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“Relato en el frente chileno”. Ilario Da (Seud) 1977 Editorial Blume Barcelona


Relato en el frente chileno

http://www.blest.eu/cultura/index.htmlRelato en el frente chileno

Ilario Da [Seud.]
Literatura Chilena en el Exilio. N 9 enero 1979

relato Frente Indice

«A este chiquillo le hace falta una buena paliza», profirió su madre al no encontrar forma de aplacar el llanto que retumbaba en las paredes del pequeño comedor sin dejar dar libre curso a la cena improvisada por los compañeros de Villa la Margarita para discutir la reanudación de las tareas, teniendo en cuenta que la caída del Taco no había traído repercusiones. Sonia, que ya estaba bastante repuesta del reciente tormento, cooperó en cocinar y poner la mesa para los seis, luego arrulló el niño en sus brazos estrechándolo contra su pecho que abrió para entregarle toda la ternura que en él podía caber. A los pocos minutos el crío envuelto en sus miembros era un feliz soñador.

La comida era muy sencilla: un potaje de garbanzos y una tortilla de papas enorme, con vino, pan y manzanas.

Asistirían a la reunión, además de la pareja y Sonia, los dos compañeros de Villa la Margarita que pertenecían al grupo, y Hugo como sustituto del Taco. Mientras esperaban a este último, tranquilos y como siempre en un ambiente cálido, amistoso y familiar, discutieron sobre la corta pero larga tregua y el ánimo de cada uno por retomar sus funciones. Este vínculo de unión familiar y de compañeros, este respeto mutuo que se consolidaba con los golpes y el endurecimiento de la lucha, englobaba desde la confabulación para engatusar a un dueño de casa hasta el apoyo económico entre ellos. Esa noche también hablaron del Frente Polisario y el movimiento palestino, admiraron al Uali Mustafa Sayed, momento en que uno de los compañeros monopolizó la palabra en nombre del conocimiento de causa, hasta la interrupción del timbre y la posterior aparición de Hugo, que restregándose las manos, adujo irónicamente: «Así que habían empezado a comer…». Pese a que todos rieron, la dueña de la casa se sintió un poco molesta y corrió a servirle un plato de sopa y un vaso de vino; su hijo lo reprendió con un llanto furioso y su marido lo golpeó con sarcasmo: «Es que el compañero viene directamente de las trincheras». Hugo respondió conservando la ironía: «Efectivamente, compañero, cada calle, cada centro de trabajo, cada lugar de estudio, cada casa, cada reunión, es una trinchera; por lo tanto vengo de las trincheras». «Yo le sumaría los centros de diversión y las camas», muy serio el mismo compañero que había conferenciado sobre el Uali. Con la recogida de los platos, labor que realizaron tres personas, Hugo propuso poner término al «hueveo» y dar comienzo a la reunión. Esperó que llegaran Sonia, la otra compañera y el joven tímido que traía la tortilla, para informar un poco sobre los últimos acontecimientos nacionales e internacionales y sugerir la posposición de la discusión política para la próxima reunión, ya que dejaría tres documentos cuya lectura ayudaría a la comprensión de la coyuntura que se atravesaba; entre ellos uno sobre la situación internacional elaborado por el aparato del partido en el extranjero. A continuación organizó la reanudación del trabajo según las necesidades del partido y presentó un programa de formación política que discutieron, aceptándolo con exclusión de un libro que todos objetaron por ser imposible de conseguir: se trataba de «Marxismo y Revolución», el libro que había sacado el MIR, muy poco antes del golpe, con ensayos de diversos autores. Se dividieron las tareas según el tiempo y los enlaces de cada uno y examinaron algunos problemas locales.

A las nueve de la noche, acabada la reunión, se marchó Sonia pues tenía cita en casa de una compañera de la facultad para estudiar y preparar juntas los exámenes que se venían encima. Además de ellas dos, vendrían otra muchacha y Patricio, todos buenos alumnos pero no amigos ni compañeros de Sonia. La relación era solamente de estudio; e indispensable para ella puesto que no poseía los libros requeridos por los catedráticos. Se despidió del crío, de sus camaradas y se fue triste porque hubiese preferido permanecer en aquella mesa conversando cosas de interés, y estaba sola desde la caída de Pablo. Caminó apurada recordándolo y acariciando la quimérica posibilidad de que algún día un desconocido mensajero le traería la prodigiosa noticia que estaba vivo, que su amor estaba en una cárcel; y ella correría a hacer fila entre los familiares de los otros presos; y le llevaría su alegría, sus besos, sus lágrimas; y él, desde un rincón del patio, al verla, correría a abrazarla, a apretarla y a preguntarle sobre todos y sobre todo. Derramó una lágrima.

El barrio donde vivía la señorita Paquita era muy lindo; con muchos parques y plazas, árboles y avenidas, casas grandes y muy grandes; con un supermercado muy limpio y bien atendido donde muchas sirvientas con delantal compran, a diferencia del almacén frente a la casa modesta de los padres de Sonia, el almacén de la calle Pitón donde las señoras no compran sino que se lamentan porque no pueden hacerlo. También había autos brillantes y silenciosos, como en la Universidad, como en las películas; y no había policías vigilando y había jóvenes con motos grandes y ruidosas; luces de mercurio en las avenidas y faroles en las calles; estrellas en el cielo y la luna; balcones con parejas; ventanas con orgías detrás; chóferes limpiando el auto y césped bien regado; pero no había niños jugando en la calle, ni ventanas abiertas ni grupos charlando, ni hombres tomando ni viejos sentados en la puerta, ni grifo en la esquina. Cada familia, encerrada en su cubil, acumulando falsedad. Sonia no veía comunicación, sólo veía autorrepresión, sólo veía apariencias y prejuicios. Miraba con odio, con asco, con pena y pensaba: ganaron, son vencedores todavía; y quería aún más al Taco; y recordaba estadísticas que había leído, cifras de desnutrición, falta de viviendas, analfabetismo. En especial recordó aquella que denunciaba los 600.000 niños chilenos en una población de 10 millones de habitantes, que tenían deficiencias cerebrales debido a la falta de proteínas en los ocho primeros meses de alimentación, y que subrayaba que aun estando bien alimentados posteriormente, si bien podían recuperarse físicamente serían deficientes mentales para el resto de la vida. Luego siguió caminando de prisa y observando las casas con jardines y jardineros que trabajaban hasta de noche y perros con collares que custodiaban sin cesar, tan distintos a los escuálidos caninos que merodean alrededor de la basura en la calle Pitón.

El padre de Paquita era doctor; era un distinguido caballero que se había enriquecido honestamente con su profesión, sin robos ni fraudes, y que en tiempos de la Unidad Popular había participado gallardamente en el paro de médicos para sabotear el «gobierno marxista». Su ética profesional consistía en atender sus pacientes en pleno lujo y con gran simpatía en un consultorio privado muy caro, con secretaria linda y un poquito prostituta. Además de trabajar en dicho comercio, cumplía muy rigurosa y responsablemente un horario como cirujano en el Hospital Militar de Concepción, donde recibía ciertas pagas extras por silenciar algunas cosas que la gente no quiere saber. Su casa era muy hermosa, blanca, impecable y estaba ubicada en el barrio lindo. A su perro lo bañaban una vez por semana y su esposa tenía la fastidiosa faena de gobernar las dos empleadas de la mansión y disponer día a día el menú del almuerzo y la cena, la distribución de los puestos en la mesa en caso de visita y la elección del vestido todas las mañanas. Cada cierto tiempo, que variaba entre cuarenta y ocho y setenta y dos horas, asistía a la peluquería del barrio para cambiar de peinado y arreglarse las otras partes de un cuerpo algo demacrado, leer las revistas de modas y hablar obscenidades e insultos para el arte de pensar con algunas vecinas.

