Inicio » Ciencias Sociales

Category Archives: Ciencias Sociales

Anuncios

“Internet es el universo de la máscara”.David Le Breton


David Le Breton: “Internet es el universo de la máscara”

Nos sentamos frente a la PC para interactuar en un mundo virtual en el que el cuerpo parece ser visto como un accesorio prescindible. Pero sin cuerpo perderíamos la sensorialidad del mundo, su sabor, reflexiona el sociólogo y antropólogo francés Breton
18 de julio de 2010
Retrato de David Le Breton
 

Belleza, delgadez, juventud, imagen. El cuerpo está en el centro de las preocupaciones de una sociedad que, paradójicamente, está sentada en el auto y en la oficina, frente a la computadora; de una sociedad que por momentos actúa como si el cuerpo fuera “un accesorio prescindible”. El sociólogo y antropólogo francés David Le Breton ha estudiado esa relación de “amor-odio” durante más de dos décadas desde su cátedra en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Estrasburgo, y la ha plasmado en libros tales como Antropología del cuerpo y modernidad (1990), Adiós al cuerpo (1999), La sociología de cuerpo (2002) y El sabor del mundo (2007), entre otros títulos traducidos al español. Ahora la profundiza en Rostros, un ensayo de antropología que editaron en la Argentina Letra Viva y el Instituto de la Máscara (ver recuadro), donde el académico recibió a LN durante su última visita a Buenos Aires. El rostro “nos deja desnudos frente a la mirada de los otros”, reflexiona Le Breton; en la sociedad occidental “somos juzgados, reconocidos, amados o detestados” a partir de la apariencia. Como contracara, dice, Internet y las redes sociales plantean un universo de máscaras, donde las emociones se simplifican como los rostros en “emoticones” y “caritas felices”, y las relaciones se deshumanizan.

-¿Qué nos dice sobre nuestra sociedad el papel que le asignamos al cuerpo?

*Para mí, el cuerpo está en el centro de las preocupaciones de innumerables occidentales. En los últimos años se desarrolló un mercado del cuerpo que alimenta una preocupación por la apariencia, la juventud, la seducción, la belleza, la delgadez… Y también el cuerpo está en el centro de las preocupaciones en términos de salud, por las actividades físicas y deportivas que muchos de nuestros contemporáneos practican para mantenerse en forma. Creo que el cuerpo se convirtió en un elemento importante de nuestras preocupaciones, en la medida en que es cada vez menos utilizado en el desarrollo de la vida cotidiana y de la vida profesional. Yo he hablado del tema de la “humanidad sentada”, es decir que, para muchos de nuestros contemporáneos, el cuerpo en la actualidad no sirve para nada. Muchos de nuestros contemporáneos están sentados durante todo el día en el auto y en la oficina, y en los edificios urbanos vemos el auge de las escaleras mecánicas, que hacen que la gente se detenga, no se mueva; como si el cuerpo ya no sirviera. En ese contexto de subutilización del cuerpo nace el sentimiento de no sentirse bien en el propio pellejo. Esa subutilización del cuerpo provoca una fatiga nerviosa.

-El auge de los cosméticos, las dietas, los ejercicios y las cirugías para modificar la imagen presuponen un culto al cuerpo. Sin embargo, usted señala el advenimiento de una era en la que el cuerpo es visto como un accesorio prescindible…

-Hay un culto ambivalente del cuerpo: por un lado hay un odio por el cuerpo y por el otro una pasión por el cuerpo. Lo que usted menciona como el culto del cuerpo es la voluntad de modelar el cuerpo, de “trabajarlo”. El cuerpo que no fue “trabajado” no resulta un cuerpo interesante. La sociedad convirtió el cuerpo en un accesorio, una suerte de materia prima con la que podemos construir un personaje. Por medio del fisicoculturismo, de las dietas, nos volvemos en cierto modo ingenieros de nuestro propio cuerpo. La gente que no trabaja su cuerpo es señalada como aquella que se deja estar, y es excluida. Tienen mala reputación. Como si fueran personas moralmente cuestionables porque no juegan el juego del marketing, de los cosméticos…

-Si el cuerpo es un accesorio, ¿a quién pertenece? ¿Cuál es entonces el verdadero ser?

No hay una verdad sobre el ser, no hay una verdadera persona, sino innumerables versiones de la misma persona. Lo que nos transforma son los contextos, que fabrican lo que somos. Hay en nosotros miles y miles de personajes posibles que quizá no conoceremos nunca, porque sólo determinadas circunstancias podrían hacerlos aparecer. Somos una presencia humana. Para mí no existe el espíritu por un lado y el cuerpo por otro. La condición humana es una condición corporal. Hay una inteligencia del cuerpo así como hay una corporalidad del pensamiento.

-¿El rostro sería la máxima expresión de esto que nos pasa con el cuerpo? ¿Lo odiamos más porque se ve más?

-Los únicos lugares desnudos del cuerpo son las manos y el rostro. A partir de nuestro rostro somos juzgados, reconocidos, amados, detestados. Por nuestro rostro se nos asigna un sexo, una edad, se nos juzga como bellos o feos. El rostro es un lugar de alta vulnerabilidad en el vínculo social, porque nos deja desnudos frente a la mirada de los otros.

Lo que detestamos sobre todo es el rostro de la vejez, el rostro de la enfermedad, el rostro de la desfiguración. Yo creo que ahí tenemos que librar batalla, para subrayar el hecho de que la dignidad y la equidad de los hombres y las mujeres es también la dignidad del rostro, ya sea el rostro de un niño o el de un anciano. Usted tiene razón cuando dice que a veces el rostro es el lugar del odio y, de manera particular, lo es del racismo. Podríamos calificar al racismo como la liquidación del rostro. Para el racista hay tipos, razas, etnias. Se habla de portación de rostro, la cara pasa a ser una prueba de culpabilidad. Para el racista, el otro no existe en su singularidad. Todos son iguales, según la típica expresión del racista.

-Detestamos en los otros esa uniformidad desde el racismo, y sin embargo nos uniformamos con cirugías estéticas, medidas, dietas…

-Sí, sobre todo en el caso de las mujeres. Es la cuestión de la tiranía de la apariencia, que se da con mucha más frecuencia en los Estados Unidos y aquí, en América latina, donde la mujer sólo vale por lo que es su cuerpo, está asignada a su cuerpo. El hombre rara vez es juzgado por su cuerpo, si bien el mercado se está ampliando para alcanzarlo en determinados cuidados estéticos. No obstante, la proporción aún es mayor entre las mujeres, que sobre todo en sociedades cultural y económicamente más pobres sólo ven la salvación a través de sus cuerpo, ven su cuerpo como el único medio para un ascenso social. Una estudiante colombiana que hizo su tesis conmigo trabajó sobre las cirugías estéticas en mujeres colombianas cuyo sueño era convertirse en amantes o esposas de los narcotraficantes, con la convicción de que para serlo debían tener una buena figura, pechos de determinada medida. Se operan buscando dinero y poder, aunque eso implique incluso prostituirse, para seguir operándose cuando lo obtienen. Sólo el cuerpo las puede salvar.

-Parece una paradoja que mientras llevamos una vida sedentaria en la que el cuerpo pareciera no importarnos, nos obsesionemos por la delgadez, la belleza y la juventud eterna… ¿O una cosa es consecuencia de la otra?

-Creo que esa preocupación por el cuerpo proviene del hecho de que nos sentimos cada vez menos dentro de nuestro cuerpo. El cuerpo plantea problemas y por eso no dejamos de hablar y de preocuparnos por él. Durante los años 60 y 70 no hablábamos del cuerpo, porque el cuerpo era una evidencia. Hoy nos plantea problemas; por eso tratamos de controlarlo y nos planteamos preguntas respecto de él. El mercado del cuerpo que floreció en los años 90 y 2000 multiplica esa obsesión por sentirse bien dentro del propio cuerpo: tener buenas medidas, el peso correcto, preocuparse por la salud, hacer footing. Las nuevas generaciones desarrollan actividades deportivas extremas, que son un síntoma del querer volver a encontrar la sensación de lo real. Las conductas de riesgo, el alcoholismo, los trastornos alimentarios como la anorexia y la bulimia, el exceso de velocidad en las rutas: todo es una búsqueda de la realidad, de encontrar límites físicos, de encontrar la sensación de lo real que nos está faltando.

-En ese sentido, pensando en esa necesidad de reencontrarse con lo real que se evidencia más en los jóvenes, ¿se puede vislumbrar un futuro positivo, de reencuentro con el cuerpo?

-Sí, hay una dimensión positiva y feliz de encuentro con el cuerpo. Un ejemplo es el auge del caminar. Yo escribí un libro que se llama Elogio de la caminata . Vemos en Europa y en los Estados Unidos cada vez más decenas de millones de personas que caminan, no desde el culto obsesivo del cuerpo, sino desde el reencuentro con el placer de existir. Es una manera de usar todos los recursos corporales, sensoriales: la persona que camina encuentra la plenitud del sentido de su existencia. Me gusta analizar la caminata como una forma de resistencia: es ponerse por encima de esa pesadez que concierne al cuerpo hoy.

-En El sabor del mundo , usted dice que “somos corporalmente”, que no hay un vínculo con el mundo que no pase primero por los sentidos. Pensaba en el uso de Internet, y en cómo en cierto modo los sentidos tienden a desvanecerse en el mundo virtual, salvo por la vista, que se exalta… ¿eso tiene relación con la importancia que le damos a la imagen?

Hay dos sentidos que se encuentran privilegiados en el mundo contemporáneo. Uno es la vista; estamos en una sociedad del look, de la imagen, del espectáculo; una sociedad donde todo tiene que estar a la vista, donde todo es visual. Otro sentido muy presente es el del oído: en particular por la importancia que ha cobrado la utilización permanente del teléfono celular, la importancia que aún tiene la televisión, la radio, pero también del ruido que nos rodea, del tránsito, de la ciudad. El tacto es un sentido olvidado en nuestras sociedades: en un principio no hay que tocar a los otros y cuando se hace es de una manera muy ritualizada.

-Con Internet, ni siquiera para el sexo el tacto es una condición necesaria…

-Claro, y la cibersexualidad es una prolongación de lo que pasa con la procreación asistida en laboratorios. Los niños se pueden producir sin intervención, sin sexualidad, sin cuerpo. Y hasta existe ese fantasma que se ha desarrollado en la mente de algunos científicos: que el cuerpo ya no es necesario para que se engendren chicos. Se podrían hacer chicos de una manera limpia, aséptica, sin cuerpos, sin mujeres. Estamos en un universo donde se plantea un cierto odio del cuerpo. Es un universo puritano, porque también está el odio del deseo. El universo de Internet es un universo autista.

