles) y no encubrir la información.

c.       Aquí no se debe buscar el empate, porque con la vida de sujetos no se puede jugar con lógicas tan bajas. “-Tú mataste a uno de los nuestros, yo maté a uno de los tuyos”. Es ridículo. Ahora, más torpe aún es que diputados de la UDI, el partido pro-vida, salga pidiendo la reposición de la pena de muerte en caso del asesinato de uniformados. Vale decir, el único delito que sobrepasa el atentar contra la propiedad privada es el que va contra un uniformado. Eso va contra el artículo Nº 1 de la Constitución del 80 parchada por la Concertación que dice: “Las personas nacen libres e iguales en dignidad y derechos”. ¿Es que la vida de un uniformado vale más que la de un estudiante, que la de un mapuche, que la de un poblador? Y esto probablemente por una deformación, que no sé si es producto de los 17 años de dictadura o por la influencia holliwoodense, se piensa que los policías son la ley. Eso no es así, en un Estado de Derecho, se supone que nadie está por sobre la ley. Se supone. La muerte de un delincuente no asegura el fin del delito. La elaboración de una ley no establece un cambio conductual. Si no, preguntemos a las universidades que según la ley no deben lucrar e igual lo hacen.

d.      Lo que pasó este 11 de septiembre de 2012, en el caso del cabo asesinado es la acción de un joven, que junto a su pandilla aprovechó la ocasión y como dijo Juan Cristóbal Guarello, salió a “huevear”. Ese muchacho, probablemente, no sepa nada de la Unidad Popular ni de la dictadura militar, pero sabe de delitos, sabe de tráfico de drogas, sabe de vida miserable, sabe de odios y violencias. Y cuando ve que a su población llegan tanquetas y fuerzas especiales, que sus vecinos salen a las 2 o 4 de la tarde del trabajo para volver a su casa, que las micros comienzan a “guardarse”, que el estadio en una eliminatoria no está lleno, que los semáforos más cercanos ya no están, que la gente no camina por las calles cuando ya está oscuro, todo eso porque “algo puede pasar”, no queda otra que salir a la calle “a dejar la patá” y “agarrarse con los pacos”. Porque si mi papá y mi tío “están en cana” yo también quiero llegar allá, porque quiero ganarme la reputación de “choro”, “de ví’o”, aunque algunos en la cárcel reconozcan que en la calle están los verdaderos “ví’os”, los que “la supieron hacer”. Pero el cabro quiere sumar “experiencia” para su currículum delictual. Por eso celebra con la gorra y con el escudo luego que dejó al “paco” muerto. Y esto no es determinismo, porque la agresividad devenida en violencia no es natural, es histórica, es construida. El cabro tiene la posibilidad de no actuar delictualmente y lo hace. No está obligado a hacerlo. Pero tiene un montón de factores que lo rodean y lo llenan de sentido para hacer lo que hace. Eso no justifica nada. No repara nada. Pero lo explica.

e.       Lo que pasó el 11 de septiembre de 1973 no es una excepción histórica. Es parte de una continuidad. Es la élite la que construyó Estado Nacional a partir de la década de 1830, haciendo que éste funcione para su beneficio. Y aunque ha habido cambios de gobierno, esa clase dominante se ha mantenido a lo largo de la historia en el bloque en el poder. Y aunque ha permitido el ejercicio democrático del voto, tiene todo cocinado antes de las elecciones asegurando que no perderá sus cuotas de poder. Y lo único que ha hecho a lo largo de la historia es cambiar sus estrategias de dominación o contención (esto se lo debo a Tomás Moulian en su libro Fracturas). Y cuando ha visto que no sólo la estrategia de dominación es cuestionada, sino el sistema y los sujetos que la configuran, no ha dudado en sacar a su brazo armado, los militares para golpear y restaurar el orden establecido. No es menor que los tres textos constitucionales de mayor continuidad nunca emergieran de una asamblea constituyente, sino de “notables” que desarrollaron la tarea legal a la sombra de las bayonetas. Eso no exime de errores a la Unidad Popular ni a quienes no confiaron en la vía institucional, sino que previendo la inexorabilidad de la revolución, no se sumaron a dicho proyecto. De eso se ha escrito mucho, casi desde el mismo día del golpe, y las izquierdas han sabido de lecturas sobre la derrota o del fracaso. Y quizá, el error más grande fue no haber leído con claridad nuestro pasado para entender que la reacción no sería una guerra fratricida, sino un golpe demoledor insoslayable por su poder de fuego represivo. Por eso, y más, es importante la historización de ese y todos los procesos de nuestro pasado(-presente), porque nos ayuda a mirar la actualidad y nos motiva a pensar en un mejor horizonte de expectativas, como dice la fórmula de Koselleck.

f.       Eso nos lleva a una cuestión de fondo. La violencia tiene a los menos dos elementos que la constituyen y que están profundamente relacionados entre sí: la violencia es estructural y es relacional. Es estructural, porque histórica y no naturalmente, las clases dominantes han ejercido históricamente la violencia, y ésta se ha legitimado y empoderado mediante el recurso legal y la configuración simbólica que obnubila nuestra mirada a dicha violencia, llamándola, inclusive, de manera eufemística, representatividad. Y aquí se debe relevar que el ejercicio de dominación no sólo incluye la coerción, sino de manera muy significativa, la cooptación. Esta configuración simbólica conlleva a que los sujetos voluntaria o inconscientemente se sometan a una estructura de poder. Por eso no se critica este modelo democrático, pensando que es el sistema ideal. Por eso no se pregunta qué democracia, por qué democracia, por quién la construye ni con qué finalidades lo realiza. No tiene en cuenta que con esta ausencia de interrogantes se normaliza la democracia como “el” modelo, como la forma de gobernar, pero no problematiza en sus usos y densidades, ergo, se le ve como una entelequia que no puede (ni debe) cuestionar. Por más que ciertos sectores de la sociedad y de la política proclamen a voz en cuello la paz y la “unidad nacional”, podemos ver, en tantos espacios y momentos, la violencia. En el capitalismo tardío las sociedades no son gobernadas por la discontinuidad posmoderna ni por “la mano invisible”, sino por sujetos que ejercen la dominación, ejercicio que es de larga duración. Y es relacional, porque precisamente no es natural, es histórica, se construye con la capacidad de agencia de los sujetos, con su racionalidad y con el carácter volitivo de la misma. La violencia no es agresividad, no es sólo la respuesta a un impulso, es un ejercicio que trama relaciones y formas de intercambio social, cultural, religioso, económico. El que golpea a otro lo hace, no porque esté enfermo, sino porque ha asumido la alternativa de relacionarse de esa manera con un “otro”, buscando afectar su vida de tal manera que se comporte como un dominado. La dominación no es sólo material, es también mental, constriñe a los sujetos, se apodera de ellos, obnubila su mirada de la realidad y del mundo haciéndoles pensar que eso es así, y que está bien, porque es natural. Pero como ni la estructura ni las relaciones emergieron ex nihilo, sino que fueron construidas y son producto de la capacidad de agencia de los sujetos, dichas construcciones se pueden reformar moderadamente, o, cambiar radicalmente.

g.      No creo en el pregón de que los sectores populares son bondadosos, solidarios, fraternos, ni mucho menos revolucionarios por esencia. En los sectores populares podremos encontrar a sujetos que se rebelan contra el sistema, ya sea en lo mínimo, con prácticas contraculturales, que llaman a la fraternidad y a la no-competencia que busca la eliminación del otro, o a la producción de sublevación que fisure a la estructura societal buscando su modificación total. Pero también podremos encontrar a sujetos que han sido cooptados a tal manera que no ven su explotación, porque para ellos no existe, en tanto ellos no son parte de una empresa, sino de una familia, incluso les entregan premios que reconocen sus labores como “empleados del mes”. También encontraremos a delincuentes con ciertos códigos de ética, o sea, que nunca le robarán al almacén de la esquina, que nunca robarán o perjudicarán a un vecino que es tan pobre como ellos, que nunca disparará a la espalda, que si robó no tiene para que apuñalar. Y también encontraremos al “doméstico”, que  no tiene empacho para robarle a un conocido, porque no tiene ninguna ligazón ni lealtad con nadie, por ende no tiene “una ética delictual”. Está el traficante que a punta de dulces y monedas de regalo a los niños prepara a los futuros soldados que le defenderán, tanto de la policía como de otros traficantes. En fin, sería tan largo enumerar. Pero lo realmente importante es decir que hay mucho que hacer a nivel micro y macro. Más que criminalizar y apuntar con el dedo, cuestión que es súper fácil de realizar, en tanto es políticamente correcto, hay que hacer algo para re-educar, pero no es posible educación contracultural si no va acompañada de un cambio en este sistema excluyente. Porque todavía, a pesar de los esfuerzos en decir lo contrario, todavía se excluye pigmentocráticamente, “racialmente”, de manera clasista, política, económica, social, religiosa, culturalmente. Se dice respetar al otro, a su diversidad, pero todo camina bien, hasta cuando ese otro pone en cuestión el sistema.

h.      Y el problema grave, es que muchos cristianos han gastado tinta y papel criticando el marxismo, por ateo, por totalitario y por tantas otras razones, pero sentados en posiciones cómodas desde donde no se critica lo que lo causa: la división del trabajo, la exclusión, el hambre. El sistema capitalista, en su fase neoliberal, no es algo natural, no es algo que está dado frente a lo cual debamos guardar silencio cómplice. Es histórico, y responde a los intereses de unos pocos que reciben todo el privilegio, porque ellos crecen, pero no hay chorreo. Nos llenamos la boca hablando contra personajes de comedia, o de la política chica, pero callamos frente al hambre y la miseria. ¡Hasta cuándo! Allí, con los que sufren es con quienes debemos estar. Los cristianos tenemos el deber de comunicar el evangelio y de orar con-y-por ellos/as. Pero eso no se hace visitando ni con caridad de arriba hacia abajo. Se hace viviendo. Siendo con ellos. Porque como diría el apóstol Pablo el evangelio es justicia, paz y gozo en el Espíritu.

No puedo terminar de otra forma que repitiendo unas palabras que escribí en una red social el día 11 de septiembre. Como cristiano frente a la dictadura militar chilena, y las ideas que implícita o explícitamente buscan legitimarla, y con ello justificar el ejercicio de una feroz represión con un poder de fuego incontrarrestable, en la que se asesinó, se torturó, se hizo desaparecer personas, se exoneró a sujetos por su militancia de sus fuentes laborales. Concuerdo que nosotros debemos contribuir a una vida mejor como “artesanos de la paz”, pero dicha construcción no puede tener como base la ignominosa acción opresiva de unos a otros. No puede tener como base la sistemática violación de los derechos humanos. No puede tener como base la hipocresía frente al pasado reciente (del cual algunos de nuestros hermanos fueron cómplices por comisión o por omisión). Y mi afán no es decir que es menos cristiano el que celebró y no conmemoró este 11. No es esa mi intención. Mi intención es, simplemente, hacer mías las palabras de Karl Barth cuando señaló que: “¡Mejor será salir tres veces de más que una de menos en favor de los débiles; mejor será alzar exageradamente la voz que mantenerla en un tono discretamente bajo allí donde están amenazadas la justicia y la libertad!”. No nos olvidemos, entonces, de los que sufrieron y siguen sufriendo sin justicia y sin saber aún el paradero de sus seres queridos. Y aunque algunos de ellos no hubiesen sido creyentes, eso no obsta para nuestra acción para-y-con ellos/as, con los que sufrieron y sufren los rigores de la acción de una élite que no escatimó (ni ha escatimado a lo largo de nuestra historia nacional) ocupar la violencia para defender sus cuotas de poder y los privilegios que eso conlleva. En ese sentido, no debemos olvidar que quienes sufren los rigores de la vida (enfermedad, cárcel, desnudez, hambre), en el discurso bíblico, son los pequeñitos de Dios.

