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Redes sociales: enredos y desenredos


Con los escándalos crecientes sobre la imbricación de las grandes plataformas de redes sociales digitales con el modelo de vigilancia imperante y la injerencia en procesos electorales, se fragiliza el mito de la neutralidad que estas empresas buscan fomentar.  ¿Qué implicaciones tiene para los derechos humanos y la democracia? ¿Se debe regularlas? ¿En qué sentido? ¿Podemos considerar alternativas?
Esta nueva edición de la revista América Latina en Movimiento de ALAI explora estas y otras preguntas sobre esta dimensión novedosa de la comunicación y la convivencia de nuestras sociedades.
Contenido:
Internet, derivaciones y paradojas
Osvaldo León

Redes sociales digitales: un gran negocio
Sally Burch

El firewall monopólico en las redes sociales digitales
Javier Tolcachier

De la euforia a la decepción: ¿regular las redes sociales?
Palmira Chavero

Las redes sociales libres, redes nuestras
Miguel Guardado Albarreal

El asesinato de la verdad y la manipulación del imaginario
Aram Aharonian

Las redes sociales digitales en la disputa política en Brasil
Clayton Nobre

Participación política y redes sociales digitales
Silvia Lago Martínez

Síntesis del Seminario Internacional: Desenredando las redes sociales digitales
ALAI

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#Yo_adicto_virtual


Por Axel Marazzi // Ilustración Vicente Reinamontes Marzo 22, 2018

 

Trabajo siete horas por día, duermo otras siete y una aplicación me dice que en promedio uso el teléfono cinco horas diarias. También que lo desbloqueo unas 150 veces por día: eso quiere decir que no puedo pasar siete minutos despierto sin volver a él. Lo primero que hago cuando suena la alarma por la mañana, antes de ir al baño, lavarme los dientes y la cara, es mirar si me llegó un mail importante, cuántos likes tuvo la última foto que subí a Instagram o si se viralizó alguno de los tuits que publiqué el día anterior.

Uso WhatsApp para hablar con mis jefes, con mi novia, con mis amigos. Juego en el smartphone, uso una app que me dice cuántos kilómetros corrí y cuántas calorías quemé, otra me informa cómo llegar a direcciones que desconozco, otra cómo estará el clima —he llegado a mirarla antes de abrir las cortinas de mi cuarto— y otra hace todas mis transferencias bancarias. El iPhone es la extensión perfecta de mi mano derecha.

Poland: Pokemon GO in PolandSiempre me gustó la tecnología. Tenía 12 años cuando mi padre trajo a casa el computador Pentium 486 que cambió mi vida. A fines de los 90, navegar por la red me abrió las puertas a un mundo infinito, repleto de información. Pero si en esa época ya disfrutaba internet, el quiebre fue el nacimiento de las redes sociales y el smartphone, la combinación perfecta para que no sólo yo esté pegado al teléfono, sino millones de personas en todo el mundo.

Como periodista que escribe de tecnología estoy todo el tiempo visitando páginas, chequeando redes sociales, buscando historias que sean relevantes y que pueda investigar. Así me topé con Moment, hace tres semanas, y decidí bajarla. Si bien la app era vieja —nació hace un par de años, una eternidad en el rubro—, nunca me había interesado la idea: una aplicación que te avisa si usas demasiado el celular. Pero esta vez quise hacer la prueba. En el último tiempo, varias personas me habían dicho que parecía un adicto, que miraba el celular cuando me estaban contando algo o que no parecía prestar atención ni siquiera en las reuniones de trabajo.

Tenía, digamos, curiosidad. Y el resultado no sólo me impresionó, sino que me asustó: cinco horas diarias es más tiempo del que veo a mi mamá a la semana. Es más tiempo del que paso al día con mi novia (y vivo con ella). Es más tiempo del que leo, corro, miro series o hago cualquier otra cosa. El 50% de mi tiempo libre lo estoy pasando delante de la pantalla del iPhone.

Me puse a buscar noticias sobre adicción al smartphone —mientras la app me enviaba mensajes de alerta para que dejara de usarlo—, y me topé con una noticia que, si bien ya tenía varios meses, terminó por preocuparme: una de las personas más importantes en la historia de Facebook había hablado en contra de la red social, admitiendo cómo jugaron con la “psicología humana”. Sean Parker, el hombre que hirió de muerte a las discográficas cuando creó Napster y que más tarde se convirtió en el polémico primer presidente de Facebook —retratado por Justin Timberlake en la película Red Social—, decía estar muy preocupado por cómo las redes sociales están afectando la cabeza de las personas que las usamos.

En el negocio de las redes sociales, el oro es nuestro tiempo. Las empresas deben luchar entre ellas para crear nuevas formas de mantenernos atentos, y no hay ninguna tan efectiva como explotar nuestro deseo de validación social.

En una entrevista al medio estadounidense Axios, Parker reconoció lo que pensaban a la hora de crear Facebook: “¿Cómo podemos consumir la mayor parte de tu tiempo consciente? Teníamos que darte un poquito de dopamina a cada rato. Porque alguien te había dado me gusta o porque había comentado tu foto. Y eso contribuye a la creación de más contenido para, de nuevo, crear más comentarios y más me gusta”.

Me pareció tan burdo que sentí que había entendido mal. ¿Estaba diciendo que nos hicieron adictos de forma consciente? Sí, lo estaba haciendo: “Es la clase de cosas que se le ocurriría a un hacker como yo, porque estás explotando las vulnerabilidades de la psiquis humana. Los creadores de redes sociales como yo, Mark [Zuckerberg] o Kevin Systrom [Instagram] entendimos muy bien que esto iba a suceder y aún así lo hicimos”.

Algo angustiado, recurrí a Google y empecé a investigar más sobre el tema. Parker no era el único ex Facebook que había salido a hacer su mea culpa. Chamath Palihapitiya, que estuvo en la empresa hasta 2011 y fue vicepresidente de crecimiento de usuarios, también tenía remordimientos. En un foro de la Escuela de Negocios de Stanford dijo: “Los ciclos de retroalimentación a corto plazo impulsados por la dopamina que hemos creado están destruyendo el funcionamiento de la sociedad”.

