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“(…) somos capaces de ser felices, porque somos personas dignas. Nuestros torturadores, no”,


Alejandra Holzapfel:

Yo sobreviví a Venda Sexy

Ivonne Toro Agurto

The Clinic – 11 de Septiembre 2013

Alejandra tenía 19 años cuando fue tomada prisionera por la DINA. Desde

1974 a 1975 estuvo detenida en Villa Grimaldi, VENDA SEXY, Tres Álamos y

Cuatro Álamos. Fue violada por el guatón Romo y violentada sexualmente con

un perro pastor alemán, al que los agentes de la dictadura llamaban Volodia.

Pese a todo, no lograron doblegarla: “Pasamos atrocidades; pero somos

capaces de ser felices, porque somos personas dignas. Nuestros torturadores,

no”, declara.

Primavera de 1976: Alejandra Holzapfel Picarte (21) entra corriendo –los puños

apretados, la respiración entrecortada, los ojos enrojecidos– a su departamento, en

el block Karl Marx 34, en Potsdam, República Alemana Democrática (RDA), donde

vive su exilio, desde 1975. Casi rompe su polera y pantalón mientras, llorando, se

desnuda. Tropieza al empujar la puerta del baño y, aún sin recuperar el equilibrio,

entra a la ducha y abre la llave del agua. Toma una esponja y comienza a refregarse

el cuerpo, con tanta vehemencia que se le irrita la piel, pero sigue tratando de quitarse

la suciedad imaginaria. De golpe, llegan los recuerdos: ella vendada, sin ropa, sobre

un camastro, violada por Osvaldo Romo; ella en el suelo, sujetada por agentes de

la DINA, mientras una mayor de Carabineros dirige a un perro amaestrado para

ultrajarla. Sale a su dormitorio, aun estilando, cubierta sólo por una toalla. Se sienta

en la cama frente a un espejo y se observa.

Ese día, por vez primera desde su paso por los centros de tortura pinochetista,

Alejandra tuvo un contacto romántico con un hombre y fue un desastre. Su amigo

Pepe Fuica –un militante socialista, a quien conoce hace un par de meses, cuando la

convenció de entregar su testimonio como torturada política a Naciones Unidas–, la

besó de improviso mientras caminaban por su barrio, en Am Stern. Para él, se trató de

un arrebato amoroso. Para ella, el que la tomara por sorpresa fue arrastrarla, otra vez,

a los días en que fue violentada sexualmente: cayó al suelo, lo golpeó una y otra vez,

y luego huyó.

Encerrada en su habitación, Alejandra ya ni siquiera llora. Sólo mira, en silencio,

su reflejo. Afuera de su edificio, Fuica termina de fumar un cigarrillo y enciende de

inmediato otro, con las manos temblorosas. Está descolocado y se cree responsable

de la reacción de Alejandra Holzapfel, por lo que decide quedarse un par de horas

ahí, a la espera de que ella salga de su guarida. Como eso no ocurre, se marcha a

Berlín y un mes después le envía una carta, disculpándose. Ella le contesta y le sugiere

encontrarse y conversar: “He decidido –le dice– vivir la vida que soñaba antes del

golpe de Estado”.

“Recuperar la alegría era, también, una decisión política, una forma de ganarle a la

Dictadura”, explica hoy, a sus 60 años, Alejandra.

Esta convicción la lleva a casarse con Fuica, a ser madre con él y a volver a sonreír,

pese a haber sido brutalmente torturada por más de tres meses, desde que fue

tomada prisionera, a fines de 1974.

LA CAÍDA

El 11 de diciembre de 1974, en las horas previas al inicio de su calvario por los

centros de tortura, Alejandra, estudiante de Veterinaria, recibió en su departamento

–en Santiago Centro– a una de sus amigas más cercanas, Beatriz Bataszew, quien,

como ella, militaba el en MIR.

Beatriz estaba siendo buscada por los organismos represivos. La información que se

manejaba entre los miristas era que todas las casas de seguridad de la organización

habían sido allanadas o estaban bajo vigilancia y que algunos de sus compañeros

estaban presos. De otros, nada se sabía. Necesitaba esconderse por unos días.

En silencio, ambas cenaron esa noche y, luego, durmieron a sobresaltos. A las cinco

de la madrugada, un fuerte ruido las despertó. Aún no amanecía. La oscuridad era

casi absoluta y en la puerta un hombre exigía que le abriera. Las dos sabían lo que

eso significaba. O creían saberlo. La magnitud de la crueldad de los organismos de

represión no era conocida, hasta eses entonces.

Mientras la mamá de Alejandra se levantaba a atender, Beatriz advirtió que portaba

un documento estratégico, que no podía caer en manos del Régimen. Entre las dos,

rompieron los papeles y los masticaron mientras tomaban agua para no atorarse. Una

tía abuela de Holzapfel, que también vivía con ellas, estaba inquieta con el inusual

movimiento. “Tan tarde, o tan temprano, no es hora de llegar a los hogares decentes”,

decía.

En la puerta de entrada, la mamá de Alejandra intentaba convencer al joven oficial

Fernando Lauriani Maturana, a cargo del operativo, de que esa noche sólo ella

estaba en casa. La misión no le era difícil. Aunque se haría conocido como uno de los

criminales más crueles del Régimen, Lauriani no era precisamente una lumbrera. El

militar estaba decidido a retirarse, pero Alejandra no lo sabía y, temiendo que pudieran

arrestar a su madre, se asomó al living justo cuando Lauriani se estaba yendo. La

alcanzó a ver.

– “¡Esta es la señorita que buscamos!”, exclamó el agente.

Entonces, allanó la casa y encontró a Beatriz.

– “¿Y esta rucia suelta, quién es?”

– “Es compañera de Universidad; estábamos estudiando”.

Lauriani se esforzó en corroborar que le estaban diciendo la verdad, exigiéndole a

Beatriz que le diera un número de teléfono para verificar la información. La joven

alumna de Agronomía le dio el de sus padres. Al otro lado de la línea, ellos le dijeron al

agente que la niña se encontraba preparando un examen donde una amiga. Esa noche,

Bataszew se salvó.

Holzapfel, en cambio, quedó detenida, por la delación de Humberto Menantaux,

uno de los integrante del Comité Central del MIR que había caído en las garras de la

Dirección Nacional de Inteligencia (DINA) en noviembre de ese año y que fue asesinado

en 1975, después de haber sido obligado a entregar toda la información que poseía y

a dar, junto a otros tres integrantes de la organización, una conferencia de prensa en

que llamó a sus compañeros a deponer las armas, tras leer la nómina de muertos del

MIR. Hoy figura en la lista de desaparecidos.

ESE MUERTO NO LO CARGO YO

– “Le traigo a la niña a las 8.30. Le vamos a hacer un par de preguntitas, nomás.

Téngale desayuno”, vociferó Lauriani antes de partir.

La mamá de Alejandra no volvió a dormir. Preparó la mesa, confiada en la palabra del

militar.

Afuera de su hogar, en Valentín Letelier, a pasos de La Moneda, Holzapfel fue subida,

con los ojos vendados, a un vehículo conducido por Basclay Zapata. Cerca de las seis

de la madrugada, sus captores la ingresaron a Villa Grimaldi, en medio de murmullos,

y llamaron a dos mujeres de la DINA, que precedieron a escudriñarla en búsqueda de

algún texto secreto o microfilme. Tras tocarle hasta la vagina, la dejaron sentada con

los ojos aún cubiertos.

Entonces oyó una voz.

– ¿Quién eres?

Sin saber quién preguntaba, decidió responder:

– “Soy Alejandra Holzapfel”.

– “¡`Coneja´, estás acá!”

En ese minuto, reconoció la voz de Laura Ramsay y, luego, cuando se deslizó la

venda, pudo ver a Carmen Bueno.

A las ocho de la mañana, Lauriani le hizo una breve visita.

– “Que se levante, inmediatamente, la que está sin la venda”.

– “Soy yo”, respondió Alejandra.

Lauriani había hecho uso, varias veces, de la misma táctica, para burlarse de las

recién detenidas. Se acercó a Alejandra y la abofeteó, tan fuerte que ella cayó al suelo.

– “¡Te dije que no te sacaras la venda! ¡Aprende a obedecer, huevona!”

Alejandra recuerda que aún no se le había quitado el ardor en la cara cuando comenzó

a sonar una cumbia: “A ese muerto no lo cargo yo, que lo cargue el que lo mató”.

En ese minuto, la llevaron a otro cuarto, la desnudaron, la mojaron y le aplicaron

electricidad sobre un catre metálico. Le pidieron nombres de otros dirigentes del MIR.

“Tarde o temprano, todos hablan”, le aseguraron. Ella calló. Luego, Osvaldo Romo,

viéndola débil por la tortura, se bajó el pantalón y la violó por primera vez. Ella siguió

en silencio.

– “¿Tu chapa es Mauro?”

– “No”.

– “¿Quién es Mauro?”

– “No sé”.

– “¿Qué sabes?”

– “Nada”.

Los torturadores se pusieron a hacer comentarios sobre el calor de diciembre y lo

lindas que eran las comunistas recién llegadas. La volvieron a poner sobre la parrilla y

el Guatón Romo la violó, otra vez.

– “¿Tu chapa, es Mauro?”

– “No”.

El mismo ritual se repitió, por cinco días.

“Sentí que mi dignidad dependía de no hablar; por lo mismo, me costó mucho

perdonar a quienes se quebraron. Con los años, he aprendido que existen distintos

tipos de delación, que es diferente quien se vuelve colaborador a quien, ante una

situación que no puede soportar, delata. Hoy si ponen frente a mí a uno de mis nietos,

tal vez entrego todo lo que sé. Uno, de verdad, no sabe qué puede o no aguantar. A mí

me hicieron cosas terribles, y callé; pero he conocido a gente maravillosa que entregó

a un compañero que es detenido desaparecido y sufre, hasta hoy, por eso”.

LA BESTIALIDAD DE VENDA SEXY

El 16 de diciembre de 1974, luego de cinco días en Villa Grimaldi, Alejandra Holzapfel

fue trasladada a una casa de dos pisos, en calle Irán 3037, Macul. Allí, se reencontró

con Beatriz, maltrecha y herida. Bataszew había caído el 12 de diciembre, un día

después que Alejandra, interceptada en un fallido encuentro con otro militante, Mario

Peña, y fue llevada de inmediato a VENDA SEXY. La fantasía de burlar a la DINA sólo

fue eso: una ilusión. Su novio, Dagoberto San Martín, también perseguido, fue cazado

por la represión el 17 de diciembre. Hasta hoy se desconoce su paradero.

Alejandra intuyó, al ver a Beatriz, que le esperaban otros espantos. La residencia

estaba llena de miristas, algunos con heridas visibles y la mayoría en extremo

delgados.

“Estaba también Laura Ramsay, que había sido sacada hace unos días de Villa

Grimaldi. Me extrañó no ver a Carmen Bueno, porque no había vuelto a saber de ella.

Después me enteré que ella, que era cineasta, fue asesinada bajo el cargo de haberle

regalado una mascota a Miguel Enríquez”.