Luis Pino Moyano

Lic. en Historia

“Netnography”


“Netnography”.

 

“Netnography”

Originalmente publicado en Blog SPMI:

Relativamente recientemente se ha popularizado el término “netnography” para denominar la investigación etnográfica online. Uno de los asuntos que se han planteado es que no existen grandes diferencias entre la vida online y la vida offline por lo que pueden ser aplicadas las técnicas de la etnografía para investigar la dinámica de los grupos online, el desarrollo de comunidades virtuales, construcción de identidad online, etc. Kozinets es conocido en el área de mercadeo por reclamar esta línea de investigación (ver http://www.etnografiavirtual.com/2011/12/26/la-netnograf%C3%ADa-de-kozinets-la-revoluci%C3%B3n-en-los-estudios-de-mercado/ ).

¿Cuál es tu posición al respecto de la diferenciación online/offline y la posibilidad de aplicar métodos etnográficos al estudio de lo social en los espacios que provee el Internet?

El colonialismo en los medios de comunicaciones – La verdad oculta


Fort Apache – El colonialismo en los medios de comunicaciones – La verdad oculta.

En Fort Apache, analizaremos el colonialismo y los procesos de descolonización y liberación nacional. Para ello contamos con la presencia de: Abuy Nfubea – Editor wanafrica.net Heriberto Cairo – Profesor de Geopolítica UCM Marga Ferre – Izquierda Unida J.M.Querol – Experto colonialismo Pepe Gutierrez- Experto en cine Miguel Urbán – Izquierda Anticapitalista
Leer más en: http://www.laverdadoculta.com.ar/2014/03/fort-apache-el-colonialismo-en-los.html
En Fort Apache, analizaremos el colonialismo y los procesos de descolonización y liberación nacional. Para ello contamos con la presencia de: Abuy Nfubea – Editor wanafrica.net Heriberto Cairo – Profesor de Geopolítica UCM Marga Ferre – Izquierda Unida J.M.Querol – Experto colonialismo Pepe Gutierrez- Experto en cine Miguel Urbán – Izquierda Anticapitalista
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https://www.youtube.com/watch?feature=player_embedded&v=Bx4aab05UMc

Propaganda es una forma de comunicación que tiene como objetivo influir en la actitud de una comunidad respecto de alguna causa o posición. La propaganda es usualmente repetida y difundida en una amplia variedad de medios con el fin de obtener el resultado deseado en la actitud de la audiencia. Un documento que recoge evidencias y reflexiones para el pensamiento critico. Una serie de videos recogidos de Youtube y organizados armonicamente para intentar motivar el pensamiento critico . Evidencias de la manipulación y secuelas del sistema impiden muchas libertades y condicionan los conportamientos . La manipulacion de los medios y la televisión no impiden que cada vez mas gente, vea el elefante en el salón. El documental esta hecho gracias al excelente trabajo de diferentes videos y documentales recogidos de la red. Confiio que despierte el pensamiento critico y las ganas de pensar que esto aun tiene arreglo. Digamos no, a la manipulation site-mica y la propaganda.No al nuevo orden mundial.
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LA “MEMORIA HISTÓRICA” COMO FUENTE PARA LA RECONSTRUCCIÓN DE LA HISTORIA. NUEVAS PERSPECTIVAS PARA EL ESTUDIO DE LOS MOVIMIENTOS SOCIOPOLÍTICOS POPULARES DURANTE EL PERÍODO DE LA UNIDAD POPULAR


Revista Divergencia ISSN: 0719-2398

N°2 / Año 1 / julio diciembre 2012 / pp 111-123

LA “MEMORIA HISTÓRICA” COMO FUENTE PARA LA RECONSTRUCCIÓN DE LA HISTORIA. NUEVAS PERSPECTIVAS PARA EL ESTUDIO DE LOS MOVIMIENTOS SOCIOPOLÍTICOS POPULARES DURANTE EL PERÍODO DE LA UNIDAD POPULAR

 

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Cristian Suazo Albornoz

Estudiante de Pedagogía en Historia y Geografía en la Universidad de Concepción, Chile. Correo electrónico: cristisuazo@udec.cl

RESUMEN:

El presente artículo tiene como principal objetivo justificar sistemáticamente la importancia que posee la “memoria histórica” –en tanto recurso historiográfico– para la reconstrucción de la historia de los movimientos sociopolíticos populares durante el período de la Unidad Popular. Para el cumplimiento de tal propósito, serán considerados los aportes de diversos historiadores que han profundizado –y debatido– sobre la potencialidad de esta fuente histórica, articulando estas contribuciones a una sistematización que integra los siguientes criterios analíticos: significado, características, y función/funcionalidad. Con esta propuesta se pretende posicionar científicamente a la “memoria historia” en el necesario proceso contra hegemónico de reconstrucción del pasado de las clases subalternas en nuestro país, especialmente, sus experiencias de movilización social y política durante la “vía chilena de transición al socialismo”.

Palabras clave: Memoria histórica – movimientos sociopolíticos – sujetos históricos – clases subalternas – recurso historiográfico.

ABSTRACT:

The main purpose of this article is to justify systematically the importance that the ”historical memory” has – among historiographic resources– for the reconstruction of the history of popular socio-politic movements during the ”Unidad Popular” period. In order to achieve the purpose, it will be considered several historians’ contributions, who have gone further in –and discused– the potential of this historical source, articulating these contributions to a systematization which integrates the following analytic criteria: meaning, characteristics, and function/functionality. Through this proposal, it is expected to set scientifically the ”historical memory” in the necessary counter-hegemonic process of reconstruction of the past subaltern classes in our country, specifically their experiences in social and political movements during the ”Chilean way of transition to socialism”.

Keywords: Historical memory – sociopolitic movements – historical subjects – subaltern classes – historiographic resources.

Recibido: 17 de septiembre de 2012

Aprobado: 11 de diciembre de 2012

Cristian Suazo Albornoz

I. INTRODUCCIÓN

Si revisamos y analizamos profundamente la mayoría de los estudios sobre el pe­riodo de la Unidad Popular, nos daremos cuenta que a nivel general existe una ausencia considerable de conocimiento sobre la historia de los sectores populares, especialmente acerca de aquellos movimientos sociopolíticos que formaron signi­ficativamente parte de la compleja dinámica social del periodo. Si bien existe una extensa producción bibliográfica con respecto a la experiencia de la Unidad Popular, los intentos para tratar de reconstruir la experiencia de los sujetos histó­ricos subalternos que protagonizaron muchos de sus acontecimientos son escasos, y en consecuencia, la historia de los diversos movimientos sociales de la época a lo largo y ancho del país (movimiento obrero, movimiento de pobladores, movimiento campesino –chileno y Mapuche–, entre otros) ha sido estudiada débilmente –incluso omitida en muchos casos– por la ciencia histórica.

A la hora de reflexionar sobre las causas de esta situación y problematizar la carencia de conocimiento histórico, emerge inevitablemente la siguiente pregunta: ¿por qué existen omisiones con respecto a la historia de los movimientos sociales populares en la mayoría de los estudios sobre la Unidad Popular? Es curioso el hecho de que a pesar de la vasta producción bibliográfica sobre este periodo exista poca referencia a los movimientos sociopolíticos generados por los sectores populares, los cuales innegablemente fueron sujetos históricos protagonistas de la “vía chilena al socialismo”. En este sentido –siguiendo los planteamientos de Mario Garcés y Sebastián Leiva– afirmamos que las omisiones se deben principalmente a la perspectiva utilizada por gran parte de los autores (periodistas, sociólogos, políticos, historiadores, etc.) para observar y analizar el periodo en cuestión:

La tendencia de la mayoría de los estudios ha sido, hasta ahora, constituir en objeto de análisis casi exclusivamente a los actores políticos ‘formales’, es decir, los partidos políticos, las temáticas vinculadas a ellos (progra­mas, tácticas, alianzas) y los ámbitos donde estos concentraban su accio­nar (sobre todo los diversos espacios del aparato estatal). (2004, p. 3).

De acuerdo con lo expresado, se otorga poca importancia a los sectores populares y los movimientos sociales durante el periodo de la Unidad Popular, recibiendo un débil tratamiento en las investigaciones sobre la historia reciente y omitiendo el protagonismo político que asumieron en los acontecimientos. Es más, la gran mayoría de las investigaciones orientan su análisis hacia lo que ocurrió dentro del sistema político de partidos, priorizando únicamente la política institucionalizada en el Estado. Desde este enfoque reduccionista la historia de la UP se limita al sistema político, los partidos y el Estado, existiendo –por tanto– una invisibilización de los sectores populares y de los movimientos sociopolíticos en que éstos estuvieron invo­lucrados (2004, p. 3).

Existen algunos trabajos que forman parte de la excepción y escapan de cierta

manera a la regla general, pero no es nuestra intención ni tampoco el objetivo del presente artículo profundizar en cada una de ellos (Gaudichaud, 2004; Cancino, 1988; Garcés, 2000; Winn, 2004), sino más bien, reconocer la carencia de investi­gaciones referente a los movimientos sociales durante la Unidad Popular, y demos­trar cómo la memoria histórica representa un recurso historiográfico significativo e indispensable para superar esta situación. Porque tal como señala Hugo Cancino, “el rescate de esta memoria colectiva es parte fundamental de la reconstrucción de la historia del movimiento popular chileno”. (1988, p. 12)

II. MEMORIA HISTÓRICA E HISTORIOGRAFÍA

La “memoria histórica” representa un valioso recurso historiográfico para la recons­trucción de una experiencia histórica determinada, a través de la cual el historiador se relaciona con aquella parte del pasado colectivo que se propone redescubrir y dotar de sentido histórico para construir conocimiento. Teniendo en cuenta esta apreciación, consideramos necesario sistematizar el análisis con respecto a la “me­moria histórica”, con el propósito de profundizar tanto en los argumentos de su utili­dad historiográfica, como en su relación concreta con los grupos sociales populares. Por lo tanto, para justificar la importancia de la “memoria histórica” se realizará la estructuración del análisis en base a tres aspectos: significado, características y función/funcionalidad.

1. Significado

Profundizando en su contenido, la “memoria histórica” representa un conjunto de recuerdos y recreaciones del pasado que forman parte de los “hechos vividos” o experiencias significativas del sujeto histórico protagonista o testigo de los hechos que se pretenden reconstruir. Por consiguiente, la síntesis resultante de esta relación con el pasado se convierte en fuente de información significativa para el historia­dor, quien la procesa cognitivamente para incluirla de forma rigurosa en un relato histórico. “Se trata de una narración construida desde el presente, con fines de in­terpretación del pasado a partir de criterios normativos y valorativos, seleccionan­do por su significación los recuerdos de hechos vividos o recibidos por transmisión social” (Erice, 2008, p. 2).