Paquita abrió la puerta y saludó a Sonia con un beso en la mejilla, luego le pidió disculpas porque no la tomaría del brazo al conducirla a la salita donde estudiarían, pero estaba esperando que se secase el esmalte de las uñas. Esto no impidió que se detuviesen tres veces en el trayecto entre la entrada y la salita, pues Paquita quería decir muchas cosas antes de llegar donde los otros dos. Le contó que Patricio vestía un pantalón de pana amarilla, último grito en Londres (se lo había traído su papá en el último viaje) y que estaba tan guapo como siempre con sus bigotes rubios. Sobre Pilar sólo dijo que estaba desagradable, y sobre ella resumió mil anécdotas.

En la salita, adornada con gusto hippie sin dejar de ser muy elegante. Patricio estaba echado en un sillón de terciopelo y Pilar tendida sobre la alfombra leyendo una revista música!. Sonia entró tímida y atemorizada, como una campesina, y saludó con un beso en la mejilla. Se sentaron y Paquita le pidió a Patricio que repitiera 1as historias de la última fiesta del sábado para Sonia, pero Pilar intervino: «Ya estoy harta de escuchar sus cuentos de marihuana».

-Puta que andái’ pesada, (1) cabrita. (2)

-¿Empezamos a estudiar entonces? -pidió Sonia con humildad.

-Claro, mejor empecemos a estudiar -Paquita.

-Sí, pues, si a eso vinimos -Pilar.

-Estoy de acuerdo en que empecemos -Patricio.

-Nadie pidió tu autorización -Pilar.

Las rencillas entre Pilar y Patricio menoscababan el estudio; sin embargo avanzaron bastante hasta la hora en que una empleada les vino a comunicar que la cena estaba servida. Sonia se sorprendió y alegó que ya había comido pero la convencieron para que los acompañara con las ensaladas. Paquita hizo las presentaciones correspondientes; acto seguido el padre introdujo a su invitado, el señor Browning, y la señora dispuso los asientos alrededor de la mesa redonda decorada con servilletas floreadas. Sonia tenía ganas de salir corriendo: «Perdóname, Pablo», pensaba para su interior.

El primer plato (una ensalada muy graciosamente arreglada, compuesta por dos tomates rellenos con huevo, carne, mariscos y verduras y rodeados por hojas de lechuga y trozos de aguacate) ya estaba en la mesa y la señora rogó que empezasen. Esto lo acompañaba un «Concha y Toro», reserva del 55, cosa que les hizo a todos pensar que el señor Browning era un personaje importante para el doctor Echevarría. Probaron el primer bocado, brindaron por la estadía del invitado en Concepción y el padre de Paquita inició la conversación preguntando paternalmente por los estudios. Luego de escuchar la respuesta de su hija, exclamó: «¡Ay, las matemáticas!», y todos rieron. A continuación, el señor Browning, aún más simpático y con espíritu más jovial, narró una historia con acento extranjero sobre su juventud y las matemáticas. Esta vez todos rieron a carcajadas. La señora ofreció pan y el señor Browning aprovechó la oportunidad para elogiar los tomates rellenos y el vino chileno. De fondo se escuchaban unas cuecas interpretadas por los Huasos Quincheros; seguramente el doctor Echevarría los había colocado bajo la insistencia del señor Browning que desearía oír algo «nativo». Y Sonia se regocijó recordando que en la gira por Alemania los habían apedreado por representar la Junta. En ese momento, muy inoportunamente, Patricio se interesó por el señor Browning y le preguntó si su apellido tenía alguna relación con las pistolas de esa marca. El interpelado sonrió, al igual que el doctor Echevarría, que acotó en voz alta:

«Estos muchachos…». Pero Browning se empecinaba en ser simpático y le respondió con una pregunta:

«¿Tú conoces las pistolas de esa marca»? Y Patricio, después de mirar a Paquita, le dijo que había pertenecido a «Patria y Libertad» (3) en tiempos de la Unidad Popular. Todos rieron y la señora explicó: «Es un pequeño héroe que tenemos aquí». A Sonia le entraron náuseas, le dolía la cabeza, no hablaba ni miraba más que su plato. Vio a Hugo y al grupo de Villa la Margarita que estaban tomando café.

Después de algunas preguntas del señor Browning y las respuestas del «general» Patricio, que miraba a los demás desde su pedestal, el doctor Echevarría consideró apropiado desviar un poco la atención de su invitado y empezó a comentar, auxiliado por su esposa, lo dura que había sido la pelea en esos tiempos y cómo todo el mundo participaba en lo que podía. «Éramos un pueblo angustiado que anhelaba libertad y comida.» Y la señora completó: «Éramos miles dispuestos a todo». Por supuesto el doctor Echevarría detalló el paro de profesionales. Sin embargo, la intervención del señor Browning fue inesperada pues preguntó por los argumentos de que se valían los médicos que siguieron trabajando. «Decían que tenían ética profesional.» Y rieron. Pilar contó anécdotas de la lucha callejera y las tomas de liceos. Patricio sólo esperaba que le preguntasen para intervenir sobre el tema, pero Paquita no pudo aguantarse y habló en nombre de los apolíticos que habían hecho lo posible por derrocar el gobierno de Allende que politizaba todo y no dejaba hacer nada tranquilo. Sonia tenía miedo que se dirigiesen a ella, estaba temblando, se sentía rodeada por oficiales del ejército enemigo y no se atrevía a decir nada. Cada vez los concurrentes se acaloraban más y arengaban con más odio a los upelientos y los extremistas; les deseaban lo peor, a veces morbosamente. Vomitaban palabras, insultos, mentían, inventaban, especulaban, amenazaban. «Perros», pensaba Sonia. Y le preguntaban a Patricio: al héroe que describía cabezas rotas, autobuses volcados… Pero el señor Browning estaba muy bien informado y le preguntó de pronto:

«¿Estuvieron miedosos cuando mineros de Lota vinieron abajo con dinamita?».

Vaciaron el primer plato y hubo que traer otra botella de vino: «Undurraga», reserva del 62. El doctor Echevarría lo fue a buscar mientras su mujer desvariaba sobre la tranquilidad actual y la abundancia de productos en las tiendas y supermercados. Pero el señor Browning la empantanó recordándole que esa calma paradisíaca había sido quebrada una semana atrás por una noticia que ocupó la primera plana de los diarios y que hacía relación a un enfrentamiento entre miristas y el ejército, con resultado de un cabo muerto. La señora, un poco ofendida, le contestó para salir del aprieto:

-Son unos pocos locos que quedan sueltos y que van cayendo como moscas. Ya ve, murió Miguel Enríquez, Luis Corvalán está preso y Altamirano está escondido en Moscú. (4)

-A propósito -el doctor Echevarría, que había destapado la botella-, me tocó atender a dos heridos de ese baleo en el hospital militar-. Sonia se asustó.

-Uno era un militar de civil y el otro un extremista.

-¿Y cómo era el extremista? -preguntó Patricio y Sonia casi se lo agradece.

-Era un poco gordo, con cara de indio de mierda y con bigotes imitando a su jefe -Sonia suspiró con egoísmo y los demás rieron.

Pero la señora cambió de tema y contó las vacaciones que recientemente habían pasado en las termas de Pullehue. Enalteció los millonarios que solían concurrir a ese lugar, la belleza de la naturaleza y lo bien que van las vacaciones cuando se tiene una vida tan agitada. Sonia pensó en su trabajo y maldijo a la mujer pese a estar contenta con la noticia de que Pablo no estaba herido. Browning dijo que no tenía nunca vacaciones y Patricio le preguntó cuál era su trabajo. Arrogante respondió: «Yo represento a United States Laboratory». Y la señora volvió a importunar con la calma y la seguridad con que se caminaba por la calle. Pero esta vez fue Patricio, siempre tan empingorotado, quien se quejó de que el toque de queda coartaba la vida nocturna. Pero el médico se obstinaba en obligarlos a interesarse en sus chismes del hospital. Esta vez habló de la depuración de haraganes que sólo hacían política y no trabajaban, de las listas de médicos, matronas y enfermeras terroristas que tuvieron que denunciar, de un cirujano que él, en persona, había tenido que delatar ante las autoridades porque no quería dejar su puesto vacante.