La cumbia que atormentaba a Alejandra, en Villa Grimaldi, fue reemplazada en la

DISCOTÉQUE por música anglo, que sonaba durante todo el día, para esconder los

gritos de quienes eran torturados en el subterráneo. Quienes llegaron ahí fueron

vulnerados sexualmente, de forma continua. La brutalidad llegó al extremo de que la

mayor de Carabineros Ingrid Olderock entrenó a un pastor alemán ovejero, a quien

llamó Volodia, para violar a los prisioneros.

– “Contra todo lo que se pueda creer, ella le había enseñado a violar. Estaba

completamente amaestrado por ella, que le daba las órdenes”.

“¿Es cierta la historia del `perro Volodia´”?”

– “Es cierta: a mí me tocó ser violada así, con ese animal; por eso, te lo puedo decir.

Es una de las historias más terribles y dolorosas que yo sólo he podido enfrentar hace

muy pocos años. Por mucho tiempo no pude sacarlo, me daba una vergüenza terrible.

Ingrid dirigía al animal, mientras los otros torturadores obligaban a los detenidos

a adoptar posiciones que facilitaran el abuso. Hombres y mujeres que pasaron por

VENDA SEXY fueron víctimas de esta atrocidad. Nadie hablaba del tema en la casona;

pero, tras las sesiones de tortura, las compañeras recibían a sus amigas con más

ternura que de costumbre y las acurrucaban para que durmieran un rato. Con los días,

se dieron cuenta de que quienes estaban a cargo del centro de detención disminuían

las violaciones cuando las prisioneras estaban menstruando, así es que idearon un

plan: las que estaban con el periodo o con una herida sangrante, dejaban un paño

manchado en el baño, así la que ingresaba se lo ponía”.

La estrategia irritó a los agentes:

– “¡Otra vez, están todas estas huevonas con la regla, hasta cuándo!”, se quejaba el

general en retiro Raúl Iturriaga Neumann, que actualmente cumple condena en Punta

Peuco.

La resistencia consistía en eso: en no rendirse en medio de la miseria.

“Uno pierde noción del tiempo con la tortura, del día de la noche, de si comíamos o

no. Recuerdo que una vez comí una sopa de huesos de pollo y que otra vez nos dieron

lentejas con caca y una compañera dijo fuerte: ‘Nos están dando lentejas con caca.

Nos las vamos a comer igual, pero ni crean que no lo sabemos’. Era una forma de

hacerles saber que no nos estaban engañando. El Venda Sexy fue terrible. Varios

compañeros desaparecieron desde ahí, también”.

De la DISCOTÉQUE, Alejandra pasó a Cuatro Álamos, recinto que los militares usaban

para que a los detenidos se les borraran las huellas visibles de la tortura. “Desde ahí,

también desaparecieron gente, pero las condiciones eran menos duras: tuvimos acceso

a duchas, por ejemplo”.

Luego de unas semanas, fue llevada a Tres Álamos, donde Nieves Ayrees, quien

también había sufrido todos los horrores del aparato represivo pinochetista, le dio un

sentido al dolor.

– “Había un grupo de detenidas que daba como la bienvenida. Me encuentro con

Nieves Ayrees, que es hermana de la Rosita, mi actual socia en la productora, y dice

`Oh, la Holzapfel, ¡chiquillas, llegó otra del Liceo 1!´ y empiezan a cantar `Eleceí, ceí,

ceí´. Y yo pienso `qué está pasando aquí, están todas las locas´. Después entendí la

importancia del temple de esas mujeres. Nieves vive ahora en Nueva York, y estoy

demasiado agradecida de ella, porque con ella al lado uno no puede caerse. En Cuatro

Álamos me llevó a su celda. La llamó `la cueva mágica´; hacía dibujos, siempre nos

dibujaba sonriendo. Nos obligaba a conversar sobre lo que nos había pasado. `Ah, a ti

también te violaron´. Al final, era raro, porque ella lo entendía todo. Y nos hacía hacer

obras de teatro, sociabilizar el dolor. Yo, que me sentía sucia, logré ver que a todas

nos pasaba eso. Estoy convencida de que ella me enseñó a sobrevivir”.

Estando en Tres Álamos, Alejandra Holzapfel pudo recibir visitas. El primer encuentro

fue con su madre, a quien no había visto en tres meses.

– “Mamá, necesito que me traigas antibióticos. Es muy importante”.

– “¿Estás enferma?”

– “Es que… me violaron”.

Al escuchar por vez primera esta confesión, su madre se puso pálida; pero, entre

gemidos, le aseguró a su pequeña de 19 años que todo estaría bien, porque que

estaban vivas y eso era lo único importante. También, le comunicó que pronto podría

partir al exilio en Alemania y terminar sus estudios de Veterinaria, profesión que, tras

las aberraciones sexuales que le infringió Olderock con el perro Volodia, Alejandra

nunca más quiso ejercer:

– “Debes seguir tus estudios de Veterinaria”.

– “No quiero”.

– “Ale, debes hacerlo. Es lo que amas y te faltan dos años, nomás”.

Alejandra la miró, sin sacar la voz. Ahora, odiaba el contacto con los animales; pero,

no se atrevió a decírselo. ¿Qué podría haberle dicho sobre lo que vivió en VENDA SEXY,

si no quería ni siquiera recordarlo?

El EXILIO

A mediados de 1975, Alejandra fue enviada a la RDA. El arribo fue difícil. Eran

tiempos de sospechas. No hablaba el idioma y Berlín estaba lleno de militantes del

Partido Comunista y del Partido Socialista. Ella era del MIR y el rumor era que los

militantes del MIR eran agentes de la CIA, que habían propiciado el Golpe.

“Fue súper doloroso. Llegó un momento en que le dije al alemán a cargo que me

mandara de vuelta a Tres Álamos. El tipo se espantó y al día siguiente aclaró la

situación con todos los chilenos y les dijo ‘Alejandra es una persona de confianza,

entonces ella puede hacer lo que quiera’. Ese fue el espaldarazo que necesitaba. Ahí

me enviaron a vivir a Potsdam”.

En Potsdam, Holzapfel llegó al edificio en el residían Ángela Jeria –viuda del general

Alberto Bachelet– y su hija Michelle. Por más de un año, fue vecina de piso de

ambas. Ángela la acogió y la acompañó. Fue la dulzura que Alejandra requería para

recuperarse y una de las personas que la instó a aceptar los cortejos de Pepe Fuica,

con quien se casó y a quien abandonó en 1979, luego de que él frustrara su plan de

regresar a combatir al País.

– “Me metí en la política de retorno del MIR y él consideraba que era un suicidio. Quise

volver el ’79, me estaba preparando para eso, y él fue al consulado de Chile a entregar

esta información, para impedir que yo retornara”.

Alejandra no pudo soportar la traición. Falsificó los pasaportes de sus hijos, con ayuda

de una amiga alemana, y huyó con ellos desde Leipzig, donde estaba residiendo desde

que había contraído matrimonio. Tomó el tren y llegó hasta la casa de Carlos Liberona,

en Frankfurt, quien la derivó con Cristián Schmidt, el que sólo le pidió –a cambio de

estar en su hogar seis meses, con los niños– que le enseñara a manejar.

Recién en 1987, pudo volver con sus hijos al país. Fuica, en tanto, murió en un

accidente de tránsito en Alemania, sin haber logrado el perdón de Alejandra.

Cuando Holzapfel llegó a Chile, comenzó a colaborar con la Justicia en los procesos

contra quienes la violentaron, estando en prisión. Se ha careado con Basclay Zapata,

Miguel Krassnoff Martchenko, Lauriani Maturana y Osvaldo Romo.

Ninguno, nunca, le ha pedido perdón.

– “Lauriani quiso darme lástima. ‘Tengo familia’, me dijo. Krassnoff fue más

prepotente”.

“El guatón Romo se hizo pipí, literalmente. Olderock no pasó un día en la cárcel.

Murió en libertad; pero, por azar, un día –creo que el 88 o el 89– entró a comprar

a un minimarket que yo tenía en Valentín Letelier. Afortunadamente no estaba sola

y pude echarla y decirle lo que pensaba. Es sanador decirle a alguien ‘aquí estoy,

aunque me hiciste esto o lo otro’. Aun así, tengo una gran frustración de saber que los

torturadores no reciben el castigo merecido por cada persona a la que hicieron sufrir,

que hay que acumular condenas para que pasen tiempo en la cárcel y, sobre todo, me

duele no saber qué pasó con los compañeros que están detenidos desaparecidos. Que

aún hoy, a cuarenta años, nos nieguen la verdad es una nueva forma de torturarnos”.

Pese a todo, Alejandra sabe que le dobló la mano a la Dictadura. Hoy tiene un par de

nietos “maravillosos, preciosos y todos los adjetivos lindos que se te puedan ocurrir” y

la dignidad –que la DINA trató de quebrantar– intacta.

– “Aquí, instalaron una política de destrucción de nosotros como seres humanos, y aun

así no pudieron conseguirlo. Entonces, cuando somos capaces de reír, de disfrutar la

vida, demostramos que no pudieron destruirnos. Pasamos atrocidades, pero somos

capaces de ser felices porque somos personas dignas. Nuestros torturadores, no”.

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Mujeres del Siglo XX.Mamá pudo votar cuando ya era cinco veces madre. 1952


Historia de la mujer en Chile. La conquista de sus derechos políticos en el siglo XX (1900-1952).

por Adolfo Pardo
Artículo publicado el 01/05/2001

Durante los 50 primeros años del siglo XX, el aspecto más destacable de la historia de la mujer chilena corresponde a la llamada «emancipación femenina» entendida como el proceso —aún inconcluso— del progresivo ingreso de la mujer al mundo del trabajo, de la cultura y a una participación cada vez más activa en política. Y la superación de su rol tradicional en el hogar.

A principios del siglo XX la mujer estaba relegada a un discreto segundo plano. Cuando contraía matrimonio, quedaba bajo la potestad del marido y si trabajaba no tenía derecho a disponer de su salario.

SABER ES PODER
Con algunas excepciones en el siglo XIX, en 1913 aparecen en Chile los primeros movimientos femeninos organizados: clubes y asociaciones de mujeres que buscaron mejorar la situación de la mujer y democratizar la sociedad. Una de las principales razones que explican este «despertar» sería la toma de conciencia, por parte de un número creciente de mujeres, de las limitaciones impuestas a su educación, por lo menos entre los estratos medios. Aunque el 6 de febrero de 1877 se dictó el famoso Decreto Amunátegui (firmado por el entonces Ministro de Instrucción Pública, Miguel Luis Amunátegui, bajo la presidencia de Anibal Pinto), que otorgó a la mujer el derecho a ingresar a la Universidad, en la práctica la educación continuó, por una cuestión de hábitos y costumbres, reservada a los varones. Sólo entre las clases acomodadas la mujer podía tomar lecciones de música, leer a los poetas greco latinos y alguna novela francesa de carácter romántico y educativo. Para su formación normal debía aprender «labores de mano y los buenos modales de una dama», como preparación para el matrimonio. También, y como parte de la formación religiosa, debía conocer el Catecismo y las vidas ejemplares de los santos. La mujer de escasos recursos no tenía otro acceso a la cultura que la vía oral, ni más conocimientos que la sabiduría popular. Aunque Chile aparece como pionero en cuanto a la formación de mujeres profesionales —en 1887 se titularon de médicos Eloísa Díaz Insunza y Ernestina Pérez Barahona, las primeras de Chile e Hispanoamérica—, la verdad es que éstas no eran bien miradas y se ejercía una evidente presión psicológica sobre ellas. Escribir o traducir un libro en esos años era inadmisible para una mujer. En efecto se las sancionaba por el simple acto de leer o estudiar.