Todos hablaban de dopamina y yo necesitaba averiguar no sólo qué era, sino además qué generaba cada like en una recóndita zona de mi cerebro. Por eso contacté a la bioquímica Katia Gysling, profesora de la Universidad Católica y reconocida investigadora del sistema dopaminérgico, quien me lo explicó de manera simple: “Es un neurotransmisor que determina nuestra motivación para acceder a la comida, a la interacción social, incluso al apareamiento. Es esencial para poder motivarnos. Las drogas adictivas y los estímulos generados por factores como obtener recompensas económicas o sociales producen una gran liberación de dopamina”.

“¿Es cierto lo que dice Parker?”, le pregunté a la bioquímica. La respuesta fue un golpe a la mandíbula: hay individuos, me dijo, a los que sí les puede generar una gran liberación de dopamina cada like.

No le quise preguntar si yo era uno de esos individuos.

 

***

 

Mientras seguía con el celular en la mano, los días pasaban y las horas de uso no disminuían, no podía dejar de pensar en una frase de Parker: “Sólo Dios sabe lo que le está haciendo [Facebook] a la mente de nuestros hijos”.

Por esto decidí escribirle a Adam Alter, un psicólogo social estadounidense y profesor de la Universidad de Nueva York que estudió la adicción a la tecnología en su libro Irresistible. “Lo que dijo Parker es importante porque muestra que a las compañías como Facebook no les importa el bienestar de sus consumidores”, me dijo desde su departamento en Manhattan. “Su mayor preocupación es cuánto tiempo están en su plataforma”.

Alter me contó algo que me hizo volver a Google: que hay gobiernos que están legislando para evitar el desarrollo de aplicaciones que inciten a la adicción. Entre ellos, China, Estados Unidos y varios países europeos.  En el último año, muchos ex empleados de Facebook, Google y Twitter han empezado a dejar las compañías, alarmados por el alto nivel de adicción de sus usuarios y por el descontrolado boom de las noticias falsas. De la mano de estos arrepentidos, ya hay grupos y movimientos que intentan generar conciencia en relación a lo mal que nos está haciendo la conexión constante. El más influyente es el Center for Humane Technology (CHT), fundado por Tristan Harris, nada menos que el ex diseñador ético y filosófico de Google: el hombre que debía prever que las diferentes plataformas del buscador no fueran invasivas en la vida del usuario. Hoy, la voz de Harris es una de las más escuchadas del mundo en el debate de cómo las redes sociales se encargan de manipular nuestra psicología.

Explorando en el sitio de la organización, encontré entre sus miembros a Roger McNamee, uno de los primeros inversores de Facebook, a Justin Rosenstein, creador del botón me gusta, y a Lynn Fox, ex encargada de la comunicación de Twitter y Apple. Todo un dream team del remordimiento, unidos para hacer declaraciones como esta: “Facebook, Twitter, Instagram y Google han producido increíbles productos que mejoran el mundo enormemente. Pero estas compañías también están atrapadas en una carrera por nuestra atención, la cual necesitan para hacer dinero. Obligados constantemente a superar a sus competidores, deben usar técnicas increíblemente persuasivas para mantenernos pegados”.

Las redes sociales son gratuitas, pero de algún lado tiene que salir el dinero para mantenerlas. Pensando en eso, creí entender algo fundamental:que nosotros no pagamos por esos productos,  porque nosotros somos el producto.

¿Cómo hicieron todos esos tipos para lograr que pase cinco horas por día pegado a mi iPhone? La página del CHT lo explica así: Instagram es una vidriera mentirosa que exhibe sólo los momentos perfectos de la vida de sus usuarios, Facebook nos segrega en grupos de personas donde todos opinan lo mismo, haciéndonos sentir validados y fragmentando las comunidades,  y YouTube utiliza su autoplay por defecto para que pases de video en video sin poder desengancharte. Todo controlado por algoritmos que saben perfectamente lo que nos gusta. La explicación me pareció interesante, pero un poco obvia, así que me propuse contactar a Aza Raskin, uno de los fundadores del centro, para que me explicara mejor el porqué de tanto arrepentimiento.

Raskin, de 34 años, trabajó como diseñador líder de Firefox, fue jefe de experiencia de usuario de Mozilla y creó la compañía Massive Health. Después de perseguirlo durante varios días, logré contactarlo. Me dijo que una de las cosas que determinaron el rumbo de su carrera fue la promesa de que la tecnología democratizaría el mundo. Pero que ahora nos está subyugando. “Fundamos el centro para pelear, para volver a alinear los avances hacia los mejores intereses de la humanidad y disolver esta crisis de adicción”, me dijo el lunes por la noche en que lo llamé por WhatsApp.

Me explicó, también, que todos estos productos que usamos a diario no son, en absoluto, neutrales. “Son parte de un sistema diseñado para volvernos adictos. Llegamos hasta acá porque todas estas compañías produjeron cosas increíbles, que nos benefician, pero que al mismo tiempo tienen un modelo de negocio que se basa en engancharnos. Eso significa algo evidente: que detrás de cada una de las pantallas de las apps hay miles de ingenieros a quienes les pagan para que nosotros queramos volver”.

Después de entrevistar a Raskin me quedé pensando en algo evidente, pero que tal vez nunca me había cuestionado de verdad: que usar redes sociales puede ser gratuito, pero de algún lado tiene que salir el dinero para mantenerlas. De golpe, creí entender algo fundamental: que nosotros no pagamos por esos productos, porque nosotros somos el producto.

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***

Tratando de entender cómo las compañías de Silicon Valley hacen dinero con nosotros —sin que, en teoría, les demos nada—, empecé a encontrarme con un concepto que parecía estar en el corazón de todo: economía de la atención. Es simple: en el negocio de las apps el oro es nuestro tiempo. Este tipo de plataformas generan ingresos a medida que más tiempo las usamos. Si nuestra atención fuese infinita, no sería un problema, pero no sólo no lo es, sino que además está afectada por nuestra necesidad de trabajar, dormir y tener vida fuera de nuestras pantallas. Por eso las empresas deben luchar entre ellas para crear nuevas formas de mantenernos atentos, y no hay ninguna tan efectiva como explotar nuestro deseo de validación social.

El botón me gusta en Facebook, el retuit en Twitter, los pulgares para arriba y  abajo en YouTube o el corazón en Instagram están allí para eso, y las empresas miden cómo afectan nuestro cerebro. Tienen, incluso, un nombre: recompensas variables intermitentes. En el “ambiente” suelen explicarse con la idea de una máquina tragamonedas: hay que tirar de una palanca para recibir una recompensa variable (se puede ganar o perder). Lo mismo pasa con las apps de redes sociales: actualizamos para ver si ganamos likes o no. Y mientras más lo hacemos, más queremos hacerlo.