Una sirvienta vino a recoger los platos con trozos de tomate y hojas de lechuga a medio roer. A continuación trajo una bandeja con pavo asado, otra con papas doradas y una tercera con guisantes: una comida sin personalidad, sin historia, sin gracia; al contrario, de la que se consumía en casa de los padres de Sonia, donde se comía mal pero guisado con cariño y características del arte culinario chileno: cazuelas, porotos granados, curanto con chapalele, pastel de choclo, etc. Sonia no se sirvió pavo, los demás lo hicieron en cantidades exuberantes. Y se tocó le tema de los presos políticos, de los pocos presos políticos, y Patricio opinó que eran demasiado escasos. La señora dijo que muchos de ellos deberían estar muertos, y su marido articuló: «Marta, por favor». Pero Pilar sorprendió a todos al informar que a esas alturas ya no habían presos políticos y dio como prueba que su padre, abogado, estaba al tanto de esas cuestiones. Lo demás, dijo, es hacerle el juego a la campaña del comunismo internacional y los exiliados. No se volvió a mencionar el asunto para no manchar esa ingenuidad admirablemente detestable. El doctor Echevarría fue quien sacó el rebaño del embrollo:

-Entiendo que en su país no hay presos políticos.

-Eso es correcto -le contestó Browning.

-Es admirable cómo han logrado exterminar el marxismo sin necesidad de recurrir a… bueno, a… métodos… hm…

-¿Violentos? -le auxilió Browning.

-No es exactamente la palabra que buscaba.

-¿Incivilizados?

-Tampoco, pero bueno, me entiende la idea. A partir de ese episodio la señora recordó el mendigo que había venido en la tarde a ofrecerse para arreglar el jardín por un plato de comida y que ella, por supuesto, había despachado porque tenían jardinero. Sin embargo su marido murmuró:

-Deberías haberle dado algo a ese pobre hombre.

-Es que si uno les da una vez empiezan a venir todos los días. Se acostumbran y después toman confianza y se meten a dentro de la casa, y bueno, tú sabes, todos tienen algo de ladrones. En su país no pasa eso, ¿verdad?

-No. En mi país no hay gente pobre. Todos tienen su hogar, su alimento, su TV.

-Claro, es un país muy rico.

-Yo tengo un amigo en Ohio, y en las cartas me escribe maravillas de la vida por allá. Pero creo que hay muchos problemas de droga.

-Muchos y serios en gente joven.

-Ése es uno de los grandes problemas de nuestra época -comentó el médico sobándose la barriga… De postre, helado. Y con el cigarrillo, café. Después los jóvenes se retiraron a continuar el estudio despidiéndose del simpático, correcto e inteligente gringo. El médico se encerró con él en su despacho. La señora se puso a impartir instrucciones a las sirvientas. Patricio siguió alabando a los imperialistas y las dos niñas a escucharlo con la boca abierta. Sonia se fue argumentando que estaba muy cansada y que podría estudiar el resto sola. Los tres, apenas se hubo marchado, se lanzaron como buitres a descuerarla a sus espaldas, a leer revistas y escuchar música. Ella fue a encerrarse en su cuartucho de pensión barata, compungida por no haber tenido el valor de decirles algunas verdades. Recorrió los parques y plazas…, pero en el camino decidió ir a dormir donde sus padres: una pareja muy sencilla y bondadosa que no quiso creer que ya había cenado.


Notas:

1. pesada: antipática.

2. cabrita: niña.

3. Grupo fascista armado que actuó contra el gobierno, los partidos de izquierda y movimiento obrero en general, durante el periodo de la presidencia de Allende. Naturalmente, después del golpe de Estado, apoyó a la junta militar de Pinochet.

4. Miguel Enríquez era el máximo dirigente del MIR; Luis Corvalán, el secretario general del Partido Comunista de Chile y Carlos Altamirano el secretario general del Partido Socialista.

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La transmisión de la memoria familiar. Recomposiciones y apropiaciones de la memoria


Recomposiciones y apropiaciones de la memoria  

Estudio sociológico sobre un grupo de exiliados chilenos en Paris, entre octubre de 1998 y marzo de 2000

 

Fanny Jedlicki, doctorante en sociologia en la faculdad Paris VII – URMIS

(Unidad de Investigacion Sobre Las Migraciones y la Sociedad).

Con la indispensable ayuda para la traducción de Natalia Lavalle.

 

 

El 16 de octubre de 1998 quedará grabado en la memoria de todos los chilenos, especialmente en la de aquellos que aún viven en los países donde se refugiaron después del golpe militar de 1973. Se trata justamente de la recuperación de esta memoria en el “caso Pinochet” y de la movilización activa realizada por los ex-refugiados y sus hijos. Y son éstos últimos, los que con su presencia y compromiso asumen la lucha contra la impunidad de Pinochet, quedando en evidencia la relación con la memoria familiar del exilio.

El problema de la memoria es el tema central en esta investigación[3]. Esta es tratada como un proceso dinámico en constante reelaboración. A pesar de que la memoria del exilio chileno se haya forjado en un contexto dramático, impregnado de sufrimientos y que se encuentre polarizada entre el peso traumático del pasado y la necesidad del olvido, es una memoria que no está capturada al pasado[4]. Al contrario, la memoria es definitivamente un acto del presente, porque está inscrita en el tiempo y el espacio. Es lo que manifiesta San Agustín y reivindicado por Maurice Halbwachs: “recordar no es revivir, sino reconstruir un pasado a partir de los marcos sociales del presente”[5].

La transmisión de la memoria familiar, en un país que no es el de los padres, se inscribe claramente en un proceso de recomposición. Los hijos de los refugiados, socializados en Francia y pertenecientes a una generación socio-histórica diferente a la de sus padres, no reciben directamente los contenidos de la memoria paterna. Por el contrario, ellos realizan un “bricolage”[6].

De esta manera, concurrimos, durante el “caso Pinochet”, a un verdadero regreso de la memoria para los ex-refugiados chilenos y a una redefinición de ésta en el caso de sus hijos,  quienes al participar en una movilización activa, buscan apropiarse de su herencia familiar.

  • ·         La memoria en tensión

Los graves atropellos a los derechos humanos cometidos por el régimen militar chileno[7], tienden a ser ocultados en Chile, donde las leyes de impunidad y de silencio contribuyen a la “mala memoria” del país, según lo expresa el escritor chileno Marco Antonio de la Parra. La memoria colectiva es negada, especialmente la de las víctimas, lo que hace imposible la simbolización de la muerte y dificulta el trabajo de duelo. El dolor permanece omnipresente, una herida que el tiempo no puede cicatrizar, pues la memoria pareciere estar paralizada en un tiempo suspendido fuera de las leyes naturales, donde los ausentes están eterna y profundamente presentes[8].

Las víctimas, del sistema represivo, son  negadas, olvidadas e ilegítimas. Por tanto, los refugiados chilenos, en la mayoría de los casos, llevan sobre sus espaldas el peso de la culpabilidad, e incluso en un comienzo se sienten responsables de la derrota.

Esta culpabilidad se exacerba por su misma condición de sobrevivientes. Los que lograron sobrevivir a las torturas, a los campos de concentración, en relación con los millares de compañeros que murieron en estos lugares, se sienten culpables de estar vivos entre los muertos[9], culpables además de haber hablado bajo la tortura.

También se sienten culpables de permanecer aún en Francia, a pesar de haber jurado, a si mismos, volver lo más pronto posible a Chile para reconstruir la democracia que, hoy en día, se construye sin ellos. Este sentimiento, durante los viajes que realizan los exiliados chilenos al país, se ve sustentado por reacciones de rechazo de parte de sus propios compatriotas, quienes los tratan de traidores, cobardes o privilegiados. De haber disfrutado un “exilio dorado” en los desarrollados países europeos.

Para mitigar estos sentimientos los refugiados chilenos tan pronto llegan a Francia, se arrojan a un militantismo frenético contra la dictadura, prefiriendo, de esta forma, “dejar a un lado” las duras experiencias que acaban de padecer[10]. Así es como el silencio envuelve los sufrimientos de cada cual, rechazando los recuerdos dolorosos, reprimiendo los traumas, sin por eso olvidarlos.