-Internet ha incorporado en la vida cotidiana el uso de “emoticones”, íconos que representan estados de ánimo a través de expresiones estereotipadas del rostro. Las “caritas felices”, ¿no hablan de una simplificación de nuestra existencia, de relaciones más superficiales y menos comprometidas?

-Sí, porque en la medida en que el rostro vivo del otro ya no está presente, se lo transforma en figura en el sentido geométrico del término; es una suerte de simulacro que muestra una deshumanización. Y, al mismo tiempo, crece el simplismo en los intercambios que tienen lugar. Alguien que cuenta por Internet un chiste pone una cara sonriente como si el otro fuera tan estúpido que no pudiese reír solo.

-Las redes sociales, como Facebook o Twitter, en las que los internautas se relacionan a partir de un rostro y un nombre propio, ¿no representan un quiebre con respecto a lo que ocurría hasta hace unos años en Internet, cuando las relaciones virtuales se amparaban en el anonimato?

Yo creo que Internet es el universo de la máscara, aun cuando esté presente una foto del rostro del otro, porque no es una presencia viva del otro. Y por eso podemos hacerle creer cualquier cosa. No sabemos bien a quién está representando esa foto. Se sabe que las nuevas generaciones suelen multiplicar sus seudónimos en las redes y en los sitios de chateo: van probando personajes para saber quiénes son. Se hacen pasar por mujeres, por gente mayor o más joven… Como dicen los norteamericanos, “en Internet nadie sabe que usted es un perro”.

-¿Aun en las redes sociales con nombre y apellido? Porque en Facebook usted es David Le Breton, escribe con su nombre, con una cara, una foto que elige, pero que es suya…

-Pero, ¿es realmente mi foto o no lo es? Y finalmente, ¿soy yo? En Internet uno no es más que quien dice ser, uno se construye un personaje y es un relato que hace sobre sí mismo. Y eso tiene que ver con el universo de las máscaras. Hay una construcción ficticia del mundo. Cuando en Facebook una persona dice “tengo 300 amigos”, eso basta para mostrar que hay un cierto ridículo allí, una degradación de la amistad, porque se clasifica como “amigos” a todos los que se inscribieron en su sitio, y por otra parte es gente a la que casi con seguridad no vamos a ver nunca.

-Hay fantasías, como las de la película Avatar , que juegan con la posibilidad de transmigrar de un cuerpo a otro para vivir otra vida. ¿Por qué eso nos fascina tanto?

-Creo que es una consecuencia de ese odio por el cuerpo. Es un odio absoluto, radical. El personaje de Avatar es un hombre discapacitado, pero cuando está en el universo virtual cumple proezas físicas extraordinarias. Lo que nos dice Avatar es que el cuerpo nos hace echar raíces sobre la muerte o sobre la enfermedad o la discapacidad. Habla de la fragilidad y de límites muy estrechos, mientras que en el universo de lo virtual no hay límites. En el universo de Avatar lo único que importa para nuestra esencia son aquellas informaciones que permanecen en nuestro cerebro: el cuerpo es percibido como algo molesto, como un obstáculo. Porque es el lugar del límite, del envejecimiento, de la fragilidad. Pero esa fragilidad, esa vulnerabilidad del cuerpo, el hecho de que el cuerpo nos limite, el hecho de que existan las enfermedades y la propia muerte, es la condición del sabor del mundo. El hecho de no ser inmortales nos hace vivir con fervor. Si perdemos nuestro cuerpo, está claro que perdemos toda la sensorialidad del mundo, todo el sabor del mundo… ¿Cuáles podrían ser las sensaciones del hombre virtual? Ninguna. Sería un universo de pura racionalidad, de un puritanismo absoluto; es el universo de la información. Y la información no tiene sabor, ni tacto, ni deseo, ni nada. Sería un universo sin humanidad.

El enigma del rostro

“Los rostros son enigmas que esconden pasiones y emociones, verdades y mentiras que a veces lava una sonrisa. Son el poder de la mirada fija en la mirada del otro, que es su doble, su cómplice o enemigo.” Eso sostienen la Lic. Elina Matoso y el Dr. Mario Buchbinder, directores del Instituto de la Máscara, en el prólogo de la versión castellana de Rostros , el libro de David Le Breton recientemente editado en la Argentina por esa entidad y Letra Viva , en el que recorre las paradojas de la historia del rostro humano.

 

Seminario “Máscara, Cuerpo y Emoción” – Parte 2

Dictado por el Dr. Mario Buchbinder y la Lic. Elina Matoso…

Anuncios

Internet y derechos económicos, sociales y culturales


Revista No. 521 – Febrero 2017

Internet y derechos económicos, sociales y culturales

521thumb.png

ALAI, Casilla 17-12-877, Quito, Ecuador.

Telf: (593 2) 2505074 Fax: (593 2) 2505073

E-mail: info@alainet.org

Internet puede contribuir al ejercicio de los DESC, pero también los puede afectar. Revista 521 de ALAI (coedición con APC).

Contenido/Conteúdo:

A la vez que internet puede ser un poderoso habilitador de derechos humanos, también puede afectar seriamente el ejercicio de derechos reconocidos. En los debates, sin embargo, poca atención se ha prestado a los derechos económicos, sociales y culturales y las políticas públicas correspondientes. La edición 521 (febrero 2017) de América Latina en Movimiento de ALAI aborda este tema a partir de un reciente estudio de la Asociación para el Progreso de las Comunicaciones (APC). (Coedición con APC).

 

Contenido:

 

Internet y DDHH

Sally Burch

 

¿Por qué enfocarnos en los derechos económicos, sociales y culturales?

Anriette Esterhuysen

 

Internet, desarrollo y derechos

David Souter

 

Consideraciones clave acerca de los DESC e internet

Alan Finlay y Deborah Brown

 

Costa Rica: Polos tecnológicos rurales

Kemly Camacho

 

Colombia: El rol de las TIC en la paz como proceso

Olga Paz Martínez

 

Panamá: Teletrabajo

Krizia Matthew

 

Uruguay: La estrategia de desarrollo humano informacional

Ana Rivoir y Santiago Escuder

 

Chile: El programa “Salud+Desarrollo” y su impacto en los grupos excluidos

Valentina Hernández

 

Peru: Las TIC dan voz a las lenguas indígenas

Roberto Anguis y Juan Bossio

 

Argentina:

Derechos de las culturas indígenas e internet

Florencia Roveri

 

Venezuela:

Internet y redes sociales en tiempos de escasez

Sandra L. Benítez U.

Disponibles en nuestra web:

“Las redes sociales han sido secuestradas por las TICs”. On Line y Off Line de la Convivencia nacional


Las verdaderas redes sociales: Dime con quién hablas

Los chilenos tienen en promedio una red de 139 conocidos, lo que es poco comparado con otros países. Un cuarto de la población habla de las cosas que le importan sólo con una persona y al menos dos de cada tres dicen que no conocen directamente a un militante del PC ni de la UDI. Los resultados de la encuesta del Centro de Estudios de Conflicto y Cohesión Social describen cómo se estructuran los relaciones.

Angélica Bulnes24 de octubre del 2015 

“Las redes sociales han sido secuestradas por las TICs”, dice el académico de la Universidad de Santiago Vicente Espinoza, para explicar que cuando está hablando de la conectividad de las personas, no se está refiriendo a cuántos amigos tienen en Facebook, a quiénes siguen en Twitter o cuántos grupos tienen en WhatsApp, sino a los círculos en torno a los cuales organizan sus vidas en todas las dimensiones. Es decir, a cuánta gente conocen los chilenos, con quiénes conversan las cosas que les importan y cómo se relacionan con otros.  

El sociólogo lleva años estudiándolo y ahora es parte de un grupo de académicos -entre los que también hay economistas, cientistas políticos y estadísticos de distintas universidades- que formó el Centro de Estudios de Conflicto y Cohesión Social (COES)http://coes.cl/ y cuenta, gracias a un Fondap, con más de un millón de dólares anuales por cinco años (renovables por otros cinco) para investigar la convivencia nacional. Para eso el año 2014 realizaron una gran encuesta y le preguntaron a cerca de dos mil personas de entre 15 a 75 años en todas las regiones cuánto confían en las instituciones y en los demás, qué creen que se necesita para surgir en Chile o qué tan conflictivo es el país, información que han ido entregando a lo largo de este año. El jueves van a presentar los datos de la última parte del estudio, que se centra en cómo nos vinculamos unos con otros, un área que está cobrando mucho interés en las ciencias sociales. “Los resultados en este ámbito son completamente nuevos para Chile”, explica la economista de la Universidad Diego Portales e investigadora del COES Claudia Sanhueza, quien agrega que entre los más destacados están los que muestran que las redes de la elite están poco diversificadas o que comparados con los habitantes de Estados Unidos o Brasil los chilenos tienen menos conocidos. 

¿Por qué a un grupo de académicos, muchos de los cuales se han centrado en desigualdad, meritocracia o pobreza, se les ocurrió ir a preguntarle a la gente algo tan esnob como “a quién conoce usted”? “Las redes sociales son un factor clave para entender varios aspectos del comportamiento. Su tamaño, composición, diversidad y calidad permiten o dificultan resultados y una correcta identificación de ellas ayuda a realizar investigación de punta en estas materias”, dice el economista y director del COES, Dante Contreras.

“Hay amplia evidencia que muestra que las decisiones de consumo, de continuar estudios, de cambiar de vivienda, incluso las elecciones de pareja o amigos/as, para no hablar de preferencias políticas, están mucho más influidas por las relaciones sociales que por las creencias de las personas”, explica Vicente Espinoza. Los conocidos con que alguien cuenta son además parte de su “capital social”, un bien más intangible que la plata, pero que puede ser tan valioso como ella. Un ejemplo: el sacerdote Felipe Berríos vive en el campamento La Chimba en Antofagasta, ¿pero es igual de pobre que sus vecinos? Si se mide esta condición basada exclusivamente en ingresos y bienes materiales, probablemente sí. Pero cuando se considera el acceso que tiene el sacerdote, producto de sus contactos que pasan por la Compañía de Jesús,  La Moneda, la empresa y las organizaciones sociales, y la capacidad de movilizar recursos que eso significa, no, y precisamente el valor que tiene que se instale ahí es que pone a disposición sus contactos. Por esa razón, instrumentos de políticas públicas, como la encuesta Casen 2015, están incorporando la variable “redes” para medir la pobreza en todas sus dimensiones, tema en el que han estado trabajando tanto Claudia Sanhueza como Vicente Espinoza. 