Desde este punto de vista, la “memoria histórica” se convierte en un pilar fun­damental de cualquier intento por reconstruir la historia de las clases populares durante la UP, ya que, a juicio de Sergio Grez, “la memoria constituye una cantera valiosísima de donde podemos extraer material para el trabajo historiográfico, sobre todo para aproximarnos a las percepciones que tienen las personas y grupos sobre ciertos hechos y el significado que ellos mismos les atribuyen” (2010, pp. 31- 32). Por tal motivo es imprescindible considerar las percepciones de los sujetos his­tóricos populares sobre los hechos experimentados en dicho periodo, además del significado que ellos mismos le otorgan a su participación en los acontecimientos.

A partir de lo mencionado anteriormente, la “memoria histórica” representa una materia prima para la historiografía, es decir, una fuente que complementa y enri­quece la labor del historiador. En palabras de Mario Garcés:

(…) la memoria, crecientemente, está siendo reconocida por los historia­dores como una nueva ‘fuente’ para sus estudios y elaboraciones sobre el pasado, es decir, una vía que hace posible acceder al pasado de un modo nuevo –con sus propias aportaciones y límites– en especial para conocer del pasado de grupos sociales populares o subordinados que dejan pocos o no dejan testimonios escritos (documentos) de su experien­cia histórica. (2002, p. 12)

En este sentido la “memoria histórica” posibilita al investigador relacionarse con aspectos subjetivos como las visiones, los discursos y las expectativas de los pro­tagonistas, así como también con las percepciones acerca de su participación en la dinámica social del periodo, a las cuales difícilmente podría acceder de otra manera (Rosemberg y Rosende, 2009, pp. 42-44).

En su estudio sobre la importancia de la memoria colectiva para los historiado­res, Peter Burke plantea que aquella debe ser entendida desde dos perspectivas distintas, en primer lugar, como una fuente histórica sometida a su debido proceso de contrastación con las otras fuentes, y en segundo lugar, como un fenómeno pro­piamente histórico que debe ser rigurosamente analizado debido a la flexibilidad y selectividad del recuerdo. Ahora bien, en concordancia con la problemática his­toriográfica que estamos planteando, entendemos la “memoria histórica” desde el primer enfoque propuesto por el investigador británico, afirmando que los his­toriadores deben “estudiarla como fuente histórica para llegar a una crítica de la fiabilidad del recuerdo en la línea de la crítica tradicional de los documentos históricos” (2011, p. 69).

La “memoria histórica” al ser estudiada como fuente favorece el acceso –por medio de los sujetos históricos– a los acontecimientos que intentamos rescatar desde olvi­do, pero siempre teniendo en cuenta las limitaciones que se nos pueden presentar. Esto último es muy importante desde el punto de vista metodológico, ya que la “memoria histórica” –en cuanto fuente de información– debe cumplir requisitos al igual que todas las demás, cuyos requerimientos más importantes son los siguientes: “identificación como fuente idónea, contrastación, contextualización temporal, rela­tivización, objetivación y construcción de un discurso metodológicamente fundamen­tado” (Aróstegui, 2004, p. 165).

Finalmente para concluir con el significado que le estamos atribuyendo a la “me­moria histórica” como una fuente disponible para el historiador, es decir, como una herramienta de investigación (un medio, y no un fin), destacamos la necesidad de recurrir a todas las fuentes posibles para contribuir a la reconstrucción historiográfica de un determinado fenómeno histórico. Porque, como lo establecen Mario Garcés y Sebastián Leiva, “el mayor desafío del historiador es aprender de cada una de sus fuentes, reconociendo su naturaleza, su carácter, sus alcances y sus lími­tes” (2005, p. 6).

2. Características

La subjetividad es una de las principales características de la “memoria histórica”, ya que se encuentra inherentemente vinculada con la experiencia humana y el recuerdo. No obstante, este aspecto no le resta veracidad ni fiabilidad desde el punto de vista científico, ya que toda fuente histórica presenta elementos subjetivos impregnados por sus propios autores y/o instituciones, además, “nadie puede ase­gurar que los documentos escritos –a los cuales rinde culto la historia tradicional– no hayan sido manipulados, escritos ex profeso, o no den cuenta de la subjetividad de sus autores” (Garcés y Leiva, 2005, p. 6).

Como segundo atributo reconocemos el carácter político de la “memoria histórica”, cuya presencia en la problemática que estamos desarrollando es innegable, ya que se encuentra vinculada directamente con un proyecto político de transformación so­cial impulsado también “desde abajo” por medio de la movilización popular, y en la que se vieron involucrados además los partidos políticos. En este sentido, cobra mucha relevancia lo planteado por Mario Garcés al expresar que “la memoria en Chile es política, además, porque se relaciona con los proyectos históricos que organizaron la lucha social y política del siglo XX” (2002, p.8). Sin embargo, es necesario profundizar aún más en el carácter político de la “memoria histórica”, ya que no es tal por el simple hecho de estar vinculada con proyectos políticos de tendencia revolucionaria, sino que más específicamente aún, estas experiencias se encuentran “depositadas” en sujetos históricos que fueron a su vez protagonistas y militantes de una revolución y –consecuentemente– víctimas de una brutal represión militar. Así, la “memoria histórica” es política porque se materializa históricamente en los protagonistas de los cambios sociales y políticos acontecidos durante el pe­riodo de la Unidad Popular, que posteriormente fueron víctimas de los ataques de la dictadura militar pinochetista. Ahora bien, la victimización de los sujetos históricos por sí sola no permite dimensionar políticamente –y en su cabalidad– la militancia que desarrollaron en el periodo, contrariamente, “si junto a la víctima se reconoce al militante y se elabora el significado de sus militancias, en el contexto de luchas por el cambio social, probablemente se enriquezca la memoria y con ella las lectu­ras que hacemos del pasado” (Garcés y Leiva, 2005, p. 20).

Finalmente, y como tercera característica de la “memoria histórica”, destacamos su dinamismo en el proceso de recreación y reconstrucción de experiencias. Esta movi­lidad consiste en la circulación de recuerdos que forman parte activa en el proceso dinámico de recreación de experiencias por parte de los protagonistas. El carácter dinámico de la “memoria histórica” ha sido descrito y desarrollado por Gabriel Salazar, indicando que:

(…) no es una memoria estática o congelada, sino dinámica, que se re­vuelve en la subjetividad de los individuos y en la inter-subjetividad de los grupos afectados por el sistema fáctico, que busca su salida lateral, su reconstitución colectiva para, una vez consolidada en lo ancho, inicie un movimiento hacia lo alto, contra la memoria oficial, y para reconquistar no sólo la ‘memoria pública’, sino también –sobre todo– la legitimidad del sistema social (o sea, su reconstrucción histórica). (2002, p. 9)

Es importante señalar –y añadir– que el carácter dinámico de la “memoria históri­ca” tiene un origen empírico, es decir, este movimiento profundo de recreaciones se fundamenta concretamente en la experiencia misma, la cual se encuentra deposita­da, en forma de recuerdos, en las memorias de los militantes-protagonistas de los movimientos sociales del periodo.

3. Función/funcionalidad

La “memoria histórica” también es significativamente útil para la reconstrucción del movimiento popular durante la UP a partir de esta dualidad que estamos plan­teando: función/funcionalidad. Esta doble dimensión analítica, que pudiese ser una, se explica porque la “memoria histórica”, por un lado posee una función por sí sola de acuerdo a su propia naturaleza, y por el otro, responde a distintos requerimien­tos y propuestas, ya sea desde la misma disciplina histórica como también de la sociedad en general, es decir, es funcional a intereses sociopolíticos externos a su propia naturaleza.

Antes de comenzar a reflexionar sobre la función de la “memoria histórica”, quere­mos dar a conocer una idea expuesta por Peter Burke que consideramos fundamen­tal tener en cuenta para continuar con el análisis: “Una de las funciones más impor­tantes del historiador es la de recordador” (2011, p. 85). Esta frase que parece tan simple y lógica, es fundamental para nuestro análisis, debido a que precisamente en esta función del historiador propuesta por Burke –la de recordador– se inserta la función específica de la “memoria histórica” que consiste en recrear y reconstruir las experiencias de vida a partir de los recuerdos almacenados en los sujetos que fueron protagonistas de determinados fenómenos históricos. En suma, para cumplir la función de recordador, el historiador indispensablemente debe hacerlo recu­rriendo a la “memoria histórica” (por lo menos en investigaciones sobre historia reciente, como la que hemos propuesto).

Al profundizar aún más en esta función reconstructora del pasado, nos encontramos con un fenómeno asociado indiscutiblemente a este rol de la “memoria histórica”, el cual consiste específicamente en una “resignificación del pasado”, cuyas propie­dades y atribuciones la transforman en una función de esta fuente de información. Existe una relación directa entre memoria y resignificación, en el sentido de que esta última se desenvuelve como función de aquella, ya que:

cuando hablamos de memoria estamos refiriéndonos no a la evoca­ción objetiva de lo que aconteció, sino más bien a la reconstrucción que, desde el presente, se hace en un momento determinado de acuerdo a unos intereses concretos. Estaríamos, en consecuencia, ante un constructo social de significados, por tanto, cambiantes en el tiempo. La memoria, en este sentido, es siempre una memoria historizada, una resignificación del pasado. (Azkarate, 2007, p. 1)

Así, al contribuir en la reconstrucción histórica de los movimientos sociopolíticos populares durante “la vía chilena al socialismo”, a partir de las experiencias depo­sitadas en las memorias de sus militantes, simultáneamente estamos descubriendo el significado histórico de sus manifestaciones e injerencias en la estructura de clases del periodo, es decir, preservando en el tiempo y rescatando desde el olvido el sentido y valor histórico que aquellos idearios sociopolíticos –plasmados en proyec­tos histórico-revolucionarios– representaban.

Las funciones que presenta la “memoria histórica” –recreación y resignificación del pasado– aportan significativamente en la comprensión y reconstrucción histórica de la movilización social impulsada “desde abajo” por las clases populares durante el gobierno de Salvador Allende. Pero también es de gran importancia, para tales propósitos, el carácter funcional que presenta esta fuente historiográfica, es decir, su capacidad para responder a funciones externamente determinadas, ya sea des­de la disciplina historiográfica misma como desde el ámbito sociopolítico.

La “memoria histórica” es funcional a dos fenómenos de mucha importancia en la actualidad de la disciplina historiográfica, nos referimos a la “batalla de la memoria” y la “historización de la experiencia”. La primera ha sido desarrollada principalmente por María Angélica Illanes, quien plantea el surgimiento y desen­cadenamiento de esta “batalla de la memoria” desde una perspectiva historio­gráfica, pero que es consecuencia directa de la represión ejercida por la acción de las armas sobre los sujetos históricos que intentaron llevar adelante un proyecto histórico de profunda transformación social en el periodo de la Unidad Popular. Así, la “batalla de la memoria” consiste en una:

(…) batalla necesaria, cuya dialéctica confrontacional tiene el poder de romper la parálisis traumática provocada por la acción de las armas, posibilitando la restitución del habla de los ciudadanos, re-escribiendo su texto oprimido, especialmente cuando estas armas han violado brutal­mente su cuerpo. (2002, p. 12).