LA GRAN GUERRA DE 1914
Este conflicto de proporciones continentales y repercusiones mundiales provocó en Europa el ingreso masivo e involuntario de la mujer al mundo del trabajo. Durante e inmediatamente después de la guerra, con la mayoría de los hombres en el frente, prisioneros o lisiados y muchos de ellos muertos, las mujeres debieron hacerse cargo de la industria, incluso bélica, y de la administración pública, entre otras muchas tareas. Esta situación, inédita en la historia, modificó definitivamente el rol femenino. La mujer demostró su capacidad y se produjo un debate mundial respecto a la situación de ésta ante la ley. Y la obtención de un título profesional, así como la mujer trabajando fuera del hogar, comenzó a verse con mayor normalidad.

RECABARREN Y LOS CENTROS FEMENINOS
Las primeras organizaciones de mujeres en Chile fueron los Centros Femeninos. Se forman en 1913 en Iquique, Antofagasta y las principales oficinas salitreras. En la zona se habían concentrado muchas familias obreras y comenzaba a desarrollarse el sindicalismo chileno, con Luis Emilio Recabarren a la cabeza. Recabarren, fundador (Iquique, 1912) del Partido Obrero Socialista, siempre alentó la «emancipación femenina». Pensaba que a la mujer era necesario «educarla, librarla del fanatismo religioso y de la opresión masculina». En su periódico «El Despertar de los Trabajadores», dedicó numerosas páginas a las «nuevas ideas de la liberación femenina» y a las actividades de las sufragistas inglesas, quiénes consiguieron, en Inglaterra, el voto para las mujeres mayores de 30 años en 1918 y la completa igualdad electoral en 1928.

BELEN DE ZARRAGA
Pero quizás no hubieran prosperado estos Centros Femeninos en el Norte sin el aliento de la española Belén de Zárraga. Fogosa oradora feminista, anarquista, libre pensadora y anticlerical, quien visitó Chile en 1913, ofreciendo conferencias en Santiago, Valparaíso, Antofagasta e Iquique. Para graficar sus puntos de vista, en una de sus charlas Zárraga señaló que «en un concilio del siglo VI se sometió a discusión si la mujer tenía alma. Y sólo por dos votos a favor quedó resuelta esta duda». El primer directorio del «Centro Femenino Belén de Zárraga» de Iquique, lo conformaron: Teresa Flores, Juana A. de Guzmán, Nieves P. de Alcalde, Luisa de Zavala, María Castro, Pabla R. de Aceituno, Ilia Gaete, Adela de Lafferte, Margarita Zamora, Rosario B. de Barnes y Rebeca Barnes. La labor de estos Centros Femeninos se desarrolló entre los años 1913 y 1915, decayendo después, junto con la explotación salitrera. Hacia 1921 se fundaron en Iquique la «Federación Unión Obrera Femenina» y el «Consejo Federal Femenino», anarco sindicalista la primera y socialista el segundo. En lo sucesivo, surgen en Santiago las principales iniciativas en favor de la mujer.

LAS SEÑORAS Y LA LECTURA
En 1915 —para «charlar, leer, beber una taza de té, celebrar de vez en cuando una fiesta social y cambiar sanos y serenos propósitos domésticos»— las damas católicas de la aristocracia santiaguina forman el Club Social de Señoras, agrupación que se distingue de las numerosas instituciones benéficas del siglo XIX por sus fines culturales. Su fundadora fue Delia Matte de Izquierdo. El Club de Señoras expresaba la inquietud de las mujeres de los sectores más acomodados que veían con alarma aparecer —entre los estratos medios— mujeres profesionales, que en número creciente se incorporaban a la educación y a la cultura. Inés Echeverría, una de sus miembros —quien escribía en La Nación con el pseudónimo de Iris—, señala: «para nuestra sorpresa han aparecido mujeres perfectamente educadas, con títulos profesionales, mientras nosotras apenas conocemos los Misterios del Rosario… Tememos que si la ignorancia de nuestra clase se mantiene dos generaciones más, nuestros nietos caerán al pueblo y viceversa».

LA ESCLAVITUD DE LA MUJER
Participa del Club de Señoras Martina Barros —una de las primeras intelectuales chilenas— quién traduce, con el título de «La Esclavitud de la mujer», «The subjection of women», del filósofo inglés John Stuart Mill. En sus memoria M. Barros apunta:«Mis compañeras me miraban con frialdad… y las señoras con la desconfianza con que se mira a una niña peligrosa». No sólo los hombres rechazaban la «emancipación de la mujer». La mayoría de las mujeres pensaba de igual manera, de acuerdo con la mentalidad de la época. En principio el Club de Señoras buscaba exclusivamente progresos culturales para la aristocracia, sin embargo hacen suyos ideales democráticos y por su influencia, en 1917, la fracción más joven del Partido Conservador presenta al Congreso Nacional el primer proyecto de ley para dar derechos de ciudadanía a las mujeres.

CIRCULO DE LECTURA
Ese mismo año, pero entre las mujeres laicas de las capas medias, con inspiración en los «Readings Clubs» de Estados Unidos, se forma el Círculo de Lectura. En su fundación y directiva aparece Amanda Labarca, gran escritora y educadora. Militante Radical. Labarca, quién dirige el periódico del círculo, «Acción Femenina», fue la primera latinoamericana en ejercer una cátedra universitaria e impulsará, en 1932, la creación del Liceo Experimental Manuel de Salas. Se la considera una gran precursora del movimiento femenino en Chile.

CONSEJO NACIONAL DE MUJERES
Del Círculo de Lectura se desprende, en 1919, el Consejo Nacional de Mujeres. Participan Amanda Labarca y Celinda Reyes. Tres años después presentan un proyecto sobre derechos civiles, políticos y jurídicos e inician gestiones que culminarán el año 1925 con el Decreto Ley conocido como Ley Maza (por el senador José Maza), que restringe en el Código Civil las atribuciones de la patria potestad de los padres, en favor de las madres; se habilita a las mujeres para servir de testigos y se autoriza a las casadas para administrar los frutos de su trabajo. Fueron apoyadas por Pedro Aguirre Cerda y Arturo Alessandri, entonces Presidente de la República. En el ámbito obrero, en 1917 se crea el Consejo Federal Femenino (al interior de la Gran Federación Obrera de Chile). Su objetivo: «mejoramiento cultural y acción mancomunada de trabajadoras». Hacia 1920 reaparece con el nombre de Gran Federación Femenina de Chile.

PARTIDOS POLITICOS FEMENINOS
El año 1922 se crea el Partido Cívico Femenino (PCF). Participan Ester La Rivera de Sanhueza, fundadora y primera presidenta, Elvira de Vergara, Berta Recabarren, Graciela Mandujano y Graciela Lacoste. Radicales, laicas o de un catolicismo moderado. Editan la revista «Acción Femenina» durante 14 años, alcanzando a tirar 10.000 ejemplares. Se expresan con singular discreción: «el feminismo no desea violencias. La mujer moderna no pide nada injusto ni abusivo. Queremos que se conozca a la mujer como algo más que un objeto de lujo y placer…». El Partido Cívico Femenino plantea el voto femenino subordinado a la educación cívica. «Primero educar y luego decidir». Trabajan, entre otros objetivos, por el voto municipal, a modo de «ensayo – aprendizaje».

En rigor, la Constitución vigente desde 1833 no excluía el voto femenino, pero cuando en 1875 algunas mujeres en San Felipe y La Serena acudieron a votar en las elecciones presidenciales no pudieron hacerlo. Y en 1884 se dictó una nueva Ley de Elecciones que, en su artículo 40, prohibía expresamente el voto femenino.

Hacia 1924 aparece el Partido Demócrata Femenino. Participan Celinda Arregui, E. Brady, G. Barrios, Rebeca Varas y otras. El Partido presenta a la Junta Militar de Luis Altamirano un proyecto para modificar la Ley Electoral. La Convención de la Juventud Católica Femenina, realizada en Santiago en 1922 y el Congreso Panamericano de Mujeres, celebrado en esta misma capital el mismo año, también solicitaron los derechos políticos de la mujer. A principios de 1925, el Partido Demócrata Femenino, presentó otro proyecto de Ley Electoral a la Junta de Emilio Bello Codesido, «suprimiendo la palabra varones y dejando ciudadanos chilenos». Luego piden la participación de mujeres en la Comisión Consultiva de la Asamblea Constituyente que elaboraría la nueva constitución, conocida posteriormente como la Constitución del 25.

EL VOTO MUNICIPAL 1926-1946
Durante esta etapa se conjugan tres tipos de organizaciones femeninas. Siguen desarrollándose numerosas agrupaciones benéficas, culturales, religiosas, deportivas y laborales, como el Consejo Femenino de la Defensa Civil, en pleno apogeo de la Segunda Guerra Mundial, para organizar la población ante un «inminente ataque al territorio nacional». El Comité de Ayuda a las Democracias, que hace colectas y campañas en favor de los países aliados. Y el Comité de Mujeres pro Ayuda y Defensa de los Ferroviarios, en el año 1936, con ocasión de una gran huelga de ese gremio. Un segundo tipo de organización buscaba la plenitud de los derechos civiles y políticos para la mujer. Por último, comienzan a formarse las ramas femeninas de los partidos políticos.

UNION FEMENINA DE CHILE
A fines de 1927, con ocasión de las celebraciones del cincuentenario del Decreto Amunátegui, se funda en Valparaíso la Unión Femenina de Chile. Trabajan hasta 1938 por reivindicaciones civiles y políticas, entre muchas otras tareas. Fue una organización de elite —constituida fundamentalmente por mujeres profesionales— que influyó en la opinión pública de ese puerto, sobre todo a través de su periódico homónimo y de su dirigente, Graciela Lacoste.

COMITE NACIONAL PRO DERECHOS DE LA MUJER
Este comité se forma en 1933 por iniciativa de Felisa Vergara, Amanda Labarca y Elena Doll, para participar en la discusión sobre la Ley de Sufragio Municipal. Luego de un período de silencio resurge en 1941, para «activar la aprobación por las Cámaras del proyecto de ley sobre el voto femenino».

ASOCIACION NACIONAL DE MUJERES UNIVERSITARIAS
En agosto de 1931 se fundó esta organización para extender las oportunidades culturales, económicas, cívicas y sociales de la mujer. Su presidenta fue una de las primeras médicos de Chile, Ernestina Pérez. Participan Amanda Labarca, Elena Caffarena, Irma Salas y Elena Hott.