Incluso el tiempo que tarda cada aplicación en actualizar nuestro timeline está pensado. Mientras esperamos a que las redes nos muestren los likes y comentarios que recibieron nuestras publicaciones, el cerebro recibe la misma sensación que cuando está girando la ruleta del casino. No sabemos si vamos a ganar, pero la posibilidad nos mantiene enganchados. Según Tristan Harris, los smartphones son esencialmente eso: máquinas tragamonedas que están en los bolsillos de miles de millones de personas.

Por todos esos motivos —y seguro que por otros que no conocemos— nada menos que el CEO de Apple, Tim Cook, dijo en enero en una charla en el Harlow College de Essex, una prestigiosa universidad de Inglaterra, que no quiere que su sobrino tenga redes sociales: “No creo en el uso excesivo [de la tecnología]. No soy una persona que piense que seremos exitosos si la usamos todo el tiempo. No estoy de acuerdo con eso en absoluto”.

Incluso la investigación antropológica, en algunas de las principales universidades del mundo, ha comenzado a estudiar los cambios sociales generados por la influencia de la adicción a la tecnología. Michael Wesch, de la Universidad de Kansas, es uno de los investigadores de referencia de lo que llama ciberetnografía. “La mayor parte de la gente ni siquiera consideraría que podemos ser adictos a algo tan normalizado como Facebook o Netflix. Tendemos a reservar la palabra ‘adicción’ para las drogas o el alcohol, pero estudios científicos recientes demostraron que hay cambios profundos en el cerebro de quienes tienen adicciones conductuales, que son similares a aquellos con adicciones a las drogas”.

Pocos previeron todo esto antes que Tanya Schevitz. Hace ocho años, fue una de las creadoras del National Day of Unplugging, una campaña mundial para que las personas recuerden, al menos un día cada año, cómo era vivir sin smartphones. La iniciativa ya tiene millones de adeptos. Tanya tiene 47 años y vive en una pequeña ciudad de la costa oeste llamada Pacifica. Por teléfono, me dijo que le parecía increíble que grandes líderes tecnológicos como Parker, Harris o Raskin estuvieran desafiando la dirección hacia donde avanzan las redes sociales: “Sin conversación y cambios vamos en un camino peligroso”, me dijo. “La expectativa de que siempre alguien te puede contactar, de que responderás inmediatamente a ese pitido, a ese zumbido de mensajes, correos y llamadas creó una sociedad de personas que están desbordadas”.

Ante esta repentina ola de críticas, Jack Dorsey, creador y CEO de Twitter, reconoció a principios de marzo que no lograron predecir las consecuencias negativas que tendría su red social: “Sabemos eso ahora y estamos determinados a encontrar soluciones holísticas y justas. Fuimos testigos de abuso, acoso, armadas de trolls, manipulación con bots y coordinación humana, campañas de desinformación. No estamos orgullosos de cómo la gente se aprovechó de nuestro servicio o nuestra incapacidad para abordarlo lo suficientemente rápido”.

Eso lo dijo a través de una serie de tuits y, claro, muchos aplaudimos su honestidad. Entonces no sabíamos ni la mitad de lo que ahora sabemos.

 

***

 

Como si mi paranoia no estuviera ya por las nubes, mientras realizaba la investigación para este artículo —e intentaba entender hasta qué punto las redes sociales nos manipulan—, la publicación de la investigación conjunta de The GuardianThe Observer y The New York Times sobre cómo la campaña de Trump se apropió de los datos de 50 millones de usuarios de Facebook, me hizo replantearme tener una cuenta en la plataforma.

La historia, todo un thriller digital, es así: el canadiense Christopher Wylie, un muchacho vegano de 28 años y pelo rosado, experto en análisis de datos y cofundador de la consultora Cambridge Analytica, reconoció haber creado un arma psicológica para manipular la opinión pública tanto en la campaña presidencial de Donald Trump como en el referéndum del brexit.

Casos como el de Cambridge Analytica demuestran que hay hackers que saben cómo pensamos, qué ideas políticas tenemos, qué libros leemos, qué cosas parecen asustarnos. Y no tienen problema en venderle todo a quien quiera ganar una elección.

Según Wylie, todo comenzó cuando la compañía, que nació en 2013 en Reino Unido, contrató a Aleksandr Kogan, un psicólogo ruso de 31 años  de la Universidad de Cambridge, quien había diseñado una aplicación perversa: un test de personalidad en apariencia inofensivo —como tantos que hemos respondido—, diseñado para capturar toda la información personal de quienes lo respondieran y de sus amigos en la red social. Kogan, de hecho, ni siquiera había tenido que mentir tanto para poder usarlo: había obtenido permiso de Facebook para realizar un “análisis de personalidad” de sus usuarios, con la condición de que no vendiera esos datos. Unos 270 mil usuarios instalaron su app y todos sus contactos cayeron junto a ellos.

Analizando datos tan básicos como los me gusta —ay, dopamina—, fueron generando perfiles psicológicos en base a la orientación sexual, raza,  inteligencia, género y hasta posibles traumas. Con ellos, Cambridge Analytica —que tiene entre sus fundadores al ex consejero de Trump, Steve Bannon— generó algoritmos capaces de predecir el perfil de los usuarios de Facebook, y así poder mostrarles anuncios diseñados específicamente para manipularlos. Con todo listo, le vendieron su arma a la campaña de Trump por más de seis millones de dólares. Dicho de otra forma: estos tipos saben cómo pensamos, dónde vivimos, qué ideas políticas tenemos, qué libros leemos, qué cosas parecen asustarnos. Y no tienen problema en venderle todo a quien quiera ganar una elección. “La compañía ha creado perfiles psicológicos de 230 millones de estadounidenses”, dijo el culposo Wylie. “Es como un Nixon con esteroides”. Después de varios días de silencio, que dieron pie a todo tipo de especulaciones, el propio Mark Zuckerberg posteó en su muro unas largas disculpas a sus usuarios. “Tenemos la responsabilidad de proteger sus datos”, escribió el gran arquitecto del mundo de las redes sociales. “Y si no podemos no merecemos servirles”.

El debate de cómo las fake news nacen, se viralizan y llegan a millones de personas tiene larga data. Uno de los primeros en advertir este fenómeno fue el físico chileno Cristián Huepe, que investiga para la Universidad de Northwestern. En 2012, de hecho, fue capaz de prever la llegada de la pos verdad con años de anticipación, analizando matemáticamente la forma en que fluye la información a través de las redes. Hoy es un referente en el estudio de cómo éstas plataformas han influido en la comunicación humana.