Los investigadores del COES creen que la estructura de las redes sociales dice mucho sobre su tema central, la cohesión. Su postura como centro es que esta depende menos del grado de acuerdo que hay entre los integrantes de la sociedad y mucho más de la capacidad de relacionarse pese a las diferencias de opinión, credo o de recursos:

“En otras palabras, contextos que promueven redes de conocidos amplias y diversas son más cohesionadas porque permiten que las personas de distintos segmentos interactúen”

, menciona Matías Bargsted, académico del Instituto de Sociología de la Universidad Católica. “Para ilustrar”, agrega Luis Maldonado, también sociólogo de la UC, “un indicador de cohesión es la tasa de matrimonio entre personas de distinta religión. Si en un lugar los matrimonios entre musulmanes y judíos fueran muy altos, podríamos decir que ahí la religión no genera divisiones y, por lo tanto, hay cohesión en lo que respecta a ese aspecto”.

Yo a ti te ubico

Los académicos del COES se abocaron a determinar el tamaño y forma de la red de conocidos de los chilenos, entendiendo por un “conocido” a “alguien que usted ubica personalmente y él o ella también a usted, sin importar si son o no amigos”. Como no es posible pedirle a cada persona que cuente todos sus contactos porque es muy engorroso, algunos investigadores han desarrollado métodos estadísticos para estimar la extensión de la red en base a información que sí se puede obtener en una encuesta con la del COES. Así pudieron determinar que en promedio los chilenos conocemos 139 personas, número bajo comparado con por ejemplo, Estados Unidos, donde es de 290. Sin embargo, la cifra chilena esconde realidades bien variadas, desde un encuestado que tiene 19 conocidos a otro que llega a los 757. Estas últimas personas que tienen conexiones tan extendidas “tienden a operar como lo que el sociólogo Ronald Burt llama ‘network brokers’, es decir, conectan grupos sociales distantes”, dice Matías Bargsted. El problema es que, de acuerdo a la encuesta, en Chile son pocas: más de la mitad de la población conoce menos de 117 personas y sólo el 6 por ciento a más de 300.

Entre los factores que influyen en el tamaño de la red está la educación: la gente con más años de estudio tiene más conocidos. La edad también, pero de manera distinta: una persona de 20 años tiene en promedio una red de conocidos más pequeña que una de 50, tras lo que comienza a decrecer a medida que se envejece. Por otra parte, la gente que trabaja o ha trabajado, no importa en qué,  tiene entre 20 y 30 más conocidos que la que no lo ha hecho. 

La encuesta les preguntó a los participantes si conocían gente de una serie de profesiones o grupos (mapuches, militantes de partidos políticos), datos con los que se analizó, además del tamaño de las redes, el nivel de segregación social, entendiendo por eso cuán concentrado es el contacto de las personas con miembros de otros grupos. Sus resultados muestran que hay círculos con los que una mayoría de la población no interactúa en forma directa. Por ejemplo, tres de cuatro entrevistados dice que no tiene ningún conocido UDI y dos tercios responden lo mismo respecto a un militante del PC. “Esta coincidencia para las dos colectividades manifiesta, una vez más, la elevada distancia que existe hoy entre la ciudadanía y los partidos”, dice Bargsted. Algo similar ocurre con los inmigrantes peruanos, las personas mapuche o la gente atea. Un tema importante porque tal como explica el sociólogo, “muchas veces la ausencia de contacto directo está en la base de la formación de prejuicios y estereotipos”.

Te cuento qué…

La encuesta también entregó información sobre cómo son los círculos más íntimos. Para saberlo les pidieron a los entrevistados que dijeran con quiénes hablaron de cosas que les importan en los últimos seis meses. “La conversación”, dice Vicente Espinoza, “abarca relaciones sociales más amplias que las familiares, a la vez que más restringidas que la plática superficial o protocolar con personas conocidas”.

El investigador de la Usach agrega que en Chile normalmente se plantea que hoy estamos más aislados y somos más individualistas que en un supuesto pasado más solidario y cohesionado. Sin embargo, los datos no son tan tajantes: un cuarto de los encuestados dice que sólo tiene una persona con quien hablar, lo que significa que si bien no están aislados como el 7 por ciento que responde que no cuenta con nadie, su red cercana es muy frágil. Pero a la vez, una de cada tres personas -en general hombres y mujeres más jóvenes y con más años de estudios- aseguran que tienen cinco o más confidentes. “Tal como en varios otros aspectos de la sociedad, parecen coexistir dos mundos: uno cercano al aislamiento social, débilmente integrado y otro con una amplia y variada red de interlocutores”, dice Espinoza. La economista Claudia Sanhueza destaca que los datos muestran que las personas con redes más grandes “participan más en actividades asociativas y colectivas como la política, cooperan más con otros, son más felices y tienen más amigos”.

Los datos se pueden comparar con el estudio The General Social Survey (GSS) de Estados Unidos que hizo la misma pregunta (aunque en el año 2004). Ahí un cuarto de la población respondió que no tenía ningún confidente, es decir, más de tres veces de lo reportado en Chile. Un resultado en el que en cambio Chile sí se parece bastante a lo que apareció en Estados Unidos es en el lugar central que ocupa la familia en el círculo de cercanos: un tercio de los chilenos encuestados incluye ahí a su pareja, y el 55 por ciento a algún pariente como padre, madre, hermano o hijo. Los amigos también tienen una presencia fuerte (46 por ciento), no así los compañeros de trabajo, que no parecen ser en Chile una fuente importante de confidentes y sólo son mencionados por el 10 por ciento de los entrevistados, una proporción similar a la que incluye a un vecino en su grupo de confianza.

Entre los factores que están asociados a una red cercana más amplia está la asistencia frecuente a servicios religiosos, independientemente del credo, y una vez más la educación, ya que aquí también las personas con más estudios tienen más confidentes. “Es probable”, dice entonces con cierto optimismo Espinoza, “que el mundo escolar, especialmente el universitario, incida en la formación de redes de confianza más amplias y variadas. Tengo la esperanza de que los más jóvenes tengan mejores oportunidades de educación y acceso a nuevas relaciones sociales y que los que hoy están en sus 30 y 40 mantengan la diversidad y riqueza de las actuales para que las situaciones de fragilidad de la inserción social se vean contrarrestadas en el futuro”.

La elite y las redes

Hubo un resultado que les llamó  la atención a los investigadores del COES. A partir de las respuestas de la encuesta Luis Maldonado y Matías Bargsted combinaron tres características que tradicionalmente han sido fuente de distinción social en Chile: la religión, la posición política y la clase social (medida en este caso a través del nivel educacional alcanzado) e identificaron cinco grupos predominantes: los católicos de derecha con estudios universitarios, los católicos de centro o independientes con educación media o superior técnica, las personas independientes o de centro que no se identifican con ninguna religión y tienen educación media o universitaria; los evangélicos independientes políticamente y con educación básica o media y, por último, las personas con perfiles mixtos, como por ejemplo, evangélicos de izquierda con estudios universitarios, o no religiosos de derecha con educación media. 

Lo que sorprendió a los académicos es que de todos esos grupos, el que resultó tener una red de conocidos más pequeña fue el de católicos de derecha que han pasado por la universidad. Un resultado inesperado no sólo porque se asume que es el grupo “mejor contactado”, sino también porque mayores niveles de educación están asociados a redes de confianza y de conocidos más extensas. “Creemos que este patrón se debe a que los círculos a los que acceden estas personas se sobreponen,  lo cual genera fuertes barreras que fomentan menos contacto con personas de otros grupos”, dice Bargsted. Algo similar ocurrió en el caso del grupo de evangélicos, mientras que, por el contrario, las personas con un perfil mixto fueron las que mostraron redes de conocidos más amplias.

La economista Claudia Sanhueza dice que aunque a primera vista el hecho de que los círculos de la elite sean más pequeños podría no parecer interesante dado que “las redes son acceso a recursos y la elite ya los posee, también reflejan las conexiones que tienen las personas con la sociedad. Que la elite no tenga diversificada sus redes es muestra de que vive más aislada y si, además, esta elite más aislada es la que influencia el diseño de políticas públicas, puede ser un problema público y político importante”.

2 comentarios

Mauricio Vega Mora
 
 
Este estudio confirma nuevamente que tenemos una élite empresarial y política de derecha que vive muy aislada y que está generando problemas en la innovación de los negocios al no permitir contacto con personas igual de capacitadas pero sin redes en ese grupo y, por otra parte, aportes a políticas públicas desde el sillón y nunca desde la calle. Yo diría también que el desconocimiento produce falta de empatía e impide El Progreso social y económico del país

En voz alta sobre la violencia.


En voz alta sobre la violencia..

 

A_UNO_042581

Al ser cristiano me he visto invitado, provocado e, inclusive, compelido a hablar sobre la violencia, toda vez que nuestro recuerdo, graficado en redes sociales y foros, entre otras instancias, versa sobre Allende y otros militantes, quienes fueron represaliados a sangre y fuego por una dictadura que no escatimó violar desde el Estado los derechos humanos en forma sistemática. Y nos encontramos, en los noticieros de la mañana del día 12 de septiembre con el asesinato del Cabo 2º de Carabineros Cristián Martínez. E, inmediatamente, se responde que es incongruente hablar de revolución (¡en el siglo XXI!), o hacer un análisis histórico de la violencia, desde un sujeto que es cristiano. “-¡El cristiano sólo debe hablar de amor!”, se dice. Y peor aún, sólo en la iglesia, porque si habla en sociedad está haciendo una intromisión en la vida pública. ¿Cómo si fuera posible disociarse de la condición de tal para tener derecho a interlocución? Como creo que para ser cristiano no debo sacarme el cerebro (puede sonar duro, pero en ciertos contextos parece que todavía hay que demostrarlo), escribo estas breves líneas para conversar en voz alta sobre la violencia, asumiendo algunas preguntas directas e indirectas.