Cuando la historiadora menciona que esta “batalla de la memoria” hace posible la restitución del habla de los ciudadanos y la re-escritura de su texto oprimido, comprendemos la importancia de la función que cumple la “memoria histórica”, ya que precisamente es a través de la re-escritura crítica de ésta, que podemos con­tribuir en la reconstrucción del proyecto histórico que representaba el movimiento social del pueblo organizado a comienzos de la década de 1970 y que fue poste­118 Revista Divergencia / ISSN: 0719-2398 N°2 / Año 1 / julio diciembre 2012 / pp 111-124 Cristian Suazo Albornoz riormente aniquilado por represión militar pinochetista. Por tanto, la reconstrucción de estos hechos se circunscribe necesariamente en esta “batalla de la memoria”, que “al mismo tiempo que realiza el acto de la re-escritura de la memoria, debe dar a conocer las claves de su trama, abrir el debate acerca de su contenido, rea­brir el proceso de su historicidad” (2002, p. 12). De esta forma, la “batalla de la memoria” adquiere mucho valor para el propósito de estudiar los acontecimientos vinculados a la compleja dinámica de agitación social durante la UP, y reconstituir sistemáticamente su historia, ya que esta “lucha” supone una re-escritura del pro­yecto histórico que representaban esos “muertos”, superando el olvido y la “amne­sia historicista”,

(…) porque, si no se enseña ese proyecto, si no se le re-escribe, si no se debate crítica y abiertamente en torno al ideario social y político que esos textos y esos cuerpos mutilados representaban, la batalla cultural no tiene sentido ni significación futura. (2002, p. 16)

Por consiguiente, junto a esos nombres y cuerpos, es importante rescatar del olvi­do también el proyecto histórico político que encarnaban, adquiriendo así mucha relevancia la relación histórica entre este proyecto de transformación radical de la estructura de clases y el consiguiente genocidio que negó e impidió su completa realización.

En segundo lugar, la “memoria histórica” es funcional al fenómeno conocido como “historización de la experiencia”, propuesta historiográfica desarrollada princi­palmente por Julio Aróstegui y que se basa en una objetivación de la memoria, proceso que implica racionalizar la memoria previamente a su inclusión en una narrativa historiográfica y convertirla en historia. Por lo tanto la historización de la experiencia finalmente es una historización de la memoria, ya que según Aróstegui “para que la memoria trascienda sus limitaciones y sea el punto de partida de una historia, es preciso que se opere el fenómeno de su historización, o, lo que es lo mismo, de la historización de la experiencia” (2004, p. 165). Es de esta manera que podemos percatarnos de la importancia que adquiere la “memoria histórica” en este proceso, ya que el recuerdo es determinante para historizar la experiencia en el sentido de hacer presente lo pasado. Asimismo, “(…) la historización, a través de la memoria, «integra» al individuo particular en la experiencia social, colectiva, de la historia (…)” (2004, p. 184), por lo que el sujeto comprende que sus expe­riencias de vida forman sistémicamente parte de un contexto histórico más amplio.

Lo anterior permite advertir la existencia de una directa relación entre memoria e historicidad, sin la cual sería imposible desarrollar esta “historización de la ex­periencia”. Esta vinculación es fundamental porque la historicidad impregna de sentido a las experiencias depositadas en las memorias de los sujetos históricos, transformándose en una “(…) atribución humana que da sentido a la «vuelta sobre el pasado» para comprenderle como un presente, para comprender el pasado como un «presente que fue»” (2004, p. 171), configurando a dichas experiencias como aspectos históricamente reales. De esta forma, historizar la experiencia, y porlo tanto la memoria, implica someterla a un análisis histórico crítico, vinculándola simultáneamente a los acontecimientos que se pretenden reconstituir.

Si bien la “memoria histórica” es funcional a fenómenos pertenecientes a la discipli­na historiográfica, también lo es a aquellos de carácter socio-político, específica­mente a los procesos de transformación social y de disputa por el poder. El recono­cido historiador medievalista Jacques Le Goff aporta con importantes reflexiones sobre el carácter funcional de la “memoria histórica”, expresando lo siguiente:

La memoria colectiva ha constituido un hito importante en la lucha por el poder conducida por las fuerzas sociales. Apoderarse de la memoria y del olvido es una de las máximas preocupaciones de las clases, de los grupos, de los individuos que han dominado y dominan las sociedades históricas. Los olvidos, los silencios de la historia son reveladores de estos mecanismos de manipulación de la memoria colectiva.(1991, p. 134)

En este sentido la “memoria histórica” no es percibida ni compartida de la misma manera por todos los grupos sociales, es decir, no se configura homogéneamente en la sociedad, sino que responde a intereses tanto de los grupos dominantes como de los grupos dominados o en condición de subalternidad. Desde la perspectiva dominante, a través de diversos métodos y mecanismos se intenta manipular la memoria colectiva, específicamente aquellos recuerdos, experiencias y representa­ciones de fenómenos históricos que implicaron transformaciones sociales y políticas. Lo anterior mantiene un nexo con el carácter instrumental de la “memoria histórica”, debido fundamentalmente a que ésta representa un mecanismo e instrumento de poder funcional al dominio del recuerdo y de la tradición, es decir, a la manipula­ción de la memoria social en beneficio del conservadurismo. La preocupación por el dominio de la memoria, vinculada a la ya referida lucha por el poder, responde a la necesidad de mantener el status quo por parte de los sectores hegemónicos, quienes procuran proteger sus intereses históricos y su posición en la estructura social-clasista a partir de la manipulación de la “memoria histórica”, sobre todo de aquellos fenómenos que representaron una amenaza a dichos intereses. Ahora, el hecho de interesarse por la instrumentalización de la “memoria histórica”, ya sea manipulándola o manteniéndola en el olvido, es producto de la importancia que ésta representa en la lucha por la conservación del poder, porque como justamente sostiene Francisco Rodríguez: “La representación del pasado modeliza el presente y el futuro” (2001, p. 3), lo que permite a los grupos dominantes configurar el tipo de sociedad que sea correspondiente con sus respectivos intereses.

Por el contrario, para los sectores populares el hecho de preocuparse por sus “me­morias históricas” responde a la necesidad de rescatar del olvido las experiencias que contribuyeron en la configuración de sus propias identidades, las cuales se ven amenazadas y perturbadas por esta “ausencia de memoria colectiva”. Fenómeno conocido también como “amnesia historicista”, que según Patricio Quiroga constitu­ye “(…) una grave perturbación que en la medida que se extiende a la memoria colectiva perturbará la identidad colectiva” (1997, p. 140). Porque los recuerdos ylos conocimientos que los protagonistas poseen depositados en su “memoria histó­rica” en forma de experiencias, forman parte también de su constructo identitario, tanto a nivel individual como colectivo. En este sentido, y relacionada con el objeto de estudio que hemos propuesto, la “memoria histórica” de los grupos populares es funcional al esfuerzo por vencer y superar el olvido, el ocultamiento y la “amnesia historicista” de las experiencias de organización y lucha en Chile durante el perio­do señalado, los cuales –inherentemente– forman parte de la identidad colectiva de los mencionados sujetos históricos. De lo contrario, Sergio Grez advierte que “aquellos grupos carentes de una sólida memoria colectiva corren peligro de des-construirse, perder su fisonomía, diluir sus identidades en modelos propuestos por actores más fuertes y pujantes”(2008, p. 3), quienes mediante la política y el so­porte de la “historia oficial” procuran silenciar y olvidar las experiencias históricas de las luchas sociales y políticas de los sectores populares.

De este modo, reconstruir historiográficamente fenómenos históricos de esta índole, interrogando y recordando el pasado, involucra necesariamente un proceso de profundización y ruptura de hegemonías, es decir, una confrontación dialéctica por el recuerdo entre la memoria y la desmemoria.

Enfrentar el pasado es desnudar el poder que ya ha construido su relato narrándonos todo a todos. Por tanto es evidente que resistir es un impe­rativo, una forma válida de ejercer memoria contra-hegemónica, más aún cuando, como lúcidamente lo señala Benjamin, para los oprimidos su historia es un permanente estado de excepción. (Castro, 2009, p. 35).

Finalmente, para culminar con el análisis acerca de la utilidad que la “memoria histórica” representa en la reconstrucción de la historia de los movimientos sociopo­líticos durante el periodo señalado –proceso innegablemente dialéctico y contra hegemónico–, dejamos expresada una excelente reflexión desarrollada por Jacques Le Goff:

La memoria, a la que atañe la historia, que a su vez la alimenta, apun­ta a salvar el pasado sólo para servir al presente y al futuro. Se debe actuar de modo que la memoria colectiva sirva a la liberación, y no a la servidumbre de los hombres. (1991, p. 183).

III.CONCLUSIONES

Mediante un análisis sistemático hemos dado a conocer la importancia que posee la “memoria histórica” en el –necesario– proceso de reconstrucción histórica de las clases y grupos populares durante la UP, particularmente, de las diversas expre­siones colectivas que dotaron de dinamismo social y político a la denominada “vía chilena de transición al socialismo”. La omisión de los movimientos sociopolíticos populares en los análisis e investigaciones sobre este proceso, estimula la invisibi­lización de los sujetos históricos que protagonizaron las transformaciones sociales del periodo, generando de esta manera una “historia sin sujetos”. Al respecto, el excelente historiador Sergio Grez plantea lo siguiente:

(…) no se puede olvidar la historia plurisecular de pobreza, marginación, opresión y explotación de las grandes mayorías, que no es posible ocul­tar el estado de permanente desgarramiento de la nación, la profunda escisión entre sus componentes sociales, étnicos y culturales; que no se puede evacuar del análisis la reiterada historia de frustraciones popu­lares, promesas no cumplidas y esperanzas siempre postergadas que llevaron a muchos a tratar de “tomarse el cielo por asalto” a fines de los 60 y comienzos de los 70. (2008, p. 3)

Para redescubrir este pasado colectivo mediante la disciplina historiográfica, es ne­cesaria la consideración de las diversas memorias colectivas de los sujetos históricos involucrados. Por tanto, y evitando cualquier tendencia excesivamente subjetivista, estimamos que las experiencias de los que protagonizaron aquellos acontecimien­tos –depositadas en forma de recuerdos– representan fuentes de información signi­ficativamente útiles para comprender la dinámica del periodo en cuestión. De esta forma, la “memoria histórica” permite aproximarnos a aquellos elementos subjeti­vos que difícilmente de otra manera podríamos acceder, sobre todo si se trata de clases sociales que –producto de una represión dictatorial– no dejaron testimonios escritos de sus experiencias revolucionarias.

Romper con la hegemonía del olvido implica una confrontación dialéctica con la “historia oficial”, que intenta situar la política única y exclusivamente en el aparato estatal, desconociendo que los sujetos históricos populares durante la UP también protagonizaron –“desde abajo”– fenómenos políticos de transformación social. Precisamente, en este proceso contrahegemónico de reconstrucción del pasado, la memoria histórica ocupa un lugar fundamental, siendo cada vez más reconocida por los historiadores como una fuente histórica.

BIBLIOGRAFÍA

Aróstegui, J. (2004). La historia vivida. Sobre la historia del presente. Madrid: Alianza Editorial.

Azkarate, A. (2007). Memoria y Resignificación. Apuntes desde la gestión del patrimonio cultural. Consulta 18 de Agosto de 2012: http://www. fundacionfernandobuesa.com/pdf/20070718_ponencia_a_azkarate.pdf

Burke, P. (2011). Formas de historia cultural. Madrid: Alianza Editorial.

Cancino, H. (1988). Chile: La problemática del poder popular en el proceso de la vía chilena al socialismo, 1970-1973. Dinamarca: Aarhus University Press.