EL DERECHO A VOTO MUNICIPAL
En 1934, durante el segundo gobierno de Arturo Alessandri, se dicta la Ley 5.357 que otorga a la mujer derecho a elegir y a ser elegida en los comicios municipales. Y el 7 de abril de 1935 participan por primera vez en una elección. Se presentan 98 candidatas, siendo elegidas 26. Sin embargo, condicionadas por su rol doméstico, proporcionalmente pocas mujeres se interesaron en participar.

EL MENCH
De gran trascendencia en la historia de la luchas femeninas en Chile, el 11 de mayo de 1935 se crea el Movimiento Pro Emancipación de la Mujer Chilena, MEMCH, con presencia a lo largo de todo el país. En 1940 contaba 42 comités locales de Arica a Valdivia. A través del periódico «La Mujer Nueva» y en múltiples reuniones públicas el MEMCH se pronuncia por la protección de la madre y defensa de la niñez; por que la mujer pueda ocupar cualquier cargo rentado e igualar los salarios con el hombre. La sociedad chilena todavía mantenía la opinión de que el trabajo remunerado en la mujer era accidental, semiclandestino y generalmente se aceptaba para que «ella pudiera ayudarse en sus gastos». El MEMCH aboga también por la defensa del régimen democrático y por la paz. Asimismo propiciaron la «emancipación biológica», es decir, contra la maternidad obligada, proponiendo la divulgación estatal de métodos anticonceptivos. Plantean los temas del aborto clandestino, de la prostitución, de la madre soltera, el divorcio legal, etc. La prensa tradicional llama a«no dejarse sorprender: se trata de comunistas que están contra la familia, la moral y la naturaleza y que persiguen objetivos disparatados y absurdos».
En 1938 llega a la presidencia de la República Pedro Aguirre Cerda, gran defensor de los derechos femeninos.

DISCUSION EN EL CONGRESO DEL VOTO FEMENINO
En 1941, en un mensaje dirigido a la cámara de diputados, el Presidente, electo con apoyo femenino, afirma: «La Constitución Política del Estado dispone que son ciudadanos con derecho a sufragio los chilenos que hayan cumplido 21 años de edad, sepan leer y escribir y estén inscritos en los registros electorales. (…) comprende, sin lugar a dudas, a los individuos de ambos sexos». Finalmente Aguirre Cerda presentó un proyecto de Ley Electoral, redactado por Elena Caffarena y Flor Heredia, que otorgaba el voto a la mujer. En 1944 se realiza en Santiago el Primer Congreso Nacional de Mujeres. Una de sus principales consecuencias fue la creación de laFederación Chilena de Instituciones Femeninas, FECHIF, la cual emprende una gran campaña por los derechos políticos. Preside Amanda Labarca. En abril de 1945 se realiza un foro con presencia de diversas organizaciones políticas, sociales y culturales, además de destacadas personalidades. Y en junio la FECHIF presenta al Senado un proyecto de ley sobre el voto femenino, con la firma de senadores de todas las tendencias. Desde las primeras incursiones femeninas en elecciones municipales, queda en evidencia que la mujer debía acceder a la totalidad de sus derechos políticos, pero aún tendrían que pasar otros cuatro años para que la cuestión fuera discutida a fondo. Entre tanto muere en ejercicio de sus funciones Pedro Aguirre Cerda.

El 15 de noviembre de 1945 Gabriela Mistral obtiene el premio Nobel de literatura.
El mismo año, Horacio Walker, senador conservador, expresa que «… el sufragio ha sido ejercido sólo por el 8,4 por ciento de la población del país, bases políticas estrechas que urge ampliar (…) es indispensable incorporar a la mujer a la ciudadanía política, que contribuye al 51 por ciento de la población chilena…» Por otra parte, desde 1924 (Conferencia Panamericana) Chile había aceptado recomendaciones internacionales sobre los derechos políticos de la mujer. En 1946 el senador liberal José Maza adhirió a esta causa, planteando, entre otros argumentos, la necesidad de poner al día nuestra legislación con respecto a las democracias del mundo. Salvador Allende, entonces senador socialista, manifestó que en su partido era normal considerar a la mujer con los mismos derechos que al hombre. Rudecindo Ortega, senador radical, también se pronunció favorablemente. El trabajo que las organizaciones femeninas habían emprendido en 1913 comenzaban a fructiferar.

LAS MUJERES ALCANZAN EL DERECHO A VOTO
En las elecciones municipales de 1947 Julieta Campusano es elegida Regidora por Santiago. En 1948 se suma a la acción el Partido Femenino Chileno, segundo partido femenino de la historia chilena, que llegó a contar 27 mil integrantes. Este año se dicta la Ley de Defensa de la Democracia, llamada «Ley Maldita», que pone fuera de la ley al Partido Comunista. Se constituye el Comité Unido Pro-Voto Femenino para iniciar una campaña nacional para apresurar el despacho del proyecto de ley sobre el voto femenino. Preside el Comité Aída Yávar y lo integran la FECHIF, Acción Católica Femenina, el MEMCH, el Partido Femenino, delegadas de todos los partidos políticos, mujeres independientes y comités de estudiantes universitarias. Cora Carreño, representante de las universitarias dice: «Queremos hacer sentir a los señores congresales que tras el movimiento hay un espíritu fuerte, una voluntad inquebrantable para conseguir, hoy, la plenitud de nuestro pensamiento y acción políticos…» La Cámara de Diputados demora dos años la discusión del proyecto, a pesar de que el Presidente González Videla urgía su despacho, tanto para cumplir con el compromiso adquirido con la mujeres durante su campaña, como el compromiso de la Estado chileno con Naciones Unidas, en el sentido de no discriminar por diferencias sexuales.

La FECHIF lanza la consigna QUEREMOS VOTAR EN LAS PROXIMAS ELECCIONES.
En Valparaíso se celebra el II Congreso Nacional de Mujeres, presidido por Amanda Labarca. Durante la sesión de clausura una mujer que había trabajado durante la campaña de González Videla, acusa al presidente de traicionar al pueblo. González Videla amenaza con «sacar a los soldados». La FECHIF expulsa de sus filas al Partido Comunista. Y el MEMCH se retira de la Federación.

Pese a la crisis al interior del movimiento, en 1948 se realiza una asamblea nacional de dirigentes de las diversas organizaciones femeninas, de la que surge el Comando Unido Nacional Pro-Voto Femenino, que realiza foros y propaganda. El 15 de diciembre de 1948 la Cámara de Diputados despacha el proyecto para su último trámite en el Senado. Las mujeres asistentes, en tribunas y galerías, aplauden y entonan de pie la Canción Nacional.

El 21 de diciembre el Senado acoge el proyecto con todas las modificaciones hechas por la Cámara. Por fin el 8 de enero de 1949 el Presidente Gabriel González Videla estampó su firma en el texto que concedía la plenitud de derechos políticos a la mujer. Con este motivo se realizó una gala en el Teatro Municipal, con la participación del Presidente González Videla, de su esposa Rosa Markmann, ministros, parlamentarios, dirigentes de la FECHIF y gran cantidad de público. Flor Heredia, Elena Caffarena y otras destacadas dirigentes son excluidas. Culminaban así 50 años de luchas femeninas.

En 1950 la radical Inés Enríquez es elegida diputada por Concepción, convirtiéndose así en la primera parlamentaria chilena. Y dos años después, en 1952, las mujeres participan por primera vez en la historia de Chile en una elección presidencial.
_________________

ALGUNAS DE LAS MUJERES MAS DESTACADAS DURANTE ESTE PERIODO
ACUÑA, Justicia: Primera mujer chilena ingeniera (1919).
ARGOMEDO, Aurora: Educadora, llamó a las mujeres de Valparaíso a celebrar el cincuentenario del decreto Amunátegui (1927).
ARREGUI, Celinda: Integrante del Círculo de Lectura, Partido Demócrata Femenino y organizadora del Congreso Panamericano de Mujeres (1922).
ASTICA, María: Participó activamente en las charlas-foro realizadas en el Salón de Honor de la Universidad de Chile para presionar al parlamento por la aprobación del voto para la mujer (1946).
BAHAMONDE, Arsenia: Una de las fundadoras de la Unión Femenina de Chile de Valparaíso (1928).
BARROS DE ORREGO, Martina: Una de nuestras primeras intelectuales. Participa en el Club de Señoras.
BUDINIC, Margot: Secretaria de prensa y propaganda de la FECHIF.
CAFFARENA, Elena: Abogada, fundadora y vicepresidenta de la Asociación de mujeres universitarias (1931). Fundadora y primera secretaria general del MEMCH (1935-1941). Fundadora y vicepresidenta de FECHIF.
CAMPUSANO, Julieta: Dirigente comunista. Electa regidora por Santiago en 1947. Secretaria de publicaciones de la FECHIF.
CARR BRICEÑO, Julieta: Una de las fundadoras de la Unión femenina de Chile de Valparaíso (1928). CID, Cora: Presidenta de la Asamblea nacional de mujeres de Chile, se presentó como candidata en las elecciones municipales de 1941.
DE LA CRUZ, María: Candidata a las elecciones senatoriales de 1950. Máxima dirigente del Partido Femenino Chileno (1946-1953). Jugó un papel destacado en la campaña presidencial de Carlos Ibáñez del Campo (1952). Primera senadora de la República (1953).
DEL CANTO, María Teresa: Ministra de Educación en el gobierno de Carlos Iáñez del Campo (1952-1958).
DIAZ, Eloísa: Junto a Ernestina Pérez, se recibió de médico en 1887, siendo ambas las primeras en toda Iberoamérica.
DOLL, Elena: Una de las fundadoras del Comité nacional pro-derechos de la mujer (1935). Presentada y elegida en las elecciones municipales de 1935, 1938 y 1941.
EDWARDS, Adela: Miembra de la Acción Nacional de Mujeres de Chile, elegida regidora en las elecciones municipales de 1935.
ENRIQUEZ, Inés: Primera parlamentaria chilena. Elegida diputada por Concepción en 1950.
FIGUEROA, Ana: Profesora, Presidenta Nacional de la FECHIF en 1949.
HEREDIA, Flor: Junto a Elena Caffarena redactó un proyecto de ley sobre el voto femenino, presentado a Pedro Aguirre Cerda.
LABARCA, Amanda: Profesora, fundadora del Círculo de Lectura (1915). Integrante de la FECHIF (1944) y presidenta de la institución. Fundadora del Comité Nacional pro Derechos de la Mujer (1933). Vicepresidenta de la Asociación de Mujeres Universitarias (*).
Embajadora de Chile ante la ONU durante el gobierno de Gabriel González Videla (1946).
LACOSTE, Graciela: Fundadora y presidenta de la Unión Femenina de Chile de Valparaíso (1928).
MANDUJANO, Graciela: Integrante del Partido Cívico Femenino. Secretaria General del MEMCH (1944-45). Secretaria de asuntos internacionales de la FECHIF.
MARKMANN, Rosa: Bajo su auspicio se fundó la Asociación de dueñas de casa (1947), institución gubernamental que presidió. «Primera dama» en el gobierno de González Videla.
MISTRAL, Gabriela: Premio Nobel de literatura.
OLGUIN, Adriana: Ministra de Justicia en el gobierno de González Videla.
PARRA, Violeta: Muy destacada folklorista.
PEREZ, Ernestina: Junto a Eloisa Díaz, primera médico de Chile y de Iberoamérica, recibida en 1887. Presidenta de la Asociación de Mujeres Universitarias.
POBLETE, Olga: Profesora y Secretaria General del MEMCH.
RIEDEL, Dora: Primera arquitecta chilena (1930).
ROJAS, Elcira: Presidenta del Partido Cívico Femenino.
SCHNAKE, Graciela: Primera alcaldesa de Santiago, nombrada en el gobierno de Pedro Aguirre Cerda.
TAGLE, Victoria: Primera agrónoma chilena (1922).
VERGARA, Felisa: Militante y dirigenta socialista. Fundadora del Comité Nacional pro Derechos de la Mujer (1933).
YAVAR, Aída: Presidió el Comité Unido Pro Voto Femenino (1947).
(*) Amanda Labarca decía que en el siglo XIX, en Chile se había afirmado que: «Es posible que la mujer, siendo una criatura de Dios, tenga igual que el hombre un cerebro inteligente».
© Adolfo Pardo, Santiago, Chile, 2001.