“Debemos de pugnar para que el hombre piense en la paz”. Creo que nadie estará en contra de estas palabras. Es el ideal máximo, para los que siguen creyendo en los metarrelatos y para quienes ya no, y desde su posición a nivel micro lo buscan configurar. “El derecho de vivir en paz”, declama el verso bello de la poesía de Víctor Jara, pero que puede ser usada por quien quiera, poniéndola en contexto o sacándola de él. Porque la paz de la que hablaba el cantor popular y de la que habla la cita al comienzo del párrafo no es a cualquier costo, no es bajo cualquier sistema. Esas palabras emanan de un discurso, dicho ante una asamblea de los países de la Tierra, representada en la película “Su Excelencia”, del año 1966, que tuvo como su protagonista al actor mexicano Mario Moreno, conocido por su personificación del “pelado” Cantinflas. Dicho discurso es parte del clímax del film, en el cual Cantinflas, personificando a “Lopitos”, el Embajador de la Isla de los Cocos, deja de cantinflear para hablar en serio, de manera contundente, señalando cómo el imperialismo de cualquier color, tiene a los países periféricos “como peones en el tablero de ajedrez de la política internacional”. Es así que dice que: “Debemos de pugnar para que el hombre piense en la paz”. A lo que agrega, en forma magistral: “pero no solamente impulsado por su instinto de conservación, sino fundamentalmente por el deber que tiene de superarse y de hacer del mundo una morada de paz y de tranquilidad cada vez más digna de la especie humana y de sus altos destinos. Pero esta aspiración no será posible sino hay abundancia para todos, bienestar común, felicidad colectiva y justicia social” (el destacado es mío, aunque se deduce de las tonalidades del discurso). Cómo no estar de acuerdo con estas palabras. La paz social no puede sustentarse en la desigualdad, en la exclusión, en la avaricia de unos pocos, en la competencia (aunque sea “libre”), en la injusticia. La paz social no puede sustentarse en la búsqueda del olvido, olvido que conviene a unos cuantos, porque la historización de ciertos eventos hará que no sigan actuando impunemente. Mientras exista hambre, viviendas indignas, “cunas malas” y “cunas buenas”, mientras la salud de calidad sea para unos pocos y el acceso a educación de calidad tenga que ver con lo que se lleva en las billeteras, ergo si no se tiene nada, con endeudamiento, no puede haber abundancia para todos (está más que claro), bienestar común, felicidad colectiva y justicia social.

Hablemos de la violencia. Digámoslo en una serie de puntos, partiendo de lo puntual o coyuntural, a los temas de fondo:

a.       No se puede celebrar la muerte del Cabo 2º Cristián Martínez. Aunque uno no guste de los uniformes, de la lógica militar, ni de la representación de larga duración que uno pueda encontrar en ellos. No se puede celebrar la muerte de un esposo, de un padre de un bebé de tres semanas. No se puede celebrar la muerte de un trabajador, que por la división del trabajo, que es histórica y no natural, le correspondió estar en una noche de 11 de septiembre en la calle, y no en un cuartel o en su casa, acelerando el cumplimiento del juramento que hicieron de “dar la vida si fuese necesario”. Por lo tanto, presento mi total repudio frente a la muerte de este carabinero. Que eso quede claro desde un principio.

b.      Tampoco son dignas de celebrar las palabras del Jefe de Zona Metropolitana Oeste de Carabineros, el General Rodolfo Pacheco, quien aprovechando la situación, y el carácter emocional del duelo, señaló de manera impertérrita que “somos la última reserva moral de este país”. ¡Por favor! Un poquito de cordura no vendría mal. El que se les delegue la responsabilidad de conservar el orden, no garantiza el cumplimiento ético de dicha función. Porque uno podría estar de acuerdo que en un Estado de Derecho el monopolio de las armas lo tengan los institutos armados, pero dicho monopolio debe ser ejercido de manera racional, conteniendo la brutalidad y la agresividad. Cosa que no se ha visto en las muertes de Claudia López, Daniel Menco, Alex Lemún, José Huenante, Rodrigo Cisternas, Matías Catrileo, Johnny Cariqueo, Jaime Mendoza y Manuel Gutiérrez, por sólo mencionar a algunos. Cosa que no se ha visto en muchas de las marchas estudiantiles, o en los desalojos de colegios y en el trato abusivo de connotación sexual y de violencia de género. Cosa que no se vio en Aysén y el despliegue represivo atroz que las fuerzas policiales tuvieron con gente que lo único que hacía era protestar contra un sistema que les excluye, limita y los sumerge en un sinnúmero de carencias. Cosa que no se ve con los Mapuche y su demanda histórica, conflicto que no tiene origen con la invasión española, ya que dicha empresa de conquista no pudo pasar la frontera del Bío-Bío, sino con el Estado Nacional chileno que nos miente con una pseudo Pacificación, que trasuntó en el despojo de la tierra y de la vida.  En ese sentido, para ser una “reserva moral” se debe colaborar con la justicia (en los tribunales y en las calles) y no encubrir la información.

c.       Aquí no se debe buscar el empate, porque con la vida de sujetos no se puede jugar con lógicas tan bajas. “-Tú mataste a uno de los nuestros, yo maté a uno de los tuyos”. Es ridículo. Ahora, más torpe aún es que diputados de la UDI, el partido pro-vida, salga pidiendo la reposición de la pena de muerte en caso del asesinato de uniformados. Vale decir, el único delito que sobrepasa el atentar contra la propiedad privada es el que va contra un uniformado. Eso va contra el artículo Nº 1 de la Constitución del 80 parchada por la Concertación que dice: “Las personas nacen libres e iguales en dignidad y derechos”. ¿Es que la vida de un uniformado vale más que la de un estudiante, que la de un mapuche, que la de un poblador? Y esto probablemente por una deformación, que no sé si es producto de los 17 años de dictadura o por la influencia holliwoodense, se piensa que los policías son la ley. Eso no es así, en un Estado de Derecho, se supone que nadie está por sobre la ley. Se supone. La muerte de un delincuente no asegura el fin del delito. La elaboración de una ley no establece un cambio conductual. Si no, preguntemos a las universidades que según la ley no deben lucrar e igual lo hacen.

d.      Lo que pasó este 11 de septiembre de 2012, en el caso del cabo asesinado es la acción de un joven, que junto a su pandilla aprovechó la ocasión y como dijo Juan Cristóbal Guarello, salió a “huevear”. Ese muchacho, probablemente, no sepa nada de la Unidad Popular ni de la dictadura militar, pero sabe de delitos, sabe de tráfico de drogas, sabe de vida miserable, sabe de odios y violencias. Y cuando ve que a su población llegan tanquetas y fuerzas especiales, que sus vecinos salen a las 2 o 4 de la tarde del trabajo para volver a su casa, que las micros comienzan a “guardarse”, que el estadio en una eliminatoria no está lleno, que los semáforos más cercanos ya no están, que la gente no camina por las calles cuando ya está oscuro, todo eso porque “algo puede pasar”, no queda otra que salir a la calle “a dejar la patá” y “agarrarse con los pacos”. Porque si mi papá y mi tío “están en cana” yo también quiero llegar allá, porque quiero ganarme la reputación de “choro”, “de ví’o”, aunque algunos en la cárcel reconozcan que en la calle están los verdaderos “ví’os”, los que “la supieron hacer”. Pero el cabro quiere sumar “experiencia” para su currículum delictual. Por eso celebra con la gorra y con el escudo luego que dejó al “paco” muerto. Y esto no es determinismo, porque la agresividad devenida en violencia no es natural, es histórica, es construida. El cabro tiene la posibilidad de no actuar delictualmente y lo hace. No está obligado a hacerlo. Pero tiene un montón de factores que lo rodean y lo llenan de sentido para hacer lo que hace. Eso no justifica nada. No repara nada. Pero lo explica.

e.       Lo que pasó el 11 de septiembre de 1973 no es una excepción histórica. Es parte de una continuidad. Es la élite la que construyó Estado Nacional a partir de la década de 1830, haciendo que éste funcione para su beneficio. Y aunque ha habido cambios de gobierno, esa clase dominante se ha mantenido a lo largo de la historia en el bloque en el poder. Y aunque ha permitido el ejercicio democrático del voto, tiene todo cocinado antes de las elecciones asegurando que no perderá sus cuotas de poder. Y lo único que ha hecho a lo largo de la historia es cambiar sus estrategias de dominación o contención (esto se lo debo a Tomás Moulian en su libro Fracturas). Y cuando ha visto que no sólo la estrategia de dominación es cuestionada, sino el sistema y los sujetos que la configuran, no ha dudado en sacar a su brazo armado, los militares para golpear y restaurar el orden establecido. No es menor que los tres textos constitucionales de mayor continuidad nunca emergieran de una asamblea constituyente, sino de “notables” que desarrollaron la tarea legal a la sombra de las bayonetas. Eso no exime de errores a la Unidad Popular ni a quienes no confiaron en la vía institucional, sino que previendo la inexorabilidad de la revolución, no se sumaron a dicho proyecto. De eso se ha escrito mucho, casi desde el mismo día del golpe, y las izquierdas han sabido de lecturas sobre la derrota o del fracaso. Y quizá, el error más grande fue no haber leído con claridad nuestro pasado para entender que la reacción no sería una guerra fratricida, sino un golpe demoledor insoslayable por su poder de fuego represivo. Por eso, y más, es importante la historización de ese y todos los procesos de nuestro pasado(-presente), porque nos ayuda a mirar la actualidad y nos motiva a pensar en un mejor horizonte de expectativas, como dice la fórmula de Koselleck.