De hecho, ¿cómo olvidar lo inolvidable? La memoria de la violencia se desliza por los resquicios de la vida diaria, lista a reaparecer a raíz de una broma, o de un encuentro con las autoridades policiales francesas, enfrentando esa moda que visten sus propios hijos, de uniformes color kaki y botas negras. Y el recuerdo no es sólo evocación de hechos anteriores, sino, a su vez, es también  un retorno físico a violentas emociones. La memoria se inscribe en el cuerpo mismo, cuerpo que ha sido martirizado, manifestándose por dolores violentos de cabeza, intestinales, trastornos de sueño y otros. Todo ello, expresiones somáticas que traen el recuerdo de los sufrimientos pasados. Sin embargo, si “hablar es imposible”, “callarse está prohibido”[11] y un verdadero “deber de memoria”, como dice Primo Levi,* se impone a los exiliados.

La memoria del exilio chileno se debate entre varias tensiones opuestas…está “adormecida” dicen hoy día, estos hombres y mujeres que se quedaron en Francia, tironeados entre su país de origen y el de asilo, la existencia que allí reconstruyeron, la pertenencia de sus hijos a esta sociedad de la que no quieren separarse. Existe al mismo tiempo, un Chile lejano que ellos aman y odian a la vez, y que sublimado por el exilio sufrido, se les impone como su único y verdadero lugar de pertenencia: Amalia, 50 años, exiliada en Cuba en el año1974 y retornada a Chile en 1986, habla del exilio como “una división interna que ha dejado su corazón y su alma en Chile“.

Cuando el “caso Pinochet” comienza, los refugiados chilenos de Francia[12] se encuentran en una fase particular de su trayectoria: el post-exilio. Después de 20 o 25 años que han  vividos en este país, ellos han experimentado una cierta aculturación, o sea han “bricolado” las diferentes piezas de las dos estructuras socio-culturales, cuyo recorrido ha permitido tender un puente entre las dos sociedades, reinyectando sentido y coherencia a las trayectorias quebradas por el golpe de Estado en 1973. Por una parte, sus elecciones profesionales y políticas lo reflejan. Por otra, sus viajes a Chile les permiten reanudar los lazos familiares, así como también poder medir la amplitud de los cambios negativos observados en el país, y valorar, entonces,  las garantías cívicas y sociales del  Estado francés. Sin embargo, la nostalgia, doloroso corolario del exilio y el desgarro permanente se impone  por una situación disociada (“entre-deux”), caracterizada por un regreso deseado, pero postergado constantemente donde el presente, pasado y futuro se entrelazan al dolor de una memoria en carne viva, polarizada entre el sufrimiento privado de los recuerdos, la culpabilidad y la inhibición colectiva. Esta situación es lo que el “caso Pinochet” viene a conmover.

El caso Pinochet y el regreso de la memoria

  • La victoria de los vencidos : la inversión de los roles

Aquellos que, por mucho tiempo, fueron aplastados por la altanería insultante del ex-dictador, que todos creían intocable, vuelven a la escena internacional y aparecen como los protagonistas de una lucha ejemplar[13]. De vencidos, responsables de la derrota, los ex-refugiados se ven asimismo como los vencedores, los héroes de la historia contemporánea chilena. La justicia internacional, al designar oficialmente al responsable de la muerte de sus compañeros, reconoce su historia, mientras que sus viejos sufrimientos, por largos períodos,  ahogados por la negación del Estado chileno y por represión propia, se convierten en la herramienta de la caída de Pinochet. Es justamente su condición de víctima lo que, en Europa, le atribuye a los exiliados un poder jurídico activo, lo que permite que, hoy, sean ellos quienes hagan temblar al ex-dictador.

“Por primera vez sentimos que servía para algo. Que no sólo habíamos recibido golpes sino que podíamos hacer que lo vivido sirviera para algo! […] Nos dimos cuenta que habíamos vivido cosas de las que, a menudo, no habíamos hablado y, entonces, este pasado seguía siendo algo que no podía ser reivindicado, y en ese momento nos dimos cuenta que nuestros testimonios tenían una suerte de poder muy importante y que con todo esto podíamos hacer algo! Antes esto no servía para nada, bueno, ibas a Amnistía Internacional y contabas, presentabas tu testimonio que terminaba en un informe anual perdido por ahí… y entonces, tuvimos la sensación de tener un arma entre las manos, un arma con la cual podíamos golpear. Claudia, 50 años, exiliada en Francia desde los años 70, ex-presa política.

De esta manera, la inversión de la correlación de fuerzas, la nueva distribución de responsabilidades, el vigor simbólico que toma la reivindicación del estatus de víctima, conllevan un cambio radical de la relación que los refugiados tenían con la memoria. Esta pasa del estado de memoria reprimida, al de rememoración consciente y reivindicada por la palabra tomada públicamente.     

Además, son los exiliados los que se quedaron en Francia, después del referéndum, quienes retoman la bandera de lo que les parece ser la verdadera batalla contra la dictadura,  en vez de participar en la reconstrucción de la democracia chilena, De hecho, la actitud del actual Gobierno chileno les parece más que ambigua, revelando la distancia teñida de desconfianza que tienen frente a la democracia chilena[14]. El entonces Ministro de Relaciones Exteriores chileno, Juan Miguel Insulza solicita el regreso de Pinochet a Chile, dónde asegura que será juzgado. Pero los exiliados desconfían del aparato legislativo chileno, que ha garantizado una impunidad (casi) perfecta a los represores y además, no depositan grandes expectativas en la Concertación. Para ellos, se trata de una “manipulación vergonzosa“, cuyo objetivo es  proteger al ex-dictador. Los exiliados creen que sólo su acción militante desde el exilio, junto a la acción jurídica de los Estados europeos, puede llegar a  encaminar un verdadero proceso judicial contra Pinochet.

Por tanto, los exiliados van a involucrarse honesta (entera? ) y frenéticamente en una larga movilización para exigir el juzgamiento del ex-dictador en Europa y para “luchar contra su impunidad“. Las formas que toma esta movilización, así como las prácticas que en ella se desarrollan, son realmente “exhumadas” desde el pasado.

  • ·         El regreso estructural de la memoria

Las consignas, las pancartas, los discursos pronunciados durante las numerosas reuniones, incluso las divisiones que fortalecen las redes comunitarias que se han reformado, hasta la evolución de éstas ultimas, recuerdan de hecho las experiencias fundamentales que los refugiados han conocido: la Unidad Popular y los comienzos del exilio. El pasado reaparece, el grupo revive, a través del uso de los antiguos gestos, palabras y  prácticas, sus estructuras intrínsecas, ofreciendo a la memoria colectiva del exilio chileno una nueva etapa de elaboración[15].

Durante la movilización contra Pinochet, el acontecimiento fundador[16] que constituye la Unidad Popular está de regreso. En las manifestaciones surgen algunos cánticos (“Venceremos”, entre otros), como un eco del pasado y la figura de Allende, quién parece representar una verdadera divinidad tutelar, es invocada permanentemente: su rostro invade las pancartas y reina sobre los manifestantes, así como en el living de muchas casas de exiliados.

Los tres años de la experiencia socialista chilena han sido vividos por sus militantes y simpatizantes como un período eufórico, en el que, animados por un fuerte entusiasmo revolucionario y por la certeza de estar participando activamente en la elaboración de una Sociedad Nueva y de un Hombre Nuevo, sentían que estaban construyendo la historia, una historia en la que las trayectorias personales parecían abrazar las de la Nación. Se trata de un período de referencia y también de un período mítico, con el cual algunos siguen soñando[17]. Este mito[18] de un período que hoy no sabríamos comprender sin su fin trágico y sangriento, descarga, retrospectivamente, un gran peso sobre estos tres años. La gran mayoría de los exiliados percibe esta etapa histórica como una época feliz e ideal, intocable, cuya imagen ha sido sublimada por la distancia y la nostalgia propias del exilio.