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de las diversas memorias colectivas de los sujetos históricos involucrados. Por tanto, y evitando cualquier tendencia excesivamente subjetivista, estimamos que las experiencias de los que protagonizaron aquellos acontecimien­tos –depositadas en forma de recuerdos– representan fuentes de información signi­ficativamente útiles para comprender la dinámica del periodo en cuestión. De esta forma, la “memoria histórica” permite aproximarnos a aquellos elementos subjeti­vos que difícilmente de otra manera podríamos acceder, sobre todo si se trata de clases sociales que –producto de una represión dictatorial– no dejaron testimonios escritos de sus experiencias revolucionarias.

Romper con la hegemonía del olvido implica una confrontación dialéctica con la “historia oficial”, que intenta situar la política única y exclusivamente en el aparato estatal, desconociendo que los sujetos históricos populares durante la UP también protagonizaron –“desde abajo”– fenómenos políticos de transformación social. Precisamente, en este proceso contrahegemónico de reconstrucción del pasado, la memoria histórica ocupa un lugar fundamental, siendo cada vez más reconocida por los historiadores como una fuente histórica.

BIBLIOGRAFÍA

Aróstegui, J. (2004). La historia vivida. Sobre la historia del presente. Madrid: Alianza Editorial.

Azkarate, A. (2007). Memoria y Resignificación. Apuntes desde la gestión del patrimonio cultural. Consulta 18 de Agosto de 2012: http://www. fundacionfernandobuesa.com/pdf/20070718_ponencia_a_azkarate.pdf

Burke, P. (2011). Formas de historia cultural. Madrid: Alianza Editorial.

Cancino, H. (1988). Chile: La problemática del poder popular en el proceso de la vía chilena al socialismo, 1970-1973. Dinamarca: Aarhus University Press.

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La transmisión de la memoria familiar. Recomposiciones y apropiaciones de la memoria


Recomposiciones y apropiaciones de la memoria  

Estudio sociológico sobre un grupo de exiliados chilenos en Paris, entre octubre de 1998 y marzo de 2000

 

Fanny Jedlicki, doctorante en sociologia en la faculdad Paris VII – URMIS

(Unidad de Investigacion Sobre Las Migraciones y la Sociedad).

Con la indispensable ayuda para la traducción de Natalia Lavalle.

 

 

El 16 de octubre de 1998 quedará grabado en la memoria de todos los chilenos, especialmente en la de aquellos que aún viven en los países donde se refugiaron después del golpe militar de 1973. Se trata justamente de la recuperación de esta memoria en el “caso Pinochet” y de la movilización activa realizada por los ex-refugiados y sus hijos. Y son éstos últimos, los que con su presencia y compromiso asumen la lucha contra la impunidad de Pinochet, quedando en evidencia la relación con la memoria familiar del exilio.

El problema de la memoria es el tema central en esta investigación[3]. Esta es tratada como un proceso dinámico en constante reelaboración. A pesar de que la memoria del exilio chileno se haya forjado en un contexto dramático, impregnado de sufrimientos y que se encuentre polarizada entre el peso traumático del pasado y la necesidad del olvido, es una memoria que no está capturada al pasado[4]. Al contrario, la memoria es definitivamente un acto del presente, porque está inscrita en el tiempo y el espacio. Es lo que manifiesta San Agustín y reivindicado por Maurice Halbwachs: “recordar no es revivir, sino reconstruir un pasado a partir de los marcos sociales del presente”[5].

La transmisión de la memoria familiar, en un país que no es el de los padres, se inscribe claramente en un proceso de recomposición. Los hijos de los refugiados, socializados en Francia y pertenecientes a una generación socio-histórica diferente a la de sus padres, no reciben directamente los contenidos de la memoria paterna. Por el contrario, ellos realizan un “bricolage”[6].

De esta manera, concurrimos, durante el “caso Pinochet”, a un verdadero regreso de la memoria para los ex-refugiados chilenos y a una redefinición de ésta en el caso de sus hijos,  quienes al participar en una movilización activa, buscan apropiarse de su herencia familiar.

  • ·         La memoria en tensión

Los graves atropellos a los derechos humanos cometidos por el régimen militar chileno[7], tienden a ser ocultados en Chile, donde las leyes de impunidad y de silencio contribuyen a la “mala memoria” del país, según lo expresa el escritor chileno Marco Antonio de la Parra. La memoria colectiva es negada, especialmente la de las víctimas, lo que hace imposible la simbolización de la muerte y dificulta el trabajo de duelo. El dolor permanece omnipresente, una herida que el tiempo no puede cicatrizar, pues la memoria pareciere estar paralizada en un tiempo suspendido fuera de las leyes naturales, donde los ausentes están eterna y profundamente presentes[8].

Las víctimas, del sistema represivo, son  negadas, olvidadas e ilegítimas. Por tanto, los refugiados chilenos, en la mayoría de los casos, llevan sobre sus espaldas el peso de la culpabilidad, e incluso en un comienzo se sienten responsables de la derrota.

Esta culpabilidad se exacerba por su misma condición de sobrevivientes. Los que lograron sobrevivir a las torturas, a los campos de concentración, en relación con los millares de compañeros que murieron en estos lugares, se sienten culpables de estar vivos entre los muertos[9], culpables además de haber hablado bajo la tortura.

También se sienten culpables de permanecer aún en Francia, a pesar de haber jurado, a si mismos, volver lo más pronto posible a Chile para reconstruir la democracia que, hoy en día, se construye sin ellos. Este sentimiento, durante los viajes que realizan los exiliados chilenos al país, se ve sustentado por reacciones de rechazo de parte de sus propios compatriotas, quienes los tratan de traidores, cobardes o privilegiados. De haber disfrutado un “exilio dorado” en los desarrollados países europeos.

Para mitigar estos sentimientos los refugiados chilenos tan pronto llegan a Francia, se arrojan a un militantismo frenético contra la dictadura, prefiriendo, de esta forma, “dejar a un lado” las duras experiencias que acaban de padecer[10]. Así es como el silencio envuelve los sufrimientos de cada cual, rechazando los recuerdos dolorosos, reprimiendo los traumas, sin por eso olvidarlos.

De hecho, ¿cómo olvidar lo inolvidable? La memoria de la violencia se desliza por los resquicios de la vida diaria, lista a reaparecer a raíz de una broma, o de un encuentro con las autoridades policiales francesas, enfrentando esa moda que visten sus propios hijos, de uniformes color kaki y botas negras. Y el recuerdo no es sólo evocación de hechos anteriores, sino, a su vez, es también  un retorno físico a violentas emociones. La memoria se inscribe en el cuerpo mismo, cuerpo que ha sido martirizado, manifestándose por dolores violentos de cabeza, intestinales, trastornos de sueño y otros. Todo ello, expresiones somáticas que traen el recuerdo de los sufrimientos pasados. Sin embargo, si “hablar es imposible”, “callarse está prohibido”[11] y un verdadero “deber de memoria”, como dice Primo Levi,* se impone a los exiliados.

La memoria del exilio chileno se debate entre varias tensiones opuestas…está “adormecida” dicen hoy día, estos hombres y mujeres que se quedaron en Francia, tironeados entre su país de origen y el de asilo, la existencia que allí reconstruyeron, la pertenencia de sus hijos a esta sociedad de la que no quieren separarse. Existe al mismo tiempo, un Chile lejano que ellos aman y odian a la vez, y que sublimado por el exilio sufrido, se les impone como su único y verdadero lugar de pertenencia: Amalia, 50 años, exiliada en Cuba en el año1974 y retornada a Chile en 1986, habla del exilio como “una división interna que ha dejado su corazón y su alma en Chile“.

Cuando el “caso Pinochet” comienza, los refugiados chilenos de Francia[12] se encuentran en una fase particular de su trayectoria: el post-exilio. Después de 20 o 25 años que han  vividos en este país, ellos han experimentado una cierta aculturación, o sea han “bricolado” las diferentes piezas de las dos estructuras socio-culturales, cuyo recorrido ha permitido tender un puente entre las dos sociedades, reinyectando sentido y coherencia a las trayectorias quebradas por el golpe de Estado en 1973. Por una parte, sus elecciones profesionales y políticas lo reflejan. Por otra, sus viajes a Chile les permiten reanudar los lazos familiares, así como también poder medir la amplitud de los cambios negativos observados en el país, y valorar, entonces,  las garantías cívicas y sociales del  Estado francés. Sin embargo, la nostalgia, doloroso corolario del exilio y el desgarro permanente se impone  por una situación disociada (“entre-deux”), caracterizada por un regreso deseado, pero postergado constantemente donde el presente, pasado y futuro se entrelazan al dolor de una memoria en carne viva, polarizada entre el sufrimiento privado de los recuerdos, la culpabilidad y la inhibición colectiva. Esta situación es lo que el “caso Pinochet” viene a conmover.

El caso Pinochet y el regreso de la memoria

  • La victoria de los vencidos : la inversión de los roles

Aquellos que, por mucho tiempo, fueron aplastados por la altanería insultante del ex-dictador, que todos creían intocable, vuelven a la escena internacional y aparecen como los protagonistas de una lucha ejemplar[13]. De vencidos, responsables de la derrota, los ex-refugiados se ven asimismo como los vencedores, los héroes de la historia contemporánea chilena. La justicia internacional, al designar oficialmente al responsable de la muerte de sus compañeros, reconoce su historia, mientras que sus viejos sufrimientos, por largos períodos,  ahogados por la negación del Estado chileno y por represión propia, se convierten en la herramienta de la caída de Pinochet. Es justamente su condición de víctima lo que, en Europa, le atribuye a los exiliados un poder jurídico activo, lo que permite que, hoy, sean ellos quienes hagan temblar al ex-dictador.

“Por primera vez sentimos que servía para algo. Que no sólo habíamos recibido golpes sino que podíamos hacer que lo vivido sirviera para algo! […] Nos dimos cuenta que habíamos vivido cosas de las que, a menudo, no habíamos hablado y, entonces, este pasado seguía siendo algo que no podía ser reivindicado, y en ese momento nos dimos cuenta que nuestros testimonios tenían una suerte de poder muy importante y que con todo esto podíamos hacer algo! Antes esto no servía para nada, bueno, ibas a Amnistía Internacional y contabas, presentabas tu testimonio que terminaba en un informe anual perdido por ahí… y entonces, tuvimos la sensación de tener un arma entre las manos, un arma con la cual podíamos golpear. Claudia, 50 años, exiliada en Francia desde los años 70, ex-presa política.

De esta manera, la inversión de la correlación de fuerzas, la nueva distribución de responsabilidades, el vigor simbólico que toma la reivindicación del estatus de víctima, conllevan un cambio radical de la relación que los refugiados tenían con la memoria. Esta pasa del estado de memoria reprimida, al de rememoración consciente y reivindicada por la palabra tomada públicamente.     

Además, son los exiliados los que se quedaron en Francia, después del referéndum, quienes retoman la bandera de lo que les parece ser la verdadera batalla contra la dictadura,  en vez de participar en la reconstrucción de la democracia chilena, De hecho, la actitud del actual Gobierno chileno les parece más que ambigua, revelando la distancia teñida de desconfianza que tienen frente a la democracia chilena[14]. El entonces Ministro de Relaciones Exteriores chileno, Juan Miguel Insulza solicita el regreso de Pinochet a Chile, dónde asegura que será juzgado. Pero los exiliados desconfían del aparato legislativo chileno, que ha garantizado una impunidad (casi) perfecta a los represores y además, no depositan grandes expectativas en la Concertación. Para ellos, se trata de una “manipulación vergonzosa“, cuyo objetivo es  proteger al ex-dictador. Los exiliados creen que sólo su acción militante desde el exilio, junto a la acción jurídica de los Estados europeos, puede llegar a  encaminar un verdadero proceso judicial contra Pinochet.