Decidí escribirle un correo y su respuesta fue desoladora: “Al fragmentar nuestras redes sociales y generar burbujas extremas estamos llegando al punto en que no sólo no compartimos ni discutimos nuestras opiniones con grupos distintos, sino que ya ni siquiera compartimos la misma realidad”. Me citó un caso que está teniendo un auge espectacular en los últimos tiempos: el de las personas que vuelven a creer que la Tierra es plana. Hoy es muy fácil ir a YouTube o Facebook y encontrar una comunidad que apoye cualquier teoría falsa, retroalimentando la idea y validándola ante nuevos incautos.

Es difícil imaginar hasta dónde nos llevará todo esto. Si lograremos frenar la manipulación tecnológica de nuestra psiquis o ya es muy tarde. Cuando bajé la aplicación que me reveló que uso mucho más el celular de lo que hubiera imaginado, cuando empecé a hablar con especialistas sobre lo que eso genera en mi cerebro, cuando me di cuenta de que paso más tiempo frente a la pantalla de un dispositivo que con la persona con la que convivo, jamás había imaginado que existían ingenieros, hackers, analistas de datos  y hasta psicólogos detrás que así lo quisieron. Tipos que generan millones de dólares con mi tiempo y que hasta cambian mis opiniones mostrándome anuncios que fueron creados estudiando mi personalidad en profundidad.

Y, sin embargo, mis horas frente al iPhone no han dejado de ser cinco diarias. Si debo ser sincero, hace unos días desinstalé Moment, cansado de sus anuncios alarmistas. ¿Tendré que ir a una reunión al estilo Alcohólicos Anónimos y presentarme con el clásico “Hola, mi nombre es Axel y soy adicto al celular”? Empieza a sonar como una buena idea.

Estudio “DECÁLOGO para el candidato en las redes sociales”


Estudios, es un reporte Trimestral elaborado por el Observatorio “Política y Redes Sociales” de la Facultad de Gobierno   de la Universidad Central de Chile.

Estudio “DECÁLOGO para el candidato en las redes sociales”wildberry.jpg

Usar las redes sociales no es una opción, los candidatos ya no pueden marginarse del territorio digital. Este se ha constituido en la nueva plaza pública donde los internautas/ciudadanos se informan, expresan sus opiniones, emplazan candidatos y corporaciones, generan el status de terceros y modifican la opinión de su entorno. Por lo demás es gratis.

La pregunta es, por tanto, cómo se apropian los candidatos de las redes sociales y qué estilos de comunicación político-electoral desarrollan en territorio digital.

Para responder a esta pregunta, el Observatorio Política y Redes Sociales de la Universidad Central ha decidido concentrar su análisis del territorio digital con respecto al desempeño de la campaña presidencial chilena en Twitter, elaborando así el “Decálogo para el candidato en las redes sociales”.

Descargar

decálogo para candidatos en las redes sociales.

EL MITO DE LAS REDES SOCIALES. Carlos Romeo.


EL MITO DE LAS REDES SOCIALES

Carlos Romeo, Cuba

Por Carlos Romeo
Tengo 84 años y he escrito algunos libros y unos cuantos artículos. Pero toda mi producción intelectual está sesgada por mis concepciones y en particular por mis ideas en materia política. Vivo en Cuba desde hace muchos años a pesar de ser de origen chileno-francés, lo que significa que resido en este país porque me da la gana.

Aclaro estos antecedentes personales por que así y todo estoy literal e implacablemente sometido a un bombardeo diario e inevitable por Internet, por algo llamado Facebook que me propone día a día establecer contactos epistolares, fotográficos y hasta por videos, con personas que no conozco pero que según el mensaje recibido dicen querer ser amigos míos, o me sugiere que establezca comunicación con ellos a riesgo de” perderme muchas cosas que han pasado recientemente”.

Tengo una opinión, seguramente desmedida, de mi significación en la vida y por consiguiente de mi importancia como uno de los 7500 millones de seres que actualmente habitan en el mundo. No obstante, no es lo suficientemente delirante como para creer que tanta gente que no conozco insistan en establecer relaciones de amistad conmigo vía Facebook y beber de mis escritos que, como ya señalé, tienen un muy fuerte sesgo político izquierdista como corresponde a alguien que se considera de formación marxista.

Mis conocimientos de computación, solo culturales, me sugieren que hay una “inteligencia” oculta detrás de esa virtual agresión constante a mi intimidad. Desde luego que es la de quienes concibieron ese procedimiento moderno para que todo ser humano que acceda a Internet pueda vivir y experimentar la sensación de que no está solo, situación aborrecible y contra natura para todo homo sapiens, y para que pueda comunicarse con otros seres de su especie que tengan un idioma común.

Más aún, para instrumentar ese designio debe haber un gigantesco reservorio de archivos correspondientes a personas debidamente clasificadas según ciertos parámetros y un algoritmo que logra relacionar patrones personales aparentemente comunes para seguidamente enviarles la invitación correspondiente para que se ponga en contacto a través de la denominada WWW.

La cifra astronómica a la que se cotiza Facebook en la bolsa de valores de Nueva York da una idea del acierto con que, desgraciadamente, interpretó la necesidad de comunicación del homo sapiens con sus semejantes eliminando las distancias que los separan y dándoles la impresión de realizar acciones voluntarias e íntimas.

En honor a la verdad, cabe plantear la duda de si mi respuesta tan negativa a las insistentes ofertas de Facebook no se corresponde con las de un ser humano que se ha quedado detenido en el siglo XX ante el desarrollo de las comunicaciones que según dicen, está revolucionando el mundo, poniendo en crisis a los medios públicos de comunicación como son los periódicos, radios y televisoras, y permitiendo que las masas oprimidas por regímenes totalitarios, como obviamente se considera al cubano, accedan a la verdad que se les oculta mediante informaciones parciales, distorsionadas y tendenciosas. A mi juicio, esa es una de las grandes falacias inventadas por quienes no comprenden algo elemental y es que nada que incide en sus vidas se le puede ocultar a quienes conocen la realidad objetiva que les proporciona su modo de existencia en donde tiene lugar. Uno de los grandes mitos al respecto es el de que el pueblo alemán bajo el nazismo no sabía lo que le estaban haciendo a los judíos en su propio país, cuando no se puede ocultar que una de las piedras fundamentales de la ideología nazi que fue abrazada por la inmensa mayoría del pueblo alemán era el antisemitismo, por lo cual nunca reaccionaron ante la sistemática desaparición física de los judíos alemanes.