El grupo va a encontrar, a través de las divisiones que lo alientan, sus viejas estructuras. Inherentes a la acción política o a las tensiones entre grupos ideológicamente divergentes, estos conflictos importantes que agitan la red y que afectan su capacidad movilizadora, recuerdan de manera pertinente las dificultades que la Unidad Popular tenía para federar las corrientes políticas que la componían, y las batallas ideológicas que dividían fuertemente a sus militantes. Estas divisiones continuaron en el exilio, viviendo tensiones exacerbadas por la derrota, por el inmovilismo político, tanto en Chile como en las redes sociales y políticas reconstituidas en el exilio. Estas harían estallar rápidamente la aparente unidad que la comunidad había encontrado al llegar al país de acogida. De la misma manera, las divisiones provocadas por el “caso Pinochet”, despiertan viejos rencores, provocan rabia, después de los felices reencuentros de las primeras semanas de movilización. Luego, las asociaciones de carácter cultural y social toman el relevo, consagrando la primacía de la afirmación del “entre-soi” sobre la acción política, lo que recuerda la evolución de las interacciones colectivas de los refugiados chilenos durante las diferentes etapas de sus exilios.

Estos modos de reagrupamiento y diferenciación estructuran la escena política de los exiliados chilenos, y conforman el nexo entre pasado y presente, permitiendo la reactivación de la memoria colectiva del exilio.

  • ·        El “entre-soi” y la figura del exiliado

A pesar del aspecto ejemplificador de este caso, cuyas acciones han sido valoradas tanto por los medios de comunicación y, pese a la solidaridad que la sociedad francesa ha tenido para con los refugiados chilenos, la movilización, sigue siendo esencialmente un hecho de éstos últimos. Los “franceses” están ausentes de este movimiento: si bien, a veces, se solicita su apoyo (firmas de adhesión, ayuda económica, etc.), su presencia efectiva en las manifestaciones es muy rara. Estas presentan un carácter marcadamente comunitario: las consignas, los volantes y las conversaciones que se establecen entre los miembros conocidos, son mayoritariamente en español, con exclusión de los no chilenos, aun cuando sean amigos de muchos años. En este contexto, el  proyecto, de formar una comisión latinoamericana integrada además por argentinos y haitianos, es abandonado al cabo de algunos meses.

Por tanto,  los desafíos de esta movilización se relacionan con el cuidado y la conservación de una identidad reencontrada, conducida por un colectivo encerrado en si mismo y que se reactiva constantemente, a partir de los reencuentros comunitarios, expresados en  manifestaciones y  fiestas. Son los momentos de vuelta a sus raíces, a su identidad. Los refugiados chilenos encuentran en la militancia, en el “être-ensemble”, (conjunto o colectivo?) una identidad valorizada que se había alterado progresivamente desde el golpe de Estado. El exiliado chileno encarnaba, de hecho, en la Francia de los años 70, heredera de las ideas del ‘68 y en el umbral de su crisis económica, al representante de un movimiento revolucionario con el cual los militantes franceses podían identificarse: el exiliado chileno era una verdadera figura heroica.

Los beneficios que en términos de identidad, ofrecía esta imagen de héroe, no eran menores para los refugiados chilenos; beneficios que reaparecen a partir del “caso Pinochet” Los refugiados recuerdan y, por fin, recuerdan en voz alta.[19]

  • ·         La resolución de los conflictos memoriales

Al ser designado un culpable oficial, el “caso Pinochet” aminora la culpabilidad de la derrota. Al fin, el deber de memoria puede cumplirse e impulsa a tomar la palabra públicamente: efectivamente, la responsabilidad que se le impone a los sobrevivientes de atestiguar por aquellos que ya no están, les permite superar las dificultades que los llevaron a sumergirse en los recuerdos traumáticos. Se trata casi de una reparación, hablando y recordando no sólo por aquellos que ya no están, sino también  por ellos mismos.

La palabra del sufrimiento, finalmente liberada, puede circular entre las redes comunitarias y permitir la reconstrucción colectiva del sentido de estas trayectorias, vividas, esencialmente en sus aspectos más siniestros, de modo individual. El sistema  represivo y sobre todo el de la tortura, tenían como objetivo la destrucción del ser, aislándolo de todas sus redes y marcándolo para siempre cuando “hablaba” bajo el dolor despiadado, transformándolo, literalmente, en una “ bestia que grita” (“bête hurlante”), habiendo asesinado al ser social y moral antes de destrozar al ser físico[20]: el sistema ha abolido el sentido. El silencio y la inhibición, la culpabilidad exacerbada por la condena sin apelación de los partidos políticos clandestinos de aquel que “cantaba“. Todo ello dejaba, a cada uno de los refugiados, aplastado bajo una pesada carga individual. A través de los testimonios y las querellas, estos reencuentran asimismo la huella de algunos detenidos-desaparecidos que creían haber sido los últimos en ver, reconstruyendo la cadena de responsabilidades de su desaparición. Esto les permite deshacerse, parcialmente, de la culpabilidad. 

Cuando Pinochet  fue arrestado… entonces le encontré un sentido a mi historia. Antes se trataba de algo individual, completamente individual, que me tocaba a mi, y que yo guardaba porque era mi historia, mi problema individual y que no estaba ligado a algo que pudiera hacer avanzar las cosas y es justo cuando Pinochet fue detenido […] que yo hice la conexión entre mi historia y ésta… y en esta historia había todo un espacio para volver a lo que significaba pertenecer a un  movimiento (colectivo ?)  y no sólo individualmente como víctima.”  Marcela, 46 años, exiliada en Francia en 1973, ex-presa política.

De esta forma, el “caso Pinochet” permite a los exiliados   retomar en sus manos un destino sufrido desde 1973, cuando fueron empujados a la clandestinidad, a los campos de tortura, de concentración y detención, a las embajadas y consulados en países lejanos, con sus hogares para refugiados. En fin, cuando fueron forzados a una existencia no deseada, pero que han sido capaces de construir. Si durante años, su capacidad de acción a nivel político, laboral, etc., estuvo parcialmente anestesiada, ahora la reafirman y se la reapropian. El “caso Pinochet” tiene un valor reparador para los refugiados: la lucha del exilio en el exilio les devuelve sentido a su presencia en Francia.

Por ultimo, el duelo de las experiencias trágicas es posible. Los muertos y los nombres de los detenidos-desaparecidos son nombrados una y otra vez, sus fotos son publicadas en los diarios, afiches y carteles, que los manifestantes enarbolan, gritando que sus compañeros están “presentes ahora y siempre“. Estos actos son, también, el lugar de expresión de ritos de duelo, simbolizados por centenares de cruces plantadas en maceteros y puestas en la calle, por los minutos de silencio, por las velas protegidas del viento y por ese ataúd que queman de rabia cuando Pinochet regresa a Chile en marzo del 2000. Todos estos símbolos funerarios, representan “armas”,  de impacto sobre la opinión pública, así como formas de “enterrar a los muertos“. Asimismo, el “caso Pinochet” le permite a las víctimas de la dictadura realizar una catarsis.

Tuvimos la suerte de haber podido hacer una terapia colectiva con el “caso Pinochet” […] porque todos teníamos a nuestros muertos en los afiches, los muertos, los detenidos-desaparecidos, habíamos puesto un manto sobre nuestras cabezas, y decíamos, bueno esto hay que olvidarlo. Pero era una manera de poder seguir viviendo. Y entonces pasó algo que permitió abrir eso y todos estaban felices! […] Pudimos enterrar de una vez a todos los muertos […] Si no enterraste a tus muertos no puedes vivir, porque si no dejas a tus muertos en el pasado, el presente es inestable y el futuro también. […] Además, cuando viviste la derrota y sientes que no puedes cambiar nada de esto, con todos estos muertos y desaparecidos sobre el lomo, todo el tiempo…esto te apaga, vives con un peso.” Juan, 60 años, exiliado en Francia en 1974.