Por tanto, los exiliados van a involucrarse honesta (entera? ) y frenéticamente en una larga movilización para exigir el juzgamiento del ex-dictador en Europa y para “luchar contra su impunidad“. Las formas que toma esta movilización, así como las prácticas que en ella se desarrollan, son realmente “exhumadas” desde el pasado.

  • ·         El regreso estructural de la memoria

Las consignas, las pancartas, los discursos pronunciados durante las numerosas reuniones, incluso las divisiones que fortalecen las redes comunitarias que se han reformado, hasta la evolución de éstas ultimas, recuerdan de hecho las experiencias fundamentales que los refugiados han conocido: la Unidad Popular y los comienzos del exilio. El pasado reaparece, el grupo revive, a través del uso de los antiguos gestos, palabras y  prácticas, sus estructuras intrínsecas, ofreciendo a la memoria colectiva del exilio chileno una nueva etapa de elaboración[15].

Durante la movilización contra Pinochet, el acontecimiento fundador[16] que constituye la Unidad Popular está de regreso. En las manifestaciones surgen algunos cánticos (“Venceremos”, entre otros), como un eco del pasado y la figura de Allende, quién parece representar una verdadera divinidad tutelar, es invocada permanentemente: su rostro invade las pancartas y reina sobre los manifestantes, así como en el living de muchas casas de exiliados.

Los tres años de la experiencia socialista chilena han sido vividos por sus militantes y simpatizantes como un período eufórico, en el que, animados por un fuerte entusiasmo revolucionario y por la certeza de estar participando activamente en la elaboración de una Sociedad Nueva y de un Hombre Nuevo, sentían que estaban construyendo la historia, una historia en la que las trayectorias personales parecían abrazar las de la Nación. Se trata de un período de referencia y también de un período mítico, con el cual algunos siguen soñando[17]. Este mito[18] de un período que hoy no sabríamos comprender sin su fin trágico y sangriento, descarga, retrospectivamente, un gran peso sobre estos tres años. La gran mayoría de los exiliados percibe esta etapa histórica como una época feliz e ideal, intocable, cuya imagen ha sido sublimada por la distancia y la nostalgia propias del exilio.

El grupo va a encontrar, a través de las divisiones que lo alientan, sus viejas estructuras. Inherentes a la acción política o a las tensiones entre grupos ideológicamente divergentes, estos conflictos importantes que agitan la red y que afectan su capacidad movilizadora, recuerdan de manera pertinente las dificultades que la Unidad Popular tenía para federar las corrientes políticas que la componían, y las batallas ideológicas que dividían fuertemente a sus militantes. Estas divisiones continuaron en el exilio, viviendo tensiones exacerbadas por la derrota, por el inmovilismo político, tanto en Chile como en las redes sociales y políticas reconstituidas en el exilio. Estas harían estallar rápidamente la aparente unidad que la comunidad había encontrado al llegar al país de acogida. De la misma manera, las divisiones provocadas por el “caso Pinochet”, despiertan viejos rencores, provocan rabia, después de los felices reencuentros de las primeras semanas de movilización. Luego, las asociaciones de carácter cultural y social toman el relevo, consagrando la primacía de la afirmación del “entre-soi” sobre la acción política, lo que recuerda la evolución de las interacciones colectivas de los refugiados chilenos durante las diferentes etapas de sus exilios.

Estos modos de reagrupamiento y diferenciación estructuran la escena política de los exiliados chilenos, y conforman el nexo entre pasado y presente, permitiendo la reactivación de la memoria colectiva del exilio.

  • ·        El “entre-soi” y la figura del exiliado

A pesar del aspecto ejemplificador de este caso, cuyas acciones han sido valoradas tanto por los medios de comunicación y, pese a la solidaridad que la sociedad francesa ha tenido para con los refugiados chilenos, la movilización, sigue siendo esencialmente un hecho de éstos últimos. Los “franceses” están ausentes de este movimiento: si bien, a veces, se solicita su apoyo (firmas de adhesión, ayuda económica, etc.), su presencia efectiva en las manifestaciones es muy rara. Estas presentan un carácter marcadamente comunitario: las consignas, los volantes y las conversaciones que se establecen entre los miembros conocidos, son mayoritariamente en español, con exclusión de los no chilenos, aun cuando sean amigos de muchos años. En este contexto, el  proyecto, de formar una comisión latinoamericana integrada además por argentinos y haitianos, es abandonado al cabo de algunos meses.

Por tanto,  los desafíos de esta movilización se relacionan con el cuidado y la conservación de una identidad reencontrada, conducida por un colectivo encerrado en si mismo y que se reactiva constantemente, a partir de los reencuentros comunitarios, expresados en  manifestaciones y  fiestas. Son los momentos de vuelta a sus raíces, a su identidad. Los refugiados chilenos encuentran en la militancia, en el “être-ensemble”, (conjunto o colectivo?) una identidad valorizada que se había alterado progresivamente desde el golpe de Estado. El exiliado chileno encarnaba, de hecho, en la Francia de los años 70, heredera de las ideas del ‘68 y en el umbral de su crisis económica, al representante de un movimiento revolucionario con el cual los militantes franceses podían identificarse: el exiliado chileno era una verdadera figura heroica.

Los beneficios que en términos de identidad, ofrecía esta imagen de héroe, no eran menores para los refugiados chilenos; beneficios que reaparecen a partir del “caso Pinochet” Los refugiados recuerdan y, por fin, recuerdan en voz alta.[19]

  • ·         La resolución de los conflictos memoriales

Al ser designado un culpable oficial, el “caso Pinochet” aminora la culpabilidad de la derrota. Al fin, el deber de memoria puede cumplirse e impulsa a tomar la palabra públicamente: efectivamente, la responsabilidad que se le impone a los sobrevivientes de atestiguar por aquellos que ya no están, les permite superar las dificultades que los llevaron a sumergirse en los recuerdos traumáticos. Se trata casi de una reparación, hablando y recordando no sólo por aquellos que ya no están, sino también  por ellos mismos.

La palabra del sufrimiento, finalmente liberada, puede circular entre las redes comunitarias y permitir la reconstrucción colectiva del sentido de estas trayectorias, vividas, esencialmente en sus aspectos más siniestros, de modo individual. El sistema  represivo y sobre todo el de la tortura, tenían como objetivo la destrucción del ser, aislándolo de todas sus redes y marcándolo para siempre cuando “hablaba” bajo el dolor despiadado, transformándolo, literalmente, en una “ bestia que grita” (“bête hurlante”), habiendo asesinado al ser social y moral antes de destrozar al ser físico[20]: el sistema ha abolido el sentido. El silencio y la inhibición, la culpabilidad exacerbada por la condena sin apelación de los partidos políticos clandestinos de aquel que “cantaba“. Todo ello dejaba, a cada uno de los refugiados, aplastado bajo una pesada carga individual. A través de los testimonios y las querellas, estos reencuentran asimismo la huella de algunos detenidos-desaparecidos que creían haber sido los últimos en ver, reconstruyendo la cadena de responsabilidades de su desaparición. Esto les permite deshacerse, parcialmente, de la culpabilidad. 

Cuando Pinochet  fue arrestado… entonces le encontré un sentido a mi historia. Antes se trataba de algo individual, completamente individual, que me tocaba a mi, y que yo guardaba porque era mi historia, mi problema individual y que no estaba ligado a algo que pudiera hacer avanzar las cosas y es justo cuando Pinochet fue detenido […] que yo hice la conexión entre mi historia y ésta… y en esta historia había todo un espacio para volver a lo que significaba pertenecer a un  movimiento (colectivo ?)  y no sólo individualmente como víctima.”  Marcela, 46 años, exiliada en Francia en 1973, ex-presa política.

De esta forma, el “caso Pinochet” permite a los exiliados   retomar en sus manos un destino sufrido desde 1973, cuando fueron empujados a la clandestinidad, a los campos de tortura, de concentración y detención, a las embajadas y consulados en países lejanos, con sus hogares para refugiados. En fin, cuando fueron forzados a una existencia no deseada, pero que han sido capaces de construir. Si durante años, su capacidad de acción a nivel político, laboral, etc., estuvo parcialmente anestesiada, ahora la reafirman y se la reapropian. El “caso Pinochet” tiene un valor reparador para los refugiados: la lucha del exilio en el exilio les devuelve sentido a su presencia en Francia.

Por ultimo, el duelo de las experiencias trágicas es posible. Los muertos y los nombres de los detenidos-desaparecidos son nombrados una y otra vez, sus fotos son publicadas en los diarios, afiches y carteles, que los manifestantes enarbolan, gritando que sus compañeros están “presentes ahora y siempre“. Estos actos son, también, el lugar de expresión de ritos de duelo, simbolizados por centenares de cruces plantadas en maceteros y puestas en la calle, por los minutos de silencio, por las velas protegidas del viento y por ese ataúd que queman de rabia cuando Pinochet regresa a Chile en marzo del 2000. Todos estos símbolos funerarios, representan “armas”,  de impacto sobre la opinión pública, así como formas de “enterrar a los muertos“. Asimismo, el “caso Pinochet” le permite a las víctimas de la dictadura realizar una catarsis.

Tuvimos la suerte de haber podido hacer una terapia colectiva con el “caso Pinochet” […] porque todos teníamos a nuestros muertos en los afiches, los muertos, los detenidos-desaparecidos, habíamos puesto un manto sobre nuestras cabezas, y decíamos, bueno esto hay que olvidarlo. Pero era una manera de poder seguir viviendo. Y entonces pasó algo que permitió abrir eso y todos estaban felices! […] Pudimos enterrar de una vez a todos los muertos […] Si no enterraste a tus muertos no puedes vivir, porque si no dejas a tus muertos en el pasado, el presente es inestable y el futuro también. […] Además, cuando viviste la derrota y sientes que no puedes cambiar nada de esto, con todos estos muertos y desaparecidos sobre el lomo, todo el tiempo…esto te apaga, vives con un peso.” Juan, 60 años, exiliado en Francia en 1974.

Las virtudes liberadoras del “caso Pinochet” sobre la memoria reprimida van a actuar también en el seno de las familias y van a trasformar el marco de la transmisión de la memoria.

El caso Pinochet y los hijos de los exiliados

  • Los fantasmas de la memoria

La memoria familiar, marcada por el sello de las terribles experiencias vividas, ha sido transmitida, durante mucho tiempo, de manera velada, a través de sus silencios aceptados y de sus “fantasmas” atormentando a los hijos. Los exiliados chilenos, enfrentados a sus recuerdos en tensión, no le cuentan a sus hijos, con facilidad, lo que les sucedió. El horror parece aún más difícil de verbalizar con ellos. De esta manera, la memoria se transmite generalmente por fragmentos, con sus omisiones, sus mentiras a veces, y  sus momentos de revelación en otros[21].

Los hijos respetan estos silencios y zonas oscuras de la memoria y, en ocasiones, hasta las apoyan, pues no quieren aumentar el dolor de los padres ni enfrentarse ellos mismos al horror. Los silencios, sin embargo, son pesados, dejando a la imaginación y a los fantasmas llenar los vacíos de una memoria que se vuelve, incluso, más terrible e inaccesible a toda obra de apaciguamiento y de elaboración[22].

