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#Yo_adicto_virtual


Por Axel Marazzi // Ilustración Vicente Reinamontes Marzo 22, 2018

 

Trabajo siete horas por día, duermo otras siete y una aplicación me dice que en promedio uso el teléfono cinco horas diarias. También que lo desbloqueo unas 150 veces por día: eso quiere decir que no puedo pasar siete minutos despierto sin volver a él. Lo primero que hago cuando suena la alarma por la mañana, antes de ir al baño, lavarme los dientes y la cara, es mirar si me llegó un mail importante, cuántos likes tuvo la última foto que subí a Instagram o si se viralizó alguno de los tuits que publiqué el día anterior.

Uso WhatsApp para hablar con mis jefes, con mi novia, con mis amigos. Juego en el smartphone, uso una app que me dice cuántos kilómetros corrí y cuántas calorías quemé, otra me informa cómo llegar a direcciones que desconozco, otra cómo estará el clima —he llegado a mirarla antes de abrir las cortinas de mi cuarto— y otra hace todas mis transferencias bancarias. El iPhone es la extensión perfecta de mi mano derecha.

Poland: Pokemon GO in PolandSiempre me gustó la tecnología. Tenía 12 años cuando mi padre trajo a casa el computador Pentium 486 que cambió mi vida. A fines de los 90, navegar por la red me abrió las puertas a un mundo infinito, repleto de información. Pero si en esa época ya disfrutaba internet, el quiebre fue el nacimiento de las redes sociales y el smartphone, la combinación perfecta para que no sólo yo esté pegado al teléfono, sino millones de personas en todo el mundo.

Como periodista que escribe de tecnología estoy todo el tiempo visitando páginas, chequeando redes sociales, buscando historias que sean relevantes y que pueda investigar. Así me topé con Moment, hace tres semanas, y decidí bajarla. Si bien la app era vieja —nació hace un par de años, una eternidad en el rubro—, nunca me había interesado la idea: una aplicación que te avisa si usas demasiado el celular. Pero esta vez quise hacer la prueba. En el último tiempo, varias personas me habían dicho que parecía un adicto, que miraba el celular cuando me estaban contando algo o que no parecía prestar atención ni siquiera en las reuniones de trabajo.

Tenía, digamos, curiosidad. Y el resultado no sólo me impresionó, sino que me asustó: cinco horas diarias es más tiempo del que veo a mi mamá a la semana. Es más tiempo del que paso al día con mi novia (y vivo con ella). Es más tiempo del que leo, corro, miro series o hago cualquier otra cosa. El 50% de mi tiempo libre lo estoy pasando delante de la pantalla del iPhone.

Me puse a buscar noticias sobre adicción al smartphone —mientras la app me enviaba mensajes de alerta para que dejara de usarlo—, y me topé con una noticia que, si bien ya tenía varios meses, terminó por preocuparme: una de las personas más importantes en la historia de Facebook había hablado en contra de la red social, admitiendo cómo jugaron con la “psicología humana”. Sean Parker, el hombre que hirió de muerte a las discográficas cuando creó Napster y que más tarde se convirtió en el polémico primer presidente de Facebook —retratado por Justin Timberlake en la película Red Social—, decía estar muy preocupado por cómo las redes sociales están afectando la cabeza de las personas que las usamos.

En el negocio de las redes sociales, el oro es nuestro tiempo. Las empresas deben luchar entre ellas para crear nuevas formas de mantenernos atentos, y no hay ninguna tan efectiva como explotar nuestro deseo de validación social.

En una entrevista al medio estadounidense Axios, Parker reconoció lo que pensaban a la hora de crear Facebook: “¿Cómo podemos consumir la mayor parte de tu tiempo consciente? Teníamos que darte un poquito de dopamina a cada rato. Porque alguien te había dado me gusta o porque había comentado tu foto. Y eso contribuye a la creación de más contenido para, de nuevo, crear más comentarios y más me gusta”.

Me pareció tan burdo que sentí que había entendido mal. ¿Estaba diciendo que nos hicieron adictos de forma consciente? Sí, lo estaba haciendo: “Es la clase de cosas que se le ocurriría a un hacker como yo, porque estás explotando las vulnerabilidades de la psiquis humana. Los creadores de redes sociales como yo, Mark [Zuckerberg] o Kevin Systrom [Instagram] entendimos muy bien que esto iba a suceder y aún así lo hicimos”.

Algo angustiado, recurrí a Google y empecé a investigar más sobre el tema. Parker no era el único ex Facebook que había salido a hacer su mea culpa. Chamath Palihapitiya, que estuvo en la empresa hasta 2011 y fue vicepresidente de crecimiento de usuarios, también tenía remordimientos. En un foro de la Escuela de Negocios de Stanford dijo: “Los ciclos de retroalimentación a corto plazo impulsados por la dopamina que hemos creado están destruyendo el funcionamiento de la sociedad”.

Todos hablaban de dopamina y yo necesitaba averiguar no sólo qué era, sino además qué generaba cada like en una recóndita zona de mi cerebro. Por eso contacté a la bioquímica Katia Gysling, profesora de la Universidad Católica y reconocida investigadora del sistema dopaminérgico, quien me lo explicó de manera simple: “Es un neurotransmisor que determina nuestra motivación para acceder a la comida, a la interacción social, incluso al apareamiento. Es esencial para poder motivarnos. Las drogas adictivas y los estímulos generados por factores como obtener recompensas económicas o sociales producen una gran liberación de dopamina”.

“¿Es cierto lo que dice Parker?”, le pregunté a la bioquímica. La respuesta fue un golpe a la mandíbula: hay individuos, me dijo, a los que sí les puede generar una gran liberación de dopamina cada like.

No le quise preguntar si yo era uno de esos individuos.

 

***

 

Mientras seguía con el celular en la mano, los días pasaban y las horas de uso no disminuían, no podía dejar de pensar en una frase de Parker: “Sólo Dios sabe lo que le está haciendo [Facebook] a la mente de nuestros hijos”.

Por esto decidí escribirle a Adam Alter, un psicólogo social estadounidense y profesor de la Universidad de Nueva York que estudió la adicción a la tecnología en su libro Irresistible. “Lo que dijo Parker es importante porque muestra que a las compañías como Facebook no les importa el bienestar de sus consumidores”, me dijo desde su departamento en Manhattan. “Su mayor preocupación es cuánto tiempo están en su plataforma”.