No fueron lo que se llama hoy en día las redes sociales las que precipitaron el derrumbe del socialismo en la URSS y en las denominadas Democracias Populares europeas toda vez que se produjo años antes de que aparecieran. Fueron sus errores de diseño y de implementación. Y en donde esos regímenes, catalogados de irracionales y contra natura, continúan existiendo es por que funcionan, con sus éxitos y fracasos como toda experiencia humana, particularmente si es innovadora.

Favor de no confundir una simple necesidad innata de comunicación de los hombres, con el artilugio que pondrá fin a al socialismo en donde sigue gozando de buena salud.

La Habana, junio del 2017

Tantas raíces tiene el árbol de la rabia (¿y qué hacemos?)


María Eugenia Dominguez

 *

Doctora en Comunicación, Académica ICEI, Universidad de Chile y Universidad de Valparaíso

En estos días la discusión pareciera establecerse en los límites de las redes sociales de los y las jóvenes militantes o ex militantes. En términos de contenidos, el testimonio, el comentario, la individualización de los agresores y sobre todo el imperativo a las pares para abandonar la militancia bajo el argumento del feminismo y combatir al machismo.

Foto: Agencia Uno

Pero yo que estoy limitada por mi espejo
además de por mi cama
veo causas en el color
además de en el sexo
y me siento aquí preguntándome

cuál de mis yo sobrevivirá
a todas estas liberaciones.

                                                          Audre Lorde[i]

Partir esta reflexión con un trozo del poema de Audre Lorde  (feminista, negra, lesbiana y militante) tiene – para mí- sentido en su vigencia y en los debates que se reabren hoy en torno a la brutalidad de la opresión patriarcal.

La “hermana marginada” y la “fugitiva” aparecen – especialmente en las redes sociales- interpelando el machismo en sus expresiones más directas en, y sobre todo, los colectivos políticos. En ese sentido se acusa, desde el desgarro, a la organización.

La pregunta que me hago, y que nos hacemos muchos, es si esta indignación que aún particular es transversal, podrá encontrarse y tejerse con otras. Me refiero a la indignación más allá de la denuncia y que puede ser traducida en estrategia y acción política frente a la homofobia, el racismo, pero también el capitalismo como el terreno más fértil para la perpetuación de todas estas formas de dominación y deshumanización.

Y es que en estos días la discusión pareciera establecerse en los límites de las redes sociales de los y las jóvenes militantes o ex militantes. En términos de contenidos, el testimonio, el comentario, la individualización de los agresores y sobre todo el imperativo a las pares para abandonar la militancia bajo el argumento del feminismo y combatir al machismo.

El problema es que allí se cierra toda oportunidad de conversación y debate, mientras la organización, el instrumento de liberación deviene la “casa del amo “y sus miembros, todo sexo confundido, cómplices; quienes acusan, reducidas al plano moral, en la apelación estetizante al tribunal público devienen sólo víctimas. Un escenario y una línea de fuga que termina eludiendo, apartando y desvinculando nuestras reivindicaciones del conjunto de las luchas sociales y revolucionarias. Audre escribió que las “herramientas del amo no destruyen la casa del amo”. En otros términos, la denuncia, por sí misma y por sí sola, sólo permite la sanción individual y en la estrategia – limitada al comentario- de las redes sociales, se termina ejerciendo un poder sobre otro. Es decir, un pronto límite para la transformación. Se reproducen así, en el mismo agente colectivo que busca transformar, las prácticas que se busca desterrar.

Reducida a los límites del universo virtual, concebida sólo como baluarte de unas y no de todxs, la lucha feminista, pierde sentido de existir.

Si los y las militantes de las organizaciones políticas –hayan sido interpeladas o no- asumen el camino de la reflexión y la autocrítica, por dura que sea, habrán ganado un trecho que las generaciones precedentes no pudimos avanzar. Si la organización revolucionaria no asume la reflexión, la autocrítica y la acción educadora, pierde – a la larga- sentido.

Es preciso hoy educarse para la emancipación, asumiendo que el sexismo, el racismo, la homofobia, el clasismo son parte de nuestra herencia individual y colectiva y se hacen presentes en nuestros discursos y en nuestras relaciones cotidianas. Necesitamos las luchas por un mejor ser, por relaciones políticas y también sexuales que sean ante todo humanas y respetuosas, es decir transformadoras.

Necesitamos que las luchas críticas y revolucionarias se enraícen en los territorios individuales y colectivos en donde se produce la explotación, la dominación, la discriminación, pero también necesitamos que esas luchas se encuentren, dialoguen entre sí, se retroalimenten y se desarrollen en el marco de una acción global y políticamente certera que se encarne en sujetos individuales y colectivos que serán resultado de ese aprendizaje de lucha social y personal. Para emanciparnos y no sólo sobrevivir a cada liberación por sí sola-

[i] Audre Lorde  fue una escritora afroamericana, feminista, lesbiana y militante por los derechos civiles. Su obra trató en gran medida los derechos civiles, el feminismo y la exploración de la identidad femenina negra. Fue, junto con Angela Davis y Bell Hooks, una de las voces fundamentales del feminismo afroamericano, precursora, desde los márgenes de la academia, desde la legitimidad que le da su propia historia, de la llamada crítica decolonial. Su obra más conocida es La hermana, la extranjera, un libro de ensayo que contiene varios de sus textos más influyentes de las luchas contra el racismo, el machismo y la opresión heteronormativa como son “No hay jerarquías en la opresión” y “Las herramientas del amo no destruirán la casa del amo”.