Las virtudes liberadoras del “caso Pinochet” sobre la memoria reprimida van a actuar también en el seno de las familias y van a trasformar el marco de la transmisión de la memoria.

El caso Pinochet y los hijos de los exiliados

  • Los fantasmas de la memoria

La memoria familiar, marcada por el sello de las terribles experiencias vividas, ha sido transmitida, durante mucho tiempo, de manera velada, a través de sus silencios aceptados y de sus “fantasmas” atormentando a los hijos. Los exiliados chilenos, enfrentados a sus recuerdos en tensión, no le cuentan a sus hijos, con facilidad, lo que les sucedió. El horror parece aún más difícil de verbalizar con ellos. De esta manera, la memoria se transmite generalmente por fragmentos, con sus omisiones, sus mentiras a veces, y  sus momentos de revelación en otros[21].

Los hijos respetan estos silencios y zonas oscuras de la memoria y, en ocasiones, hasta las apoyan, pues no quieren aumentar el dolor de los padres ni enfrentarse ellos mismos al horror. Los silencios, sin embargo, son pesados, dejando a la imaginación y a los fantasmas llenar los vacíos de una memoria que se vuelve, incluso, más terrible e inaccesible a toda obra de apaciguamiento y de elaboración[22].

No obstante, los hijos de los refugiados cuentan con trazos de memoria extra-familiares: se trata de los miembros de la comunidad chilena. Estos “tíos y tías” de la migración. Son personas referentes en la medida en que han recorrido los mismos periplos que sus padres. En Francia, también, existe toda una literatura y filmografía sobre la historia contemporánea de Chile que los hijos suelen consultar. Algunos de ellos elaboran parcialmente imágenes y representaciones de la biografía paterna. Por ultimo, sea cual fuere el grado de transmisión, todos los hijos expresan esta extraña impresión “de haber sabido siempre” sin que fueran necesarias las palabras.

Mas allá de los silencios, de las palabras, la transmisión de la memoria traumática se realiza clandestinamente y pareciera ocurrir (haber?), en los hijos de refugiados, un “hacerse cargo de los conflictos, de los traumas psíquicos que pertenecen a la realidad vivida por los padres”[23]. Escenas de violencia, llenas de tanques de combate, de fusiles y de llamas, en las cuales los padres o ellos son los actores, invaden las pesadillas de los hijos que construyen un teatro imaginario traumático[24]. Así, muchos de ellos se debaten entre estas imágenes de dolor y odio contra los represores chilenos, un odio mezclado con miedo que se amplía a todo organismo militar y de seguridad (sea este chileno, francés o de cualquier nacionalidad).

Algunos hijos desean protegerse del sufrimiento activado por la memoria e intentan distanciarse de ella, declarando que “son sus fantasmas y no los míos“. Gabriela, 22 años, llegó a Francia en 1980 con su madre después de haber sido las dos detenidas en Chile. Pero la memoria y el sufrimiento están presentes y, a veces, son asumidos y reivindicados por los hijos. Su relación con la memoria es entonces ambivalente.

  • De los sentimientos ambivalentes

Los hijos de los refugiados tienen una relación ambivalente con Chile, país de ensueño, cuya imagen se ve alterada por la nostalgia y las narraciones magnificadas de los padres, donde “las naranjas son del tamaño de los melones“: los hijos han elaborado la representación de una tierra originaria, “tierra de los colores del Edén”, un hipotético refugio. Pero este paraíso representa, también, un paisaje de sufrimiento graficado por las imágenes en blanco y negro de los bombardeos sobre la Moneda. Un lugar de injusticia en el que reina la impunidad y la negación oficial, situación que resulta más intolerable para estos jóvenes, que para sus mismos padres, ya que fueron   educados en los cursos de “educación cívica” de la escuela republicana francesa.

Durante los viajes que algunos de ellos realizan a Chile,  toman conciencia de los lazos contradictorios que los unen a este país, donde vive una familia desconocida e idealizada por la distancia, y con la cual las relaciones son generalmente una decepción :

Antes yo me hacia ideas, idealizaba, fantaseaba…allá he visto. [la familia] sigue siendo por mucho tiempo, algo lejano, imaginario, y de repente…ya era casi demasiado tarde cuando yo fui…mis tíos y mi familia son casi unos extraños, aunque los conozca.” Isabel, 28 años, llegó con sus padres a Francia en 1976.

El primer viaje que se realiza, a menudo, durante el verano austral y que corresponde al invierno europeo, es el viaje de la alegría, del descubrimiento. Los siguientes suelen ser los  viajes de la desilusión. Las imágenes elaboradas durante la niñez se encuentran con la realidad de las poblaciones, con una sociedad chilena dividida y, la mayor parte del tiempo, silenciosa sobre su historia contemporánea. 

Esta ambivalencia de sentimientos se relaciona también con la militancia de los padres. Algunos de sus hijos se sienten un poco aplastados por estos héroes míticos que sus padres creen ser. Ellos, que han participado en un gran movimiento social y político, en un momento que caracterizan, como de gran libertad y solidaridad social, que han recorrido y sobrevivido a tantas experiencias difíciles, “luchando por sus ideas”, representan para sus hijos, figuras ejemplares. Las narraciones heroicas de sus padres, así como la imagen positiva del refugiado latinoamericano que tienen las sociedades de acogida en Europa, permiten construir una cierta mistificación de la Unidad Popular y de los acontecimientos del golpe y post-golpe. Estos personajes, modelos a seguir, parecen ser aplastantes: los hijos piensan que jamás conocerán situaciones similares y que nunca podrán “pasar su prueba” como si las experiencias extremas de la generación anterior, obstruyeran  su realización personal.

Sin embargo, los hijos reivindican orgullosamente la herencia ideológica de estos ex-militantes, muchos de los cuales siguen estando activos. Esta transmisión se refiere más a los valores fundamentales de una sensibilidad de izquierda, que a los de ideologías más puras. Todo lo anterior, lleva a los hijos a comprometerse en diferentes luchas; por ejemplo, los sin-papeles, la defensa de la escuela pública, la ecología, entre otras. De hecho, hijos y padres pertenecen a dos generaciones socio-históricas socializadas en épocas y espacios muy distintos, y ambas tienen no sólo una visión política diferente, sino contrastada. Los padres son definidos por sus hijos como “idealistas y utópicos”, y no se reivindican como marxistas revolucionarios. Los hijos, a su vez, son llamados “cartesianos y racionalistas” por sus progenitores. En la trasmisión hay una reinterpretación, y una verdadera apropiación de una herencia política que, al mismo tiempo, es profundamente estructurante[25]. Esta reinterpretación de la memoria de la familia se expresará en las formas y en las significaciones del compromiso de los jóvenes durante la movilización contra Pinochet.

De este modo, durante el “caso Pinochet”, los hijos van a descubrir, a veces, a través de la prensa o de la televisión, los testimonios de sus padres. Así, muchas discusiones surgidas en las familias, a raíz del evento, despiertan su interés por esta historia: ya no dudan en interrogar a los padres y en consultar los múltiples documentos escritos y audiovisuales que abundan en los medios, para llenar los espacios vacíos de la memoria. Durante las manifestaciones, los hijos aprenden también a “conocer y reconocer” a sus progenitores en los rostros de los manifestantes, cuyas expresiones les parecían, hasta ese momento, exclusivamente paternas.