f.       Eso nos lleva a una cuestión de fondo. La violencia tiene a los menos dos elementos que la constituyen y que están profundamente relacionados entre sí: la violencia es estructural y es relacional. Es estructural, porque histórica y no naturalmente, las clases dominantes han ejercido históricamente la violencia, y ésta se ha legitimado y empoderado mediante el recurso legal y la configuración simbólica que obnubila nuestra mirada a dicha violencia, llamándola, inclusive, de manera eufemística, representatividad. Y aquí se debe relevar que el ejercicio de dominación no sólo incluye la coerción, sino de manera muy significativa, la cooptación. Esta configuración simbólica conlleva a que los sujetos voluntaria o inconscientemente se sometan a una estructura de poder. Por eso no se critica este modelo democrático, pensando que es el sistema ideal. Por eso no se pregunta qué democracia, por qué democracia, por quién la construye ni con qué finalidades lo realiza. No tiene en cuenta que con esta ausencia de interrogantes se normaliza la democracia como “el” modelo, como la forma de gobernar, pero no problematiza en sus usos y densidades, ergo, se le ve como una entelequia que no puede (ni debe) cuestionar. Por más que ciertos sectores de la sociedad y de la política proclamen a voz en cuello la paz y la “unidad nacional”, podemos ver, en tantos espacios y momentos, la violencia. En el capitalismo tardío las sociedades no son gobernadas por la discontinuidad posmoderna ni por “la mano invisible”, sino por sujetos que ejercen la dominación, ejercicio que es de larga duración. Y es relacional, porque precisamente no es natural, es histórica, se construye con la capacidad de agencia de los sujetos, con su racionalidad y con el carácter volitivo de la misma. La violencia no es agresividad, no es sólo la respuesta a un impulso, es un ejercicio que trama relaciones y formas de intercambio social, cultural, religioso, económico. El que golpea a otro lo hace, no porque esté enfermo, sino porque ha asumido la alternativa de relacionarse de esa manera con un “otro”, buscando afectar su vida de tal manera que se comporte como un dominado. La dominación no es sólo material, es también mental, constriñe a los sujetos, se apodera de ellos, obnubila su mirada de la realidad y del mundo haciéndoles pensar que eso es así, y que está bien, porque es natural. Pero como ni la estructura ni las relaciones emergieron ex nihilo, sino que fueron construidas y son producto de la capacidad de agencia de los sujetos, dichas construcciones se pueden reformar moderadamente, o, cambiar radicalmente.

g.      No creo en el pregón de que los sectores populares son bondadosos, solidarios, fraternos, ni mucho menos revolucionarios por esencia. En los sectores populares podremos encontrar a sujetos que se rebelan contra el sistema, ya sea en lo mínimo, con prácticas contraculturales, que llaman a la fraternidad y a la no-competencia que busca la eliminación del otro, o a la producción de sublevación que fisure a la estructura societal buscando su modificación total. Pero también podremos encontrar a sujetos que han sido cooptados a tal manera que no ven su explotación, porque para ellos no existe, en tanto ellos no son parte de una empresa, sino de una familia, incluso les entregan premios que reconocen sus labores como “empleados del mes”. También encontraremos a delincuentes con ciertos códigos de ética, o sea, que nunca le robarán al almacén de la esquina, que nunca robarán o perjudicarán a un vecino que es tan pobre como ellos, que nunca disparará a la espalda, que si robó no tiene para que apuñalar. Y también encontraremos al “doméstico”, que  no tiene empacho para robarle a un conocido, porque no tiene ninguna ligazón ni lealtad con nadie, por ende no tiene “una ética delictual”. Está el traficante que a punta de dulces y monedas de regalo a los niños prepara a los futuros soldados que le defenderán, tanto de la policía como de otros traficantes. En fin, sería tan largo enumerar. Pero lo realmente importante es decir que hay mucho que hacer a nivel micro y macro. Más que criminalizar y apuntar con el dedo, cuestión que es súper fácil de realizar, en tanto es políticamente correcto, hay que hacer algo para re-educar, pero no es posible educación contracultural si no va acompañada de un cambio en este sistema excluyente. Porque todavía, a pesar de los esfuerzos en decir lo contrario, todavía se excluye pigmentocráticamente, “racialmente”, de manera clasista, política, económica, social, religiosa, culturalmente. Se dice respetar al otro, a su diversidad, pero todo camina bien, hasta cuando ese otro pone en cuestión el sistema.

h.      Y el problema grave, es que muchos cristianos han gastado tinta y papel criticando el marxismo, por ateo, por totalitario y por tantas otras razones, pero sentados en posiciones cómodas desde donde no se critica lo que lo causa: la división del trabajo, la exclusión, el hambre. El sistema capitalista, en su fase neoliberal, no es algo natural, no es algo que está dado frente a lo cual debamos guardar silencio cómplice. Es histórico, y responde a los intereses de unos pocos que reciben todo el privilegio, porque ellos crecen, pero no hay chorreo. Nos llenamos la boca hablando contra personajes de comedia, o de la política chica, pero callamos frente al hambre y la miseria. ¡Hasta cuándo! Allí, con los que sufren es con quienes debemos estar. Los cristianos tenemos el deber de comunicar el evangelio y de orar con-y-por ellos/as. Pero eso no se hace visitando ni con caridad de arriba hacia abajo. Se hace viviendo. Siendo con ellos. Porque como diría el apóstol Pablo el evangelio es justicia, paz y gozo en el Espíritu.

No puedo terminar de otra forma que repitiendo unas palabras que escribí en una red social el día 11 de septiembre. Como cristiano frente a la dictadura militar chilena, y las ideas que implícita o explícitamente buscan legitimarla, y con ello justificar el ejercicio de una feroz represión con un poder de fuego incontrarrestable, en la que se asesinó, se torturó, se hizo desaparecer personas, se exoneró a sujetos por su militancia de sus fuentes laborales. Concuerdo que nosotros debemos contribuir a una vida mejor como “artesanos de la paz”, pero dicha construcción no puede tener como base la ignominosa acción opresiva de unos a otros. No puede tener como base la sistemática violación de los derechos humanos. No puede tener como base la hipocresía frente al pasado reciente (del cual algunos de nuestros hermanos fueron cómplices por comisión o por omisión). Y mi afán no es decir que es menos cristiano el que celebró y no conmemoró este 11. No es esa mi intención. Mi intención es, simplemente, hacer mías las palabras de Karl Barth cuando señaló que: “¡Mejor será salir tres veces de más que una de menos en favor de los débiles; mejor será alzar exageradamente la voz que mantenerla en un tono discretamente bajo allí donde están amenazadas la justicia y la libertad!”. No nos olvidemos, entonces, de los que sufrieron y siguen sufriendo sin justicia y sin saber aún el paradero de sus seres queridos. Y aunque algunos de ellos no hubiesen sido creyentes, eso no obsta para nuestra acción para-y-con ellos/as, con los que sufrieron y sufren los rigores de la acción de una élite que no escatimó (ni ha escatimado a lo largo de nuestra historia nacional) ocupar la violencia para defender sus cuotas de poder y los privilegios que eso conlleva. En ese sentido, no debemos olvidar que quienes sufren los rigores de la vida (enfermedad, cárcel, desnudez, hambre), en el discurso bíblico, son los pequeñitos de Dios.

Luis Pino Moyano

Lic. en Historia

“Netnography”


“Netnography”.

 

“Netnography”

Originalmente publicado en Blog SPMI:

Relativamente recientemente se ha popularizado el término “netnography” para denominar la investigación etnográfica online. Uno de los asuntos que se han planteado es que no existen grandes diferencias entre la vida online y la vida offline por lo que pueden ser aplicadas las técnicas de la etnografía para investigar la dinámica de los grupos online, el desarrollo de comunidades virtuales, construcción de identidad online, etc. Kozinets es conocido en el área de mercadeo por reclamar esta línea de investigación (ver http://www.etnografiavirtual.com/2011/12/26/la-netnograf%C3%ADa-de-kozinets-la-revoluci%C3%B3n-en-los-estudios-de-mercado/ ).

¿Cuál es tu posición al respecto de la diferenciación online/offline y la posibilidad de aplicar métodos etnográficos al estudio de lo social en los espacios que provee el Internet?

El colonialismo en los medios de comunicaciones – La verdad oculta


Fort Apache – El colonialismo en los medios de comunicaciones – La verdad oculta.

En Fort Apache, analizaremos el colonialismo y los procesos de descolonización y liberación nacional. Para ello contamos con la presencia de: Abuy Nfubea – Editor wanafrica.net Heriberto Cairo – Profesor de Geopolítica UCM Marga Ferre – Izquierda Unida J.M.Querol – Experto colonialismo Pepe Gutierrez- Experto en cine Miguel Urbán – Izquierda Anticapitalista
Leer más en: http://www.laverdadoculta.com.ar/2014/03/fort-apache-el-colonialismo-en-los.html
En Fort Apache, analizaremos el colonialismo y los procesos de descolonización y liberación nacional. Para ello contamos con la presencia de: Abuy Nfubea – Editor wanafrica.net Heriberto Cairo – Profesor de Geopolítica UCM Marga Ferre – Izquierda Unida J.M.Querol – Experto colonialismo Pepe Gutierrez- Experto en cine Miguel Urbán – Izquierda Anticapitalista
Leer más en: http://www.laverdadoculta.com.ar/2014/03/fort-apache-el-colonialismo-en-los.html

https://www.youtube.com/watch?feature=player_embedded&v=Bx4aab05UMc

Propaganda es una forma de comunicación que tiene como objetivo influir en la actitud de una comunidad respecto de alguna causa o posición. La propaganda es usualmente repetida y difundida en una amplia variedad de medios con el fin de obtener el resultado deseado en la actitud de la audiencia. Un documento que recoge evidencias y reflexiones para el pensamiento critico. Una serie de videos recogidos de Youtube y organizados armonicamente para intentar motivar el pensamiento critico . Evidencias de la manipulación y secuelas del sistema impiden muchas libertades y condicionan los conportamientos . La manipulacion de los medios y la televisión no impiden que cada vez mas gente, vea el elefante en el salón. El documental esta hecho gracias al excelente trabajo de diferentes videos y documentales recogidos de la red. Confiio que despierte el pensamiento critico y las ganas de pensar que esto aun tiene arreglo. Digamos no, a la manipulation site-mica y la propaganda.No al nuevo orden mundial.
Leer más en: http://www.laverdadoculta.com.ar/2014/03/la-propaganda-del-sistema.html

https://www.youtube.com/watch?feature=player_embedded&v=HcckhjUVqLo

LA “MEMORIA HISTÓRICA” COMO FUENTE PARA LA RECONSTRUCCIÓN DE LA HISTORIA. NUEVAS PERSPECTIVAS PARA EL ESTUDIO DE LOS MOVIMIENTOS SOCIOPOLÍTICOS POPULARES DURANTE EL PERÍODO DE LA UNIDAD POPULAR


Revista Divergencia ISSN: 0719-2398

N°2 / Año 1 / julio diciembre 2012 / pp 111-123

LA “MEMORIA HISTÓRICA” COMO FUENTE PARA LA RECONSTRUCCIÓN DE LA HISTORIA. NUEVAS PERSPECTIVAS PARA EL ESTUDIO DE LOS MOVIMIENTOS SOCIOPOLÍTICOS POPULARES DURANTE EL PERÍODO DE LA UNIDAD POPULAR

 

*

Cristian Suazo Albornoz

Estudiante de Pedagogía en Historia y Geografía en la Universidad de Concepción, Chile. Correo electrónico: cristisuazo@udec.cl

RESUMEN:

El presente artículo tiene como principal objetivo justificar sistemáticamente la importancia que posee la “memoria histórica” –en tanto recurso historiográfico– para la reconstrucción de la historia de los movimientos sociopolíticos populares durante el período de la Unidad Popular. Para el cumplimiento de tal propósito, serán considerados los aportes de diversos historiadores que han profundizado –y debatido– sobre la potencialidad de esta fuente histórica, articulando estas contribuciones a una sistematización que integra los siguientes criterios analíticos: significado, características, y función/funcionalidad. Con esta propuesta se pretende posicionar científicamente a la “memoria historia” en el necesario proceso contra hegemónico de reconstrucción del pasado de las clases subalternas en nuestro país, especialmente, sus experiencias de movilización social y política durante la “vía chilena de transición al socialismo”.