Alter me contó algo que me hizo volver a Google: que hay gobiernos que están legislando para evitar el desarrollo de aplicaciones que inciten a la adicción. Entre ellos, China, Estados Unidos y varios países europeos.  En el último año, muchos ex empleados de Facebook, Google y Twitter han empezado a dejar las compañías, alarmados por el alto nivel de adicción de sus usuarios y por el descontrolado boom de las noticias falsas. De la mano de estos arrepentidos, ya hay grupos y movimientos que intentan generar conciencia en relación a lo mal que nos está haciendo la conexión constante. El más influyente es el Center for Humane Technology (CHT), fundado por Tristan Harris, nada menos que el ex diseñador ético y filosófico de Google: el hombre que debía prever que las diferentes plataformas del buscador no fueran invasivas en la vida del usuario. Hoy, la voz de Harris es una de las más escuchadas del mundo en el debate de cómo las redes sociales se encargan de manipular nuestra psicología.

Explorando en el sitio de la organización, encontré entre sus miembros a Roger McNamee, uno de los primeros inversores de Facebook, a Justin Rosenstein, creador del botón me gusta, y a Lynn Fox, ex encargada de la comunicación de Twitter y Apple. Todo un dream team del remordimiento, unidos para hacer declaraciones como esta: “Facebook, Twitter, Instagram y Google han producido increíbles productos que mejoran el mundo enormemente. Pero estas compañías también están atrapadas en una carrera por nuestra atención, la cual necesitan para hacer dinero. Obligados constantemente a superar a sus competidores, deben usar técnicas increíblemente persuasivas para mantenernos pegados”.

Las redes sociales son gratuitas, pero de algún lado tiene que salir el dinero para mantenerlas. Pensando en eso, creí entender algo fundamental:que nosotros no pagamos por esos productos,  porque nosotros somos el producto.

¿Cómo hicieron todos esos tipos para lograr que pase cinco horas por día pegado a mi iPhone? La página del CHT lo explica así: Instagram es una vidriera mentirosa que exhibe sólo los momentos perfectos de la vida de sus usuarios, Facebook nos segrega en grupos de personas donde todos opinan lo mismo, haciéndonos sentir validados y fragmentando las comunidades,  y YouTube utiliza su autoplay por defecto para que pases de video en video sin poder desengancharte. Todo controlado por algoritmos que saben perfectamente lo que nos gusta. La explicación me pareció interesante, pero un poco obvia, así que me propuse contactar a Aza Raskin, uno de los fundadores del centro, para que me explicara mejor el porqué de tanto arrepentimiento.

Raskin, de 34 años, trabajó como diseñador líder de Firefox, fue jefe de experiencia de usuario de Mozilla y creó la compañía Massive Health. Después de perseguirlo durante varios días, logré contactarlo. Me dijo que una de las cosas que determinaron el rumbo de su carrera fue la promesa de que la tecnología democratizaría el mundo. Pero que ahora nos está subyugando. “Fundamos el centro para pelear, para volver a alinear los avances hacia los mejores intereses de la humanidad y disolver esta crisis de adicción”, me dijo el lunes por la noche en que lo llamé por WhatsApp.

Me explicó, también, que todos estos productos que usamos a diario no son, en absoluto, neutrales. “Son parte de un sistema diseñado para volvernos adictos. Llegamos hasta acá porque todas estas compañías produjeron cosas increíbles, que nos benefician, pero que al mismo tiempo tienen un modelo de negocio que se basa en engancharnos. Eso significa algo evidente: que detrás de cada una de las pantallas de las apps hay miles de ingenieros a quienes les pagan para que nosotros queramos volver”.

Después de entrevistar a Raskin me quedé pensando en algo evidente, pero que tal vez nunca me había cuestionado de verdad: que usar redes sociales puede ser gratuito, pero de algún lado tiene que salir el dinero para mantenerlas. De golpe, creí entender algo fundamental: que nosotros no pagamos por esos productos, porque nosotros somos el producto.

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***

Tratando de entender cómo las compañías de Silicon Valley hacen dinero con nosotros —sin que, en teoría, les demos nada—, empecé a encontrarme con un concepto que parecía estar en el corazón de todo: economía de la atención. Es simple: en el negocio de las apps el oro es nuestro tiempo. Este tipo de plataformas generan ingresos a medida que más tiempo las usamos. Si nuestra atención fuese infinita, no sería un problema, pero no sólo no lo es, sino que además está afectada por nuestra necesidad de trabajar, dormir y tener vida fuera de nuestras pantallas. Por eso las empresas deben luchar entre ellas para crear nuevas formas de mantenernos atentos, y no hay ninguna tan efectiva como explotar nuestro deseo de validación social.

El botón me gusta en Facebook, el retuit en Twitter, los pulgares para arriba y  abajo en YouTube o el corazón en Instagram están allí para eso, y las empresas miden cómo afectan nuestro cerebro. Tienen, incluso, un nombre: recompensas variables intermitentes. En el “ambiente” suelen explicarse con la idea de una máquina tragamonedas: hay que tirar de una palanca para recibir una recompensa variable (se puede ganar o perder). Lo mismo pasa con las apps de redes sociales: actualizamos para ver si ganamos likes o no. Y mientras más lo hacemos, más queremos hacerlo.

Incluso el tiempo que tarda cada aplicación en actualizar nuestro timeline está pensado. Mientras esperamos a que las redes nos muestren los likes y comentarios que recibieron nuestras publicaciones, el cerebro recibe la misma sensación que cuando está girando la ruleta del casino. No sabemos si vamos a ganar, pero la posibilidad nos mantiene enganchados. Según Tristan Harris, los smartphones son esencialmente eso: máquinas tragamonedas que están en los bolsillos de miles de millones de personas.

Por todos esos motivos —y seguro que por otros que no conocemos— nada menos que el CEO de Apple, Tim Cook, dijo en enero en una charla en el Harlow College de Essex, una prestigiosa universidad de Inglaterra, que no quiere que su sobrino tenga redes sociales: “No creo en el uso excesivo [de la tecnología]. No soy una persona que piense que seremos exitosos si la usamos todo el tiempo. No estoy de acuerdo con eso en absoluto”.

Incluso la investigación antropológica, en algunas de las principales universidades del mundo, ha comenzado a estudiar los cambios sociales generados por la influencia de la adicción a la tecnología. Michael Wesch, de la Universidad de Kansas, es uno de los investigadores de referencia de lo que llama ciberetnografía. “La mayor parte de la gente ni siquiera consideraría que podemos ser adictos a algo tan normalizado como Facebook o Netflix. Tendemos a reservar la palabra ‘adicción’ para las drogas o el alcohol, pero estudios científicos recientes demostraron que hay cambios profundos en el cerebro de quienes tienen adicciones conductuales, que son similares a aquellos con adicciones a las drogas”.

Pocos previeron todo esto antes que Tanya Schevitz. Hace ocho años, fue una de las creadoras del National Day of Unplugging, una campaña mundial para que las personas recuerden, al menos un día cada año, cómo era vivir sin smartphones. La iniciativa ya tiene millones de adeptos. Tanya tiene 47 años y vive en una pequeña ciudad de la costa oeste llamada Pacifica. Por teléfono, me dijo que le parecía increíble que grandes líderes tecnológicos como Parker, Harris o Raskin estuvieran desafiando la dirección hacia donde avanzan las redes sociales: “Sin conversación y cambios vamos en un camino peligroso”, me dijo. “La expectativa de que siempre alguien te puede contactar, de que responderás inmediatamente a ese pitido, a ese zumbido de mensajes, correos y llamadas creó una sociedad de personas que están desbordadas”.

Ante esta repentina ola de críticas, Jack Dorsey, creador y CEO de Twitter, reconoció a principios de marzo que no lograron predecir las consecuencias negativas que tendría su red social: “Sabemos eso ahora y estamos determinados a encontrar soluciones holísticas y justas. Fuimos testigos de abuso, acoso, armadas de trolls, manipulación con bots y coordinación humana, campañas de desinformación. No estamos orgullosos de cómo la gente se aprovechó de nuestro servicio o nuestra incapacidad para abordarlo lo suficientemente rápido”.

Eso lo dijo a través de una serie de tuits y, claro, muchos aplaudimos su honestidad. Entonces no sabíamos ni la mitad de lo que ahora sabemos.

 

***

 

Como si mi paranoia no estuviera ya por las nubes, mientras realizaba la investigación para este artículo —e intentaba entender hasta qué punto las redes sociales nos manipulan—, la publicación de la investigación conjunta de The GuardianThe Observer y The New York Times sobre cómo la campaña de Trump se apropió de los datos de 50 millones de usuarios de Facebook, me hizo replantearme tener una cuenta en la plataforma.

La historia, todo un thriller digital, es así: el canadiense Christopher Wylie, un muchacho vegano de 28 años y pelo rosado, experto en análisis de datos y cofundador de la consultora Cambridge Analytica, reconoció haber creado un arma psicológica para manipular la opinión pública tanto en la campaña presidencial de Donald Trump como en el referéndum del brexit.

Casos como el de Cambridge Analytica demuestran que hay hackers que saben cómo pensamos, qué ideas políticas tenemos, qué libros leemos, qué cosas parecen asustarnos. Y no tienen problema en venderle todo a quien quiera ganar una elección.

Según Wylie, todo comenzó cuando la compañía, que nació en 2013 en Reino Unido, contrató a Aleksandr Kogan, un psicólogo ruso de 31 años  de la Universidad de Cambridge, quien había diseñado una aplicación perversa: un test de personalidad en apariencia inofensivo —como tantos que hemos respondido—, diseñado para capturar toda la información personal de quienes lo respondieran y de sus amigos en la red social. Kogan, de hecho, ni siquiera había tenido que mentir tanto para poder usarlo: había obtenido permiso de Facebook para realizar un “análisis de personalidad” de sus usuarios, con la condición de que no vendiera esos datos. Unos 270 mil usuarios instalaron su app y todos sus contactos cayeron junto a ellos.

Analizando datos tan básicos como los me gusta —ay, dopamina—, fueron generando perfiles psicológicos en base a la orientación sexual, raza,  inteligencia, género y hasta posibles traumas. Con ellos, Cambridge Analytica —que tiene entre sus fundadores al ex consejero de Trump, Steve Bannon— generó algoritmos capaces de predecir el perfil de los usuarios de Facebook, y así poder mostrarles anuncios diseñados específicamente para manipularlos. Con todo listo, le vendieron su arma a la campaña de Trump por más de seis millones de dólares. Dicho de otra forma: estos tipos saben cómo pensamos, dónde vivimos, qué ideas políticas tenemos, qué libros leemos, qué cosas parecen asustarnos. Y no tienen problema en venderle todo a quien quiera ganar una elección. “La compañía ha creado perfiles psicológicos de 230 millones de estadounidenses”, dijo el culposo Wylie. “Es como un Nixon con esteroides”. Después de varios días de silencio, que dieron pie a todo tipo de especulaciones, el propio Mark Zuckerberg posteó en su muro unas largas disculpas a sus usuarios. “Tenemos la responsabilidad de proteger sus datos”, escribió el gran arquitecto del mundo de las redes sociales. “Y si no podemos no merecemos servirles”.

El debate de cómo las fake news nacen, se viralizan y llegan a millones de personas tiene larga data. Uno de los primeros en advertir este fenómeno fue el físico chileno Cristián Huepe, que investiga para la Universidad de Northwestern. En 2012, de hecho, fue capaz de prever la llegada de la pos verdad con años de anticipación, analizando matemáticamente la forma en que fluye la información a través de las redes. Hoy es un referente en el estudio de cómo éstas plataformas han influido en la comunicación humana.

Decidí escribirle un correo y su respuesta fue desoladora: “Al fragmentar nuestras redes sociales y generar burbujas extremas estamos llegando al punto en que no sólo no compartimos ni discutimos nuestras opiniones con grupos distintos, sino que ya ni siquiera compartimos la misma realidad”. Me citó un caso que está teniendo un auge espectacular en los últimos tiempos: el de las personas que vuelven a creer que la Tierra es plana. Hoy es muy fácil ir a YouTube o Facebook y encontrar una comunidad que apoye cualquier teoría falsa, retroalimentando la idea y validándola ante nuevos incautos.

Es difícil imaginar hasta dónde nos llevará todo esto. Si lograremos frenar la manipulación tecnológica de nuestra psiquis o ya es muy tarde. Cuando bajé la aplicación que me reveló que uso mucho más el celular de lo que hubiera imaginado, cuando empecé a hablar con especialistas sobre lo que eso genera en mi cerebro, cuando me di cuenta de que paso más tiempo frente a la pantalla de un dispositivo que con la persona con la que convivo, jamás había imaginado que existían ingenieros, hackers, analistas de datos  y hasta psicólogos detrás que así lo quisieron. Tipos que generan millones de dólares con mi tiempo y que hasta cambian mis opiniones mostrándome anuncios que fueron creados estudiando mi personalidad en profundidad.

Y, sin embargo, mis horas frente al iPhone no han dejado de ser cinco diarias. Si debo ser sincero, hace unos días desinstalé Moment, cansado de sus anuncios alarmistas. ¿Tendré que ir a una reunión al estilo Alcohólicos Anónimos y presentarme con el clásico “Hola, mi nombre es Axel y soy adicto al celular”? Empieza a sonar como una buena idea.

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Estudio “DECÁLOGO para el candidato en las redes sociales”


Estudios, es un reporte Trimestral elaborado por el Observatorio “Política y Redes Sociales” de la Facultad de Gobierno   de la Universidad Central de Chile.

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Usar las redes sociales no es una opción, los candidatos ya no pueden marginarse del territorio digital. Este se ha constituido en la nueva plaza pública donde los internautas/ciudadanos se informan, expresan sus opiniones, emplazan candidatos y corporaciones, generan el status de terceros y modifican la opinión de su entorno. Por lo demás es gratis.

La pregunta es, por tanto, cómo se apropian los candidatos de las redes sociales y qué estilos de comunicación político-electoral desarrollan en territorio digital.

Para responder a esta pregunta, el Observatorio Política y Redes Sociales de la Universidad Central ha decidido concentrar su análisis del territorio digital con respecto al desempeño de la campaña presidencial chilena en Twitter, elaborando así el “Decálogo para el candidato en las redes sociales”.

Descargar

decálogo para candidatos en las redes sociales.

EL MITO DE LAS REDES SOCIALES. Carlos Romeo.


EL MITO DE LAS REDES SOCIALES

Carlos Romeo, Cuba

Por Carlos Romeo
Tengo 84 años y he escrito algunos libros y unos cuantos artículos. Pero toda mi producción intelectual está sesgada por mis concepciones y en particular por mis ideas en materia política. Vivo en Cuba desde hace muchos años a pesar de ser de origen chileno-francés, lo que significa que resido en este país porque me da la gana.

Aclaro estos antecedentes personales por que así y todo estoy literal e implacablemente sometido a un bombardeo diario e inevitable por Internet, por algo llamado Facebook que me propone día a día establecer contactos epistolares, fotográficos y hasta por videos, con personas que no conozco pero que según el mensaje recibido dicen querer ser amigos míos, o me sugiere que establezca comunicación con ellos a riesgo de” perderme muchas cosas que han pasado recientemente”.

Tengo una opinión, seguramente desmedida, de mi significación en la vida y por consiguiente de mi importancia como uno de los 7500 millones de seres que actualmente habitan en el mundo. No obstante, no es lo suficientemente delirante como para creer que tanta gente que no conozco insistan en establecer relaciones de amistad conmigo vía Facebook y beber de mis escritos que, como ya señalé, tienen un muy fuerte sesgo político izquierdista como corresponde a alguien que se considera de formación marxista.

Mis conocimientos de computación, solo culturales, me sugieren que hay una “inteligencia” oculta detrás de esa virtual agresión constante a mi intimidad. Desde luego que es la de quienes concibieron ese procedimiento moderno para que todo ser humano que acceda a Internet pueda vivir y experimentar la sensación de que no está solo, situación aborrecible y contra natura para todo homo sapiens, y para que pueda comunicarse con otros seres de su especie que tengan un idioma común.

Más aún, para instrumentar ese designio debe haber un gigantesco reservorio de archivos correspondientes a personas debidamente clasificadas según ciertos parámetros y un algoritmo que logra relacionar patrones personales aparentemente comunes para seguidamente enviarles la invitación correspondiente para que se ponga en contacto a través de la denominada WWW.

La cifra astronómica a la que se cotiza Facebook en la bolsa de valores de Nueva York da una idea del acierto con que, desgraciadamente, interpretó la necesidad de comunicación del homo sapiens con sus semejantes eliminando las distancias que los separan y dándoles la impresión de realizar acciones voluntarias e íntimas.

En honor a la verdad, cabe plantear la duda de si mi respuesta tan negativa a las insistentes ofertas de Facebook no se corresponde con las de un ser humano que se ha quedado detenido en el siglo XX ante el desarrollo de las comunicaciones que según dicen, está revolucionando el mundo, poniendo en crisis a los medios públicos de comunicación como son los periódicos, radios y televisoras, y permitiendo que las masas oprimidas por regímenes totalitarios, como obviamente se considera al cubano, accedan a la verdad que se les oculta mediante informaciones parciales, distorsionadas y tendenciosas. A mi juicio, esa es una de las grandes falacias inventadas por quienes no comprenden algo elemental y es que nada que incide en sus vidas se le puede ocultar a quienes conocen la realidad objetiva que les proporciona su modo de existencia en donde tiene lugar. Uno de los grandes mitos al respecto es el de que el pueblo alemán bajo el nazismo no sabía lo que le estaban haciendo a los judíos en su propio país, cuando no se puede ocultar que una de las piedras fundamentales de la ideología nazi que fue abrazada por la inmensa mayoría del pueblo alemán era el antisemitismo, por lo cual nunca reaccionaron ante la sistemática desaparición física de los judíos alemanes.

No fueron lo que se llama hoy en día las redes sociales las que precipitaron el derrumbe del socialismo en la URSS y en las denominadas Democracias Populares europeas toda vez que se produjo años antes de que aparecieran. Fueron sus errores de diseño y de implementación. Y en donde esos regímenes, catalogados de irracionales y contra natura, continúan existiendo es por que funcionan, con sus éxitos y fracasos como toda experiencia humana, particularmente si es innovadora.

Favor de no confundir una simple necesidad innata de comunicación de los hombres, con el artilugio que pondrá fin a al socialismo en donde sigue gozando de buena salud.

La Habana, junio del 2017

Tantas raíces tiene el árbol de la rabia (¿y qué hacemos?)


María Eugenia Dominguez

 *

Doctora en Comunicación, Académica ICEI, Universidad de Chile y Universidad de Valparaíso

En estos días la discusión pareciera establecerse en los límites de las redes sociales de los y las jóvenes militantes o ex militantes. En términos de contenidos, el testimonio, el comentario, la individualización de los agresores y sobre todo el imperativo a las pares para abandonar la militancia bajo el argumento del feminismo y combatir al machismo.

Foto: Agencia Uno

Pero yo que estoy limitada por mi espejo
además de por mi cama
veo causas en el color
además de en el sexo
y me siento aquí preguntándome

cuál de mis yo sobrevivirá
a todas estas liberaciones.

                                                          Audre Lorde[i]

Partir esta reflexión con un trozo del poema de Audre Lorde  (feminista, negra, lesbiana y militante) tiene – para mí- sentido en su vigencia y en los debates que se reabren hoy en torno a la brutalidad de la opresión patriarcal.

La “hermana marginada” y la “fugitiva” aparecen – especialmente en las redes sociales- interpelando el machismo en sus expresiones más directas en, y sobre todo, los colectivos políticos. En ese sentido se acusa, desde el desgarro, a la organización.

La pregunta que me hago, y que nos hacemos muchos, es si esta indignación que aún particular es transversal, podrá encontrarse y tejerse con otras. Me refiero a la indignación más allá de la denuncia y que puede ser traducida en estrategia y acción política frente a la homofobia, el racismo, pero también el capitalismo como el terreno más fértil para la perpetuación de todas estas formas de dominación y deshumanización.

Y es que en estos días la discusión pareciera establecerse en los límites de las redes sociales de los y las jóvenes militantes o ex militantes. En términos de contenidos, el testimonio, el comentario, la individualización de los agresores y sobre todo el imperativo a las pares para abandonar la militancia bajo el argumento del feminismo y combatir al machismo.

El problema es que allí se cierra toda oportunidad de conversación y debate, mientras la organización, el instrumento de liberación deviene la “casa del amo “y sus miembros, todo sexo confundido, cómplices; quienes acusan, reducidas al plano moral, en la apelación estetizante al tribunal público devienen sólo víctimas. Un escenario y una línea de fuga que termina eludiendo, apartando y desvinculando nuestras reivindicaciones del conjunto de las luchas sociales y revolucionarias. Audre escribió que las “herramientas del amo no destruyen la casa del amo”. En otros términos, la denuncia, por sí misma y por sí sola, sólo permite la sanción individual y en la estrategia – limitada al comentario- de las redes sociales, se termina ejerciendo un poder sobre otro. Es decir, un pronto límite para la transformación. Se reproducen así, en el mismo agente colectivo que busca transformar, las prácticas que se busca desterrar.

Reducida a los límites del universo virtual, concebida sólo como baluarte de unas y no de todxs, la lucha feminista, pierde sentido de existir.

Si los y las militantes de las organizaciones políticas –hayan sido interpeladas o no- asumen el camino de la reflexión y la autocrítica, por dura que sea, habrán ganado un trecho que las generaciones precedentes no pudimos avanzar. Si la organización revolucionaria no asume la reflexión, la autocrítica y la acción educadora, pierde – a la larga- sentido.

Es preciso hoy educarse para la emancipación, asumiendo que el sexismo, el racismo, la homofobia, el clasismo son parte de nuestra herencia individual y colectiva y se hacen presentes en nuestros discursos y en nuestras relaciones cotidianas. Necesitamos las luchas por un mejor ser, por relaciones políticas y también sexuales que sean ante todo humanas y respetuosas, es decir transformadoras.

Necesitamos que las luchas críticas y revolucionarias se enraícen en los territorios individuales y colectivos en donde se produce la explotación, la dominación, la discriminación, pero también necesitamos que esas luchas se encuentren, dialoguen entre sí, se retroalimenten y se desarrollen en el marco de una acción global y políticamente certera que se encarne en sujetos individuales y colectivos que serán resultado de ese aprendizaje de lucha social y personal. Para emanciparnos y no sólo sobrevivir a cada liberación por sí sola-

[i] Audre Lorde  fue una escritora afroamericana, feminista, lesbiana y militante por los derechos civiles. Su obra trató en gran medida los derechos civiles, el feminismo y la exploración de la identidad femenina negra. Fue, junto con Angela Davis y Bell Hooks, una de las voces fundamentales del feminismo afroamericano, precursora, desde los márgenes de la academia, desde la legitimidad que le da su propia historia, de la llamada crítica decolonial. Su obra más conocida es La hermana, la extranjera, un libro de ensayo que contiene varios de sus textos más influyentes de las luchas contra el racismo, el machismo y la opresión heteronormativa como son “No hay jerarquías en la opresión” y “Las herramientas del amo no destruirán la casa del amo”.

Post 500 - La hermana, la extranjera

*La profesora Domínguez enfatiza quela Universidad no puede reproducir en su interior la desigualdad que critica en la sociedad chilena. Desigualdad tanto en lo económico como en la valoración de sus saberes, de la diversidad de sus integrantes en razón de su género, origen étnico o sus capacidades diferentes”.http://www.icei.uchile.cl/noticias/112222/la-universidad-no-puede-reproducir-la-desigualdad-que-critica

 

“Tramas Digitales”. Acciones violentas en las redes sociales.


Universidad Nacional de Rosario – Facultad de Psicología

28 de Noviembre de 2016


 


Insultar, burlarse, discriminar mediante Whatsapp, Twitter o Facebook son las acciones de violencia en la red más comunes entre estudiantes. Una investigación pretende conocer en profundidad la problemática para concientizar. Entre los objetivos del trabajo se cuenta la idea de cubrir la ausencia de trabajo institucional de orden preventivo que reúna a docentes y directivos en un mismo espacio para trabajar la temática y definir líneas de acción y formación en conjunto.

Hostigamiento, maltrato, filmación y difusión de videos que vulneran los derechos de otras personas mediante el uso de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, forman parte de una serie de acciones violentas existentes en las redes sociales, según define la doctora en Psicología de la Universidad Nacional de Rosario, Valentina Maltaneres, coordinadora del programa “Tramas Digitales”, del ministerio de Educación de Santa Fe.

Con el objetivo de conocer las percepciones, evaluaciones morales y juicios que realizan los estudiantes de escuelas primarias y secundarias respecto de estas acciones, la investigadora desarrolla el proyecto “Significados de la violencia en la red entre estudiantes de escuelas santafesinas”.

En una primera etapa, indagó la perspectiva de los educadores, a través de una encuesta a 687 docentes pertenecientes a escuelas de la provincia, distribuidas en los cinco nodos: Rosario, Rafaela, Reconquista, Santa Fe y Venado Tuerto. Los resultados dieron cuenta de que una cuarta parte de estos profesores manifestó conocer episodios de violencia que ocurren en escenarios virtuales entre sus alumnos. Los hechos más referidos fueron intercambios de mensajes o contenidos orientados a insultar, hostigar, maltratar, burlar, discriminar tanto a docentes como a compañeros o alumnos de otras escuelas mediante Whatsapp, Twitter o Facebook.

En segundo lugar, apareció específicamente la difusión de fotos (de compañeros, de no compañeros o de docentes) sin pedirles permiso, ya sea sacándolas de sus Facebooks personales o bien tomándolas directamente en la escuela o en otros espacios, y luego interviniéndolas.

En tercer lugar, se ubicó la filmación de peleas y su divulgación en las redes. Vinculado a esto, “los docentes refieren tener conocimiento acerca de que los alumnos usan las redes sociales para organizar peleas con otros”, explicó a Argentina Investiga la doctora. Finalmente, en menor grado, se mencionaron acciones deshonestas tales como robos de celulares o su uso para copiarse en exámenes.

En cuanto a la reacción de los docentes frente a estos episodios, la encuesta arrojó que el 54% expresó haber intervenido con algún tipo de acción. Dentro del abanico de estrategias, la que más mencionaron fue la de “toma de conciencia” a través de la conversación sobre el tema con los alumnos para lograr acuerdos. También hicieron referencia a las reuniones con padres y la implementación de charlas sobre convivencia, diversidad, seguridad y privacidad.

Un 11% de los profesores consultados dio intervención a tutorías u otros programas que lleva adelante el ministerio de Educación, tales como el de Educación Sexual Integral o las Ruedas de Convivencia.

“Sancionar, amonestar o prohibir y llamar la atención individualmente al alumno son estrategias poco utilizadas, así como también dar parte a las autoridades de la escuela, a preceptores y menos aún al equipo socioeducativo provincial por estos temas”, comentó Maltaneres. De manera aislada se mencionaron estrategias tales como hacer que borren los videos, obligar a pedir disculpas al “agresor” por Facebook, reparar de alguna manera el daño ocasionado, transmitirles valores, calmar y consolar a la persona agredida.

“El hallazgo más significativo en esta etapa de investigación fue advertir que de los educadores que admitieron conocer episodios de violencia en las redes de sus alumnos, más de la mitad dijo haber realizado alguna acción al respecto. Vale decir, que no les resultó indiferente”, evaluó la especialista. “Lo más destacado, quizás, sea la ausencia de trabajo institucional de orden preventivo que reúna a docentes y directivos en un mismo espacio para trabajar la temática y definir líneas de acción y formación en conjunto”, reflexionó.

En conclusión, sostuvo que los primeros resultados de investigación no sólo dan prueba de la existencia de la problemática en el contexto de la escuela secundaria santafesina, sino que permiten una primera caracterización de ésta gracias a las descripciones docentes. Los datos obtenidos fueron de suma utilidad para la elaboración de las preguntas y consignas que se realizarán en el transcurso de este año a los alumnos, en lo que constituye la segunda etapa de la investigación.

Tales entrevistas fueron diseñadas bajo la metodología de escenarios también llamados “viñetas”, que son descripciones cortas de una persona o situación social concreta, elaboradas sistemáticamente. Según la psicóloga, constituyen un recurso muy apropiado para identificar de manera más confiable la opinión de los sujetos sobre temas controvertidos o delicados, que las simples preguntas abstractas típicas de los cuestionarios de opinión. Son historias o narraciones hipotéticas alrededor de un personaje central, el cual se encuentra ante una encrucijada dilemática o de conflicto ético-moral. El grupo entrevistado es el que debe resolver el problema propuesto y brindar los argumentos que sostengan dicha solución. Las historias tienen formato multimedial y las entrevistas serán sometidas a procesos de desgravación y análisis de contenido.

“Dada la naturaleza y las características del problema de investigación, el presente estudio no aspira a alcanzar representatividad estadística, ni generalizar los hallazgos, sino que se propone generar un conocimiento significativo y en profundidad que aporte a la comprensión específica de la violencia mediada por las nuevas tecnologías de la información y la comunicación”, sostiene Maltaneres. Y más aún, “pretende ir delineando una nueva agenda de trabajo con los educadores, orientada a repensar el oficio en relación a la formación de ciberciudadanos”, puntualizó.

Victoria Arrabal
vicarrabal@hotmail.com
Secretaría de Comunicación y medios Dirección de Prensa

Las redes sociales pueden apoyar el éxito académico de los estudiantes


Social Networks Can Support Academic Success

2015-10-02

Social networks have been found to influence academic performance: students tend to perform better with high-performers among their friends, as some people are capable of inspiring others to try harder, according to Maria Yudkevich, Sofia Dokuka and Dilara Valeyeva of the HSE Centre for Institutional Studies.

Most sociologists recognise four factors affecting student academic performance, namely: 

  • the family’s socioeconomic status;
  • the time spent on independent learning and preparation for classes;
  • the time spent working on a job or practicing a hobby; and
  • the university or school environment.

However, recent empirical studies indicate that the role of the social environment may be underestimated, as classmates can greatly influence one another’s behaviour and academic success.

Yet the value of many such studies is limited due to serious design flaws – such as viewing a random group of classmates as one’s social network or assuming that a student’s position in his or her social network is static. Rather than being random, one’s social network is a product of conscious and dynamic choice. Social networks, particularly among college freshmen, can change considerably over time – e.g. a student can break up with an underachieving friend and seek the company of A-graders.

Using 2013-2014 data on the social networks of 117 first-year students of the Faculty of Economics at a Russian university,Yudkevich, Director of the Centre for Institutional Studies, and junior research fellows of the same Centre Dokuka andValeyeva examined whether students consider academic success in choosing friends among their classmates and whether friends influence each other’s academic performance.

They analysed the data using stochastic actor-based modeling to address the dynamics and other nuances of social group members’ behavior and presented the findings in the paper Co-Evolution of Social Networks and Student Performance inEducational Studies, issue 3, 2015.

Friends Can Help with Studies

According to the authors, in choosing friends, students do not usually consider academic performance, but over time – often in the middle of the academic year – all members in a peer group tend to perform at about the same level.

Thus, most students who surrounded themselves with high-achievers improved their performance over time. The opposite was also true – those who befriended underachievers eventually experienced a drop in grades.

According to the authors, while underachievers have a stronger influence on their networks, high performers tend to gain popularity and expand their influence over time, particularly by helping other students with their studies.

Men were found to have larger networks than women, and all students were more likely to be friends with those whom they had known before college, classmates of the same gender, and members of their study group.

Las redes sociales pueden apoyar el éxito académico

Traducción google

02/10/2015

La mayoría de los sociólogos reconocen cuatro factores que afectan el rendimiento académico de los estudiantes, a saber:

-la situación socioeconómica de la familia;
-el tiempo empleado en el aprendizaje autónomo y la preparación de las clases;
-el tiempo dedicado a trabajar en un trabajo o practicar un hobby; y
-universidad o la escuela medio ambiente.
Sin embargo, los estudios empíricos recientes indican que el papel del entorno social puede ser subestimada, como compañeros de clase pueden influir mucho el uno al otro de la conducta y el éxito académico.

Sin embargo, el valor de muchos de estos estudios es limitado debido a graves defectos de diseño – como la visualización de un grupo aleatorio de los compañeros de clase como uno de la red social o el supuesto de que la posición de un estudiante en su red social es estática. En lugar de ser al azar, el uso de la red social es un producto de elección consciente y dinámica. Las redes sociales, especialmente entre los estudiantes de primer año de universidad, pueden cambiar considerablemente con el tiempo – por ejemplo, un estudiante puede romper con un amigo de bajo rendimiento y buscar la compañía de un par.

El uso de 2013-2014 los datos en las redes sociales de los 117 estudiantes de primer año de la Facultad de Economía en una universidad rusa, Yudkevich, Director del Centro de Estudios Institucionales y becarios de investigación junior del mismo Centro Dokuka andValeyeva examinaron si los estudiantes consideran  el éxito académico  en la elección de amigos entre sus compañeros de clase y si los amigos influyen en el rendimiento académico de cada uno.

Se analizaron los datos mediante modelado basado en el actor estocástico para abordar la dinámica y otros matices de comportamiento los miembros del grupo sociales y presentaron las conclusiones en el documento Co-Evolución de las Redes Sociales y Rendimiento Estudios inEducational Estudiantiles, Número 3, 2015.

Los amigos pueden ayudar con los estudios

Según los autores, en la elección de los amigos, los estudiantes no suelen tener en cuenta el rendimiento académico, pero con el tiempo – a menudo en el medio del año académico – todos los miembros de un grupo de compañeros tienden a realizar más o menos al mismo nivel.

Por lo tanto, la mayoría de los estudiantes que se rodearon de alta triunfadores mejoraron su desempeño en el tiempo. Lo contrario también es cierto – los que se hizo amigo de bajo rendimiento con el tiempo experimentaron una caída en los grados.

Según los autores, mientras que bajo rendimiento tienen una mayor influencia en sus redes, de alto rendimiento tienden a ganar popularidad y ampliar su influencia a través del tiempo, en particular ayudando a otros estudiantes con sus estudios.

Se encontró que los hombres tienen redes más grandes que las mujeres, y todos los estudiantes tenían más probabilidades de ser amigos con los que ellos habían conocido antes de la universidad, compañeros del mismo sexo, y los miembros de su grupo de estudio.

Authors: Ekaterina ShohinaContributors: Maria Yudkevich Sofia Dokuka Diliara Valeeva

“Las redes sociales han sido secuestradas por las TICs”. On Line y Off Line de la Convivencia nacional


Las verdaderas redes sociales: Dime con quién hablas

Los chilenos tienen en promedio una red de 139 conocidos, lo que es poco comparado con otros países. Un cuarto de la población habla de las cosas que le importan sólo con una persona y al menos dos de cada tres dicen que no conocen directamente a un militante del PC ni de la UDI. Los resultados de la encuesta del Centro de Estudios de Conflicto y Cohesión Social describen cómo se estructuran los relaciones.

Angélica Bulnes24 de octubre del 2015 

“Las redes sociales han sido secuestradas por las TICs”, dice el académico de la Universidad de Santiago Vicente Espinoza, para explicar que cuando está hablando de la conectividad de las personas, no se está refiriendo a cuántos amigos tienen en Facebook, a quiénes siguen en Twitter o cuántos grupos tienen en WhatsApp, sino a los círculos en torno a los cuales organizan sus vidas en todas las dimensiones. Es decir, a cuánta gente conocen los chilenos, con quiénes conversan las cosas que les importan y cómo se relacionan con otros.  

El sociólogo lleva años estudiándolo y ahora es parte de un grupo de académicos -entre los que también hay economistas, cientistas políticos y estadísticos de distintas universidades- que formó el Centro de Estudios de Conflicto y Cohesión Social (COES)http://coes.cl/ y cuenta, gracias a un Fondap, con más de un millón de dólares anuales por cinco años (renovables por otros cinco) para investigar la convivencia nacional. Para eso el año 2014 realizaron una gran encuesta y le preguntaron a cerca de dos mil personas de entre 15 a 75 años en todas las regiones cuánto confían en las instituciones y en los demás, qué creen que se necesita para surgir en Chile o qué tan conflictivo es el país, información que han ido entregando a lo largo de este año. El jueves van a presentar los datos de la última parte del estudio, que se centra en cómo nos vinculamos unos con otros, un área que está cobrando mucho interés en las ciencias sociales. “Los resultados en este ámbito son completamente nuevos para Chile”, explica la economista de la Universidad Diego Portales e investigadora del COES Claudia Sanhueza, quien agrega que entre los más destacados están los que muestran que las redes de la elite están poco diversificadas o que comparados con los habitantes de Estados Unidos o Brasil los chilenos tienen menos conocidos. 

¿Por qué a un grupo de académicos, muchos de los cuales se han centrado en desigualdad, meritocracia o pobreza, se les ocurrió ir a preguntarle a la gente algo tan esnob como “a quién conoce usted”? “Las redes sociales son un factor clave para entender varios aspectos del comportamiento. Su tamaño, composición, diversidad y calidad permiten o dificultan resultados y una correcta identificación de ellas ayuda a realizar investigación de punta en estas materias”, dice el economista y director del COES, Dante Contreras.

“Hay amplia evidencia que muestra que las decisiones de consumo, de continuar estudios, de cambiar de vivienda, incluso las elecciones de pareja o amigos/as, para no hablar de preferencias políticas, están mucho más influidas por las relaciones sociales que por las creencias de las personas”, explica Vicente Espinoza. Los conocidos con que alguien cuenta son además parte de su “capital social”, un bien más intangible que la plata, pero que puede ser tan valioso como ella. Un ejemplo: el sacerdote Felipe Berríos vive en el campamento La Chimba en Antofagasta, ¿pero es igual de pobre que sus vecinos? Si se mide esta condición basada exclusivamente en ingresos y bienes materiales, probablemente sí. Pero cuando se considera el acceso que tiene el sacerdote, producto de sus contactos que pasan por la Compañía de Jesús,  La Moneda, la empresa y las organizaciones sociales, y la capacidad de movilizar recursos que eso significa, no, y precisamente el valor que tiene que se instale ahí es que pone a disposición sus contactos. Por esa razón, instrumentos de políticas públicas, como la encuesta Casen 2015, están incorporando la variable “redes” para medir la pobreza en todas sus dimensiones, tema en el que han estado trabajando tanto Claudia Sanhueza como Vicente Espinoza. 

Los investigadores del COES creen que la estructura de las redes sociales dice mucho sobre su tema central, la cohesión. Su postura como centro es que esta depende menos del grado de acuerdo que hay entre los integrantes de la sociedad y mucho más de la capacidad de relacionarse pese a las diferencias de opinión, credo o de recursos:

“En otras palabras, contextos que promueven redes de conocidos amplias y diversas son más cohesionadas porque permiten que las personas de distintos segmentos interactúen”

, menciona Matías Bargsted, académico del Instituto de Sociología de la Universidad Católica. “Para ilustrar”, agrega Luis Maldonado, también sociólogo de la UC, “un indicador de cohesión es la tasa de matrimonio entre personas de distinta religión. Si en un lugar los matrimonios entre musulmanes y judíos fueran muy altos, podríamos decir que ahí la religión no genera divisiones y, por lo tanto, hay cohesión en lo que respecta a ese aspecto”.

Yo a ti te ubico

Los académicos del COES se abocaron a determinar el tamaño y forma de la red de conocidos de los chilenos, entendiendo por un “conocido” a “alguien que usted ubica personalmente y él o ella también a usted, sin importar si son o no amigos”. Como no es posible pedirle a cada persona que cuente todos sus contactos porque es muy engorroso, algunos investigadores han desarrollado métodos estadísticos para estimar la extensión de la red en base a información que sí se puede obtener en una encuesta con la del COES. Así pudieron determinar que en promedio los chilenos conocemos 139 personas, número bajo comparado con por ejemplo, Estados Unidos, donde es de 290. Sin embargo, la cifra chilena esconde realidades bien variadas, desde un encuestado que tiene 19 conocidos a otro que llega a los 757. Estas últimas personas que tienen conexiones tan extendidas “tienden a operar como lo que el sociólogo Ronald Burt llama ‘network brokers’, es decir, conectan grupos sociales distantes”, dice Matías Bargsted. El problema es que, de acuerdo a la encuesta, en Chile son pocas: más de la mitad de la población conoce menos de 117 personas y sólo el 6 por ciento a más de 300.

Entre los factores que influyen en el tamaño de la red está la educación: la gente con más años de estudio tiene más conocidos. La edad también, pero de manera distinta: una persona de 20 años tiene en promedio una red de conocidos más pequeña que una de 50, tras lo que comienza a decrecer a medida que se envejece. Por otra parte, la gente que trabaja o ha trabajado, no importa en qué,  tiene entre 20 y 30 más conocidos que la que no lo ha hecho. 

La encuesta les preguntó a los participantes si conocían gente de una serie de profesiones o grupos (mapuches, militantes de partidos políticos), datos con los que se analizó, además del tamaño de las redes, el nivel de segregación social, entendiendo por eso cuán concentrado es el contacto de las personas con miembros de otros grupos. Sus resultados muestran que hay círculos con los que una mayoría de la población no interactúa en forma directa. Por ejemplo, tres de cuatro entrevistados dice que no tiene ningún conocido UDI y dos tercios responden lo mismo respecto a un militante del PC. “Esta coincidencia para las dos colectividades manifiesta, una vez más, la elevada distancia que existe hoy entre la ciudadanía y los partidos”, dice Bargsted. Algo similar ocurre con los inmigrantes peruanos, las personas mapuche o la gente atea. Un tema importante porque tal como explica el sociólogo, “muchas veces la ausencia de contacto directo está en la base de la formación de prejuicios y estereotipos”.

Te cuento qué…

La encuesta también entregó información sobre cómo son los círculos más íntimos. Para saberlo les pidieron a los entrevistados que dijeran con quiénes hablaron de cosas que les importan en los últimos seis meses. “La conversación”, dice Vicente Espinoza, “abarca relaciones sociales más amplias que las familiares, a la vez que más restringidas que la plática superficial o protocolar con personas conocidas”.

El investigador de la Usach agrega que en Chile normalmente se plantea que hoy estamos más aislados y somos más individualistas que en un supuesto pasado más solidario y cohesionado. Sin embargo, los datos no son tan tajantes: un cuarto de los encuestados dice que sólo tiene una persona con quien hablar, lo que significa que si bien no están aislados como el 7 por ciento que responde que no cuenta con nadie, su red cercana es muy frágil. Pero a la vez, una de cada tres personas -en general hombres y mujeres más jóvenes y con más años de estudios- aseguran que tienen cinco o más confidentes. “Tal como en varios otros aspectos de la sociedad, parecen coexistir dos mundos: uno cercano al aislamiento social, débilmente integrado y otro con una amplia y variada red de interlocutores”, dice Espinoza. La economista Claudia Sanhueza destaca que los datos muestran que las personas con redes más grandes “participan más en actividades asociativas y colectivas como la política, cooperan más con otros, son más felices y tienen más amigos”.

Los datos se pueden comparar con el estudio The General Social Survey (GSS) de Estados Unidos que hizo la misma pregunta (aunque en el año 2004). Ahí un cuarto de la población respondió que no tenía ningún confidente, es decir, más de tres veces de lo reportado en Chile. Un resultado en el que en cambio Chile sí se parece bastante a lo que apareció en Estados Unidos es en el lugar central que ocupa la familia en el círculo de cercanos: un tercio de los chilenos encuestados incluye ahí a su pareja, y el 55 por ciento a algún pariente como padre, madre, hermano o hijo. Los amigos también tienen una presencia fuerte (46 por ciento), no así los compañeros de trabajo, que no parecen ser en Chile una fuente importante de confidentes y sólo son mencionados por el 10 por ciento de los entrevistados, una proporción similar a la que incluye a un vecino en su grupo de confianza.

Entre los factores que están asociados a una red cercana más amplia está la asistencia frecuente a servicios religiosos, independientemente del credo, y una vez más la educación, ya que aquí también las personas con más estudios tienen más confidentes. “Es probable”, dice entonces con cierto optimismo Espinoza, “que el mundo escolar, especialmente el universitario, incida en la formación de redes de confianza más amplias y variadas. Tengo la esperanza de que los más jóvenes tengan mejores oportunidades de educación y acceso a nuevas relaciones sociales y que los que hoy están en sus 30 y 40 mantengan la diversidad y riqueza de las actuales para que las situaciones de fragilidad de la inserción social se vean contrarrestadas en el futuro”.

La elite y las redes

Hubo un resultado que les llamó  la atención a los investigadores del COES. A partir de las respuestas de la encuesta Luis Maldonado y Matías Bargsted combinaron tres características que tradicionalmente han sido fuente de distinción social en Chile: la religión, la posición política y la clase social (medida en este caso a través del nivel educacional alcanzado) e identificaron cinco grupos predominantes: los católicos de derecha con estudios universitarios, los católicos de centro o independientes con educación media o superior técnica, las personas independientes o de centro que no se identifican con ninguna religión y tienen educación media o universitaria; los evangélicos independientes políticamente y con educación básica o media y, por último, las personas con perfiles mixtos, como por ejemplo, evangélicos de izquierda con estudios universitarios, o no religiosos de derecha con educación media. 

Lo que sorprendió a los académicos es que de todos esos grupos, el que resultó tener una red de conocidos más pequeña fue el de católicos de derecha que han pasado por la universidad. Un resultado inesperado no sólo porque se asume que es el grupo “mejor contactado”, sino también porque mayores niveles de educación están asociados a redes de confianza y de conocidos más extensas. “Creemos que este patrón se debe a que los círculos a los que acceden estas personas se sobreponen,  lo cual genera fuertes barreras que fomentan menos contacto con personas de otros grupos”, dice Bargsted. Algo similar ocurrió en el caso del grupo de evangélicos, mientras que, por el contrario, las personas con un perfil mixto fueron las que mostraron redes de conocidos más amplias.

La economista Claudia Sanhueza dice que aunque a primera vista el hecho de que los círculos de la elite sean más pequeños podría no parecer interesante dado que “las redes son acceso a recursos y la elite ya los posee, también reflejan las conexiones que tienen las personas con la sociedad. Que la elite no tenga diversificada sus redes es muestra de que vive más aislada y si, además, esta elite más aislada es la que influencia el diseño de políticas públicas, puede ser un problema público y político importante”.

2 comentarios

Mauricio Vega Mora
 
 
Este estudio confirma nuevamente que tenemos una élite empresarial y política de derecha que vive muy aislada y que está generando problemas en la innovación de los negocios al no permitir contacto con personas igual de capacitadas pero sin redes en ese grupo y, por otra parte, aportes a políticas públicas desde el sillón y nunca desde la calle. Yo diría también que el desconocimiento produce falta de empatía e impide El Progreso social y económico del país
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