De hecho, los hijos de refugiados se unen a las manifestaciones organizadas por las redes comunitarias. Para sus padres, la participación masiva en ellas, representa “un maravilloso regalo”. Esos padres, desde muchos años, temían que uno de los corolarios coercitivos del exilio significara que sus hijos se convirtieran en “francesitos que han olvidado y que no se interesan por Chile”. Al tomar conciencia que, pese a los silencios, se han transmitido sentimientos de pertenencia y un fuerte nexo con su historia. En un principio, la presencia de estos “cabros”[26] era más bien una manera de apoyar solidariamente a sus padres, considerados entonces los verdaderos actores del asunto; pero se produce una transformación, gracias a un núcleo de hijos de refugiados entre 15 y  40 personas que, durante todo el conflicto al no poder siempre entenderse con “sus mayores”, se organizan  convirtiéndose en una fuerza autónoma de potenciación del movimiento. Rechazando así el “entre-soi” protector de sus padres, hartos de las incesantes discordias que, según ellos, debilitaban la movilización y no pudiendo concebir, en Paris, al final del siglo XX, la presencia de esas reliquias de la Unidad Popular (“tienen 25 años y 40.000 kilómetros de atraso” !), los hijos de refugiados intentan ampliar la movilización a la sociedad en la que viven. Estos franco-chilenos desarrollan, de esta manera, una lucha más ejemplar que la de los “viejos”, es decir, extraterritorial, creando una asociación[27] junto a  jóvenes de otras nacionalidades. Dirigen sus acciones de protesta, reflexión e información a la población francesa, en sus universidades, colegios, lugares de trabajo, etc. Su solidaridad concreta con otros movimientos, tales como los sin-papeles, confirma el carácter ejemplar de su lucha. Sin embargo, los jóvenes no dejan de construir,  también, un espacio de “entre-soi” en el que las trayectorias, los cuestionamientos de identidad, los vacíos de la memoria individual  encuentran, por fin, un eco colectivo. Además, desarrollan un proyecto de investigación histórica sobre la represión militar chilena, iniciativas socio-culturales (conciertos, fiestas, presentaciones de documentales, apadrinamiento de un hogar de menores en Chile, y otros.), redefiniendo prácticas y valores portadoras de identidad.

De tal manera, el idioma que usan, el “frañol” (una mezcla de francés y de castellano), es tanto un marcador de identidad, así como la huella de una acción transformadora de la doble herencia cultural. De hecho, el idioma está impregnado de la relación que los hijos de exiliados tejen con la historia paterna y la tierra originaria. “El individuo que habla es “actuado por las palabras” (Jean-Paul Sartre) que enuncia, en el sentido que con las palabras establece relaciones con las cosas, los eventos y las situaciones.”[28] Y el lenguaje reinventado que usan los hijos de refugiados, pasando con facilidad de una lengua a la otra, creando nuevas palabras (afrancesadas o chilenizadas), nuevas expresiones, los distingue de los dos grupos de referencia: ni franceses ni chilenos,  proclamándose herederos de una doble cultura.

Sin embargo, todos ellos afirman que el “caso Pinochet” les permitió “reanudar la identidad chilena“, las manifestaciones, fiestas y reuniones en  las cuales participan. Son un espacio de recreación de una atmósfera socio-cultural propia del exilio chileno. El español que se habla, la música latina que se escucha, la salsa que se baila y el vino que se toma, el olor del pan amasado que se disfruta, son, efectivamente, varios de los soportes de la identidad. “Me sentí chilena ante todo, no me sentía francesa pa’nada“, dice Valeria, 21 años, hija de exiliados, llegados a Francia en 1974, quien evoca, al mismo tiempo, su “desgarradora doble identidad“:

En Chile soy francesa, pero en Francia soy chilena. […] Está claro, tengo una cultura francesa, pero no puedo ser francesa. No puedo ser chilena tampoco, pero me siento más chilena que francesa.” 

  • De las estrategias de identidad (identitarias) a la apropiación

La identidad, como la memoria, es un concepto dinámico, y la cuestión revela menos de la noción de herencia que de la noción de uso. Los hijos de refugiados elaboran  verdaderas estrategias de identidad[29], “bricolando” las dos culturas y los sentimientos ambivalentes que tienen hacia la historia paterna.

Así, si algunos jóvenes se identifican con sus padres y con la generación del exilio, se autodenominan “exiliados” aunque hayan nacido en Francia, otros, se vinculan más con el   espacio nacional y deciden, por ejemplo, “volver” a Chile aunque sus padres se queden en Francia. Finalmente, son varios los que afirman y resaltan una identidad que califican como chilena, aunque nunca hayan pisado Chile. Hay que precisar que la figura del exiliado, sobre valorizado, brilla sobre los jóvenes: hijos de héroes, hijos de un mundo exótico realzado por la moda latina en Europa, por los estereotipos de la “picante salsera” y del “latin-lover”. Esta etiqueta de identidad les aporta beneficios secundarios. Alfonso, 21 años, hijo de exiliados chilenos llegados a Francia en 1976, vive en una localidad de la periferia parisina y es constantemente sometido a controles de identidad por la policía, a raíz de su “look de joven de banlieue”, sospechoso de ser “árabe o chino”. Alfonso revierte esta estigmatización[30], auto- proclamándose chileno y apoyando esta identidad con prácticas lingüísticas, festivas y deportivas para que ésta sea significativa tanto para él como para los demás.

Otros jóvenes le confieren a esta situación socio-cultural mixta, un carácter positivo: se dicen dotados de una cultura francesa, pública, que   requiere de la razón, de la ciencia y de los valores democráticos, pero también de una herencia chilena. Este último pertenece a la esfera familiar y se inclinaría mas bien hacia los sentimientos, los sentidos y las relaciones humanas percibidas como ricas y cálidas: estos jóvenes estarían constituidos por “lo mejor del espíritu francés y de la naturaleza chilena“. Estas dos herencias adquiridas, complementarias, se mezclan entonces, y algunos de los hijos de la migración evitan todo conflicto de identidad,  declarando ser, simplemente, “ciudadanos del mundo“.

El “caso Pinochet” revaloriza la figura del exiliado chileno. Durante el caso, los hijos se sienten y se definen chilenos, aunque al interior del grupo comunitario se diferencien de sus mayores: renegociada, la identidad problemática es, entonces, resuelta en el grupo de pares. Juntos, los hijos de refugiados se sienten y se definen como hijos del exilio, como el “fruto de todo eso“, pequeños chileno-franceses o franco-chilenos, nacidos de lo político, a caballo de la migración.

De esta forma,  toman sentido las historias familiares que los han conformado en lo que son hoy día. La memoria, despersonalizada, puede inscribirse en un movimiento colectivo de redefinición de los sentimientos de pertenencia y de los lazos que con ella existen, volviéndose historia, una historia en la que ellos tienen el sentimiento de participar. Su fuerte compromiso en la movilización es una afirmación de esto, una reafirmación, vista por los padres y por el entorno como una afiliación voluntaria a esta historia y de la que se apropian según sus dobles referentes socio-culturales. 

A lo largo del “caso Pinochet”, el teatro imaginario se vuelve real. La transmisión efectiva de la memoria familiar que entra en juego y la acción colectiva permiten que los hijos habiten este teatro. Actores a cien por ciento de la movilización y progresivamente reconocidos y respetados por sus mayores, los hijos “crecen” y retoman la bandera de la militancia familiar, viviendo a su turno, un formidable movimiento social. Es justamente la apropiación de la memoria colectiva y familiar lo que puede constituir al sujeto, un sujeto libre, actuando sobre el presente[31] y no invadido o aplastado por su pasado ni por su herencia.

Así, como las imágenes de un calidoscopio se hacen y deshacen indefinidamente, dibujando nuevas formas y figuras, conservando siempre los mismos materiales, podemos representarnos el objeto memoria. Fluida, en constante cambio pese a su carga traumática, la memoria del exilio chileno evoluciona en el tiempo, marcada por los distintos acontecimientos que tiene lugar tanto en la comunidad como en las familias y en los corazones, unida por los lazos comunitarios, también cambiantes. De esta manera, el “caso Pinochet” ha venido a efectuar un giro de 180 grados sobre la situación del “entre-deux” vivida por los refugiados chilenos en su fase de post-exilio, y a cuestionar profundamente las relaciones atormentadas que estos mantenían con la memoria colectiva y familiar del exilio y de la violencia. El “caso Pinochet” actúa en esto como una crisis reveladora, disparadora y cristalizadora[32], revelando hasta que punto la memoria es un proceso dinámico en constante movimiento de composición, descomposición y recomposición. z 


[1] Expresión  que se relaciona con el « affaire Dreyfus » (que pasó en Francia al principio del siglo XX), es decir como un evento tanto jurídico, que mediático, que social, que político y que dividió la sociedad chilena como lo hizo l’affaire Dreyfus con la francesa…

[2] En este período, fueron realizadas dos investigaciones acerca de la construcción social de la memoria y de su transmisión en el seno familiar. Las personas entrevistadas pertenecen a 20 familias de refugiados en París y las ubico socialmente en la clase media, por su capital cultural, económico y social. Estas personas, que eran mayoritariamente estudiantes universitarios y militantes de la izquierda revolucionaria chilena, dejaron su país en la década del 70. Los integrantes de las parejas, de origen chileno, fueron entrevistadas individualmente, así como sus hijos que en ese momento tenían entre 17 y 30 años y que cursaban sus estudios superiores o ejercían un trabajo en puestos de responsabilidad.