Post 500 - La hermana, la extranjera

*La profesora Domínguez enfatiza quela Universidad no puede reproducir en su interior la desigualdad que critica en la sociedad chilena. Desigualdad tanto en lo económico como en la valoración de sus saberes, de la diversidad de sus integrantes en razón de su género, origen étnico o sus capacidades diferentes”.http://www.icei.uchile.cl/noticias/112222/la-universidad-no-puede-reproducir-la-desigualdad-que-critica

 

Redes sociales en Internet. Un nuevo espacio antropológico


Las conocidas como redes sociales son asumidas, utilizadas y bendecidas por amplios sectores sociales a nivel planetario. Los gestores de este tipo de empresas se han integrado en el gremio de las personas más ricas del mundo. Han superado con creces las máximas capitalistas, obteniendo los más elevados beneficios en un plazo breve y con un coste mínimo en mano de obra. La rentabilidad de estos negocios supera con creces la de las grandes corporaciones del sector industrial. Las nuevas tecnologías de la información son bien vistas por las sociedades sin que nadie se pare a pensar la función que cumplen, el origen de su existencia, el auge que han tenido o el impacto que tienen sobre el desarrollo intelectual y emocional de las personas.
Por lo tanto, el papel de las redes, como una parte significativa de estas nuevas tecnologías, requiere un análisis en profundidad, aunque aquí, por las limitaciones de espacio, nos limitemos al estudio somero de este asunto. No nos adentraremos en el papel que juegan en la juventud, en las adicciones o en el mal uso (y el abuso) que de ellas se hace, porque esto conllevaría un extenso tratado. Tampoco haremos referencia a los artilugios físicos en los que “ruedan” las redes, ni a las emisiones que pueden afectar a la salud. En consecuencia, esto es sólo una señal de alarma, invitando a los lectores a la reflexión y a la toma en consideración.Las técnicas digitales y la integración progresiva de componentes electrónicos han dado lugar a la aparición de circuitos con una elevada capacidad de almacenar datos y de gestionarlos a una gran velocidad. En paralelo se han ido desarrollando lenguajes de programación que, en conjunción con esos potentes componentes, han originado complejas aplicaciones, entre las que se encuentran las redes sociales.

Su facilidad de manejo y la aparente gratuidad han permitido que se extienda como la pólvora a lo largo y ancho del planeta. A la misma velocidad los rectores del sistema se han ido dando cuenta de la eficacia de esas potentes armas de manipulación y control.

Las redes sociales se han convertido en las bases de datos más potentes del mundo que hayan existido a lo largo de toda la historia. Cuántos de los cientos de millones de usuarios se han preguntado alguna vez: ¿de dónde obtienen los millonarios beneficios los gestores de las redes?, ¿por qué es gratis su adscripción y uso?, ¿saben los usuarios que son ellos mismos el producto que venden las redes? Los datos proceden de los que el propio usuario aporta cuando se suscribe, cuando amplía su perfil, cada vez que la red te invita a hacerlo, y de los “amigos” con los que compartes tu amistad, de tus seguidores y de aquellos a los que tú sigues. Las redes venden tus datos a empresas, agencias de viajes, comercios, a otras redes, etc. Por otra parte, cada vez que te conectas, la red te ofrece aquello por lo alguna vez te has interesado, o lo que creen que se ajusta a tu perfil.

En otro sentido, las redes se han integrado perfectamente en la arquitectura social del actual sistema, ya que cumple a la perfección con esa función de enajenación. Las redes compiten con los medios de comunicación en algunos casos, aunque, en el fondo, son fieles aliadas para embelesar y distraer de la imperfecta convivencia social. Los que se escapan por unos son “rescatados” por los otros.

Es tal vez en el terreno intelectual y emocional en el que inciden más negativamente el mal uso de las redes. Las redes responden a la inmediatez para contactar con otros u otras aunque eso sea sencillamente para preguntar: ¿dónde estás?, ¿qué haces? Por lo general, los comentarios, las notificaciones o similares suelen ser insustanciales, mal expresados o, incluso, con faltas ortográficas. Por esto, ese incorrecto uso de las redes se enfrenta a la reflexión y a la capacidad de pensar, en suma, a la razón. Por otro lado, la ausencia de respuesta del destinatario o el propio mensaje recibido se pueden convertir en frustración, angustia, inseguridad, estrés, a veces, agresividad y otras tantas “lindezas” que van deteriorando la personalidad y conformando una forma de ser vulnerable a la mentira y a la manipulación. Además, potencia la cobardía y el oscurantismo al permitir que se puedan crear perfiles anónimos tras los que se esconden el insulto, la descalificación, incluso, la amenaza.

El objetivo del inscrito es conseguir el máximo de contactos, de amigos o de seguidores, aunque con la mayoría de ellos jamás se comuniquen. La red conocida como Twitter guarda algunas peculiaridades. Por un lado, limitan el texto a 140 caracteres, lo que obliga a que el comentario sea frugal y confuso, al punto de que a veces resulta incomprensible. Por otro, se ha convertido en la medida de la fama y la popularidad de políticos y gentes de la farándula, convirtiéndose en la principal plataforma para trasmitir algún dato, aunque por su brevedad y presencia en pantalla pierde valor comunicativo.

Por una parte, la multitud de mensajes y comentarios, como digo, son rápidamente sustituidos por otros, lo que les hace fungibles. Pero, por otra, los datos que se graban quedan allí toda una “eternidad”. Alguien de la realeza, por ejemplo, ha pedido que sus datos, referidos al proceso por el que ha sido condenada, desaparezcan de las redes, pero ha desistido porque resulta del todo imposible.

Este es el panorama con el que nos encontramos.

Unas prácticas socialmente asentadas y con una enorme implantación en jóvenes, cada vez a más temprana edad. Como en tantas ocasiones, la avaricia de algunos, recurriendo a todo tipo de artimañas e instrumentos de manipulación y engaño, nos arrastra hacia un futuro incierto. Puede ser que en ese futuro que desconocemos, unos sean extremadamente ricos y otros muchos demasiado pobres, pero ¿de qué les servirán sus riquezas y su poder a los primeros ante una sociedad dopada y deprimida?

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Las Redes sociales: terminología en torno al fenómeno

Hace tiempo destacaba la diferencia entre las “redes sociales” como concepto sociológico que se refiere a las estructuras de relaciones que nos definen y nos construyen como sujetos, y las “redes sociales” como el nuevo fenómeno de las plataformas de comunicación en red, tipo Facebook o Twitter.

En base a esta diferencia, acuñaba el acrónimo RSI para hablar de las Redes Sociales de Internet y diferenciarlas de las redes sociales normales. Investigando la terminología en inglés, descubrí que los anglosajones hablan de Social Networking Services, algo que en español se traduciría por Servicos para crear redes sociales, o más sencillamente: Servicios de Red Social (SRS). Éste concepto es mucho más descriptivo y técnicamente más correcto para referirse a estas plataformas digitales que, después de todo, son herramientas que sólo cobran vida cuando las llenamos de contenido.