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EL CIBERESPACIO, UN ESPACIO ANTROPOLÓGICO. DE LA TIERRA AL CIBERESPACIO


http://eugeniaprado.blogspot.com/2013/09/xxii-congreso-de-la-asociacion.html

XXII Congreso de la Asociación Internacional de Literatura y Cultura Femenina Hispánica / De la Tierra al Ciberespacio

7 septiembre 2013

Poesía, memoria y comunidad nacional Chile y Argentina en postdictadura. Alicia Salomone


  • Poesía, memoria y comunidad nacional Chile y Argentina en postdictadura
DOI: 10.5354/0718-9990.2011.10605

1 Universidad de Chile

Resumen

Este trabajo analiza, a través de un conjunto de textos poéticos de mujeres de Chile y Argentina, cómo se piensa la nación en el escenario demarcado por el tránsito que va desde los regímenes dictatoriales a las sociedades de las postdictaduras. Ello supone, por una parte, observar cómo se hace presente esa idea nacional entre aquellos miembros de la colectividad que, por motivos de género, clase y/o etnia, han padecido distintas exclusiones dentro de la comunidad imaginada o se han situado a distancia de las narrativas oficiales. Por otra parte, implica indagar en la relación que liga a la poesía con la reflexión sobre la identidad nacional, evidenciando que la poesía de mujeres, a la vez que genera nuevos lenguajes y estéticas, asume posiciones diversas frente a los distintos contextos de los cuales emerge. Para realizar este trabajo se consideraron textos de las poetas argentinas Diana Bellessi y Roberta Iannamico, y de las poetas chilenas Elvira Hernández y Alejandra del Río.

Palabras Claves

Memoria; Identidad Nacional; Poesía de Mujeres; Género; Postdictadura en el Cono Sur.

Abstract

This paper aims to analyze, through a series of poetic texts by women in Chile and Argentina, how nation was defined in texts produced during the military regimes as well as during democratic transitions. It means, first, to observe how the idea of nation is presented in the writing of persons who suffered exclusions within the imagined community or have located away from official narratives. On the other hand, it means to explore the relationship that links women’s poetry with reflections on national identity in a critical period. In this frame, we would like to demonstrate that, while generating new languages and aesthetics, women’s writing also assumes different positions regarding the context in which it emerges. For this study, were considered texts by poets Diana Bellessi and Roberta Iannamico, from Argentina, and by Elvira Hernández and Alejandra del Rio, from Chile.

Keywords

Memory; National Identity; Poetry of Women; Gender; South Cone during Postdictatorship

 

La comunidad nacional, el género-sexual y la poesía

 

¿Cómo podemos pensar la nación en el marco del doble desafío que suponen, por lado, el despliegue de la globalización neoliberal contemporánea y, por otro, la difusión de perspectivas postmodernas que cuestionan el valor de ese nexo simbólico que liga a quienes se congregan en países o regiones; y que, en el caso de los países del Cono Sur, vincula a un universo humano, ciertamente heterogéneo, que ha permanecido junto, al menos, por dos centurias de vida en común? Por otra parte, ¿cómo se hace presente esa idea nacional o regional en la escritura de aquellos miembros de la colectividad que, por motivos de clase, etnia o género-sexual, han padecido distintas exclusiones dentro de la comunidad imaginada o se han posicionado a distancia de las narrativas construidas desde los núcleos que detentan el poder social y simbólico? También, ¿cuáles son las herramientas que pone en juego la poesía y cuáles sus tretas en los albores del nuevo milenio; cuál es el papel que quiere ocupar este género que la crítica hegemónica y el mercado, en buena medida, dejan al margen? Y finalmente, ¿cómo podemos pensar la relación entre poesía y comunidad nacional desde una producción, como lo es la poesía escrita por mujeres, que suele transitar por los bordes del canon cultural y literario?

 

Desde estas preguntas, me interesa indagar cómo ciertas escrituras de mujeres de Chile y Argentina crean lenguajes, que, a la vez que dan cuenta de configuraciones estéticas particulares, suponen tomas de posición frente al contexto de producción del cual emergen, y que, en el caso que estamos considerando, anclan en el período postdictatorial. Debo decir, por otra parte, que con este concepto aludo a ese largo ciclo histórico que se inicia con las dictaduras de los años 70 y que se prolonga hasta la actualidad. Período al que me parece pertinente observar de conjunto, no por disminuir el papel que tuvieron las transiciones democráticas tanto en lo que concierne a la recuperación de las libertades públicas y derechos políticos como a los intentos por hacer justicia respecto de las violaciones de derechos humanos, sino porque cada vez queda más claro que la vuelta a los regímenes constitucionales, incluso considerando las diferencias que se advierten en cada país, no representó un quiebre radical frente al proyecto de sociedad impuesto por los militares, cuyas líneas estructurantes, sobre todo en lo económico y social, en buena medida, fueron mantenidas por los nuevos gobiernos.

 

Observando el mismo escenario desde el campo de la literatura, el crítico brasileño Idelber Avelar (2000) ha propuesto una hipótesis productiva en la que sostiene que ciertas textualidades producidas en la postdictadura, a contrapelo de las incitaciones estatales y las demandas del mercado globalizado, no pueden ocultar su huella postraumática. Una condición que se deja ver mediante la incorporación reflexiva, en el sistema de determinaciones de los textos, de la derrota inflingida por las dictaduras a los proyectos de transformación radical que se impulsaron en la región entre finales de los años sesenta y comienzos de los setenta. Desde esta condición intempestiva, entonces, ciertos textos resultan inasimilables a la lógica dominante en la medida que se resisten a circular como productos de una memoria sin restos ni fisuras, “memoria de mercado” la llama él, que genera lo nuevo desde un descarte de lo viejo, apuntando, en cambio, hacia un pasado que exige una reposición. De este modo, retomando las propuestas benjamineanas relativas al impacto que una historia traumatizada genera sobre la capacidad y las modalidades de la narración, afirma: “la mercancía anacrónica, desechada, reciclada o museizada, encuentra su sobrevida en cuanto ruina” (Avelar, 2000: 14).

 

Por su parte, la poeta y crítica argentina Alicia Genovese (2010), refiriéndose a la inscripción literaria de este tipo de memorias, contrasta las posibilidades que entregan los llamados géneros referenciales, como los testimonios, los diarios íntimos o las cartas, con las que ofrece la producción poética. Al respecto, sostiene que si aquellos géneros han resultado fundamentales para instalar las demandas de justicia en el Cono Sur y, asimismo, para apoyar los argumentos que a estos mismos fines se levantaron desde las ciencias sociales o la historia, sin embargo, tampoco puede dejar de advertirse que los discursos testimoniales siempre traslucen aporías o lagunas, evidenciando que hay algo que no puede ser dicho y que, por ende, necesita ser recuperado desde sus silencios. Por su parte, la poesía, al eludir la literalidad o referencialidad directa, en la medida en que la imagen se articula desde lo oblicuo y lo sesgado, permite vincular las percepciones inmediatas con otro cúmulo de estratificaciones de sentido, y, por esa misma vía, abre el deseo hacia una deriva de la subjetividad, hacia su reflexión o cambio de dirección, dando espacio a todo un potencial de proyección y afirmación de futuro. Como si mirar de costado la muerte o la sordidez de la prisión, dice Genovese, hiciera posible, al mismo tiempo, conectarse con el enorme reservorio vital que subyace en la existencia humana y que, sin embargo, es pocas veces percibido (Genovese, 2010: 70).

 

Como mencioné antes, mi interés se concentra en la labor poética de una serie de escritoras de Chile y Argentina, particularmente, en cómo se pone de manifiesto en sus textos aquella resistencia o residuo indigerible a que se refería Idelber Avelar; el que, desde Alicia Genovese, también deberíamos pensar como una posibilidad de resilencia, entendida ésta como la capacidad humana que hace posible sobrevivir a las más difíciles circunstancias de la vida e incluso salir fortalecidos y transformados por ellas1.Esto supone, a su vez, dar cuenta de la confluencia de dos dimensiones que se entrecruzan en las escrituras. Por un lado, desde su conexión con la memoria política, los textos que analizaré pueden ser leídos como representaciones acerca de los avatares de la comunidad nacional en un período crítico, donde se pone en tela de juicio la capacidad inclusiva del concepto de nación, pero donde, a la vez, pueden emerger configuraciones alternativas. Por otro lado, desde su clivaje sexogénerico, los textos del corpus permiten observar una tensión frente a los códigos androcéntricos que desde el lenguaje penetran en la cultura, entendida desde Raymond Williams como “totalidad de la vida” (Williams, 2001: 10), condicionando la constitución de las identidades y subjetividades. Ahora bien, desde mi perspectiva, ambas dimensiones están relacionadas en estas escrituras y, por eso mismo, operan conjuntamente, modelando las respectivas revisiones críticas de la memoria y los discursos identitarios.

 

 La comunidad en disolución: Bandera de Chile (1981) y Tributo del mudo (1982)

 

Elvira Hernández, en Chile, y Diana Bellessi, en Argentina, producen dos textos poéticos, en 1981 y 1982 respectivamente, que son expresivos de eso que, en palabras de Raymond Williams (1980: 150-158), podríamos definir como una “estructura de sentimiento” común. La que se plasma no sólo en estéticas que guardan estrecha afinidad sino en visiones de mundo coincidentes, que dan cuenta de la experiencia límite vivenciada por las hablantes durante los años duros de las dictaduras militares de nuestros países, cuya ferocidad represiva, más temprano o más tarde, según el caso, abrió paso a la imposición del neocapitalismo contemporáneo.