[3] Fanny Jedlicki, Mémoires d’exil : quels héritages ? Trajectoires familiales de réfugiés chiliens, de l’Unité Populaire à l’affaire Pinochet, tesis de “maîtrise” de Etnologia, Universidad Paris V-la Sorbonne, 1999 ; Les mosaïques de la mémoire. Mémoires et violences de l’exil chilien. Tesis de DEA (pre-doctorado) de Sociologia, Universidad Paris VII-URMIS, 2000.

[4] Marie-Claire Lavabre, Le fil rouge. Sociologie de la mémoire communiste. Presse de la FNSP, Paris, 1994.

[5] Maurice Halbwachs, Les cadres sociaux de la mémoire, Albin Michel, Paris (primera edición 1925), 1994, p. 329.

[6] Concepto desarrollado por Levi-Strauss y Roger Bastide que aluden a la acción, intelectual y simbólica, de los actores sociales, para articular los distintos elementos (por ejemplo, de dos culturas). El término francés “bricolage” tiene una buena traducción en la metáfora del patchwork.

[7] Al final de la dictadura, se cuentan aproximadamente 4 000 asesinatos políticos, cerca de 2 000 detenidos-desaparecidos y entre 300 000 y 400 000 detenciones y casos de tortura.

[8] Antonia Garcia Castro, La mémoire des survivants et la révolte des ombres. Présences du phénomène de disparition dans la société chilienne (1973-1995),tesis de “maîtrise” IEP-Paris, 1995.

[9] Este sentimiento es uno de los objetivos de la represión : el sistema de la tortura necesita sobrevivientes, que puedan atestiguar el horror frente a los miembros de la sociedad, para que ellos adivinen, sin realmente saberlo, qué le pasa a los opositores. Es uno de los medios con los que se construye un verdadero Estado de terror.

[10] Ana Vásquez ; Ana-Maria Araujo, Exils latino-americains : la malédiction d’Ulysse, CIEMI-L’Harmattan, 1988.

[11] Jorge Semprún ; Elie Wiesel, Se taire est impossible, Ed. Mille et Une Nuits, 1995, p. 17.

[12] Pese a la dificultad de contabilizar el número exacto de exiliados se estima que, entre 1973 y 1989, unos  500.000 a un millón de chilenos, aproximadamente, han abandonado voluntariamente su país. Según la embajada de Chile en Paris, entre 10. 000 y 15. 000 chilenos habrían residido en Francia en este período. Estos refugiados provienen, en su mayoría, de la clase media chilena, con un alto nivel de educación. Sin embargo, pese a la heterogeneidad social existente en esta comunidad, de acuerdo a los datos conocidos por esta embajada, entre el 30 y el 40% de esta población habría vuelto a Chile.

* Citar a primo Levi

[13] La orden de detención internacional librada por el juez Garzón habla en términos de “crímenes de lesa humanidad”; estas palabras, si bien son abandonadas por los jueces, son ampliamente retomadas por los medios de comunicación masiva durante todo el caso.

[14] Evidentemente no es mi intención juzgar la (re)construcción de la democracia chilena, que puede ser comprendida históricamente. Seguramente Francia tiene una historia diferente y ahora es justamente desde este país, en el que los refugiados han cambiado y adquirido, durante el exilio, otros códigos de análisis y otras expectativas (sociales, económicas, culturales y políticas), que éstos evalúan la situación chilena.   

[15] Roger Bastide, “Mémoire collective et sociologie du bricolage”, L’Année sociologique, vol. 21, 1970.

[16] Paul Ricoeur, Evènement et sens, en L’Espace et le temps. Actes du XXIIeme Congrès de l’Association des sociétés de philosophies de langue française(Dijon, 29-31 août 1988), Vrin, 1990, p.19. 

[17] Un grupo de exiliados chilenos participa en las elecciones presidenciales chilenas de 1999, pensando contar con el apoyo de la población (este apoyo se demostraría prácticamente inexistente). Gracias al rol que habían jugado durante el “caso Pinochet”. Hasta continúan soñando con una sociedad chilena inspirada en la Unidad Popular.

[18] De hecho, frente a la ausencia de una Historia científica, oficial y reconocida como tal, es el mito, con acentos siempre legendarios, que toma su lugar. 

[19] Las identidades etnicas, de hecho, se construyen siempre en la interacción : Fredrik Barth, “Les groupes ethniques et leurs frontières” (trad. al francés, 1ª edición en ingles 1969), en Poutignat Ph. Y Streiff-Fenart J., Théories de l’ethnicité, Paris, 1995, pp.203-249.

[20] Véronique Nahoum-Grappe, “L’usage politique de la cruauté : l’épuration ethnique (ex-Yougoslavie, 1991-1995)”, pp. 275-323, en Françoise Héritier (dir.),De la violence, Odile Jacob, Paris, 1996, p.282.

[21] Esto no es una ley general; durante la investigación he encontrado casos extremos, en los que pudo haber un casi total ocultamiento de la historia paterna o, al contrario, una intensa participación de los hijos en la historia de sus padres.

[22] Vincent de Gaulejac, L’histoire en héritage. Roman familial et trajectoire sociale, Desclée de Brouwer, 1999.

[23] Martine Ulriksen-Vignar, “La transmission de l’horreur » en Jeanine Puget (dir.), Violence d’état et psychanalyse, Bordas, Paris, 1989, p. 124.

[24] Las experiencias traumáticas son reales en los hijos de los sobrevivientes, a pesar de que no hayan vivido realmente las causas de dicho traumatismo en Nathalie Zadje, Souffle sur tous ces morts et qu’ils vivent ! La transmission du traumatisme chez les enfants de survivants de l’extermination nazie, Ed. La Pensée Sauvage, 1993, pp. 87-88.

[25] Anne Muxel-Douaire, “Chronique familiale de deux héritages politiques et religieux”, en Cahiers internationaux de sociologie, vol. 82, PUF, 1986.

[26] “Cabros y viejos” son las denominaciones con las que las dos principales generaciones que han protagonizado esta lucha, se llamaban una a otra.

[27] L’A MICRO, el nombre de la asociación, hace referencia a lo micro como a algo chico, en contraste con los adultos ; hace referencia también al MICRO-fono como símbolo de la palabra tomada públicamente por este grupo y a las micros de Santiago, lo que le confiere, por un lado, un carácter mas chileno en relación a los dos primeros términos existentes en francés y significando lo mismo, y por otro simbolizando la “subida al camino del compromiso”.

[28] Augustin Barbara, Les couples mixtes, Bayard, 1993, p.207.

[29] Camille Camilleri ; Joseph Kastersztein el all.Stratégies identitaires, PUF, Paris, 1997.

[30] Isabel Taboada-Leonetti, “Stratégies identitaires et minorités : le point de vue du sociologue”, en C ; Camilleri et all., idem, pp.68-69. Hay que decir que los jóvenes franceses de origen magrebi que habitan los barrios populares de Francia son victimas de un fuerte racismo institucional y social, siendo identificados como delincuentes.

[31] Jacques Hassoun, Les contrebandiers de la mémoire, Syros, Paris, 1994.

[32] Edgar Morin, “Principes d’une sociologie du présent”, en La rumeur d’Orléans, Seuil, 1969.

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