Palabras clave: Memoria histórica – movimientos sociopolíticos – sujetos históricos – clases subalternas – recurso historiográfico.

ABSTRACT:

The main purpose of this article is to justify systematically the importance that the ”historical memory” has – among historiographic resources– for the reconstruction of the history of popular socio-politic movements during the ”Unidad Popular” period. In order to achieve the purpose, it will be considered several historians’ contributions, who have gone further in –and discused– the potential of this historical source, articulating these contributions to a systematization which integrates the following analytic criteria: meaning, characteristics, and function/functionality. Through this proposal, it is expected to set scientifically the ”historical memory” in the necessary counter-hegemonic process of reconstruction of the past subaltern classes in our country, specifically their experiences in social and political movements during the ”Chilean way of transition to socialism”.

Keywords: Historical memory – sociopolitic movements – historical subjects – subaltern classes – historiographic resources.

Recibido: 17 de septiembre de 2012

Aprobado: 11 de diciembre de 2012

Cristian Suazo Albornoz

I. INTRODUCCIÓN

Si revisamos y analizamos profundamente la mayoría de los estudios sobre el pe­riodo de la Unidad Popular, nos daremos cuenta que a nivel general existe una ausencia considerable de conocimiento sobre la historia de los sectores populares, especialmente acerca de aquellos movimientos sociopolíticos que formaron signi­ficativamente parte de la compleja dinámica social del periodo. Si bien existe una extensa producción bibliográfica con respecto a la experiencia de la Unidad Popular, los intentos para tratar de reconstruir la experiencia de los sujetos histó­ricos subalternos que protagonizaron muchos de sus acontecimientos son escasos, y en consecuencia, la historia de los diversos movimientos sociales de la época a lo largo y ancho del país (movimiento obrero, movimiento de pobladores, movimiento campesino –chileno y Mapuche–, entre otros) ha sido estudiada débilmente –incluso omitida en muchos casos– por la ciencia histórica.

A la hora de reflexionar sobre las causas de esta situación y problematizar la carencia de conocimiento histórico, emerge inevitablemente la siguiente pregunta: ¿por qué existen omisiones con respecto a la historia de los movimientos sociales populares en la mayoría de los estudios sobre la Unidad Popular? Es curioso el hecho de que a pesar de la vasta producción bibliográfica sobre este periodo exista poca referencia a los movimientos sociopolíticos generados por los sectores populares, los cuales innegablemente fueron sujetos históricos protagonistas de la “vía chilena al socialismo”. En este sentido –siguiendo los planteamientos de Mario Garcés y Sebastián Leiva– afirmamos que las omisiones se deben principalmente a la perspectiva utilizada por gran parte de los autores (periodistas, sociólogos, políticos, historiadores, etc.) para observar y analizar el periodo en cuestión:

La tendencia de la mayoría de los estudios ha sido, hasta ahora, constituir en objeto de análisis casi exclusivamente a los actores políticos ‘formales’, es decir, los partidos políticos, las temáticas vinculadas a ellos (progra­mas, tácticas, alianzas) y los ámbitos donde estos concentraban su accio­nar (sobre todo los diversos espacios del aparato estatal). (2004, p. 3).

De acuerdo con lo expresado, se otorga poca importancia a los sectores populares y los movimientos sociales durante el periodo de la Unidad Popular, recibiendo un débil tratamiento en las investigaciones sobre la historia reciente y omitiendo el protagonismo político que asumieron en los acontecimientos. Es más, la gran mayoría de las investigaciones orientan su análisis hacia lo que ocurrió dentro del sistema político de partidos, priorizando únicamente la política institucionalizada en el Estado. Desde este enfoque reduccionista la historia de la UP se limita al sistema político, los partidos y el Estado, existiendo –por tanto– una invisibilización de los sectores populares y de los movimientos sociopolíticos en que éstos estuvieron invo­lucrados (2004, p. 3).

Existen algunos trabajos que forman parte de la excepción y escapan de cierta

manera a la regla general, pero no es nuestra intención ni tampoco el objetivo del presente artículo profundizar en cada una de ellos (Gaudichaud, 2004; Cancino, 1988; Garcés, 2000; Winn, 2004), sino más bien, reconocer la carencia de investi­gaciones referente a los movimientos sociales durante la Unidad Popular, y demos­trar cómo la memoria histórica representa un recurso historiográfico significativo e indispensable para superar esta situación. Porque tal como señala Hugo Cancino, “el rescate de esta memoria colectiva es parte fundamental de la reconstrucción de la historia del movimiento popular chileno”. (1988, p. 12)

II. MEMORIA HISTÓRICA E HISTORIOGRAFÍA

La “memoria histórica” representa un valioso recurso historiográfico para la recons­trucción de una experiencia histórica determinada, a través de la cual el historiador se relaciona con aquella parte del pasado colectivo que se propone redescubrir y dotar de sentido histórico para construir conocimiento. Teniendo en cuenta esta apreciación, consideramos necesario sistematizar el análisis con respecto a la “me­moria histórica”, con el propósito de profundizar tanto en los argumentos de su utili­dad historiográfica, como en su relación concreta con los grupos sociales populares. Por lo tanto, para justificar la importancia de la “memoria histórica” se realizará la estructuración del análisis en base a tres aspectos: significado, características y función/funcionalidad.

1. Significado

Profundizando en su contenido, la “memoria histórica” representa un conjunto de recuerdos y recreaciones del pasado que forman parte de los “hechos vividos” o experiencias significativas del sujeto histórico protagonista o testigo de los hechos que se pretenden reconstruir. Por consiguiente, la síntesis resultante de esta relación con el pasado se convierte en fuente de información significativa para el historia­dor, quien la procesa cognitivamente para incluirla de forma rigurosa en un relato histórico. “Se trata de una narración construida desde el presente, con fines de in­terpretación del pasado a partir de criterios normativos y valorativos, seleccionan­do por su significación los recuerdos de hechos vividos o recibidos por transmisión social” (Erice, 2008, p. 2).

Desde este punto de vista, la “memoria histórica” se convierte en un pilar fun­damental de cualquier intento por reconstruir la historia de las clases populares durante la UP, ya que, a juicio de Sergio Grez, “la memoria constituye una cantera valiosísima de donde podemos extraer material para el trabajo historiográfico, sobre todo para aproximarnos a las percepciones que tienen las personas y grupos sobre ciertos hechos y el significado que ellos mismos les atribuyen” (2010, pp. 31- 32). Por tal motivo es imprescindible considerar las percepciones de los sujetos his­tóricos populares sobre los hechos experimentados en dicho periodo, además del significado que ellos mismos le otorgan a su participación en los acontecimientos.

A partir de lo mencionado anteriormente, la “memoria histórica” representa una materia prima para la historiografía, es decir, una fuente que complementa y enri­quece la labor del historiador. En palabras de Mario Garcés:

(…) la memoria, crecientemente, está siendo reconocida por los historia­dores como una nueva ‘fuente’ para sus estudios y elaboraciones sobre el pasado, es decir, una vía que hace posible acceder al pasado de un modo nuevo –con sus propias aportaciones y límites– en especial para conocer del pasado de grupos sociales populares o subordinados que dejan pocos o no dejan testimonios escritos (documentos) de su experien­cia histórica. (2002, p. 12)

En este sentido la “memoria histórica” posibilita al investigador relacionarse con aspectos subjetivos como las visiones, los discursos y las expectativas de los pro­tagonistas, así como también con las percepciones acerca de su participación en la dinámica social del periodo, a las cuales difícilmente podría acceder de otra manera (Rosemberg y Rosende, 2009, pp. 42-44).

En su estudio sobre la importancia de la memoria colectiva para los historiado­res, Peter Burke plantea que aquella debe ser entendida desde dos perspectivas distintas, en primer lugar, como una fuente histórica sometida a su debido proceso de contrastación con las otras fuentes, y en segundo lugar, como un fenómeno pro­piamente histórico que debe ser rigurosamente analizado debido a la flexibilidad y selectividad del recuerdo. Ahora bien, en concordancia con la problemática his­toriográfica que estamos planteando, entendemos la “memoria histórica” desde el primer enfoque propuesto por el investigador británico, afirmando que los his­toriadores deben “estudiarla como fuente histórica para llegar a una crítica de la fiabilidad del recuerdo en la línea de la crítica tradicional de los documentos históricos” (2011, p. 69).

La “memoria histórica” al ser estudiada como fuente favorece el acceso –por medio de los sujetos históricos– a los acontecimientos que intentamos rescatar desde olvi­do, pero siempre teniendo en cuenta las limitaciones que se nos pueden presentar. Esto último es muy importante desde el punto de vista metodológico, ya que la “memoria histórica” –en cuanto fuente de información– debe cumplir requisitos al igual que todas las demás, cuyos requerimientos más importantes son los siguientes: “identificación como fuente idónea, contrastación, contextualización temporal, rela­tivización, objetivación y construcción de un discurso metodológicamente fundamen­tado” (Aróstegui, 2004, p. 165).

Finalmente para concluir con el significado que le estamos atribuyendo a la “me­moria histórica” como una fuente disponible para el historiador, es decir, como una herramienta de investigación (un medio, y no un fin), destacamos la necesidad de recurrir a todas las fuentes posibles para contribuir a la reconstrucción historiográfica de un determinado fenómeno histórico. Porque, como lo establecen Mario Garcés y Sebastián Leiva, “el mayor desafío del historiador es aprender de cada una de sus fuentes, reconociendo su naturaleza, su carácter, sus alcances y sus lími­tes” (2005, p. 6).