 

Esa política siniestra, sin embargo, no logró desactivar en ciertas personas la necesidad de ofrecer respuestas ante esas crisis nacionales, y ello se hace particularmente visible en el caso de Bellessi y Hernández, quienes toman en sus manos una tarea casi imposible: la de instalar un lugar enunciativo que, apelando a complejas estrategias, no sólo logra eludir la voracidad mortífera del terrorismo de Estado sino que hace posible la rehabilitación de un habla (rebelde, crítica, popular) que había sido violentamente confiscada. Ello les permite, por una parte, enunciar una palabra poética que, a la vez que deja asentado un cierto testimonio político, se interna en la búsqueda de un nuevo lenguaje representacional. Y, en ese mismo gesto, visibiliza a un sujeto femenino que se pronuncia contra los múltiples autoritarismos acoplados a los que se ha visto sometido, sean éstos de índole política, social y/o sexo-genérica. Así, tomando la proposición de Germán Cossio (2008) en un estudio reciente sobre las autoras, se puede afirmar que los textos de Bellessi y Hernández van dando forma a una auténtica “poética de la crisis”, que logra poner en escena las torsiones que sufre el lenguaje cuando es sometido a constreñimientos brutales, a la vez que deja a la vista las posibilidades expresivas de las “hablas políticas” que ambas poetas instalan2.

 

Como afirma Jorge Monteleone (2002), leyendo la poesía argentina de los años ochenta desde un argumento que también es válido para Chile, no hay duda de que la dictadura trastornó la discursividad social y el régimen de la mirada, impactando hondamente en el lenguaje de la comunidad, el que de algún modo se vio comprometido con la lógica imperante de persecución y de silencio. La poesía escrita en esos años, dice Monteleone, debió trabajar con esa lengua culpable y desde allí opuso una resistencia que se afincó en la reconfiguración de la mirada y de su capacidad enunciativa, dando forma a una estética crítica; la que traspone a la escritura un ojo concentrado hasta tal punto en la observación de los objetos que llega a producir la ilusión de transformar a la poesía en su propio objeto.

 

No es casual, entonces, que la dimensión visual de la palabra cobre tanta importancia en los textos de Hernández y Bellessi, lo que se evidencia, en el primer caso, en el particular despliegue estratégico que asumen los grafemas dinámicamente instalados sobre el soporte textual, y que se manifiesta de modo inverso en Tributo del mudo, aunque con el mismo énfasis desestabilizador, mediante un juego de aquietamiento y fijación observante en los objetos cotidianos, que reduce al mínimo el movimiento y la intensidad sonora de la palabra, a la vez que tonaliza en rojo sangre la mirada que se posa sobre el entorno. Estas dos perspectivas, por otra parte, no pueden sino remitir a unas hablantes que perciben los peligros que se ciernen sobre ellas y también sobre las comunidades en las que se referencian. Al respecto, dice Bellessi:

 

 

En el profundo silencio de la noche

cae una rama pequeña;

 

reposan los pensamientos

y el sonido se hace audible

en avalancha

 

Me uno al coro.

 

Una polilla

crepita en la llama de la lámpara (Bellessi, 2009: 176)

 

(…)

 

Navegábamos por un mar de arena.

El sol, espectralmente rojo teñía la aureola

De polvo que seguía a la nave. Un cielo de oro

Sin una nube, sin un pájaro dándole vida (Bellessi, 2009: 185)

 

Como ha explicado Monteleone (2002), Tributo del Mudo asume un proyecto discursivo que desplaza el uso de un lenguaje degradado para materializar el vacío en que había caído la significación. Desde allí, desfamiliariza el mundo perverso en el que surge la escritura, operando desde un movimiento de ida y vuelta entre el ojo y el objeto que termina por producir una resignificación del entorno cotidiano. Se trata de una praxis que concentra su ejercicio en la captura del detalle, y que posibilita reapropiar el espacio textual, redefiniéndolo como el lugar donde aun cabría esperar cierta misteriosa epifanía, como sugiere en una entrevista la propia Bellessi3.

 

Ahora bien, junto con esa estrategia de extrañamiento frente a una lengua común que se ha tornado extraña, el texto también pone en acto otro tipo de modalidades enunciativas, particularmente el desplazamiento del discurso desde el cronotopos en el que se encuentra instalada la hablante a otro muy distante en términos del tiempo y del espacio, como es la sociedad de la antigua China4. Mediante este artificio, la hablante puede acoplar una discursividad crítica, tanto en términos políticos como de género-sexual, refractándola sobre un escenario aparentemente muy alejado de la realidad propia. De este modo, ella logra iluminar indirectamente su contexto en un movimiento que entrelaza su voz con otras voces que traslapan su protesta desde aquel escenario distante hasta el lugar en que está instalada la hablante, instalando alianza que se textualiza, de manera alegórica, en las figuras duplicadas de la hablante y la fugitiva, y en la del río. Esta última, una imagen que condensa una multiplicidad de significaciones, donde se unen, por un lado, una semántica femenina que deriva de la condición acuática del río, y por otro, una simbólica que lo define como un espacio liminar, de tránsito y frontera. Un lugar móvil en el que se pueden vincular, como en un presente continuo, las dos mujeres mencionadas en el texto: la fugitiva, escapando a través del río Amarillo, y la hablante, también perseguida, ocultándose en algún rincón ignoto del Delta del Paraná, en la Argentina.

 

 

El río,

el río avanza

sin volver a remontar sus aguas,

como vos,

señora fugitiva,

los hombros apoyados

en el respaldar de madera,

y un libro de pinturas

sobre el regazo (Bellessi, 2009: 159)

 

La Bandera de Chile, por su parte, construido desde una dicción abiertamente polémica, en la que la ironía cobra un papel central como estrategia de enunciación, procede desde una puesta en escena diversa de la del texto anterior, haciendo eje en lo que Germán Cossio ha llamado un ejercicio de violencia simbólica sobre el lenguaje oficial (Cossio, 2008). Un procedimiento a través del cual la hablante se toma la palabra para llevar a cabo una impugnación explícita de los pilares ideológicos del discurso militar-patriarcal chileno, mediante el cuestionamiento de su nacionalismo conservador y excluyente, tanto en términos políticos como clase social y de género-sexual. De este modo, operando sobre el soporte textual como sobre un espacio a ser disputado palmo a palmo al enemigo, el poema de Elvira Hernández da curso a su particular apropiación del pabellón patrio: a su “toma de la bandera”, tal como nos dice el poema en una dedicatoria probable a los pobladores de la barriada homónima que se insinúa en el texto. Un signo que la crítica chilena Karem Pinto (2008) lee como la materialización de la alianza simbólica que el poema establece entre una sujeto-mujer que se apropia de su voz y de su cuerpo, y un sujeto social emergente, el movimiento poblacional, que en 1980 irrumpe en el espacio público en abierto desafío al autoritarismo militar5:

 

 

                No se dedica a uno

                                               la bandera de Chile

                se la entrega a cualquiera

                                               que la sepa tomar.

 

                                                               LA TOMA DE LA BANDERA (Hernández, 1991, s/n)

 

Así, instalada en esta política insurreccional frente a los signos, que se textualiza de múltiples formas en el espacio de la página: con hoyos y silencios, con indicaciones de movimiento, con reiteraciones léxicas de sentido irónico, con duros sarcasmos y hasta figuras grotescas, la hablante se hace cargo de esa imagen-sinécdoque de la patria, la bandera, con el objeto de arrebatarla a las manos militares y de resignificarla como el símbolo más representativo de la marginación social, política y sexo-genérica de las grandes mayorías, a la vez que como el emblema por excelencia de una resistencia que de ahí en más ya no sería acallada. En este escenario y apelando a esta voz poética enrarecida, ella hablará para (re)presentar a una otrabandera de Chile, la de los perseguidos y humillados, quienes suelen semantizarse en femenino, al igual que el sujeto-mujer. Bandera que la hablante exhibe como la contracara siniestra de esa tela prolija que es forzada a acompañar los actos oficiales, y que, en el final del poema, termina optando por el silencio, asumiendo a éste como el modo más radical de resistir ante un lenguaje culpable que, sólo en su negatividad resistente, en sus huecos (como se trasluce en la disposición gráfica del texto), deja fluir todo su potencial contestatario:

 

La Bandera de Chile no se vende

                   le corten la luz la dejen sin agua

                   le machuquen los costados a patadas

La Bandera tiene algo de señuelo que resiste

                   no valen las sentencias de los jueces

                   no valen las drizas de hilo curado

 

 

La Bandera de Chile al tope                                          

(Hernández, 1991: 30)

 

(…)

 

La Bandera de Chile es usada de mordaza

                   y por eso seguramente por eso

                   nadie dice nada

 

 

La Bandera de Chile declara                dos puntos

                                           su silencio                 

(Hernández, 1991: 33-34)

 

La comunidad en recomposición: Santiago Waria (1992) y El jardín(1993)

 

¿Qué ha ocurrido con estas poetas que han logrado sobrevivir a la hecatombe?, ¿cómo reconfiguran la comunidad tras la derrota y el derrumbe de los proyectos colectivos?, ¿cómo la nombran, y se nombran, en un escenario en que el neoliberalismo y sus secuelas teóricas parecen poner dificultades insalvables al rearmado del tejido social, negando cualquier posibilidad de un proyecto futuro que ancle en la herencia de un pasado que se quisiera clausurado para siempre?

 

 Santiago Waria, el libro que Elvira Hernández entrega al inicio de la transición chilena, en 1992, ofrece ciertas claves para pensar esas interrogantes desde la experiencia de una sujeto que, al igual que la que había emergido en La Bandera de Chile, no duda en situarse a distancia de las incitaciones amenazantes que recibe desde  el poder. Un poder que, más allá del recambio de personal político operado con la vuelta a la democracia, y de los arreglos cosméticos con los que intenta camuflar su cara añeja, no puede ocultar su deuda con la dictadura que le dio origen, y que, en buena medida, permitió su consolidación. Frente a este nuevo emprendimiento transformista, sin embargo, la hablante se niega a bajar la guardia y, una vez más, asumirá una postura resistente y a cara descubierta. La que, en este caso, se visibiliza en el ejercicio impugnador de una voz proferida desde una trinchera poético-política que vuelve a posicionar a la ironía y al sarcasmo como las estrategias privilegiadas de su enunciación:

 

Recientemente ha llegado un comunicado a mi posición. […] Se me ordena levantar la Retaguardia y abandonar el armamento. […] Se me recomienda no ir a la zaga y visitar a la familia; conocer y reconocer un mundo que progresa día a día. Me aseguran que si me integro y firmo la tranquilidad no tendré problemas a la Derecha de Dios.

 

Mis armas son mi vida,

Elvira Hernández (poema “Zaga y final”, s/n)

 

Armada con su dignidad y con apenas unas ropas pobretonas enfundándole el cuerpo, la hablante del poemario (a veces, Elvira; a veces Teresa, la sola, la vieja, la sabia: contracara del seudónimo que utiliza la autora y que funciona como otra figura que multiplica su voz)6 se lanzará a deambular por Santiago, la capital de un país que pareciera anhelar mirarse en una imagen próspera y moderna, que no registrara rastro alguno de un pasado conflictivo7. Esta imagen latente, sin embargo, nunca será convalidada en el discurso de la hablante, pues, por el contrario, lo que ella observará en su recorrido es una urbe que está entrando en una etapa nueva, y no menos tortuosa, de una historia centenaria. Una historia que es aludida en el mismo título del libro: Santiago Waria, 1541-1991; el que, tanto desde su doble registro lingüístico, el castellano y el mapuche, como desde su alusión al peso que el legado de la Conquista endosa sobre la actualidad, configura el referente trágico desde el cual el presente de la ciudad debiera ser pensado.