No obstante, los hijos de los refugiados cuentan con trazos de memoria extra-familiares: se trata de los miembros de la comunidad chilena. Estos “tíos y tías” de la migración. Son personas referentes en la medida en que han recorrido los mismos periplos que sus padres. En Francia, también, existe toda una literatura y filmografía sobre la historia contemporánea de Chile que los hijos suelen consultar. Algunos de ellos elaboran parcialmente imágenes y representaciones de la biografía paterna. Por ultimo, sea cual fuere el grado de transmisión, todos los hijos expresan esta extraña impresión “de haber sabido siempre” sin que fueran necesarias las palabras.

Mas allá de los silencios, de las palabras, la transmisión de la memoria traumática se realiza clandestinamente y pareciera ocurrir (haber?), en los hijos de refugiados, un “hacerse cargo de los conflictos, de los traumas psíquicos que pertenecen a la realidad vivida por los padres”[23]. Escenas de violencia, llenas de tanques de combate, de fusiles y de llamas, en las cuales los padres o ellos son los actores, invaden las pesadillas de los hijos que construyen un teatro imaginario traumático[24]. Así, muchos de ellos se debaten entre estas imágenes de dolor y odio contra los represores chilenos, un odio mezclado con miedo que se amplía a todo organismo militar y de seguridad (sea este chileno, francés o de cualquier nacionalidad).

Algunos hijos desean protegerse del sufrimiento activado por la memoria e intentan distanciarse de ella, declarando que “son sus fantasmas y no los míos“. Gabriela, 22 años, llegó a Francia en 1980 con su madre después de haber sido las dos detenidas en Chile. Pero la memoria y el sufrimiento están presentes y, a veces, son asumidos y reivindicados por los hijos. Su relación con la memoria es entonces ambivalente.

  • De los sentimientos ambivalentes

Los hijos de los refugiados tienen una relación ambivalente con Chile, país de ensueño, cuya imagen se ve alterada por la nostalgia y las narraciones magnificadas de los padres, donde “las naranjas son del tamaño de los melones“: los hijos han elaborado la representación de una tierra originaria, “tierra de los colores del Edén”, un hipotético refugio. Pero este paraíso representa, también, un paisaje de sufrimiento graficado por las imágenes en blanco y negro de los bombardeos sobre la Moneda. Un lugar de injusticia en el que reina la impunidad y la negación oficial, situación que resulta más intolerable para estos jóvenes, que para sus mismos padres, ya que fueron   educados en los cursos de “educación cívica” de la escuela republicana francesa.

Durante los viajes que algunos de ellos realizan a Chile,  toman conciencia de los lazos contradictorios que los unen a este país, donde vive una familia desconocida e idealizada por la distancia, y con la cual las relaciones son generalmente una decepción :

Antes yo me hacia ideas, idealizaba, fantaseaba…allá he visto. [la familia] sigue siendo por mucho tiempo, algo lejano, imaginario, y de repente…ya era casi demasiado tarde cuando yo fui…mis tíos y mi familia son casi unos extraños, aunque los conozca.” Isabel, 28 años, llegó con sus padres a Francia en 1976.

El primer viaje que se realiza, a menudo, durante el verano austral y que corresponde al invierno europeo, es el viaje de la alegría, del descubrimiento. Los siguientes suelen ser los  viajes de la desilusión. Las imágenes elaboradas durante la niñez se encuentran con la realidad de las poblaciones, con una sociedad chilena dividida y, la mayor parte del tiempo, silenciosa sobre su historia contemporánea. 

Esta ambivalencia de sentimientos se relaciona también con la militancia de los padres. Algunos de sus hijos se sienten un poco aplastados por estos héroes míticos que sus padres creen ser. Ellos, que han participado en un gran movimiento social y político, en un momento que caracterizan, como de gran libertad y solidaridad social, que han recorrido y sobrevivido a tantas experiencias difíciles, “luchando por sus ideas”, representan para sus hijos, figuras ejemplares. Las narraciones heroicas de sus padres, así como la imagen positiva del refugiado latinoamericano que tienen las sociedades de acogida en Europa, permiten construir una cierta mistificación de la Unidad Popular y de los acontecimientos del golpe y post-golpe. Estos personajes, modelos a seguir, parecen ser aplastantes: los hijos piensan que jamás conocerán situaciones similares y que nunca podrán “pasar su prueba” como si las experiencias extremas de la generación anterior, obstruyeran  su realización personal.

Sin embargo, los hijos reivindican orgullosamente la herencia ideológica de estos ex-militantes, muchos de los cuales siguen estando activos. Esta transmisión se refiere más a los valores fundamentales de una sensibilidad de izquierda, que a los de ideologías más puras. Todo lo anterior, lleva a los hijos a comprometerse en diferentes luchas; por ejemplo, los sin-papeles, la defensa de la escuela pública, la ecología, entre otras. De hecho, hijos y padres pertenecen a dos generaciones socio-históricas socializadas en épocas y espacios muy distintos, y ambas tienen no sólo una visión política diferente, sino contrastada. Los padres son definidos por sus hijos como “idealistas y utópicos”, y no se reivindican como marxistas revolucionarios. Los hijos, a su vez, son llamados “cartesianos y racionalistas” por sus progenitores. En la trasmisión hay una reinterpretación, y una verdadera apropiación de una herencia política que, al mismo tiempo, es profundamente estructurante[25]. Esta reinterpretación de la memoria de la familia se expresará en las formas y en las significaciones del compromiso de los jóvenes durante la movilización contra Pinochet.

De este modo, durante el “caso Pinochet”, los hijos van a descubrir, a veces, a través de la prensa o de la televisión, los testimonios de sus padres. Así, muchas discusiones surgidas en las familias, a raíz del evento, despiertan su interés por esta historia: ya no dudan en interrogar a los padres y en consultar los múltiples documentos escritos y audiovisuales que abundan en los medios, para llenar los espacios vacíos de la memoria. Durante las manifestaciones, los hijos aprenden también a “conocer y reconocer” a sus progenitores en los rostros de los manifestantes, cuyas expresiones les parecían, hasta ese momento, exclusivamente paternas.

De hecho, los hijos de refugiados se unen a las manifestaciones organizadas por las redes comunitarias. Para sus padres, la participación masiva en ellas, representa “un maravilloso regalo”. Esos padres, desde muchos años, temían que uno de los corolarios coercitivos del exilio significara que sus hijos se convirtieran en “francesitos que han olvidado y que no se interesan por Chile”. Al tomar conciencia que, pese a los silencios, se han transmitido sentimientos de pertenencia y un fuerte nexo con su historia. En un principio, la presencia de estos “cabros”[26] era más bien una manera de apoyar solidariamente a sus padres, considerados entonces los verdaderos actores del asunto; pero se produce una transformación, gracias a un núcleo de hijos de refugiados entre 15 y  40 personas que, durante todo el conflicto al no poder siempre entenderse con “sus mayores”, se organizan  convirtiéndose en una fuerza autónoma de potenciación del movimiento. Rechazando así el “entre-soi” protector de sus padres, hartos de las incesantes discordias que, según ellos, debilitaban la movilización y no pudiendo concebir, en Paris, al final del siglo XX, la presencia de esas reliquias de la Unidad Popular (“tienen 25 años y 40.000 kilómetros de atraso” !), los hijos de refugiados intentan ampliar la movilización a la sociedad en la que viven. Estos franco-chilenos desarrollan, de esta manera, una lucha más ejemplar que la de los “viejos”, es decir, extraterritorial, creando una asociación[27] junto a  jóvenes de otras nacionalidades. Dirigen sus acciones de protesta, reflexión e información a la población francesa, en sus universidades, colegios, lugares de trabajo, etc. Su solidaridad concreta con otros movimientos, tales como los sin-papeles, confirma el carácter ejemplar de su lucha. Sin embargo, los jóvenes no dejan de construir,  también, un espacio de “entre-soi” en el que las trayectorias, los cuestionamientos de identidad, los vacíos de la memoria individual  encuentran, por fin, un eco colectivo. Además, desarrollan un proyecto de investigación histórica sobre la represión militar chilena, iniciativas socio-culturales (conciertos, fiestas, presentaciones de documentales, apadrinamiento de un hogar de menores en Chile, y otros.), redefiniendo prácticas y valores portadoras de identidad.

De tal manera, el idioma que usan, el “frañol” (una mezcla de francés y de castellano), es tanto un marcador de identidad, así como la huella de una acción transformadora de la doble herencia cultural. De hecho, el idioma está impregnado de la relación que los hijos de exiliados tejen con la historia paterna y la tierra originaria. “El individuo que habla es “actuado por las palabras” (Jean-Paul Sartre) que enuncia, en el sentido que con las palabras establece relaciones con las cosas, los eventos y las situaciones.”[28] Y el lenguaje reinventado que usan los hijos de refugiados, pasando con facilidad de una lengua a la otra, creando nuevas palabras (afrancesadas o chilenizadas), nuevas expresiones, los distingue de los dos grupos de referencia: ni franceses ni chilenos,  proclamándose herederos de una doble cultura.

Sin embargo, todos ellos afirman que el “caso Pinochet” les permitió “reanudar la identidad chilena“, las manifestaciones, fiestas y reuniones en  las cuales participan. Son un espacio de recreación de una atmósfera socio-cultural propia del exilio chileno. El español que se habla, la música latina que se escucha, la salsa que se baila y el vino que se toma, el olor del pan amasado que se disfruta, son, efectivamente, varios de los soportes de la identidad. “Me sentí chilena ante todo, no me sentía francesa pa’nada“, dice Valeria, 21 años, hija de exiliados, llegados a Francia en 1974, quien evoca, al mismo tiempo, su “desgarradora doble identidad“:

En Chile soy francesa, pero en Francia soy chilena. […] Está claro, tengo una cultura francesa, pero no puedo ser francesa. No puedo ser chilena tampoco, pero me siento más chilena que francesa.” 

  • De las estrategias de identidad (identitarias) a la apropiación

La identidad, como la memoria, es un concepto dinámico, y la cuestión revela menos de la noción de herencia que de la noción de uso. Los hijos de refugiados elaboran  verdaderas estrategias de identidad[29], “bricolando” las dos culturas y los sentimientos ambivalentes que tienen hacia la historia paterna.

Así, si algunos jóvenes se identifican con sus padres y con la generación del exilio, se autodenominan “exiliados” aunque hayan nacido en Francia, otros, se vinculan más con el   espacio nacional y deciden, por ejemplo, “volver” a Chile aunque sus padres se queden en Francia. Finalmente, son varios los que afirman y resaltan una identidad que califican como chilena, aunque nunca hayan pisado Chile. Hay que precisar que la figura del exiliado, sobre valorizado, brilla sobre los jóvenes: hijos de héroes, hijos de un mundo exótico realzado por la moda latina en Europa, por los estereotipos de la “picante salsera” y del “latin-lover”. Esta etiqueta de identidad les aporta beneficios secundarios. Alfonso, 21 años, hijo de exiliados chilenos llegados a Francia en 1976, vive en una localidad de la periferia parisina y es constantemente sometido a controles de identidad por la policía, a raíz de su “look de joven de banlieue”, sospechoso de ser “árabe o chino”. Alfonso revierte esta estigmatización[30], auto- proclamándose chileno y apoyando esta identidad con prácticas lingüísticas, festivas y deportivas para que ésta sea significativa tanto para él como para los demás.