2. Características

La subjetividad es una de las principales características de la “memoria histórica”, ya que se encuentra inherentemente vinculada con la experiencia humana y el recuerdo. No obstante, este aspecto no le resta veracidad ni fiabilidad desde el punto de vista científico, ya que toda fuente histórica presenta elementos subjetivos impregnados por sus propios autores y/o instituciones, además, “nadie puede ase­gurar que los documentos escritos –a los cuales rinde culto la historia tradicional– no hayan sido manipulados, escritos ex profeso, o no den cuenta de la subjetividad de sus autores” (Garcés y Leiva, 2005, p. 6).

Como segundo atributo reconocemos el carácter político de la “memoria histórica”, cuya presencia en la problemática que estamos desarrollando es innegable, ya que se encuentra vinculada directamente con un proyecto político de transformación so­cial impulsado también “desde abajo” por medio de la movilización popular, y en la que se vieron involucrados además los partidos políticos. En este sentido, cobra mucha relevancia lo planteado por Mario Garcés al expresar que “la memoria en Chile es política, además, porque se relaciona con los proyectos históricos que organizaron la lucha social y política del siglo XX” (2002, p.8). Sin embargo, es necesario profundizar aún más en el carácter político de la “memoria histórica”, ya que no es tal por el simple hecho de estar vinculada con proyectos políticos de tendencia revolucionaria, sino que más específicamente aún, estas experiencias se encuentran “depositadas” en sujetos históricos que fueron a su vez protagonistas y militantes de una revolución y –consecuentemente– víctimas de una brutal represión militar. Así, la “memoria histórica” es política porque se materializa históricamente en los protagonistas de los cambios sociales y políticos acontecidos durante el pe­riodo de la Unidad Popular, que posteriormente fueron víctimas de los ataques de la dictadura militar pinochetista. Ahora bien, la victimización de los sujetos históricos por sí sola no permite dimensionar políticamente –y en su cabalidad– la militancia que desarrollaron en el periodo, contrariamente, “si junto a la víctima se reconoce al militante y se elabora el significado de sus militancias, en el contexto de luchas por el cambio social, probablemente se enriquezca la memoria y con ella las lectu­ras que hacemos del pasado” (Garcés y Leiva, 2005, p. 20).

Finalmente, y como tercera característica de la “memoria histórica”, destacamos su dinamismo en el proceso de recreación y reconstrucción de experiencias. Esta movi­lidad consiste en la circulación de recuerdos que forman parte activa en el proceso dinámico de recreación de experiencias por parte de los protagonistas. El carácter dinámico de la “memoria histórica” ha sido descrito y desarrollado por Gabriel Salazar, indicando que:

(…) no es una memoria estática o congelada, sino dinámica, que se re­vuelve en la subjetividad de los individuos y en la inter-subjetividad de los grupos afectados por el sistema fáctico, que busca su salida lateral, su reconstitución colectiva para, una vez consolidada en lo ancho, inicie un movimiento hacia lo alto, contra la memoria oficial, y para reconquistar no sólo la ‘memoria pública’, sino también –sobre todo– la legitimidad del sistema social (o sea, su reconstrucción histórica). (2002, p. 9)

Es importante señalar –y añadir– que el carácter dinámico de la “memoria históri­ca” tiene un origen empírico, es decir, este movimiento profundo de recreaciones se fundamenta concretamente en la experiencia misma, la cual se encuentra deposita­da, en forma de recuerdos, en las memorias de los militantes-protagonistas de los movimientos sociales del periodo.

3. Función/funcionalidad

La “memoria histórica” también es significativamente útil para la reconstrucción del movimiento popular durante la UP a partir de esta dualidad que estamos plan­teando: función/funcionalidad. Esta doble dimensión analítica, que pudiese ser una, se explica porque la “memoria histórica”, por un lado posee una función por sí sola de acuerdo a su propia naturaleza, y por el otro, responde a distintos requerimien­tos y propuestas, ya sea desde la misma disciplina histórica como también de la sociedad en general, es decir, es funcional a intereses sociopolíticos externos a su propia naturaleza.

Antes de comenzar a reflexionar sobre la función de la “memoria histórica”, quere­mos dar a conocer una idea expuesta por Peter Burke que consideramos fundamen­tal tener en cuenta para continuar con el análisis: “Una de las funciones más impor­tantes del historiador es la de recordador” (2011, p. 85). Esta frase que parece tan simple y lógica, es fundamental para nuestro análisis, debido a que precisamente en esta función del historiador propuesta por Burke –la de recordador– se inserta la función específica de la “memoria histórica” que consiste en recrear y reconstruir las experiencias de vida a partir de los recuerdos almacenados en los sujetos que fueron protagonistas de determinados fenómenos históricos. En suma, para cumplir la función de recordador, el historiador indispensablemente debe hacerlo recu­rriendo a la “memoria histórica” (por lo menos en investigaciones sobre historia reciente, como la que hemos propuesto).

Al profundizar aún más en esta función reconstructora del pasado, nos encontramos con un fenómeno asociado indiscutiblemente a este rol de la “memoria histórica”, el cual consiste específicamente en una “resignificación del pasado”, cuyas propie­dades y atribuciones la transforman en una función de esta fuente de información. Existe una relación directa entre memoria y resignificación, en el sentido de que esta última se desenvuelve como función de aquella, ya que:

cuando hablamos de memoria estamos refiriéndonos no a la evoca­ción objetiva de lo que aconteció, sino más bien a la reconstrucción que, desde el presente, se hace en un momento determinado de acuerdo a unos intereses concretos. Estaríamos, en consecuencia, ante un constructo social de significados, por tanto, cambiantes en el tiempo. La memoria, en este sentido, es siempre una memoria historizada, una resignificación del pasado. (Azkarate, 2007, p. 1)

Así, al contribuir en la reconstrucción histórica de los movimientos sociopolíticos populares durante “la vía chilena al socialismo”, a partir de las experiencias depo­sitadas en las memorias de sus militantes, simultáneamente estamos descubriendo el significado histórico de sus manifestaciones e injerencias en la estructura de clases del periodo, es decir, preservando en el tiempo y rescatando desde el olvido el sentido y valor histórico que aquellos idearios sociopolíticos –plasmados en proyec­tos histórico-revolucionarios– representaban.

Las funciones que presenta la “memoria histórica” –recreación y resignificación del pasado– aportan significativamente en la comprensión y reconstrucción histórica de la movilización social impulsada “desde abajo” por las clases populares durante el gobierno de Salvador Allende. Pero también es de gran importancia, para tales propósitos, el carácter funcional que presenta esta fuente historiográfica, es decir, su capacidad para responder a funciones externamente determinadas, ya sea des­de la disciplina historiográfica misma como desde el ámbito sociopolítico.

La “memoria histórica” es funcional a dos fenómenos de mucha importancia en la actualidad de la disciplina historiográfica, nos referimos a la “batalla de la memoria” y la “historización de la experiencia”. La primera ha sido desarrollada principalmente por María Angélica Illanes, quien plantea el surgimiento y desen­cadenamiento de esta “batalla de la memoria” desde una perspectiva historio­gráfica, pero que es consecuencia directa de la represión ejercida por la acción de las armas sobre los sujetos históricos que intentaron llevar adelante un proyecto histórico de profunda transformación social en el periodo de la Unidad Popular. Así, la “batalla de la memoria” consiste en una:

(…) batalla necesaria, cuya dialéctica confrontacional tiene el poder de romper la parálisis traumática provocada por la acción de las armas, posibilitando la restitución del habla de los ciudadanos, re-escribiendo su texto oprimido, especialmente cuando estas armas han violado brutal­mente su cuerpo. (2002, p. 12).

Cuando la historiadora menciona que esta “batalla de la memoria” hace posible la restitución del habla de los ciudadanos y la re-escritura de su texto oprimido, comprendemos la importancia de la función que cumple la “memoria histórica”, ya que precisamente es a través de la re-escritura crítica de ésta, que podemos con­tribuir en la reconstrucción del proyecto histórico que representaba el movimiento social del pueblo organizado a comienzos de la década de 1970 y que fue poste­118 Revista Divergencia / ISSN: 0719-2398 N°2 / Año 1 / julio diciembre 2012 / pp 111-124 Cristian Suazo Albornoz riormente aniquilado por represión militar pinochetista. Por tanto, la reconstrucción de estos hechos se circunscribe necesariamente en esta “batalla de la memoria”, que “al mismo tiempo que realiza el acto de la re-escritura de la memoria, debe dar a conocer las claves de su trama, abrir el debate acerca de su contenido, rea­brir el proceso de su historicidad” (2002, p. 12). De esta forma, la “batalla de la memoria” adquiere mucho valor para el propósito de estudiar los acontecimientos vinculados a la compleja dinámica de agitación social durante la UP, y reconstituir sistemáticamente su historia, ya que esta “lucha” supone una re-escritura del pro­yecto histórico que representaban esos “muertos”, superando el olvido y la “amne­sia historicista”,

(…) porque, si no se enseña ese proyecto, si no se le re-escribe, si no se debate crítica y abiertamente en torno al ideario social y político que esos textos y esos cuerpos mutilados representaban, la batalla cultural no tiene sentido ni significación futura. (2002, p. 16)

Por consiguiente, junto a esos nombres y cuerpos, es importante rescatar del olvi­do también el proyecto histórico político que encarnaban, adquiriendo así mucha relevancia la relación histórica entre este proyecto de transformación radical de la estructura de clases y el consiguiente genocidio que negó e impidió su completa realización.

En segundo lugar, la “memoria histórica” es funcional al fenómeno conocido como “historización de la experiencia”, propuesta historiográfica desarrollada princi­palmente por Julio Aróstegui y que se basa en una objetivación de la memoria, proceso que implica racionalizar la memoria previamente a su inclusión en una narrativa historiográfica y convertirla en historia. Por lo tanto la historización de la experiencia finalmente es una historización de la memoria, ya que según Aróstegui “para que la memoria trascienda sus limitaciones y sea el punto de partida de una historia, es preciso que se opere el fenómeno de su historización, o, lo que es lo mismo, de la historización de la experiencia” (2004, p. 165). Es de esta manera que podemos percatarnos de la importancia que adquiere la “memoria histórica” en este proceso, ya que el recuerdo es determinante para historizar la experiencia en el sentido de hacer presente lo pasado. Asimismo, “(…) la historización, a través de la memoria, «integra» al individuo particular en la experiencia social, colectiva, de la historia (…)” (2004, p. 184), por lo que el sujeto comprende que sus expe­riencias de vida forman sistémicamente parte de un contexto histórico más amplio.