Sin embargo, en la práctica lo más común es hablar tan sólo de “Redes sociales” para referirse a este nuevo fenómeno, identificando la plataforma digital con los vínculos y las relaciones que se establecen en ellas. A propósito de esto, argumentaba que este mecanismo funciona como una forma de legitimación o naturalización de la función relacional de estas plataformas… es decir, que nos acostumbrábamos a pensar que nuestras redes de relaciones sólo existen y se materializan a través de estas herramientas digitales.

Esto, unido a la omnipresencia mediática del término “redes sociales” me hacia pensar en la necesidad de establecer una diferencia que definiera el lugar específico de este fenómeno: Internet. De ahí, el nombre Redes Sociales de Internet. Además, el recurso al acrónimo (necesario cuando hay que referirse a un concepto muchas veces en un mismo texto) de RSI remarca el carácter tecnológico y ‘sintético’ de este nuevo fenómeno.

A modo de esquema:

Las redes sociales son las estructuras básicas de relaciones por medio de las que se desarrolla nuestra subjetividad. (Para los que no son duchos en Ciencias Sociales: lo que somos como personas depende de con quién nos relacionamos, en primer lugar, nuestras relaciones familiares nos definen, también nuestros amigos, los vínculos laborales, los contacto esporádicos o habituales… en definitiva las personas con las que pasamos tiempo y con las que compartimos cosas son las que constituyen el marco de referencia para percibir la realidad social.)

Los Servicios de Red Social (SRS) son plataformas digitales que permiten reproducir esas estructuras de relaciones en un espacio digital que sigue un diseño determinado (esto es importante, porque es el modo en que el diseñador del SRS proyecta sus propios conceptos de lo que es una red social en el entorno virtual, obligando a los usuarios a adaptarse a ese modelo y jugar con esas normas).

Y las Redes Sociales de Internet (RSI) son el resultado de esta utilización de los SRS para reproducir las relaciones sociales y para establecer otras nuevas. Aquello que comentaba más arriba sobre que la plataforma digital sólo cobra vida a través del uso es lo que constituye el fenómeno de las RSI, que emerge como resultado de la hibridación entre un elemento social (redes sociales) y otro tecnológico (servicios de Internet)

Hoy en día ya no considero tan importante destacar esa característica “de Internet” para diferenciarla de las redes sociales en sentido básico, precisamente debido a que esta hibridación es un resultado del propio devenir de la social que avanza hacia una incorporación masiva de las herramientas y recursos tecnológicos en la práctica cotidiana.

No obstante, sí recomiendo tener en cuenta esta diferencia cuando se habla de este fenómeno desde un punto de vista más reflexivo y analítico, pues se hace necesario recordar (insisto) que las “redes sociales” representan la estructura básica de cualquier sociedad, y que las RSI son una forma hipermoderna de configuración de estas redes sociales.

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Nota 1: Escribir Redes sociales con mayúscula también es una buena forma de establecer una diferencia, en el sentido de que se entiende que se trata de un fenómeno concreto y no del concepto general de redes sociales.

Nota 2: Técnicamente Twitter es un sistema de Microblogging. En la práctica se puede considerar como también como una RSI, pues permite establecer relaciones en red. Otro matiz que apareció hace unos meses a raíz de una conferencia 2.0 (lo siento, no recuerdo al ponente que lo dijo…) es la definición de Twitter como una Red de Información, un concepto que me parece aún más apropiado a la realidad de lo que sucede en esta plataforma: intercambios masivos de información dinámica y multidireccional.

Desarmando las Redes Sociales

Por Javier de Rivera

RE_small¿Qué son realmente las redes sociales? Para responder a esta pregunta Robert Gehl realiza lo que él llama una “ingeniería inversa del social media”. Al igual que si desarmáramos una máquina para ver cómo está hecha, Gehl recorre el camino inverso de producción y construcción de las nuevas plataformas socio-tecnológicas de moda. [Leer reseña completa en Teknokultura]

El título completo de su último libro nos da una mayor idea de los elementos que esto incluye: Reverse Engineering Social Media: Software, Culture and the New Media Capitalism. En primer lugar, tenemos el software, ya que después de todo las redes sociales son básicamente programas, o para ser más exactos, estructuras informacionales que utilizamos para relacionarnos socialmente. Tienen por lo tanto un componente más allá de lo técnico que incluye a las relaciones sociales, y a “la cultura”, el conjunto de normas, valores e ideas compartidas que hace que nos podamos entender unos a otros. Por último, nos da una buena pista de su enfoque de investigación: las redes sociales aparecen y tienen sentido en un entramado político-económico del capitalismo de los nuevos media.

Lo más interesante del libro es el modo en que articula la metodología marxista de análisis de las relaciones de producción para explicar el funcionamiento de las redes sociales. Desde este enfoque, los usuarios de redes sociales estamos trabajando para enriquecer la estructura tecnológica e informacional de las redes sociales. Éstas dejan de ser “solo un programa” cuando acudimos a ellas, y las llenamos de información sobre nuestros gustos, nuestras relaciones, nuestro último viaje, etc. Se convierten en algo más, las “enriquecemos”. Nuestro trabajo cognitivo-emocional en ellas genera una plusvalía (de información) que se queda almacenada a disposición de los gestores del sistema.

En este esquema, el capital económico -entendido comúnmente como la acumulación de dinero- se traduce por una acumulación de información que alimenta un gran “archivo” informático, que otorga a quien lo controla más poder del que podría dar el dinero. Primero, esta información permite a quien la tenga conocer mejor el mundo social. Segundo, y más importante: desde el momento en que millones de personas estamos enganchadas a intercambiar información online, esta actividad se convierte en algo central en nuestras vidas, y quien controla sus dinámicas puede controlar nuestra percepción y nuestros deseos.

Para entender mejor esta casi equivalencia entre dinero e información, tenemos que recurrir al concepto (marxista) de “abstracción real”: cuando todos tomamos por cierta una idea abstracta, ésta resulta real en sus consecuencia. El dinero es un buen ejemplo, ni abriga, ni sirve de alimento, pero se puede pagar con él siempre que todos sigamos aceptando que tiene valor. Por ello, el dinero regula nuestras relaciones de forma impersonal y abstracta, pero que en la práctica resulta muy eficaz y muy real.

Como decía Marx en Los Grundise: “[Hoy] los individuos están gobernados por la abstracción, cuando antes [en la antigüedad] dependían directamente unos de otros”. En la economía capitalista, es el dinero -la abstracción del valor- lo que gobierna y condiciona las relaciones entre las personas. En esta nueva etapa de capitalismo tecnológico, además del dinero, el software de las redes sociales, con toda su información y sus sistemas de regulación, representa otro tipo de “abstracción real” (más poderosa, si cabe, que el dinero) que media en nuestras relaciones, y de forma sutil condiciona lo que vemos y lo que podemos decir.