Otros jóvenes le confieren a esta situación socio-cultural mixta, un carácter positivo: se dicen dotados de una cultura francesa, pública, que   requiere de la razón, de la ciencia y de los valores democráticos, pero también de una herencia chilena. Este último pertenece a la esfera familiar y se inclinaría mas bien hacia los sentimientos, los sentidos y las relaciones humanas percibidas como ricas y cálidas: estos jóvenes estarían constituidos por “lo mejor del espíritu francés y de la naturaleza chilena“. Estas dos herencias adquiridas, complementarias, se mezclan entonces, y algunos de los hijos de la migración evitan todo conflicto de identidad,  declarando ser, simplemente, “ciudadanos del mundo“.

El “caso Pinochet” revaloriza la figura del exiliado chileno. Durante el caso, los hijos se sienten y se definen chilenos, aunque al interior del grupo comunitario se diferencien de sus mayores: renegociada, la identidad problemática es, entonces, resuelta en el grupo de pares. Juntos, los hijos de refugiados se sienten y se definen como hijos del exilio, como el “fruto de todo eso“, pequeños chileno-franceses o franco-chilenos, nacidos de lo político, a caballo de la migración.

De esta forma,  toman sentido las historias familiares que los han conformado en lo que son hoy día. La memoria, despersonalizada, puede inscribirse en un movimiento colectivo de redefinición de los sentimientos de pertenencia y de los lazos que con ella existen, volviéndose historia, una historia en la que ellos tienen el sentimiento de participar. Su fuerte compromiso en la movilización es una afirmación de esto, una reafirmación, vista por los padres y por el entorno como una afiliación voluntaria a esta historia y de la que se apropian según sus dobles referentes socio-culturales. 

A lo largo del “caso Pinochet”, el teatro imaginario se vuelve real. La transmisión efectiva de la memoria familiar que entra en juego y la acción colectiva permiten que los hijos habiten este teatro. Actores a cien por ciento de la movilización y progresivamente reconocidos y respetados por sus mayores, los hijos “crecen” y retoman la bandera de la militancia familiar, viviendo a su turno, un formidable movimiento social. Es justamente la apropiación de la memoria colectiva y familiar lo que puede constituir al sujeto, un sujeto libre, actuando sobre el presente[31] y no invadido o aplastado por su pasado ni por su herencia.

Así, como las imágenes de un calidoscopio se hacen y deshacen indefinidamente, dibujando nuevas formas y figuras, conservando siempre los mismos materiales, podemos representarnos el objeto memoria. Fluida, en constante cambio pese a su carga traumática, la memoria del exilio chileno evoluciona en el tiempo, marcada por los distintos acontecimientos que tiene lugar tanto en la comunidad como en las familias y en los corazones, unida por los lazos comunitarios, también cambiantes. De esta manera, el “caso Pinochet” ha venido a efectuar un giro de 180 grados sobre la situación del “entre-deux” vivida por los refugiados chilenos en su fase de post-exilio, y a cuestionar profundamente las relaciones atormentadas que estos mantenían con la memoria colectiva y familiar del exilio y de la violencia. El “caso Pinochet” actúa en esto como una crisis reveladora, disparadora y cristalizadora[32], revelando hasta que punto la memoria es un proceso dinámico en constante movimiento de composición, descomposición y recomposición. z 


[1] Expresión  que se relaciona con el « affaire Dreyfus » (que pasó en Francia al principio del siglo XX), es decir como un evento tanto jurídico, que mediático, que social, que político y que dividió la sociedad chilena como lo hizo l’affaire Dreyfus con la francesa…

[2] En este período, fueron realizadas dos investigaciones acerca de la construcción social de la memoria y de su transmisión en el seno familiar. Las personas entrevistadas pertenecen a 20 familias de refugiados en París y las ubico socialmente en la clase media, por su capital cultural, económico y social. Estas personas, que eran mayoritariamente estudiantes universitarios y militantes de la izquierda revolucionaria chilena, dejaron su país en la década del 70. Los integrantes de las parejas, de origen chileno, fueron entrevistadas individualmente, así como sus hijos que en ese momento tenían entre 17 y 30 años y que cursaban sus estudios superiores o ejercían un trabajo en puestos de responsabilidad.

[3] Fanny Jedlicki, Mémoires d’exil : quels héritages ? Trajectoires familiales de réfugiés chiliens, de l’Unité Populaire à l’affaire Pinochet, tesis de “maîtrise” de Etnologia, Universidad Paris V-la Sorbonne, 1999 ; Les mosaïques de la mémoire. Mémoires et violences de l’exil chilien. Tesis de DEA (pre-doctorado) de Sociologia, Universidad Paris VII-URMIS, 2000.

[4] Marie-Claire Lavabre, Le fil rouge. Sociologie de la mémoire communiste. Presse de la FNSP, Paris, 1994.

[5] Maurice Halbwachs, Les cadres sociaux de la mémoire, Albin Michel, Paris (primera edición 1925), 1994, p. 329.

[6] Concepto desarrollado por Levi-Strauss y Roger Bastide que aluden a la acción, intelectual y simbólica, de los actores sociales, para articular los distintos elementos (por ejemplo, de dos culturas). El término francés “bricolage” tiene una buena traducción en la metáfora del patchwork.

[7] Al final de la dictadura, se cuentan aproximadamente 4 000 asesinatos políticos, cerca de 2 000 detenidos-desaparecidos y entre 300 000 y 400 000 detenciones y casos de tortura.

[8] Antonia Garcia Castro, La mémoire des survivants et la révolte des ombres. Présences du phénomène de disparition dans la société chilienne (1973-1995),tesis de “maîtrise” IEP-Paris, 1995.

[9] Este sentimiento es uno de los objetivos de la represión : el sistema de la tortura necesita sobrevivientes, que puedan atestiguar el horror frente a los miembros de la sociedad, para que ellos adivinen, sin realmente saberlo, qué le pasa a los opositores. Es uno de los medios con los que se construye un verdadero Estado de terror.

[10] Ana Vásquez ; Ana-Maria Araujo, Exils latino-americains : la malédiction d’Ulysse, CIEMI-L’Harmattan, 1988.

[11] Jorge Semprún ; Elie Wiesel, Se taire est impossible, Ed. Mille et Une Nuits, 1995, p. 17.

[12] Pese a la dificultad de contabilizar el número exacto de exiliados se estima que, entre 1973 y 1989, unos  500.000 a un millón de chilenos, aproximadamente, han abandonado voluntariamente su país. Según la embajada de Chile en Paris, entre 10. 000 y 15. 000 chilenos habrían residido en Francia en este período. Estos refugiados provienen, en su mayoría, de la clase media chilena, con un alto nivel de educación. Sin embargo, pese a la heterogeneidad social existente en esta comunidad, de acuerdo a los datos conocidos por esta embajada, entre el 30 y el 40% de esta población habría vuelto a Chile.

* Citar a primo Levi

[13] La orden de detención internacional librada por el juez Garzón habla en términos de “crímenes de lesa humanidad”; estas palabras, si bien son abandonadas por los jueces, son ampliamente retomadas por los medios de comunicación masiva durante todo el caso.

[14] Evidentemente no es mi intención juzgar la (re)construcción de la democracia chilena, que puede ser comprendida históricamente. Seguramente Francia tiene una historia diferente y ahora es justamente desde este país, en el que los refugiados han cambiado y adquirido, durante el exilio, otros códigos de análisis y otras expectativas (sociales, económicas, culturales y políticas), que éstos evalúan la situación chilena.   

[15] Roger Bastide, “Mémoire collective et sociologie du bricolage”, L’Année sociologique, vol. 21, 1970.

[16] Paul Ricoeur, Evènement et sens, en L’Espace et le temps. Actes du XXIIeme Congrès de l’Association des sociétés de philosophies de langue française(Dijon, 29-31 août 1988), Vrin, 1990, p.19. 

[17] Un grupo de exiliados chilenos participa en las elecciones presidenciales chilenas de 1999, pensando contar con el apoyo de la población (este apoyo se demostraría prácticamente inexistente). Gracias al rol que habían jugado durante el “caso Pinochet”. Hasta continúan soñando con una sociedad chilena inspirada en la Unidad Popular.

[18] De hecho, frente a la ausencia de una Historia científica, oficial y reconocida como tal, es el mito, con acentos siempre legendarios, que toma su lugar. 

[19] Las identidades etnicas, de hecho, se construyen siempre en la interacción : Fredrik Barth, “Les groupes ethniques et leurs frontières” (trad. al francés, 1ª edición en ingles 1969), en Poutignat Ph. Y Streiff-Fenart J., Théories de l’ethnicité, Paris, 1995, pp.203-249.

[20] Véronique Nahoum-Grappe, “L’usage politique de la cruauté : l’épuration ethnique (ex-Yougoslavie, 1991-1995)”, pp. 275-323, en Françoise Héritier (dir.),De la violence, Odile Jacob, Paris, 1996, p.282.

[21] Esto no es una ley general; durante la investigación he encontrado casos extremos, en los que pudo haber un casi total ocultamiento de la historia paterna o, al contrario, una intensa participación de los hijos en la historia de sus padres.

[22] Vincent de Gaulejac, L’histoire en héritage. Roman familial et trajectoire sociale, Desclée de Brouwer, 1999.

[23] Martine Ulriksen-Vignar, “La transmission de l’horreur » en Jeanine Puget (dir.), Violence d’état et psychanalyse, Bordas, Paris, 1989, p. 124.

[24] Las experiencias traumáticas son reales en los hijos de los sobrevivientes, a pesar de que no hayan vivido realmente las causas de dicho traumatismo en Nathalie Zadje, Souffle sur tous ces morts et qu’ils vivent ! La transmission du traumatisme chez les enfants de survivants de l’extermination nazie, Ed. La Pensée Sauvage, 1993, pp. 87-88.

[25] Anne Muxel-Douaire, “Chronique familiale de deux héritages politiques et religieux”, en Cahiers internationaux de sociologie, vol. 82, PUF, 1986.

[26] “Cabros y viejos” son las denominaciones con las que las dos principales generaciones que han protagonizado esta lucha, se llamaban una a otra.

[27] L’A MICRO, el nombre de la asociación, hace referencia a lo micro como a algo chico, en contraste con los adultos ; hace referencia también al MICRO-fono como símbolo de la palabra tomada públicamente por este grupo y a las micros de Santiago, lo que le confiere, por un lado, un carácter mas chileno en relación a los dos primeros términos existentes en francés y significando lo mismo, y por otro simbolizando la “subida al camino del compromiso”.

[28] Augustin Barbara, Les couples mixtes, Bayard, 1993, p.207.

[29] Camille Camilleri ; Joseph Kastersztein el all.Stratégies identitaires, PUF, Paris, 1997.

[30] Isabel Taboada-Leonetti, “Stratégies identitaires et minorités : le point de vue du sociologue”, en C ; Camilleri et all., idem, pp.68-69. Hay que decir que los jóvenes franceses de origen magrebi que habitan los barrios populares de Francia son victimas de un fuerte racismo institucional y social, siendo identificados como delincuentes.

[31] Jacques Hassoun, Les contrebandiers de la mémoire, Syros, Paris, 1994.

[32] Edgar Morin, “Principes d’une sociologie du présent”, en La rumeur d’Orléans, Seuil, 1969.

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