 

Por esas calles andará la hablante, delineando su trayecto, por lo general solitario y siempre auto-reflexivo, a través del cual descubrirá a la urbe y se reconocerá en ella, espejeándose en los múltiples fragmentos que le ofrece esta ciudad caída, poblada de seres vacíos y asediados:

 

 

[Santiago:]            

 

Alto contraste /

Estilo Callampero y Bursátil (“Xerografía santiaguina”),

 

Robótica y Mendicante (“Letras & Letrinas”),

 

Una ciudad que ha perdido toda señal de identidad, donde conviven sin contradicción el lujo del penthouse y la sordidez de la pelea callejera (“Karate Kafkiano”), la Cityfinanciera el cité donde no se esconde la miseria (“Poema Santiago Waria”). Un espacio en el que, sin embargo, la hablante aun escucha el murmullo de la presencia/ausencia de los que ya no están: sean éstos los mudos rostros mapuches que observan a Santiago waria desde el fondo de la historia o los espectros más recientes de los desaparecidos que también la rondan.

 

Así, auscultando la ciudad a contrapelo, desde una mirada sospechosa que persigue huellas y signos por entre los pliegues ruinosos de las formas llamativas y las frases altisonantes, la hablante irá poniendo una palabra cáustica en las llagas que aquéllas quisieran ocultar. Una praxis que ella profundiza con el registro recuperador de ciertos restos materiales, que han quedado adheridos a sus muros y veredas, y en los que todavía se dejan ver, como en un palimpsesto, las huellas fantasmales de aquellas figuras que, como las de los héroes muertos, se niegan a desaparecer de la superficie urbana. Rostros que, por el contrario, distinguiéndose entre los desechos que se acumulan cotidianamente, logran experimentar una sobrevida a través de la palabra de la hablante, como ocurre con la figura de Jécar Necme, el último asesinado de la dictadura:

 

 

El barrio “turco” vive de su última liquidación

Viven los caras duras viven los cara’e palo

                              ¡Jécar vive! (Poema “Santiago Waria”, p. 39)

 

Como sugiere el análisis de Raquel Olea (Olea: 1996, s/n), lo que nos ofrece Santiago Waria es un texto-memoria de la individuación ciudadana. Desde mi perspectiva, no obstante, debiéramos radicalizar esta interpretación para pensar aquella experiencia como el proceso de construcción de ese sujeto crecientemente despojado de su poder ciudadano. Un sujeto que se constituye en el marco de una democracia flaca y de una sensación de vacío postmoderno que tiene poco de espontánea: “no es el vacío es el vaciado”, dice la poeta en “Letras & Letrinas”. Y es precisamente en este marco que el poemario indaga en la estructuración de un lenguaje, que, metonimizado en las letras del alfabeto que dan inicio a cada uno de los poemas (de la A a la Z), intenta dar algún sentido a los fragmentos de una historia que se resiste a ser narrada acríticamente, es decir, desde el aplanamiento de sus nudos trágicos.

 

Ahora bien, desde ese mismo lugar irreductible que nos entrega el texto de Elvira Hernández, quiero retomar el diálogo con la producción de Diana Bellessi, poniendo en relación Santiago waria con el poemario Jardín, que la poeta argentina publica en 1993. Se trata de un libro que, con sus propias características y énfasis, también da cuenta de los movimientos de un sujeto femenino contemporáneo, inserto en una colectividad que aun no se recupera de la devastación producida por la última dictadura. Un texto que se inserta en un espacio cultural donde se hace evidente el desencanto ante una democracia trunca, que, hacia el final del milenio, evolucionaría hacia una crisis que erosionaría hasta los huesos la idea de una comunidad integrada. Leído a la luz de esta trama, el poemario de Bellessi se recorta como una reflexión profunda en torno a los poderes reconstituyentes de una poesía que, anclada hondamente en su tiempo, no sólo no elude su condición postraumática sino que la asume como el punto de partida para contribuir, desde una estética y una ética, en la tarea colectiva de restituir voces y proyectos arbitrariamente suprimidos.

 

El texto procede desde el despliegue de una imagen, la de un jardín que exige arduas preocupaciones a su autora. Imagen que alegoriza, a través de esos cuidados, el proceso de recreación de un yo que tiene por sustento el rescate de una memoria individual, pero que es también social (Williams, 1980: 150-158), a través de un tránsito cuyos hitos están señalados en los títulos de las secciones del texto: Golpe de Estado, Estado de Derecho, Leyenda y “Un día antes de la revolución”. Estas denominaciones, que sobreponen una nota referencial en un texto que, como unhortus conclusus, parece encerrado en sus propios límites, no sólo permiten refractar en él los condicionantes de la época en que es producido, sino que también permiten iluminar el modo en que se gesta y afirma una subjetividad-mujer que arrastra un lastre histórico de ilegitimidad intelectual, como bien ha sugerido Jorge Monteleone (2000). A través de esos hitos, sostiene Monteleone, el texto logra metaforizar el trayecto que va desde la “negación de garantías” impuesta sobre esa voz poética, a la búsqueda de modos expresivos propios, que oscilan entre el deseo de decirse y la amenaza permanente del vacío, hasta comprender que la prohibición de su palabra obedece a una circunstancia histórica y no a una condición esencial. Este proceso, por lo tanto, no deriva en la mudez de la hablante sino, por el contrario, en su expectativa de un advenimiento utópico – amoroso y revolucionario, a la vez -, que es significado en la escritura como el momento de la posesión del tiempo y la palabra.

 

Ese deseo de transformación y empoderamiento subjetivo es el que toma forma en el texto, materializándose en una figura matrística que emerge desde la voz de la hablante, y que es a la vez acogedora y deseante, y por eso mismo, filosóficamente anterior a la Ley del Padre. Esta figura, que se desentiende de la voluntad vacía de un poder que sólo se quiere igual a sí mismo y que, por ende, resulta anulatorio de lo otro, nos introduce, por lo tanto, en otro mundo de significados. Los que remiten, por una parte, a un anhelo de continuidad de la vida que se metaforiza en la proyección o disolución de la madre en sus hijos. Y por otro, a una praxis que procura la religazón de los vínculos humanos, lo que sólo sería pensable (y posible) a través del libre juego de las subjetividades y del reconocimiento mutuo, igualitario y amoroso de las diferencias.

 

Qué quiere el poder. Ni siquiera

al sujeto que lo tiene

Quiere

ser el instante completo

que abolió la duración

y la diferencia. Igual a sí

autónomo, eterno. La madre en cambio

desea

caminar por la pradera entre sus hijos

Aceptar la muerte y poner

su heredad en la diferencia. Sueña

y está hecho del detalle

Lo que hicimos juntos, lo no hecho

Se disuelve entre sus hijos

(Bellessi, 2009: 505-506)

Memorias de nueva generación: Roberta Iannamico y Alejandra del Río

 

En esta última parte del trabajo quisiera agregar algunas referencias a las voces que advienen al escenario poético del Cono Sur entre el finales del siglo XX y el inicio del presente, pues me parece central detenerse a observar cómo las generaciones más jóvenes se hacen cargo de la pesada herencia recibida, y cómo procesan estéticamente la relación entre la historia personal y la colectiva. Al respecto, y atendiendo a la situación argentina, Alicia Genovese (2003) señala que en la poesía producida a partir de los noventa, es frecuente encontrar remisiones a la violencia política de los años de la dictadura, desde una óptica que pone en juego una mirada muy poco complaciente, hasta impiadosa, sobre el mundo público, y también (y fundamentalmente) sobre el ámbito privado. Este último, un espacio que, lejos de aparecer como un lugar de resguardo, suele representarse como la caja de resonancia desde la cual la generación de los hijos de los militantes de los años setenta experimentó el horror que se desataba en el afuera. En este contexto, no puede extrañar la centralidad que en las nuevas generaciones poéticas cobra la recuperación de la memoria de la infancia, lo que debe comprenderse a la luz de ese proceso social mayor de búsquedas en torno a una reconfiguración identitaria en una época postraumática. Estas memorias emergentes, en opinión de Genovese, se trabajan desde múltiples lenguajes y modalidades expresivas; pero, sin embargo, suele predominar en ellas un ejercicio de hibridización entre el lenguaje poético y otros tipos de discurso que lo interfieren, particularmente los que provienen de los mass media, como el cine, el comic o la TV, lo que termina por cuestionar la condición cerrada o pura de la poesía.

 

Roberta Iannamico (1972), por ejemplo, se instala desde ese registro íntimo-doméstico al que hemos hecho referencia, conformando un mundo de escenas y juegos propios de la infancia (de rondas, películas y fiestas de cumpleaños) para resignificarlo como un espacio desde el cual es posible volver la mirada a una historia personal que inevitablemente aparece tocada por el contexto social. En el poema “Caracoles”, incluido en la antología Niña bonita (2001), por ejemplo, la hablante recupera la figura de unas cebras aparecidas en un programa de televisión en blanco y negro (una ineludible marca epocal). Y, desde allí, ironiza sobre un mundo degradado e incomprensible en el que los tiempos aparecen confundidos pues, en el ayer como en el ahora (un presente que prolonga la impunidad de los crímenes cometidos hace más de treinta años), los malvados imponen su ley y conviven siniestramente con los inocentes.

 

 

todos sabemos

que una cebra tras las rejas

es una redundancia

así que hacen lo que se les canta

Hacen el mal sin mirar a cuál

atacan con fiereza

después brindan.

 

(Citado por Genovese, 2003)

 

En uno de los poemas de El collar de fideos (2001), por su parte, la voz poética se interioriza para dar espacio a una reflexión que aparece claramente marcada por la experiencia de género-sexual, a través de la cual se explora en los condicionamientos que afectan la conformación de la identidad femenina, desde una perspectiva que parece haber hecho propios los postulados de las pensadoras y poetas feministas argentinas de las décadas anteriores, desde Alfonsina Storni a las actuales. Instalada en esta vía, la palabra de la hablante transita desde lo individual a lo múltiple, desde un nosotras colectivo a un yo personal, moviéndose a través de un registro memorioso en el que emerge una visión descarnada del eje genealógico familiar que la ha constituido como sujeto. Así, adoptando una palabra irónica que se transforma en dura autoironía, la hablante denunciará aquellos gestos y acto que, encarnados en los cuerpos femeninos, como cuerpos sexuados e históricamente determinados, van operando el modelado de las distintas subjetividades a partir de la interiorización de una violencia simbólica, cotidiana y naturalizada, que estrecha o directamente anula la libertad y las opciones de las mujeres:

 

Todas nos empezamos a parecer a nuestras mamás

cuando pasa el tiempo

nos ponemos grandotas

percheronas

la mirada

más hermosa

como de alguien que puede

defenderse de todo

como de alguien que está enamorada de sí misma

 

[…]

 

Todas las madres

guardan la memoria de la primera

mi bisabuela se suicidó

cuando mi abuela tenía

siete años

-una traición de amor-

tomó el veneno y estrelló

la jarra contra la pared

delante de su hija

dicen que primero

se preparó

se pintó

se puso las alhajas

se peinó el pelo rubio

frente al espejo

sin dejar de mirarse

con ese gesto que repite

todos los días mi mamá

y que yo

estoy empezando

a repetir                 

(Poema incluido en Nachón, 2007: 145)

 

 

Volviendo la mirada al escenario chileno, es posible descubrir que varias de las ideas que sugería el trabajo de Genovese para la escena poética argentina, también se hacen presentes en este otro espacio nacional, el que, con sus particularidades históricas, también enfrenta los conflictos socio-simbólicos derivados de la búsqueda de una recomposición identitaria en tiempos postdictatoriales. En este contexto, no puede extrañar que en muchas escrituras de estas nuevas generaciones también resuenen los ecos de un pasado familiar que siempre aparece vinculado a una historia mayor: la del país y su carga de tragedia, dando lugar a la configuración de ciertas narrativas poéticas del yo que resultan procesadas desde una clave íntimo-privada. Por otra parte, y en conexión con la poesía de mujeres de los años ochenta, también es frecuente encontrar en muchos de estos textos, tanto de mujeres como de varones, una visión crítica acerca de los patrones culturales androcéntricos, los que fueron tan ampliamente explotados por el nacionalismo militar chileno. Al respecto, como señala el crítico Javier Bello (2010), ya en el marco de la transición, la articulación de esa mirada cuestionadora del androcentrismo también suele ser concomitante con la visibilización de distintos discursos acerca del cuerpo y la sexualidad, los que ponen de manifiesto el devenir de un deseo múltiple que no necesariamente discurre por los cauces demarcados por el patriarcado y la heteronormatividad.

 

Varios de los poemas que integran el libro material mente diario 1998-2008 (2009), de Alejandra del Río, son afines a las perspectivas que acabo de reseñar, tanto en lo que hace a la revisión de la propia infancia en clave política como a la inflexión de género-sexual que inevitablemente está imbricada con aquélla. En este marco, vale la pena retomar el comentario de la crítica Lorena Amaro, quien, refiriéndose al poemario, destaca el trayecto de retorno que marca la dinámica del texto. Al respecto, sostiene que, tras los extensos recorridos que despliega la hablante, desplazándose por un sinnúmero de tradiciones poéticas y ciudades lejanas, desde Berlín o Praga al Rangoon nerudiano y la mítica Sión, el gesto fundamental que deja asentado en el libro es el del regreso: “y regresa a sus lugares como animal herido para enunciar un poema agónico en el cuarto de la infancia”, dice Amaro, para desde allí volver a salir y retornar herida (Amaro, 2009).

 

De este modo, la hablante insiste una y otra vez en la afirmación del retorno a un país cruel e irremediablemente perdido; un territorio al que, sin embargo, ella convoca con dejo amoroso desde la fidelidad a un cierto espacio originario donde parece haber radicado, precaria y dolorosamente, el inicio de un proceso creativo. Es ésa la invocación que queda explicitada en el poema “Simultánea y remota (Santiago de Chile, año 1980)”, un texto donde ella produce esa vuelta simbólica, a la vez momentánea y eterna, al cronotopos de la infancia; una escena que la hablante reconstruye desde la mirada y la voz de una niña lúcida, y en absoluto inocente frente al entorno feroz que la rodea y al que percibe a punto de estallar. Es la voz de esa pequeña, entonces, la que nos interpela, haciéndonos saber que habita una casa cercada, no por monstruos imaginarios, sino por amenazas latentes y reales; una casa en la que este ser desamparado, que insiste obsesivamente en recordarnos que sólo tiene ocho años, no encuentra el anclaje vital que requiere su supervivencia. Inmersa en este ambiente persecutorio y emocionalmente frágil, sólo la escritura despuntará salvadora para ella, como también lo fue para su doble: la joven Ana Frank; escritura que toma forma en una poesía inicial que ella rememora desde la recuperación de una de esas preguntas nerudianas que impactaron su imaginación de niña triste: ¿por qué se suicidan las hojas cuando se sienten amarillas?

 

 

Tengo ocho años

vivo en una ciudad sitiada por el ojo carnicero

mi vida transcurre tras los armarios de Ana Frank

y cuando salgo a la escuela

noto miradas esquivas

 

[…]

 

Tengo ocho años

mis ocho años no tienen inocencia

en casa pregunto

 

Nada se me oculta

 

[…]

 

Tengo ocho años y un cisne

durmiendo el sueño mortal en mi hombro

insisto en hacerme una pregunta

¿por qué se suicidan las hojas

cuando se sienten amarillas?

(Del Río, 2009: 64-65; destacado en el texto)

 

Como decíamos al comienzo, la poesía producida en el Cono Sur en los años postdictatoriales, particularmente en lo que hace al territorio escritural de mujeres, no sólo opera como la plasmación estética de heridas y resistencias que, con tesón, regresan a la página para volver a ser nombradas. Por otra parte, esa poesía también debe ser pensada como un espacio textual donde es posible detectar una sostenida capacidad de resilencia, apuntando al intento por lograr una supervivencia personal y colectiva que merezca la pena ser vivida. Al respecto, es útil revisar otro poema de Alejandra del Río, que traduce cabalmente esta idea, y cuyo título echa mano de aquel concepto: “Resiliencia” (en material mente diario), para aludir precisamente a esa voluntad de sobrevida. La que, en este caso, es registrada desde la experiencia de una hablante, ya no niña sino adulta, que ha logrado sobreponerse a un riesgo extremo y que hoy puede recordar aquellos juegos con sus amiguitas del barrio, que se desarrollaban en medio de un escenario de muerte. En dichos juegos, las niñas solían encarnar proyectivamente a sus madres y mayores en unas historias de terror inventadas, donde pululaban huérfanos y se enterraban niños muertos. Sin embargo, en esas escenificaciones ellas también lograban implantar un cierto “reino de justicia”, instalando una lógica distinta a la imperante, a partir de la cual era posible exorcizar aquellos demonios que las acosaban como consecuencia de vivir en contacto cotidiano con realidades inasimilables para esas subjetividades en formación. Y quizás sea la propia supervivencia de la hablante-adulta la prueba más fehaciente de la efectividad de aquellas estrategias de la [in]conciencia infantil.

 

 

Nunca jugábamos a ser madres

sólo en historias de terror

 

Abandonaban niños en la puerta de la casa

vivos y muertos

debíamos enterrarlos

formar un sindicato de huérfanos

implantar su reino de justicia

 

[…]

 

La muerte era nuestra niñera de día y de noche

bebía en el salón junto a los conspiradores

 

La muerte se sentaba a la cabecera

vigilaba compadecida su guadaña

se quedaba quieta

alcanzaba a rozar algunos rizos

algunos miembros prescindibles.

(Del Río, 2009: 62-63)

 

Breve coda

 

Historias como las que acabo de referir inevitablemente nos llevan a pensar, como alguna vez sugirió el crítico brasileño Antonio Cándido, que la poesía no sólo porta un alto valor estético sino que ella posee además un importante valor humanizador que es preciso destacar, en tanto brinda cauces para efectuar ejercicios sanadores a los cuales todas las personas debieran tener acceso. Como afirma Cándido, si parece imposible que alguien pueda mantener el equilibrio psíquico sin soñar, es probable que no pueda existir equilibrio social sin literatura, pues ella confirma al hombre en su humanidad, incluso en gran medida porque actúa de forma inconsciente. De este modo, junto con otras formas concientes de inculcación intencional, históricamente cada sociedad ha creado sus manifestaciones ficcionales, poéticas y dramáticas, las que siempre tienen relación con sus impulsos, creencias, normas y deseos. Pues la literatura no sólo confirma o niega, propone y denuncia, sino que provee a las personas de las herramientas y la posibilidad de experimentar dialécticamente los problemas (243).

 

De este modo, y como dejan en evidencia los relatos de las poetas que acabo de comentar, el juego libre con la imaginación y con los recuerdos, así como la autorreflexión que está involucrada en el ejercicio poético, quizás sea un modo posible e idóneo para lidiar con experiencias y emociones que suelen sobrepasar nuestros recursos de comprensión racional. Por esta vía también, es posible que la poesía, y más ampliamente toda literatura, pueda contribuir a estimular un proceso de resiliencia que nos devuelva, en tanto seres humanos, la capacidad de apertura hacia la complejidad del mundo y de los seres, haciéndonos más comprensivos frente a nosotros mismos, frente a nuestras propias trayectorias, y también frente a las de otros y otras.

 

Notas

(1) A partir de la proposición de H. Combariza, definimos resiliencia humana como la capacidad de u individuo o de un sistema social para vivir bien y desarrollarse positivamente, a pesar de las difíciles condiciones de vida y más aún, de salir fortalecidos y ser transformados por ellas. Al respecto, ver: Helena Combariza, “La resilencia. El oculto potencial del ser humano”, enhttp://aiur.us.es/~kobukan/la_resilencia.htm [Consulta 1.03.2009].

 

(2) Jorge Monteleone, “La utopía del habla”, en Cyberhumanitatis 24, primavera de 2002, enhttp://www.cyberhumanitatis.uchile.cl/CDA/texto_sub_simple2/0,1257,PRID%253D3621%2526SCID%253D3793%2526ISID%253D260,00.html[Consulta 12.11.2007]. 

 

(3) Al respecto, ver el reportaje realizado a Diana Bellesi por las poetas Alicia Genovese y María del Carmen Colombo (2002): “Del viaje sin limites a la profundidad del detalle (entrevista a Diana Bellessi)”. http://www.cyberhumanitatis.uchile.cl/CDA/texto_sub_simple2/0,1257,PRID%253D3621%2526SCID%253D3792%2526ISID%253D260,00.html[Consulta 12.11.2007] 

 

(4) Para Mijaíl Bajtín (1996), el cronotopos o unidad cronotópica define la relación que vincula la representación estética con la realidad, apuntando a algo que va más allá de la simple fusión de espacio y  tiempo dentro del universo ficcional. Para Bajtín, el cronotopos es un verdadero núcleo de sentido que organiza los acontecimientos narrados, otorgándoles densidad semántica; ello, en tanto las definiciones del tiempo y el espacio en el arte y la literatura inevitablemente aparecen atravesadas por dimensiones valóricas y emocionales.

 

(5) Cfr.: Karem Pinto Carvacho, “Identidad nacional en Poema de Chile de Gabriela Mistral y La Bandera de Chile de Elvira Hernández”, 2008. Tesis de Magíster en Literatura, Facultad de Filosofía y Humanidades, Universidad de Chile [www.cybertesis.cl].

 

(6) Raquel Olea sostiene que si los libros de Elvira Hernández han fabricado a su autora, una escritora que ha preferido este nombre casi anónimo, incluso frente al más sonoro de Teresa Adriasola, en este texto Elvira parece dibujar a esa otra autora que emerge en el primer poema (“Anda Sola Teresa vieja…”). Cfr.: Olea (1996, s/n).  

 

(7) Como afirma Magda Sepúlveda, el gesto de Elvira Hernández guarda relación con las caminantes que instalan otras poetas en la ciudad de la transición, entre ellas, Eugenia Brito, Malú Urriola, Carmen Berenguer y Marina Arrate. Agradezco a la autora por permitirme consultar su excelente estudio: “No hay calle que por bien no venga: mujeres y ciudad en la poesía chilena (1989-2006)” (manuscrito).   

 

 

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