Reseña completa: Gehl, R. (2014). Reverse Engineering Social Media: Software, Culture and Political Economy en New Media Capitalism.

Identidad, representación y esencias en las comunicación on-off line

“Tramas Digitales”. Acciones violentas en las redes sociales.


Universidad Nacional de Rosario – Facultad de Psicología

28 de Noviembre de 2016


 


Insultar, burlarse, discriminar mediante Whatsapp, Twitter o Facebook son las acciones de violencia en la red más comunes entre estudiantes. Una investigación pretende conocer en profundidad la problemática para concientizar. Entre los objetivos del trabajo se cuenta la idea de cubrir la ausencia de trabajo institucional de orden preventivo que reúna a docentes y directivos en un mismo espacio para trabajar la temática y definir líneas de acción y formación en conjunto.

Hostigamiento, maltrato, filmación y difusión de videos que vulneran los derechos de otras personas mediante el uso de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, forman parte de una serie de acciones violentas existentes en las redes sociales, según define la doctora en Psicología de la Universidad Nacional de Rosario, Valentina Maltaneres, coordinadora del programa “Tramas Digitales”, del ministerio de Educación de Santa Fe.

Con el objetivo de conocer las percepciones, evaluaciones morales y juicios que realizan los estudiantes de escuelas primarias y secundarias respecto de estas acciones, la investigadora desarrolla el proyecto “Significados de la violencia en la red entre estudiantes de escuelas santafesinas”.

En una primera etapa, indagó la perspectiva de los educadores, a través de una encuesta a 687 docentes pertenecientes a escuelas de la provincia, distribuidas en los cinco nodos: Rosario, Rafaela, Reconquista, Santa Fe y Venado Tuerto. Los resultados dieron cuenta de que una cuarta parte de estos profesores manifestó conocer episodios de violencia que ocurren en escenarios virtuales entre sus alumnos. Los hechos más referidos fueron intercambios de mensajes o contenidos orientados a insultar, hostigar, maltratar, burlar, discriminar tanto a docentes como a compañeros o alumnos de otras escuelas mediante Whatsapp, Twitter o Facebook.

En segundo lugar, apareció específicamente la difusión de fotos (de compañeros, de no compañeros o de docentes) sin pedirles permiso, ya sea sacándolas de sus Facebooks personales o bien tomándolas directamente en la escuela o en otros espacios, y luego interviniéndolas.

En tercer lugar, se ubicó la filmación de peleas y su divulgación en las redes. Vinculado a esto, “los docentes refieren tener conocimiento acerca de que los alumnos usan las redes sociales para organizar peleas con otros”, explicó a Argentina Investiga la doctora. Finalmente, en menor grado, se mencionaron acciones deshonestas tales como robos de celulares o su uso para copiarse en exámenes.

En cuanto a la reacción de los docentes frente a estos episodios, la encuesta arrojó que el 54% expresó haber intervenido con algún tipo de acción. Dentro del abanico de estrategias, la que más mencionaron fue la de “toma de conciencia” a través de la conversación sobre el tema con los alumnos para lograr acuerdos. También hicieron referencia a las reuniones con padres y la implementación de charlas sobre convivencia, diversidad, seguridad y privacidad.

Un 11% de los profesores consultados dio intervención a tutorías u otros programas que lleva adelante el ministerio de Educación, tales como el de Educación Sexual Integral o las Ruedas de Convivencia.

“Sancionar, amonestar o prohibir y llamar la atención individualmente al alumno son estrategias poco utilizadas, así como también dar parte a las autoridades de la escuela, a preceptores y menos aún al equipo socioeducativo provincial por estos temas”, comentó Maltaneres. De manera aislada se mencionaron estrategias tales como hacer que borren los videos, obligar a pedir disculpas al “agresor” por Facebook, reparar de alguna manera el daño ocasionado, transmitirles valores, calmar y consolar a la persona agredida.

“El hallazgo más significativo en esta etapa de investigación fue advertir que de los educadores que admitieron conocer episodios de violencia en las redes de sus alumnos, más de la mitad dijo haber realizado alguna acción al respecto. Vale decir, que no les resultó indiferente”, evaluó la especialista. “Lo más destacado, quizás, sea la ausencia de trabajo institucional de orden preventivo que reúna a docentes y directivos en un mismo espacio para trabajar la temática y definir líneas de acción y formación en conjunto”, reflexionó.

En conclusión, sostuvo que los primeros resultados de investigación no sólo dan prueba de la existencia de la problemática en el contexto de la escuela secundaria santafesina, sino que permiten una primera caracterización de ésta gracias a las descripciones docentes. Los datos obtenidos fueron de suma utilidad para la elaboración de las preguntas y consignas que se realizarán en el transcurso de este año a los alumnos, en lo que constituye la segunda etapa de la investigación.

Tales entrevistas fueron diseñadas bajo la metodología de escenarios también llamados “viñetas”, que son descripciones cortas de una persona o situación social concreta, elaboradas sistemáticamente. Según la psicóloga, constituyen un recurso muy apropiado para identificar de manera más confiable la opinión de los sujetos sobre temas controvertidos o delicados, que las simples preguntas abstractas típicas de los cuestionarios de opinión. Son historias o narraciones hipotéticas alrededor de un personaje central, el cual se encuentra ante una encrucijada dilemática o de conflicto ético-moral. El grupo entrevistado es el que debe resolver el problema propuesto y brindar los argumentos que sostengan dicha solución. Las historias tienen formato multimedial y las entrevistas serán sometidas a procesos de desgravación y análisis de contenido.

“Dada la naturaleza y las características del problema de investigación, el presente estudio no aspira a alcanzar representatividad estadística, ni generalizar los hallazgos, sino que se propone generar un conocimiento significativo y en profundidad que aporte a la comprensión específica de la violencia mediada por las nuevas tecnologías de la información y la comunicación”, sostiene Maltaneres. Y más aún, “pretende ir delineando una nueva agenda de trabajo con los educadores, orientada a repensar el oficio en relación a la formación de ciberciudadanos”, puntualizó.

Victoria Arrabal
vicarrabal@hotmail.com
Secretaría de Comunicación y medios Dirección de Prensa

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