Lo anterior permite advertir la existencia de una directa relación entre memoria e historicidad, sin la cual sería imposible desarrollar esta “historización de la ex­periencia”. Esta vinculación es fundamental porque la historicidad impregna de sentido a las experiencias depositadas en las memorias de los sujetos históricos, transformándose en una “(…) atribución humana que da sentido a la «vuelta sobre el pasado» para comprenderle como un presente, para comprender el pasado como un «presente que fue»” (2004, p. 171), configurando a dichas experiencias como aspectos históricamente reales. De esta forma, historizar la experiencia, y porlo tanto la memoria, implica someterla a un análisis histórico crítico, vinculándola simultáneamente a los acontecimientos que se pretenden reconstituir.

Si bien la “memoria histórica” es funcional a fenómenos pertenecientes a la discipli­na historiográfica, también lo es a aquellos de carácter socio-político, específica­mente a los procesos de transformación social y de disputa por el poder. El recono­cido historiador medievalista Jacques Le Goff aporta con importantes reflexiones sobre el carácter funcional de la “memoria histórica”, expresando lo siguiente:

La memoria colectiva ha constituido un hito importante en la lucha por el poder conducida por las fuerzas sociales. Apoderarse de la memoria y del olvido es una de las máximas preocupaciones de las clases, de los grupos, de los individuos que han dominado y dominan las sociedades históricas. Los olvidos, los silencios de la historia son reveladores de estos mecanismos de manipulación de la memoria colectiva.(1991, p. 134)

En este sentido la “memoria histórica” no es percibida ni compartida de la misma manera por todos los grupos sociales, es decir, no se configura homogéneamente en la sociedad, sino que responde a intereses tanto de los grupos dominantes como de los grupos dominados o en condición de subalternidad. Desde la perspectiva dominante, a través de diversos métodos y mecanismos se intenta manipular la memoria colectiva, específicamente aquellos recuerdos, experiencias y representa­ciones de fenómenos históricos que implicaron transformaciones sociales y políticas. Lo anterior mantiene un nexo con el carácter instrumental de la “memoria histórica”, debido fundamentalmente a que ésta representa un mecanismo e instrumento de poder funcional al dominio del recuerdo y de la tradición, es decir, a la manipula­ción de la memoria social en beneficio del conservadurismo. La preocupación por el dominio de la memoria, vinculada a la ya referida lucha por el poder, responde a la necesidad de mantener el status quo por parte de los sectores hegemónicos, quienes procuran proteger sus intereses históricos y su posición en la estructura social-clasista a partir de la manipulación de la “memoria histórica”, sobre todo de aquellos fenómenos que representaron una amenaza a dichos intereses. Ahora, el hecho de interesarse por la instrumentalización de la “memoria histórica”, ya sea manipulándola o manteniéndola en el olvido, es producto de la importancia que ésta representa en la lucha por la conservación del poder, porque como justamente sostiene Francisco Rodríguez: “La representación del pasado modeliza el presente y el futuro” (2001, p. 3), lo que permite a los grupos dominantes configurar el tipo de sociedad que sea correspondiente con sus respectivos intereses.

Por el contrario, para los sectores populares el hecho de preocuparse por sus “me­morias históricas” responde a la necesidad de rescatar del olvido las experiencias que contribuyeron en la configuración de sus propias identidades, las cuales se ven amenazadas y perturbadas por esta “ausencia de memoria colectiva”. Fenómeno conocido también como “amnesia historicista”, que según Patricio Quiroga constitu­ye “(…) una grave perturbación que en la medida que se extiende a la memoria colectiva perturbará la identidad colectiva” (1997, p. 140). Porque los recuerdos ylos conocimientos que los protagonistas poseen depositados en su “memoria histó­rica” en forma de experiencias, forman parte también de su constructo identitario, tanto a nivel individual como colectivo. En este sentido, y relacionada con el objeto de estudio que hemos propuesto, la “memoria histórica” de los grupos populares es funcional al esfuerzo por vencer y superar el olvido, el ocultamiento y la “amnesia historicista” de las experiencias de organización y lucha en Chile durante el perio­do señalado, los cuales –inherentemente– forman parte de la identidad colectiva de los mencionados sujetos históricos. De lo contrario, Sergio Grez advierte que “aquellos grupos carentes de una sólida memoria colectiva corren peligro de des-construirse, perder su fisonomía, diluir sus identidades en modelos propuestos por actores más fuertes y pujantes”(2008, p. 3), quienes mediante la política y el so­porte de la “historia oficial” procuran silenciar y olvidar las experiencias históricas de las luchas sociales y políticas de los sectores populares.

De este modo, reconstruir historiográficamente fenómenos históricos de esta índole, interrogando y recordando el pasado, involucra necesariamente un proceso de profundización y ruptura de hegemonías, es decir, una confrontación dialéctica por el recuerdo entre la memoria y la desmemoria.

Enfrentar el pasado es desnudar el poder que ya ha construido su relato narrándonos todo a todos. Por tanto es evidente que resistir es un impe­rativo, una forma válida de ejercer memoria contra-hegemónica, más aún cuando, como lúcidamente lo señala Benjamin, para los oprimidos su historia es un permanente estado de excepción. (Castro, 2009, p. 35).

Finalmente, para culminar con el análisis acerca de la utilidad que la “memoria histórica” representa en la reconstrucción de la historia de los movimientos sociopo­líticos durante el periodo señalado –proceso innegablemente dialéctico y contra hegemónico–, dejamos expresada una excelente reflexión desarrollada por Jacques Le Goff:

La memoria, a la que atañe la historia, que a su vez la alimenta, apun­ta a salvar el pasado sólo para servir al presente y al futuro. Se debe actuar de modo que la memoria colectiva sirva a la liberación, y no a la servidumbre de los hombres. (1991, p. 183).

III.CONCLUSIONES

Mediante un análisis sistemático hemos dado a conocer la importancia que posee la “memoria histórica” en el –necesario– proceso de reconstrucción histórica de las clases y grupos populares durante la UP, particularmente, de las diversas expre­siones colectivas que dotaron de dinamismo social y político a la denominada “vía chilena de transición al socialismo”. La omisión de los movimientos sociopolíticos populares en los análisis e investigaciones sobre este proceso, estimula la invisibi­lización de los sujetos históricos que protagonizaron las transformaciones sociales del periodo, generando de esta manera una “historia sin sujetos”. Al respecto, el excelente historiador Sergio Grez plantea lo siguiente:

(…) no se puede olvidar la historia plurisecular de pobreza, marginación, opresión y explotación de las grandes mayorías, que no es posible ocul­tar el estado de permanente desgarramiento de la nación, la profunda escisión entre sus componentes sociales, étnicos y culturales; que no se puede evacuar del análisis la reiterada historia de frustraciones popu­lares, promesas no cumplidas y esperanzas siempre postergadas que llevaron a muchos a tratar de “tomarse el cielo por asalto” a fines de los 60 y comienzos de los 70. (2008, p. 3)

Para redescubrir este pasado colectivo mediante la disciplina historiográfica, es ne­cesaria la consideración de las diversas memorias colectivas de los sujetos históricos involucrados. Por tanto, y evitando cualquier tendencia excesivamente subjetivista, estimamos que las experiencias de los que protagonizaron aquellos acontecimien­tos –depositadas en forma de recuerdos– representan fuentes de información signi­ficativamente útiles para comprender la dinámica del periodo en cuestión. De esta forma, la “memoria histórica” permite aproximarnos a aquellos elementos subjeti­vos que difícilmente de otra manera podríamos acceder, sobre todo si se trata de clases sociales que –producto de una represión dictatorial– no dejaron testimonios escritos de sus experiencias revolucionarias.

Romper con la hegemonía del olvido implica una confrontación dialéctica con la “historia oficial”, que intenta situar la política única y exclusivamente en el aparato estatal, desconociendo que los sujetos históricos populares durante la UP también protagonizaron –“desde abajo”– fenómenos políticos de transformación social. Precisamente, en este proceso contrahegemónico de reconstrucción del pasado, la memoria histórica ocupa un lugar fundamental, siendo cada vez más reconocida por los historiadores como una fuente histórica.

BIBLIOGRAFÍA

Aróstegui, J. (2004). La historia vivida. Sobre la historia del presente. Madrid: Alianza Editorial.

Azkarate, A. (2007). Memoria y Resignificación. Apuntes desde la gestión del patrimonio cultural. Consulta 18 de Agosto de 2012: http://www. fundacionfernandobuesa.com/pdf/20070718_ponencia_a_azkarate.pdf

Burke, P. (2011). Formas de historia cultural. Madrid: Alianza Editorial.

Cancino, H. (1988). Chile: La problemática del poder popular en el proceso de la vía chilena al socialismo, 1970-1973. Dinamarca: Aarhus University Press.

*

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

de las diversas memorias colectivas de los sujetos históricos involucrados. Por tanto, y evitando cualquier tendencia excesivamente subjetivista, estimamos que las experiencias de los que protagonizaron aquellos acontecimien­tos –depositadas en forma de recuerdos– representan fuentes de información signi­ficativamente útiles para comprender la dinámica del periodo en cuestión. De esta forma, la “memoria histórica” permite aproximarnos a aquellos elementos subjeti­vos que difícilmente de otra manera podríamos acceder, sobre todo si se trata de clases sociales que –producto de una represión dictatorial– no dejaron testimonios escritos de sus experiencias revolucionarias.

Romper con la hegemonía del olvido implica una confrontación dialéctica con la “historia oficial”, que intenta situar la política única y exclusivamente en el aparato estatal, desconociendo que los sujetos históricos populares durante la UP también protagonizaron –“desde abajo”– fenómenos políticos de transformación social. Precisamente, en este proceso contrahegemónico de reconstrucción del pasado, la memoria histórica ocupa un lugar fundamental, siendo cada vez más reconocida por los historiadores como una fuente histórica.

BIBLIOGRAFÍA

Aróstegui, J. (2004). La historia vivida. Sobre la historia del presente. Madrid: Alianza Editorial.

Azkarate, A. (2007). Memoria y Resignificación. Apuntes desde la gestión del patrimonio cultural. Consulta 18 de Agosto de 2012: http://www. fundacionfernandobuesa.com/pdf/20070718_ponencia_a_azkarate.pdf

Burke, P. (2011). Formas de historia cultural. Madrid: Alianza Editorial.

Cancino, H. (1988). Chile: La problemática del poder popular en el proceso de la vía chilena al socialismo, 1970-1973. Dinamarca: Aarhus University Press.

*

A %d blogueros les gusta esto: